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Las anotaciones de Baltasar Duquet (Serie EL HAMBRE 1/2)

Año: 2011
Relato ofrecido bajo licencia CC Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 Unported

Serie EL HAMBRE 1/2



(Escrito en los márgenes de un antiguo libro, con letra nerviosa)

… destino. No puede estar ocurriendo esto. ¡No soy culpable! ¿Qué podía hacer? Aún siento el frío abrasador abriéndose paso como un cuchillo… Días y días, caminando en aquel extraño paisaje de nieve y afiladas agujas de piedra. No había un norte, no había un sur; el sol se detuvo en algún momento, no supimos cuándo, y permanecía quieto, muy quieto, en lo alto, casi invisible tras aquellas nubes densas, sólo cambiando para apagarse repentinamente, sumiéndose en una noche tan oscura, que no era ni noche. Era nada

–Ya no está el mundo… ya no está el mundo… –susurraba Elvio, el joven guía. Llevaba demasiado tiempo con fiebre. Se rompió una pierna durante una de las primeras tormentas de nieve y tuvimos que arrastrarlo durante días y días de interminable condena. Le remolcamos como pudimos por el paisaje yermo de La Ciudadela de Piedra.

Casi puedo verlo, como entonces, a la escasa luz de una pequeña lámpara de aceite, la última que nos quedaba. Estaba azulado, los labios y las ojeras de un tono oscuro y terrible, los ojos que brillaban de forma anormal. Para entonces, había perdido un pie, se le había puesto tan negro como aquella noche muerta, y tuvimos que cortárselo. Ni siquiera le dolía. Se rio, diciendo que tenía la impresión de tener una pata de palo. Ya había empezado a enloquecer.

Y, aquella noche, aquella en la que acepté finalmente que no teníamos salvación alguna, contemplé la oscuridad. Más allá de donde podíamos ver, de donde llegaba el amarillento círculo de luz de la lámpara, ya no estaba el mundo. Le creí.

Daba igual, ya no podíamos seguir. Estábamos demasiado agotados, famélicos, rotos… Nos habíamos metido en una cueva y, durante todo el día siguiente, observamos la nevada, sabiendo que se nos acababa el tiempo.

Elvio murió al llegar una nueva noche. Ya no estaba el mundo. Ya no estaba él. Solo quedábamos Rodolfo, el otrora orondo dueño de los carros en los que trasportábamos las provisiones, y Fausto, mi viejo amigo, ese loco bardo que me recordaba Aisildur con sus relatos y sus canciones, pero que ya no pronunciaba palabra alguna.

Y yo, claro. También quedaba yo…

–Vamos a morir –dijo Rodolfo, con un sollozo. Le miré, casi sin interés. Eso ya lo sabía yo–. Vamos a morir.

–¿No lo habéis oído? –dijo Fausto, entonces. Se irguió, junto a la entrada de la cueva, observando con fijeza el cielo, como si quisiera descubrir algún gradiente en aquel negro absoluto.

–¿El qué?

Fausto siguió inmóvil, rígido, unos segundos. Luego se relajó, agitando la cabeza, confuso…

–No lo sé. ¡No lo sé! Pero ha pronunciado mi nombre…

No insistí. Supuse que no conseguiría sacarle nada más coherente. Nos envolvimos como pudimos en las mantas, juntándonos para darnos calor. Un instante antes de apagar la lámpara, miré el cuerpo de Elvio, a varios metros, al fondo. Algo pasó por mi mente. Era hambre, ahora lo sé y entonces también lo sabía, pero me negué a darle ese nombre. Soplé la llama, y nos envolvieron las sombras.

Horas después en aquel lugar sin horas, me desperté, tiritando de frío. Fausto no estaba en su sitio. No pude verle, era todo oscuridad, pero intuí su movimiento, supe que estaba balanceándose rítmicamente en la entrada de la cueva. Temiendo que hubiera problemas, quizá alguna fiera rondando, encendí la lamparilla y me arrastré hacia él.

–¿Qué ocurre?– pregunté. No esperaba, realmente, una respuesta. Fausto, el bullicioso Jarana de Aisildur, como le llamaban en tabernas y burdeles, se había vuelto tan silencioso… Pero sí, habló. Era su voz, aunque la encontré distinta. Más profunda, más segura. Había menos miedo, menos desesperación.

–Volvió a llamarme… –susurró–. ¡Volvió a hacerlo, Baltasar! ¡Me eligió! Me dijo que le dejara entrar; me dijo que, si lo hacía, me salvaría. Me prometió alejar las nieves, el hielo, y darme el mundo… –Me miró, atormentado. A la escasa luz, pude ver su barbilla, cubierta de sangre. Estaba masticando algo…–. Tuve que hacerlo.

No sé cuánto permanecí allí, mirándole horrorizado, antes de reaccionar. Me arrastré por la cueva y comprobé el cuerpo de Elvio. No necesité luz para saber que estaba abierto en canal; la carne roja brillaba expuesta, empapada en líquidos y fluidos parcialmente congelados. Sentí ganas de vomitar, pero no tenía nada en el estómago.

–Estás loco –dije, con esfuerzo.

–Estoy vivo –repitió él. Me miró, y supe lo que estaba viendo, su alimento, su futuro, su esperanza, y me sofocó el miedo–. Viviré.

Déjame entrar”, oí entonces, un ronroneo en el fondo de mi mente… “Baltasar, Baltasar… Deja que entre en ti”.

¡Nunca!”, repliqué con un sobresalto. La voz no había dicho qué esperaba de mí, qué haría conmigo, aunque no era necesario: había en ella algo que encajaba con la sangre de la barbilla de Fausto, con el hambre insaciable que mostraban sus gestos, el brillo intenso de su mirada… No creo que la mente de ningún ser vivo sea capaz de aceptar esa posibilidad sin quebrarse en mil pedazos. “Nunca, nunca, nunca…”.

Pero el cuerpo de Elvio se terminó en pocos días. Fausto reía entre dientes, masticando con meditada lentitud, disfrutando de cada nuevo bocado. Rodolfo no decía nada, sólo sollozaba, y yo estaba cada vez más débil.

Supe el momento exacto en que Fausto decidió matarme. No intentó disimularlo. Cogió uno de los picos que habíamos llevado para movernos por las montañas y me miró con ojos extraviados. Yo ya sabía, para entonces, que el comer la carne de Elvio le había hecho más fuerte, más rápido. Que su sangre le había dado calor, y renovado sus energías. No tenía ninguna oportunidad…

Fausto dio un paso en mi dirección. El pico se alzó sobre mi cabeza.

Déjame entrar”, oí entonces, el mismo ronroneo, aunque con mayor urgencia. “Déjame entrar, Baltasar Duquet, y te salvaré”.

¡No!”, repetí, como la otra vez. No sabía si me estaba volviendo loco, pero no quería arriesgarme. ¿Salvarme, para convertirme en algo como Fausto? No quería morir, no quería, nadie quiere, sólo se buscan salidas para situaciones imposibles, pero “aquello”, esa propuesta no totalmente dicha, me pareció una alternativa aún peor, incluso entonces.

La voz era un viento frío, descarnado; se movió a nuestro alrededor y crepitó por las paredes heladas, levantando destellos, arrancando chispas como un cuchillo sobre pedernal. Fausto titubeó. Con el pico en alto, giró la cabeza a los lados, siguiéndolos con recelo, sospechando que algo pasaba.

Entrégame entonces tu descendencia, dame tu linaje”, dijo entonces la voz, seductora, casi sensual. “No te dominaré, no permaneceré en ti. Me llevarás contigo hasta que sea el momento y, entonces, pasaré a tu estirpe, y será ella la que me alimente.

Estaba solo. Estaba lejos. En mi opinión, estaba muerto y no tenía hijos, ni esperanza real de tenerlos. ¿Qué podía importar tal promesa?

Accedí.

No noté nada; al principio no hubo transición, no hubo sensaciones, ni siquiera un ligero estremecimiento. De no ser porque, de pronto, tuve la fuerza necesaria para repeler el ataque de Fausto, sujetando el pico que caía hacia mi cabeza, manteniéndolo a distancia, dando un fuerte giro que le rompió las muñecas y clavó el extremo puntiagudo en su cuello, hubiera dicho que nada había cambiado. Pero le maté. Su sangre salía a chorro, me cubrió por completo en pocos segundos. Sentí que me bautizaba en aquel nuevo nacimiento, me bendecía, cálida, vital… inspiradora. Sigue leyendo

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