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Todo Tadeo

Año: Década de los 90
Relato ofrecido bajo licencia CC Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 Unported


Todo Tadeo

El Oficial Tadeo caminaba lentamente a lo largo del muelle de la bulliciosa ciudad portuaria de Saeoon, mientras observaba la larga línea curva que dibujaban sus edificios bajo la roja luz del crepúsculo.

En realidad, por una vez, Tadeo, un hombre alto y rubio, medianamente atractivo, que acababa de cumplir los treinta años, no era consciente de la belleza que le rodeaba. Solía serlo, cada día, a veces incluso en contra de su voluntad, porque Saeoon era una ciudad engañosamente hermosa vista así, a grandes rasgos y bajo aquella luz, cuando el refulgir casi nacarado de alguno de sus edificios, entre los que destacaba por su alta torre el Consejo de Tratantes, casi lograba eclipsar el lento y corrupto latido de su negro corazón. Pero, esa tarde en concreto, tenía otras cosas más urgentes de las que ocuparse.

Estaba seguro de que le seguían.

Dos individuos, uno excesivamente delgado y moreno, de rostro alargado en forma de aguja, el otro calvo, con el cráneo pintado de azul. Iban por separado, simulando no conocerse, el moreno delante, el calvo varios metros por detrás. Le habían estado esperando a la puerta de las oficinas, y no se habían despegado de su sombra pese a que Tadeo había dado un buen rodeo por zonas poco transitadas, y se había detenido a charlar con cuantos conocidos había encontrado a su paso.

Nada; aunque hubo momentos en los que se sintió libre, siempre volvía a detectarlos.

Pero, ¿por qué nadie iba a querer seguirlo? ¿Julián? Poco probable. Julián sabía perfectamente dónde estaba, qué le ocupaba en cada momento y cómo localizarlo, por no hablar de que hacía ya demasiado tiempo que no parecían tener nada que decirse. Además, había algo en todo aquello que le ponía nervioso, le daba auténtico miedo, y Julián nunca enviaría a alguien para acabar con él, al menos no sin comunicárselo primero personalmente. Pero, ¿qué otra cosa puedo suponer? Sobre todo el moreno, tenía cara de ir a cometer un asesinato.

¿Y quién puede querer matarme? Nadie. No se le ocurrió ningún nombre. No tenía enemigos, al menos no de esa clase ni en ese momento de su vida. En los últimos años todo se había vuelto demasiado rutinario: de casa a la oficina y de la oficina a casa, una aburrida secuencia de jornadas anodinas, grises, sin un solo rasgo de interés que las distinguiese una de otra. Ni siquiera se había sentido con ánimos de buscar compañía femenina. Tadeo gruñó interiormente. No quería pensar en mujeres, porque eso le llevaría a Isabel, una vez más, y…

A varios metros, divisó un nutrido grupo de curiosos, hacinados en círculo. Cuando llegó a ellos, ayudando a convertirlo en una pequeña multitud, descubrió que había habido un accidente. En aquella zona de la dársena era usual ver a niños nadando entre los botes y, al parecer, en esta ocasión algo había ido mal.

Una niña se había ahogado.

Tadeo la contempló con tristeza. Era pequeña, casi diminuta. No tendría más de seis años, quizá menos, y su rostro perfecto, tierno y lleno de pureza, estaba terriblemente pálido. Su madre, no tuvo la más mínima duda de que lo era, lloraba inconsolable a su lado. Durante un segundo, Tadeo se olvidó de sí mismo y se fundió con el grupo, compartiendo su sensación de impotencia, y de vulnerabilidad. Un hombre viejo, un pescador que Tadeo conocía de vista, se arrodilló también junto a la niña.

–Puedo intentar salvarla –le dijo a la mujer–, pero, antes, tienes que darme permiso.

–¿Permiso para qué?

–Para darle un Beso que una vez recibí de las Criaturas del Agua, Bendita sea Merys. Es un Beso de Vida, un Beso Mágico que recompone umbrales entre nuestro mundo y el suyo. A veces funciona. Pero tienes que decidirte rápido.

La mujer le miró confusa.

–Sálvala… –susurró.

Eso era lo único que le importaba. Tadeo no pudo evitar pensar que estaba contemplando a una mujer que, en ese instante, hubiera entregado reinos, imperios, incluso la propia vida, sin pestañear. ¿No era eso heroico? Todos somos héroes, llegado el momento. Pero, aquella melancolía negativa, que llevaba a cuestas desde hacía tanto tiempo, tuvo que hacer su propio comentario. Y todos somos el monstruo, llegado el momento, también.

El viejo asintió, se inclinó sobre la niña, le apartó algunos empapados rizos con delicadeza, juntó sus resecos labios, que tantas cosas habían dicho, con los de la niña, que apenas habían tenido tiempo para expresar nada, y empezó a soplar en su boca. Se apartaba un instante, para coger aire, y volvía a soplar, incansable. Tadeo arqueó una ceja.

–¿Se puede saber qué está pasando aquí?

El Tratante Edmundo, máxima autoridad en aquella zona del muelle, se abrió paso, con su habitual prepotencia, seguido del Oficial Pedro. Este último divisó a Tadeo y le hizo un significativo movimiento de cabeza. El pobre Pedro preveía que, esa noche, iba a tardar en poder irse a casa.

–Mi hija… mi hija… –sollozaba la mujer. El Tratante Edmundo miró al viejo marinero con repugnancia.

–¿Y se puede saber qué está haciendo con el cuerpo, ese ciudadano?

–El Pescador Tomás viajó mucho en sus tiempos jóvenes, Tratante –susurró Pedro a su jefe, aunque pudieron oírlo todos–. Conoce sorprendentes técnicas de sanación.

–Paparruchas… –Pero el Tratante Edmundo titubeó, esperando que realmente ocurriera algo. No en vano, aunque soberbio y corrupto, puesto que a Tadeo le constaba sin ningún género de duda que su nombre formaba parte de la lista de pagos de Julián, tenía una nieta de la edad de aquella niña. Tadeo se alegró, porque, aunque no creía que fuera a presenciar ningún milagro, al menos había que darles una oportunidad a los dioses, antes de echárselo en cara.

Un sonido metálico a sus pies, atrajo su atención. Tadeo miró hacia abajo y vio una daga en el suelo. Maldición, se dijo, y se llamó estúpido, por haberse puesto en una posición tan vulnerable, allí, entre tanta gente, donde la multitud se agolpaba y las cuchilladas podían volverse anónimas.

Miró hacia atrás, y se encontró con los ojos del hombre del cráneo azul, pegado justo a su espalda. Detrás de él había algún barullo, pero no pudo distinguir qué pasaba. Tadeo volvió a mirar al tipo, y éste le sonrió, con auténtica y desconcertante cordialidad, un segundo antes de propinar un certero puntapié a la daga, que la mandó directamente al agua sin que nadie más tuviera ocasión de reparar en su presencia.

–Que tengas un buen día, amigo –le dijo, antes de dar media vuelta y perderse entre la multitud. Tadeo no consiguió localizar al tipo moreno. Quizá se había equivocado…

Las risas y gritos de alegría hicieron que volviera a mirar hacia el interior del círculo. La niña lloraba, abrazada a su madre. Así que, al fin y al cabo, el viejo lo había conseguido. Bien por él, pensó Tadeo, sintiendo una irreprimible sensación de alegría. Le hubiera gustado invitarle a una copa, pero ya había demasiados dispuestos a hacerlo.

Agitó la cabeza y se alejó de allí, preguntándose por qué tenía la incómoda sensación de que aquella niña no era la única que había esquivado a la muerte, ese crepúsculo.


– ¿Puedo pasar?

Tadeo frunció el ceño, sin apartar los ojos de la complicada letra del documento que estaba intentando traducir desde hacía dos horas. Maldición, otra vez, exclamó mentalmente, cuando volvió a escapársele el sentido de la frase vareka. A este paso, no iba a terminar nunca.

–¿No sabe llamar a la puerta? –gruñó. Solo demasiado tarde se dio cuenta de que era una voz femenina, y que no le resultaba desconocida, ni mucho menos.

Alzó la mirada, incrédulo, sintiendo un escalofrío en la espalda. En el umbral de la puerta estaba Isabel de la Encina, la mujer que había amado durante… ¿Cuánto? No podría decirlo. Toda mi vida. De hecho, se sentía inclinado a asegurar que también lo había hecho en otras, anteriores.

Hagamos un juramento“, dijeron una vez tres niños sentados en el granero abandonado que era su rincón secreto. Una buena parte del techo se había hundido hacía mucho tiempo y podían ver las estrellas que brillaban pálidas en el intenso negro nocturno. Julián tenía doce años, él diez. La pequeña, la hermosa Isabel, acababa de cumplir los nueve. Era una de esas raras ocasiones en las que lograba eludir la vigilancia de los criados de su padre. No quería cortarse el dedo, con la daga, le horrorizaba la sangre; estuvo a punto de llorar, pero luego sonrió, al unirla a la de ellos. Una estrella fugaz rasgó el firmamento, justo en aquel instante. “Seremos hermanos. Por siempre“.

Recuerdos absurdos, de unos tiempos muy distintos, y terriblemente lejanos. A veces, casi parecía que aquellas cosas nunca habían ocurrido, que eran solo un producto de su imaginación, que buscaba crear algo hermoso en lo que poder pensar.

Tadeo se puso lentamente de pie.

–Isabel… Disculpa, no quería ser grosero. Pensé que… –No se le ocurrió cómo terminar la frase, así que lo intentó de otra manera–. Lo siento. Estaba concentrado, y de mal humor. La gente no ha dejado de entrar y salir en toda la mañana.

–No importa, tienes razón, debí llamar primero –murmuró ella. Parecía un poco aturdida–. ¿Puedo pasar?

–Oh, por supuesto, claro. No te quedes ahí. –Tadeo reaccionó por fin, y se descubrió enfadado. Furioso. Después de tanto tiempo, había llegado a pensar que, de encontrarse de nuevo, se saludarían con cariño, como viejos amigos, pero no fue así y le dolió muchísimo descubrir que él no era amigo de Isabel. La amaba demasiado. Dejó a un lado los papeles que había estado leyendo, sonrió con frialdad y le señaló una silla–. Toma asiento, te lo ruego. Sigue leyendo

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PRÓXIMA PUBLICACIÓN: UNA MAÑANA EN EL TÁMESIS

Novedad DdT: UNA MAÑANA EN EL TÁMESIS

Publicación: 23 de agosto 2017

¡¡YA EN PREVENTA!!

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James Keeling, duque de Gysforth, ha hecho una apuesta con sus amigos, en Brooks's: dará un paseo matinal en barca por el Támesis con una dama totalmente desconocida, alguien a quien no haya visto jamás, y con la que no haya hablado nunca. Algo que parece imposible de cumplir hasta que, durante una partida de cartas, coincide con un muchacho consumido por el ansia del juego, el nuevo y flamante conde de Saxonshare.

Lady Bethany Howland, hija del antiguo conde de Saxonshare, sabe que está abocada a la ruina más completa. Su primo y tutor está dilapidando la fortuna familiar con su enfermiza afición al juego y la mala vida, y ella no tiene modo de impedirlo. Atrapada por los convencionalismos de la sociedad en la que vive, su única ilusión es el romántico enamoramiento que siente por el duque de Gysforth, al que solo ha visto de lejos.

El hombre que, una mañana en el Támesis, le romperá el corazón.

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