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La noche de Otro

Año: Década de los 90

Relato ofrecido bajo licencia CC Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 Unported


Enrique despertó dLa noche de Otroe un sueño lleno de luz, de esos que luego le gustaba conservar.

En él, había estado paseando con sus padres, y con sus cinco hermanos y hermanas, por la vieja vereda que serpenteaba junto al Río Irt, sintiendo el aire fresco golpear con fuerza contra su cara, y el roce juguetón y cariñoso del hocico de su perro, Karu, en las rodillas.

Había podido oír con claridad el murmullo milenario de la brisa agitando los cañaverales, y oler la tierra húmeda, y los jazmines que llevaban su madre y sus hermanas en el pelo, y el intenso aroma del tabaco que ardía en la vieja pipa de madera negra que fumaba su padre.

En su sueño, era la hora del crepúsculo; el cielo, rojo sangre, se reflejaba sobre las quietas aguas del inmenso río, volviéndolas de fuego, dibujando en líneas púrpura las estelas dejadas por las formas oscuras de los cocodrilos. Oyó el graznido de algunos patos, en la lejanía. Alzó la cabeza, para verlos volar, muy alto, agrupados en una punta de flecha con sabor a aventura, señalando hacia algún lugar muy lejano.

Su padre, diplomático darkeno, destinado desde hacía varios años en aquel remoto punto del Bostan al Sa’Adat, el Jardín del Gozo originado por el Río Irt en El Ta’Nnari, le pasó un brazo por los hombros, y le dijo cuan orgulloso se sentía de él, y cuánto le apenaba que tuviera que irse, pero que lo hiciera, ya que no podía refrenar el impulso. Su madre, ocultando su tristeza, se limitó a sonreír, con aquella dulzura que tanto amaba.

Quería ser Caballero de Arianna. Quería empezar una vida de aventura y perfección, que aportara algo bueno al mundo.

Todo estaba bien, todo era perfecto, todo se veía envuelto en una intensa y frágil belleza…

El sueño le abandonó súbitamente, arrebatándole la paz de espíritu, el rojo sol, y los sonidos, y el aroma de los jazmines y el tabaco, y el húmedo hocico del perro, dejándole tan sólo aquella intensa, insoportable, sensación de tristeza, de pérdida, de absoluta e inesperada derrota. Estaba en la torre, en su prisión, su condena, en medio del inmenso Horsenal de D’Arken. Enrique se estremeció, desde el pico hasta la punta de la cola, levantó un párpado y gruñó una maldición – la oyó como un graznido seco, y agitó confuso las alas –, al reparar en que todavía era de noche, y que seguiría siéndolo por mucho tiempo, muchas horas.

No se oía ningún sonido; era uno de esos instantes mágicos en que nada parecía capaz de perturbar la paz del mundo. El frío titilar de las estrellas, la gigantesca luna llena, la profunda negrura del cielo, la silueta, alta y gris, de la torre… todo tenía un lugar y un sentido, y parecía formar parte de un Orden en el que había creído firmemente en tiempos pasados, y muy débilmente ahora. Giró la cabeza. Servodeo y Otro dormían a su lado, sujetos al amplio alféizar de la ventana, con las cabezas casi ocultas bajo las plumas.

Enrique miró hacia el jardín y lo halló envuelto en la luna llena, brillando bajo una intensa luz plateada, que iluminaba la escena con la misma claridad que un sol de mediodía. Aún así, le costó unos segundos distinguir correctamente las familiares formas rectas de los setos, los elaborados bancos de hierro, la fuente de piedra oscura, y los afilados picos de las barras metálicas que coronaban la larga tapia que separaba aquel lugar del resto del bosque, convertido ahora en un cúmulo insondable de negrura. No eran las sombras las que confundían las siluetas, y lo sabía. Enrique siempre tenía dificultades en enfocar la vista. Sus ojos y su cerebro de ave funcionaban perfectamente; era su inteligencia, todavía humana, la que le producía aquella desagradable sensación de mareo, pues se empeñaba en buscar inútilmente los colores y la profundidad que había captado en otros tiempos.

Bostezó y ladeó la cabeza, sintiéndose adormilado, preguntándose, confuso, qué podía haberle arrancado tan bruscamente de su hermoso sueño, y si sería capaz de recuperarlo. Tardó tanto en reparar en ella que, cuando por fin la vio, la figura estaba muy cerca, apoyando ya las manos sobre las puertas metálicas que conducían al bosque, bastante más bajas que el resto de la tapia, y sin afilados picos en su curvo y sinuoso borde superior. Con un salto ágil, lleno de gracia, el intruso, silenciosamente, empezó a trepar.

Enrique dio un respingo, extendiendo las alas por la sorpresa, y golpeó a Otro, quien levantó confuso la cabeza y le miró sin haber despertado todavía. Al otro lado, Servodeo, que tenía un sueño mucho más ligero, percibió la débil conmoción, e, irguiéndose rápidamente, clavó en él sus pálidos y fríos ojos azules, tan llenos de inteligencia y de perspicacia, tan extraños en un cuervo.

Nadie que los viese podía evitar pensar que había tras ellos una mente muy superior a la de un pájaro cualquiera, y era cierto. Ya entre los hombres, Servodeo se había destacado por su agudo ingenio, que esgrimía como un arma, de un modo implacable, y por una voluntad fuera de lo común, que ni siquiera toda la magia del Maestro había podido doblegar, sólo contener. En su pequeño cuerpo de cuervo, Servodeo seguía siendo Servodeo: un intelecto tan desmesurado como su ego, despiadado, genial, a veces soez, astuto, cruel, mordaz, infinitamente alegre y, sin duda, desproporcionadamente seguro de su buena suerte, a la que él acostumbraba a llamar Justicia; y era como si todo eso, su personalidad, hubiera adquirido una dimensión realmente física en sus ojos azules.

También le hacía diferente el hecho de que, en otros tiempos, hubiese sido un poderoso sacerdote de la Secta de la Tríada Espumosa, servidores de tres de los Ancestrales de Mûmmû, el Tumulto de las Olas, en Mar de Islas, pues eso le había permitido conservar sobre la frente el mechón de cabello níveo, símbolo de su fe, que portaban todos los Elegidos. Cierto que ahora se había convertido en una pequeña cresta de plumas blancas, y que, con el tiempo, con el paso de los años, su aspecto se había vuelto deslucido y ajado, pese a las muchas horas que dedicaba cada día a limpiarla esmeradamente, pero eso, en definitiva, carecía de importancia. Para Enrique, que, como Caballero de la Orden Luminosa de Arianna, había soñado con pasar a formar parte tanto de la Historia como de la Leyenda, con inmortalizar su nombre, su valor radicaba en que, simplemente, le hacía distinto.

Otro y él tan sólo habían conservado sus personalidades. Exteriormente eran como dos gotas de agua, tan idénticos que ni siquiera el Maestro era capaz de distinguirlos, y, cuando se refería a ellos, generalmente para ordenarles alguna cosa, les llamaba simplemente cuervos, en lugar de usar el nombre propio, como en el caso de Servodeo. Enrique suspiró, tratando de controlar su envidia, y avergonzándose de ella. En realidad, no podía quejarse. Otro ni siquiera había mantenido el nombre; una vez transformado, nunca volvió a recordarlo. Fue Servodeo, el veterano, quien lo bautizó como Otro Más.

–¿Se puede saber qué ocurre? –preguntó Servodeo, con una modulación plenamente humana, profunda, enronquecida por el sueño. Enrique sintió el pico seco; le ocurría siempre que llevaba varias horas sin hablar y se apoderaba de él la duda de que realmente pudiera hacerlo. La idea de graznar, le aterrorizaba. Ajeno a su angustia, Servodeo miró al cielo–. No son ni las tres, cuervo loco. Sabes que me cuesta mucho conciliar el…

–Alguien está saltando la tapia –le interrumpió Enrique antes de que Servodeo se extendiera en sus protestas. Una vez más, lo había conseguido, seguía siendo él. Le agradaron los sonidos que acababa de formular y, mientras señalaba con un ala hacia la pequeña figura que se movía en la noche, embozada en una oscura capa, atravesando sin ruido el descuidado jardín, buscó algo más que decir, sólo por el placer de oírse–. Lo siento, no era mi intención despertaros, pero me asusté. Creo que deberíamos avisarle del peligro.

–¿Ah, sí? –Servodeo pareció encogerse indolentemente de hombros y le contempló con severidad–. Vaya. ¿Y por qué debería hacerlo? Eso no es asunto mío. A mí nadie me dijo nada cuando se me ocurrió la nefasta idea de presentarme en este horrible lugar. –Bostezó, pero dejando claro que, al margen del sueño que pudiera tener, la cuestión le aburría–. Tú haz lo que quieras, no seré yo quien se interponga entre tú y tú… ¿cómo lo llamas? ¿Honor? ¿Dignidad? No sé, en esos temas siempre me confundes. Recuerdo que usas para él una palabra, y que la usas mal, de hecho. Entre tú y tu amor por ti mismo, para que nos entendamos. Yo intentaré volver a dormir, si es que no tienes inconveniente. Enrique sintió que hervía de indignación. Servodeo tenía la facultad de sacarle de quicio, completamente, y en muy poco tiempo. De no haber tenido a Otro entre ellos, probablemente le hubiese dado un picotazo.

–Servodeo, eres un cuervo ruin y despreciable y, sólo por eso, terminarás tus días siendo un cuervo ruin y despreciable.

Servodeo no se ofendió en absoluto; hizo una mueca indefinida con el pico y acolchó sus plumas. Sigue leyendo

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