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La línea

Año: 2010
Relato ofrecido bajo licencia CC Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 Unported
(I PREMIO XLI CERTAMEN DE USUARIOS BUBOK. tema: Civilización | Elegido mejor relato del trimestre para su publicación en la revista Más literatura)


La Línea

Olvidaos de los nombres. No diré cuál era el país o sus gentes, o qué idioma utilizaban, ni cuándo ocurrió lo que voy a relatar. No hablaré tampoco sobre mí, más allá de mencionar que una mujer, un balcón que sangraba claveles y un duelo, me alejaron para siempre de mi Sevilla natal y me confinaron en una eterna sucesión de nuevos horizontes.

Poco importan esas pequeñeces, o todo lo que ocurrió antes de mi llegada a aquel fuerte, tras hundirse bruscamente la barcaza en la que viajaba. Fui, creo, el único superviviente, y de aquella experiencia pavorosa solo recuerdo haber luchado a brazo partido por escapar de unas aguas turbulentas.

Qué gélidas, qué oscuras, eran aquellas olas, que se rizaban espumosas contra enormes rocas grises. En su ir y venir había miles de aristas cortantes y un frío tan cortante como esas aristas. No sé cómo conseguí salir, supongo que fue pura suerte; para entonces ya no creía en ninguno de los dioses con los que me había cruzado en mis viajes, ni siquiera el que me inculcaron de niño.

Amanecía cuando por fin alcancé tiritando la orilla helada de un río que atravesaba tierras que, para el mundo conocido, solo eran un hueco en blanco en cualquier mapa. Estábamos en los primeros días de un invierno que se auguraba especialmente frío por el tono plomizo de sus cielos. El bosque que me rodeaba parecía sofocado bajo el peso de tanta nieve y lo encontré hermoso y, también, terrible. Sin comida, sin ropa para cambiarme o darme abrigo, sin ayuda en miles de kilómetros… Supe que no podría sobrevivir y más cuando oí el lamento de los lobos, en la distancia. Pensé que era un canto fúnebre que anunciaba mi muerte.

Aun así, me resistí a darme por vencido. Como buen español, soy testarudo y me crezco ante la adversidad, así que avancé a trompicones, notando el suave crujido de la nieve bajo mis botas. No tenía ni idea de cuánto me habían arrastrado las aguas del río; daba igual, tampoco sabía en qué punto nos encontrábamos cuando se hundió la barcaza, ni conocía el territorio. Me consolé con la idea de que, quizá, con suerte, no tardaría en encontrar un poblado de indígenas. Y, con mucha suerte, serían unos indígenas sin demasiados rencores contra los extranjeros.

No fue así, pero tampoco tuve razones para lamentarlo: cuando estaba a punto de derrumbarme definitivamente, agotado y aterido, me topé con un pequeño fuerte, en el que ondeaba una bandera convertida en un trapo sin gloria ni presencia, tan rota que no pude identificar a qué país pertenecía.

Recuerdo haber pensado que ni el viento ni la nieve podían haber hecho aquello…

La muralla, construida con gruesos troncos arrancados de aquel bosque, se encontraba también en mal estado, sobre todo en su parte trasera. Aunque me sentía demasiado helado como para pararme a examinar bien todo, sí pude comprobar que en muchos puntos la madera estaba combada y marcada con algo que parecían garras de algún animal de buen tamaño. Eso, me asustó, pero no tanto como hubiera podido esperarse. Supongo que a esas alturas el frío, el hambre y el agotamiento, aturdían mis emociones. Me limité a mirarlas, ya que mi mente no conseguía centrarse en aquello.

Las puertas estaban entreabiertas; una oscilaba con un crujido inquietante a impulsos de la brisa y marcaba un ritmo que pareció despertar en mi interior… no sé cómo describirlo, un temor antiguo, un sentimiento ancestral, algo que encadenaba firmemente el hombre que yo era en ese momento con el que hubiese sido en uno de los primeros anocheceres del mundo: una criatura vulnerable, expuesta a fuerzas colosales, a los grandes misterios que quedaban siempre un poco más allá de su entendimiento.

Alguien en el proceso de crear dioses para protegerse porque se siente incapaz de lograrlo solo.

Titubeando, empujé la puerta con una mano y entré en el amplio patio del fuerte.

Excepto en los laterales, donde formaba montones muy blancos, la nieve se veía pisoteada y sucia de tierra. El suelo se había convertido en barro congelado, muy pegajoso, en el que me hundía hasta los tobillos y por el que costaba avanzar. Había cajas y toneles por doquier, un par de carros destrozados, montones de sacos, restos de hogueras… A los lados, había unos pocos edificios, dos de ellos al fondo, el más grande y mejor construido, a la derecha.

Mientras caminaba con torpeza por aquel lugar, preguntándome dónde estarían sus habitantes, mis ojos se detuvieron en una línea de algo blanco que recorría sinuosa el patio de extremo a extremo, como una serpiente. Iba a acercarme a examinarla, pero me distraje, porque a un lado, muy cerca, descubrí un cementerio, con el mismo aspecto de ruina y olvido que todo lo demás; las tumbas, unas diez o doce, estaban removidas, dos de ellas completamente abiertas.

La luz del sol se apagaba lentamente sobre las toscas cruces de madera.

Me recorrió un escalofrío. De haberme encontrado en mejores condiciones, hubiera hecho caso de mis miedos, de lo que me susurraba mi instinto, pero para entonces ya no era capaz de razonar más allá de lo básico. Si quería sobrevivir a la noche, necesitaba ropa seca y comida. Estaba cerca de uno de los montones de sacos y me pregunté si contendrían algo comestible. Mientras sentía cómo se me escapaban las últimas fuerzas, di un paso hacia ellos…

—¡Alto! —Oí de repente. Obedecí, me quedé muy quieto y luego giré lentamente la cabeza hacia la voz. Vi un hombre, a pocos metros, plantado con las piernas bien abiertas sobre el barro escarchado. Llevaba un uniforme de oficial, con un par de medallas en la pechera, y me apuntaba con un rifle—. No cruce la línea.

Miré a mis pies y comprobé que, efectivamente, había estado a punto de pasar la línea blanca, hecha de harina, si no me equivocaba. Quise preguntar qué significaba aquello, si era una marca, una frontera, o qué, pero no me quedaba ni siquiera voz.

El individuo entrecerró los ojos, avanzó hacia mí y, antes de que me diera tiempo a reaccionar, me golpeó con la culata del arma.

Desperté tiempo después para descubrir que estaba atado en una silla, en un comedor que hubiera podido encontrarse en cualquier casa de calidad. El desconocido estaba a mi lado, vestido con un impecable uniforme de oficial, y me aplicaba con cuidado un paño frío en la sien. Olía a jabón y a colonia. Sus botas brillaban.

La mesa había sido preparada para dos comensales: mantelería de fino hilo, vajilla de porcelana, cubiertos de plata, relucientes copas de fino cristal y una botella de vino. El olor de la comida me mareó, por la pura necesidad. El hombre me preguntó si tenía hambre. En cuanto asentí, atontado todavía, empezó a alimentarme con sorprendente amabilidad. El guiso de carne aguada tenía un sabor desagradable, pero estaba caliente y yo me encontraba tan famélico que ni pensé en rechazarlo. Mientras me daba a la boca trozos pequeños, empezó a hablar:

—Ha estado hablando en sueños, en español. No es que tenga muy buena opinión de los españoles, amigo mío, pero supongo que puedo contarlos entre los pueblos civilizados. Por eso, lamento de verdad esta situación. Quisiera poder confiar en usted y desatarlo, pero, tiene que comprenderlo, sería un error. Y yo tengo el deber de hacer todo lo que sea necesario para mantener esta posición.

—¿Mantenerla? —intervine, con voz pastosa; la comida empezaba a reanimarme—. ¿Frente a qué? ¿Por qué?

El hombre rio.

—No es usted un conquistador. De otro modo, no haría esas preguntas. Las respuestas lógicas son “Frente a todo” y “Porque hemos conseguido el logro de llegar hasta aquí”. Dese cuenta: estamos lo más lejos que ha llegado nadie, en miles de kilómetros somos los únicos representantes de nuestro mundo civilizado. —Al ver que me encontraba ya bastante saciado, dejó mi cubierto y rodeó la mesa, para acomodarse en su sitio. Empezó a comer, con elegancia—. Y, de hecho, estamos justo en una especie de… de frontera, podría decirse, sí. No, no me refiero a una frontera de las habituales —añadió, al ver mi desconcierto—. Es… algo más… complejo. Algo que separa mundos, más que pueblos o razas. Ha visto la línea de harina. Disculpe el golpe, me pareció que iba a traspasarla. Tenía que impedirlo.

—¿La línea de harina? —repetí sorprendido. De modo que era cierto, se trataba de harina. Él asintió, en un gesto comprensivo.

—Visto lo visto, admito que tiene derecho a una explicación. —Hizo una pausa, mientras decidía cómo empezar—. Digamos que, en ese imparable avance conquistador de nuestra civilización del que le hablaba, hemos llegado aquí, al borde de todo lo conocido. Usé la harina para marcar exactamente dónde cambia todo. Me llevó mucho tiempo, pero lo conseguí. Lamentablemente, los que construyeron este fuerte no lo sabían y la línea lo atraviesa. Varios de mis hombres desaparecieron. Soy el último que queda. Y a mí no me atrapará.

—No le entiendo…

Hizo un gesto con el tenedor.

—Acá, a este lado, está lo conocido, lo cierto, lo que todos podemos tocar y entender; más allá —movió el cubierto, señalando otro punto en el aire—, solo queda lo auténticamente salvaje, sin normas o control, sin límites. El bosque… el propio mundo cambia, es distinto, y lo que habita en él no se parece tampoco a nada de lo que conocemos. Ni siquiera los indígenas se atreven a ir tan lejos, pobres bestias estúpidas. Dicen que no son tierras para ser pisadas por seres mortales. —Frunció los labios, como considerando una idea desagradable, y se encogió de hombros—. Quizá no sean tan estúpidos, después de todo…

—Tienen que ser supersticiones. Esas culturas primitivas siempre las tienen. Compensan su ignorancia con mucha fantasía.

—Quizá… —murmuró, pero no parecía convencido—. En cualquier caso, yo tengo el deber de mantener en pie este fuerte. Y las circunstancias le han llevado a usted a compartir conmigo tal tarea.

Yo no entendía nada, todo aquello me parecían desvaríos, y había asuntos que me preocupaban más.

—¿Por qué estoy atado? —pregunté entonces. Me miró con disculpa.

—Porque aún no ha comprendido cuál es su situación y no estoy seguro de cómo… la encajará. —Carraspeó—. Espero que comprenda su importancia y sepa estar a su altura. Somos los únicos seres civilizados en miles de kilómetros. ¿Se da cuenta de la magnitud de lo que eso significa? Somos los representantes del profundo conocimiento en Moral y Justicia que han desarrollado nuestros países a lo largo de milenios. Somos todas las experiencias y descubrimientos científicos, ideológicos o artísticos acumulados siglo tras siglo por nuestras culturas y que nos hacen tan plenamente superiores al resto de los pueblos y más aún a la ciega barbarie que perdura en lo que sigue siendo totalmente primitivo. Somos la luz del futuro en esta tierra anclada en el pasado. Debemos sobrevivir, porque tenemos una misión que podríamos considerar casi santa.

—Si puedo ayudar…

—Claro que puede. Y le agradezco que se ofrezca de tan buena gana porque, realmente, vamos a necesitar de su buena predisposición para salir adelante. —Sonrió amigable; luego, dudó—. Verá, estábamos bien organizados, éramos un grupo preparado, hombres con experiencia, auténticos supervivientes. Hicimos un gran trabajo aquí, durante años. Pero, esta vez… los hombres que partieron para conseguir las provisiones para el invierno, aún no han regresado. Y los que permanecían aquí conmigo han ido desapareciendo, supongo que atrapados por ese algo irracional que vive emboscado al otro lado de la línea de harina. Hace semanas que estoy totalmente solo. Desde que llegaron las grandes nevadas ya prácticamente no hay caza. A estas alturas, apenas quedan muertos…

El gesto que hizo hacia su plato mientras pronunciaba esas últimas palabras, resultó de lo más elocuente. Miré horrorizado el mío, al darme cuenta de lo que había estado comiendo, de la razón de aquel sabor espantoso. No pude evitarlo: incliné la cabeza a un lado y vomité, convulsionado por las arcadas. Me miró con reproche.

—No lo tendré en cuenta, dado su estado y la prueba terrible a la que ha tenido que enfrentarse, pero tenga cuidado. Sería una pena estropear esta excelente alfombra. —Agitó la cabeza, con pesadumbre—. Amigo mío, debe recuperarse cuanto antes y lo mejor posible. Tiene que cooperar en nuestro futuro común, de buen grado, es lo mejor para ambos. No quiero tener que matarle. Podría congelar su cuerpo muerto, pero lo intenté con algunos indígenas y ya he aprendido que no se conservan lo bastante bien. Y no es necesario, seguro que no. Seamos civilizados. Si el clima acompaña, y racionamos bien su… amable aportación, podemos sobrevivir los dos. Usted puede salir de esta situación sin una pierna o un brazo, o sin ambos, pero vivo. O todo puede ir incluso mejor. Aún tenemos carne para varios días, nuestro primer cocinero era un hombre obeso, está dando mucho de sí. Rece, para que mis hombres regresen con las provisiones. Todavía puede ocurrir. No hay que perder la esperanza.

La idea me resultaba tan inconcebible que tardé un tiempo en asumir que, ciertamente, le estaba entendiendo bien. E incluso entonces, durante un largo minuto no supe qué decir. Aquel hombre refinado y de actitud juiciosa quería devorarme. Más aún, quería que me devorara yo mismo. Y quería conversar sobre filosofía o ciencia, entretanto. Los únicos seres civilizados, había dicho. Tenía gracia. Todo el progreso que hubiera podido implicar esa expresión grandilocuente, estribaba en las formas adquiridas para comportarse debidamente en la mesa, nada más. En el fondo, seguía siendo el mismo carroñero de tiempos primitivos.

—Está loco… —conseguí balbucear. No se ofendió.

—¿Eso piensa? —Cortó con exquisito cuidado un trozo minúsculo de carne y se lo llevó a la boca. Masticó lentamente, mientras meditaba la idea—. No, la verdad, no estoy de acuerdo. Solo soy un hombre presionado al límite. Alguien que…

De pronto, se oyó un fuerte golpe, un sonido que llegó de fuera, del exterior, y en el que se mezclaban un crujir de madera astillada y lo que parecía el gemido profundo de algo que se arrastraba en la oscuridad. Pudo ser el viento, yo así lo creí, pero aquel hombre se sobresaltó y alzó la cabeza, alerta. Dejó los cubiertos, se limpió las comisuras de los labios con la servilleta y se puso en pie.

Cuando cogió el fusil, que había estado apoyado contra la pared, junto a la puerta, me hizo un gesto para que me mantuviera en silencio y quieto, y salió del comedor.

Por supuesto, no le obedecí. En cuanto estuve a solas, alcancé como pude el cuchillo de mis propios cubiertos y corté las cuerdas. Sentí un mareo al ponerme de pie, todavía débil por todo lo ocurrido, pero me empeñé en continuar. No tenía alternativa. El horror a lo que me esperaba si aquel loco volvía a atraparme me dio fuerzas.

Armado con el cuchillo, abandoné el comedor y crucé un pasillo mientras buscaba la salida. Tuve la suerte de encontrar en mi camino un dormitorio, donde robé ropa de abrigo, unas buenas botas y un par de mantas.

No me atreví a entrar en la cocina.

Era ya de madrugada cuando salí de nuevo al patio. Hacía mucho frío y nevaba suavemente. La luz de la luna lo envolvía todo en un resplandor irreal. Avancé con miedo, tanto a mi captor como a lo que pudiera estar acechando, pero no vi nada, por ninguna parte; solo mi sombra se movía sobre aquel barro helado, mientras avanzaba lentamente hacia las puertas. El fuerte estaba muy silencioso y parecía abandonado, vacío. Ni siquiera quedaban los muertos.

Al cruzar el umbral de la empalizada y darle la espalda para siempre a aquel lugar maldito, sentí que el viento nocturno susurraba algo sobre la nieve sucia. ¿Mi nombre, acaso? Quizá… Me giré, temblando, y vi que aquella inexplicable brisa que no movía los copos de la nueva nevada estaba barriendo la línea de harina.

La levantó en repentinas volutas, con terquedad, y jugó a dispersarla hasta hacerla desaparecer por completo, enlazando de nuevo tiempos y espacios; volviendo otra vez invisible el límite entre lo civilizado y lo salvaje.

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Acerca de Díaz de Tuesta

Escribo. Me publican Ediciones B, Norma Editorial y Tempus Fugit, así que tan mal no lo haré. ;DDD

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