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Incidente en la Terminal 5

Año: 2010
Relato ofrecido bajo licencia CC Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 Unported
(2º PREMIO XLVII CERTAMEN DE USUARIOS BUBOK. tema: Ciencia Límite)


terminal-5

Blanco Futuro. Así dijo llamarse el miembro del FLCT (Frente Luminoso contra la Teleportación) que habían sorprendido justo cuando provocaba la avería. Maldito cabrón: por su culpa todo el sistema se colgó por completo en pleno proceso, lo que causó la duplicación de casi trescientos usuarios y la pérdida de uno, un tal Jesús Sánchez, electricista de tercera, al que todavía no habían localizado por ningún sitio.

Si no podemos recuperar su información, si se ha desintegrado por completo, lo tenemos claro”, pensó Teresa Martín, Directora de la Terminal 5 de Remota, la empresa de transportes más importante del planeta. Una duplicación era algo que siempre entraba dentro de lo posible y a ese respecto todo estaba perfectamente reglamentado. El usuario aceptaba la posibilidad por contrato y asumía que toda copia tendría prohibido perturbar la paz del original.

Remota, respaldada por potentes compañías de seguros, se comprometía a ofrecer un trabajo vitalicio al clon, el Estado le daba documentación apropiada y se le recolocaba en otro lugar, lo más alejado posible del punto de origen, con otro nombre, en una variante de la clásica protección de testigos. Por lo general, con eso, quedaban todos contentos.

O relativamente, como bien sabía Teresa. Ella misma era un duplicado desde hacía siete años y recordaba perfectamente la sensación terrible que tuvo cuando aquellos hombres uniformados con los trajes grises del Servicio de Seguridad de Remota se acercaron a ella para indicarle que sí, que la transferencia se había realizado, que no era que ella se hubiese quedado en el mismo sitio mientras su familia se iba…

Ella también se había ido.

Le costó tanto aceptar esa idea asombrosa… Se tiró horas llorando en un despacho frío y anónimo.

Y, en definitiva, tampoco le había ido tan mal en esos años; siempre había sido una persona trabajadora y responsable, y había ascendido rápidamente dentro de la compañía. Ahora, dirigía una de las Terminales de nivel medio, tenía un bonito apartamento y un gato, vehículo privado y Pase VIP-Remota de trayectos largos, completamente gratuito, para viajar a cualquier parte del universo conocido durante el resto de su vida. Aunque, después de lo ocurrido, pocas ganas le habían quedado de ir a ninguna parte.

No podía quejarse, desde luego; pero seguía añorando la vida que tenía antes de aquellas absurdas vacaciones que lo cambiaron todo. Sabía que no debía regresar, que no podía perturbar la paz de la cándida y feliz Rosa López que había sido, o la de su marido, arquitecto de profesión, de apariencia severa pero hombre cariñoso en el hogar, buen esposo, buen amigo y fanático de la jardinería y los cómics. Ellos no habían llegado a enterarse nunca y no lo comprenderían. Tenían un hijo, que en un mes y medio cumpliría diez años. Teresa siempre lo celebraba llorando frente a una tarta de fresas como la que tanto le gustaba.

Le aseguraron que para el niño era mejor no pasar por semejante trauma y que ella podría tener muchos otros. Pero ¿qué ganas podía tener de construirse una nueva vida? ¿Y si volvía a ocurrir lo mismo…?

Teresa apartó aquellos pensamientos. No era momento para lamentaciones y, por más que le pesase de una forma personal, la duplicación era algo que podía suceder. Pero, la desintegración sin retorno era una cosa muy distinta, algo inusual y enormemente grave. La base del éxito de Remota se apoyaba por completo en la confianza que los usuarios depositaban en ella y se extremaban las medidas, con sucesivos volcados de datos, creando copias de seguridad en cada microsegundo durante la transmisión.

Según se decía, uno podía duplicarse, pero no desaparecer. Eso nunca.

Si el asunto de Jesús Sánchez se filtraba y llegaba a la prensa, podía provocar una alarma social considerable, de consecuencias imprevisibles. Con la cantidad de miedo adecuado, la gente podía considerar volver a los antiguos medios de transporte, más lentos y menos seguros pero también menos temibles. Si ocurría eso, Remota quebraría de inmediato, se sumiría en una ruina repentina y total.

A Teresa no le interesaba mucho el destino de los accionistas, pero sí su propia carrera. Allí estaban su casa y su futuro, no tenía nada más. Si todo se hundía a su alrededor, ella se iría a pique también.

Y el culpable de todo aquello la miraba ahora con una sonrisita irónica que la estaba poniendo de los nervios.

Blanco Futuro era un hombre delgado, con barba cuidada, cejas espesas y ojos negros y expresivos; hubiera podido parecer un profeta de la antigüedad de no ser por el mono naranja de técnico Clase B de Remota que vestía, su disfraz para acceder a las instalaciones.

Menudo bellaco. Tras ser sorprendido, intentó escapar, pero lo capturaron antes de llegar al nivel de superficie del edificio. Los guardias de seguridad de Remota lo arrastraron a la sala de detención en la que se encontraban en esos momentos, un pequeño espacio de cristal ahumado y metal, aséptico y vacío a excepción de una mesa y un par de sillas desangeladas, donde, bajo la fría luz de un foco, se asustaba habitualmente a sobones y carteristas.

Blanco Futuro era algo muy distinto, el primer criminal con todas las letras que ocupaba el lugar. Lo tenían convenientemente esposado, anclado a la mesa, mientras lo interrogaban y evaluaban la situación.

Carlos Navas, el Jefe de Seguridad de la Terminal 5, estaba también presente, apoyado en la pared, junto a la puerta. Teresa había evitado mirarlo, como siempre, mientras pensaba que era la vez que más tiempo habían estado juntos en la misma habitación desde la fiesta de Año Nuevo, en la que terminaron desnudos y sudorosos en su despacho. Navas había intentado hablar con ella varias veces, pero Teresa no podía enfrentarlo. No se veía capaz.

—Tus amos y tú matáis gente cada día —sentenció por enésima vez Blanco Futuro mirándola con aquellos ojos inquietantes—. A cientos, a miles…

—Oh, no, líbranos de la mierda de vuestro ideario —replicó Navas—. Nosotros no matamos gente, imbécil, eso lo dejamos para tarados como tú. Nosotros solo la transportamos de un sitio a otro.

—Mentira. —Las pupilas negras se giraron hacia él—. Lo digas como lo digas, la destruís, Navas. Lo que surge al otro lado del trayecto no es más que una triste copia de lo que fue y lo sabes. —Técnicamente, era correcto, aceptó Teresa. Al fin y al cabo, el procedimiento de transporte consistía en un escaneado con posterior desintegración. Toda la información que constituía la persona era entonces enviada a velocidad luz y reconstruida en otro sitio. No se trataba de un proceso instantáneo, como se vendía en publicidad. Todo seguía dependiendo de la distancia. A la Terminal 1001, situada en las bases mineras de la Luna, se llegaba en un segundo; mientras que a la Terminal 10001, situada también en bases mineras pero en el Titán de Saturno, el viaje duraba alrededor de una hora, y eso en el mejor momento de alineación planetaria—. El que era, ya no es, el que era, ya no está —insistió Blanco Futuro, más profeta enajenado que nunca—. Y nadie, nadie puede reconstruir un alma, ni siquiera vosotros. Mucho menos, vosotros. Se pierde, muere.

Teresa bufó suplicando internamente por un poco de paciencia.

—Dime dónde está el alma y la teleportaré.

—¿Tú lo preguntas? ¿Precisamente tú, que eres una mera copia, un defecto, el resultado de un lamentable error? —Teresa se sonrojó a su pesar—. Lames el culo de los que te crearon porque no tienes nada más, Martín. Y arriesgarías cualquier cosa, a cualquiera, por seguir con tu sucedáneo de vida. No sabrías reconocer algo espiritual aunque te golpease en todo el rostro con una maza sagrada.

Navas hizo una señal al guardia. El forzudo le dio un puñetazo a Blanco y le rompió el labio.

—Seguro que tú sí reconocerás ese puño, si tiene que volver a golpearte —dijo Navas enfadado—. Ahora, repito: ¿quién te dio las claves?

Nada, ni caso. Teresa estaba buscando cómo replantear el asunto cuando sonó su comunicador. Le hizo una seña al guardia para que no quitara ojo del terrorista religioso y contestó mientras asentía a Navas, cuyo comunicador también había empezado a pitar casi de inmediato y estaba saliendo para hablar en el pasillo—. ¿Sí? Teresa Martín.

—Señorita Martín, llamamos de Presidencia. —Instintivamente, Teresa se sentó con la espalda más recta—. Hemos recibido su informe.

—Sí, señor. Decidí enviarlo lo antes posible.

—¿La cifra se confirma? ¿Doscientos noventa y ocho duplicados?

—Sí, señor. De ellos, al menos una docena son niños, de modo que habrá que recurrir al apartado cuarto de la norma trescientos diez, y ocuparse de su mantenimiento y educación hasta su mayoría de edad.

—Comprendo. Y el señor… Jesús Sánchez, ¿ha aparecido?

—Todavía no, pero es pronto. Seguro que…

—Sí, comprendo que, ahora mismo, están todos ustedes trabajando con la mayor diligencia para solucionar el problema. —La amabilidad del tono alarmó a Teresa—. Pero espero que entienda que este asunto es extremadamente grave en todos los sentidos. Estamos pasando por un periodo de crisis económica mundial. La empresa no puede asumir los gastos de lo ocurrido.

—Comprendo, señor —murmuró Teresa pensando en los grandes coches del Consejo, sus mansiones, sus lujosos yates… No solo podían asumir esos gastos sino que, si lo desearan realmente, podrían erradicar por completo la pobreza y el hambre del mundo. Pero, claro, no querían. El juego no resultaba divertido si algunos no estaban lo bastante desesperados como para hacer cualquier cosa a cambio de un sueldo miserable.

Como decía Soto, el Responsable de Área Continental, un individuo repugnante, si todo el mundo tenía dinero suficiente como para ir de cliente a un bar, ¿quién iba a poner las copas?

—Lo lamentamos mucho, pero vamos a tener que recurrir al procedimiento Omega. Me entiende, ¿verdad? —La mente de Teresa se deslizó por la Normativa que había estudiado tantas veces, llegó a la parte escrita tras una línea roja y se sintió incapaz de responder. Al otro lado de la mesa, Blanco Futuro sonrió con más amplitud—. El atentado nunca ha ocurrido. Reúna a los clones y proceda a su eliminación.

—Pero señor, son… hay niños.

—Solo son clones. Copias. Errores de proceso. No olvidemos que los niños auténticos están en el lugar de destino, dedicados a sus asuntos y sin enterarse de nada.

—Señor… —dudó pero lo dijo—. Le recuerdo que yo también soy una duplicación.

Hubo un momento de silencio al otro lado. Luego, el tono fue comedido.

—Eso podría solucionarse. Ambos sabemos que solo hay duplicación cuando existen dos sujetos idénticos por culpa de un error en la transferencia. Y nos han informado de cuánto echa de menos su hogar, a su marido, a su… hijo. Es una situación que lamentamos profundamente. Si responde a nuestras necesidades, señorita Martín, no dude de que nosotros responderemos a las suyas. Usted será única. Podría usar su propio nombre y regresar a su casa.

Teresa pensó en la Rosa López que había sido. La que seguía siendo, allá en la casa con el pequeño jardín, con un esposo y un hijo que la querían. Y el perro, Sugus. Se preguntó si Sugus la reconocería a ella, si reconocería el olor de Teresa Martín.

—¿Me está diciendo que…?

—No estoy diciendo nada, pero tenga en cuenta que ha llegado a una importante encrucijada en su vida. Si sigue nuestro camino, le prometo una identidad completa. —Esperó un poco. Como Teresa no dijo nada, su interlocutor asumió que estaba de acuerdo. De todos modos, debió decidir que había que reforzar el asunto con un toque de amenaza—. Elimine todos los obstáculos y asegúrese de que no queda rastro alguno de lo ocurrido en los informes de la Terminal 5. Recuerde que es usted la responsable última de todo. Si algo de esto se filtra, será su cabeza la que ruede.

—Muy bien… ¿Qué hago con el terrorista?

—¿De qué terrorista me habla? Nunca ha habido ningún atentado, señorita Martín.

La comunicación se cortó bruscamente. Teresa apagó el comunicador y mantuvo la mirada de Blanco Futuro.

—Solo sois copias —dijo el fanático—. Cuerpos sin alma. Máquinas biológicas sin espíritu santo.

—Y tú eres un hijo de puta. —Se volvió hacia la puerta cuando entró Navas. Por su cara, pudo imaginarse que sus problemas no habían hecho sino aumentar—. ¿Qué ocurre? No, mejor no me lo digas. Ahora mismo no puedo afrontar nada más. —Se frotó las sienes—. ¿Sabes lo que quieren que haga?

—Claro que lo sé. Me acaban de ofrecer tu puesto. —Teresa parpadeó—. ¿En qué mundo vives? Despierta, Teresa. En cuanto des las órdenes, serás la única en pagar por semejante crimen. La historia oficial será que lo hiciste actuando por tu cuenta, intentando ocultar tu error. Y, tras asesinar a toda esa gente, yo te hice detener.

—Pero… lo negaría todo.

Navas lanzó una carcajada.

—Cariño, ¿qué dices? Lógicamente, como serías más culpable que Judas, intentarías huir. Y tendrías un lamentable accidente al caer por una ventana, o algo así—. Teresa lo miró horrorizada—. Han dejado esa parte a mi libre creatividad.

—Sois la hostia. —Blanco Futuro rio—. Y eso que tú no eres una copia.

—No, amigo. Yo soy un imbécil totalmente original y tú una escoria de lo más común. —Se pasó una mano por el pelo mascullando una maldición y, luego, añadió—: la pregunta que debemos hacernos ahora es si hay algún héroe en esta sala…

—Navas… —empezó ella, aunque ni sabía qué iba a decir.

—Calla. Deja que piense, que no sé cómo vamos a salir de esta. Aunque supongo que no hay muchas opciones. —Titubeó un momento y luego activó su comunicador—. Soy yo. Pincha ahora, no podemos esperar más. Te digo que no. Lo comprenderás en cuanto veas la información. Está todo. También te voy a enviar grabaciones de mi móvil y los duplicados. Sí. —Miró al fanático—. Mmm… Bueno, espero que eso no fuera imprescindible, porque ha desaparecido. Sí, parece ser que finalmente consiguió escapar. Bien. —Cortó. Miró a Teresa—. Listo. En pocos minutos todo se hará público. Es lo único que puede salvarnos ahora mismo. Remota tiene que caer.

Teresa le miró anonadada. Tardó casi medio minuto en reaccionar.

—Lo tenías preparado.

—No exactamente. O no de este modo. Pero sí que tenía mis contactos. —Se dirigió a los guardias—. Llevad a este canalla a la cinta de salida. Procedimiento Omega.

—¿Qué? —Por primera vez, Blanco Futuro perdió la sonrisa—. ¡No puede hacer eso! ¡Es un asesinato!

—¿En serio? Pues es exactamente lo que buscabas para casi trescientas personas. Te jodes.

—¡Pero yo tengo alma! —gritó, mientras lo arrastraban a la puerta.

—Eso espero, de verdad —replicó Navas—. Así se pudrirá en el infierno. —Guardó silencio un segundo, hasta estar solos, y miró a Teresa—. Tú y yo tenemos una conversación pendiente desde Año Nuevo, Teresa, no creas ni por un segundo que lo olvido, pero supongo que ahora mismo tampoco es el momento. Hay un montón de gente esperando que les digamos qué va a ocurrir con ellos y tenemos que sacarlos de aquí. —Le tendió la mano—. Vamos, Teresa Martín. Si te parece podemos…

—Soy Rosa —dijo ella sintiendo que aquello le quemaba la boca según salía—. Rosa López. Trabajo de secretaria en una agencia de viajes y me gusta la cocina y leer. Tengo un marido y un hijo, y un perro llamado Sugus.

Navas agitó la cabeza.

—No, Teresa, aún no lo has entendido. Rosa López ya existe en alguna parte, feliz, ignorante de todo esto. Seas quien seas, no eres ella, porque no solo importa cómo lo ves tú o cómo lo sientes tú. Ante los ojos del mundo, apareciste repentinamente hace siete años. Puede parecer injusto, puede ser terrible, pero es así, y es inútil luchar contra los hechos. Y tal como yo lo veo, lo mejor en estas circunstancias es intentar salir adelante, sin golpearse la cabeza una y otra vez contra el mismo muro. Teresa Martín existe, existe por sí misma, y debería tener también la oportunidad de buscar su propia parcela de felicidad. A mí, al menos, me gustaría… —Ella suspiró y tomó su mano. Navas sonrió—. Vamos, ven. Es el último día de la Terminal 5. Hagamos bien nuestro trabajo.

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Acerca de Díaz de Tuesta

Escribo. Me publican Ediciones B, Norma Editorial y Tempus Fugit, así que tan mal no lo haré. ;DDD

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