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Nacidos en un mundo oscuro

Año: 2010
Relato ofrecido bajo licencia CC Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 Unported
(II PREMIO XL CERTAMEN DE USUARIOS BUBOK. tema: Epinicios / Victoria – Derrota)


Nacidos en un Mundo OscuroMadre nos dijo una vez que, en el Mundo Oscuro, sueño y realidad son lo mismo, igual que lo son sueño y pesadilla. Creo que pensaba que no la escuchábamos y no sé si lo hacían mis hermanos. Yo sí. Siempre la escuché, siempre medité sobre las cosas que decía, aunque carecieran de sentido. Madre era sabia, casi tanto como Dios.

Por eso, lo soñé y lo conté. Carlos y Madre lo aceptaron y, juntos, personifican la ley en el Mundo Oscuro. Si lo conseguimos, si logramos matar a Dios, alcanzaremos la luz. Seremos libres, prometió Madre.

Debe ser importante, ser libre…

Pero tengo miedo. En mi sueño, las cosas no eran exactamente así, Madre no miraba fijamente el techo, como fascinada por la luz mortecina de la única lámpara. Hace ya dos días que no se mueve, envuelta en un nido de sábanas húmedas y revueltas. Está muy pálida y ha empezado a emitir un olor extraño…

–Da igual –decide Carlos, impaciente–. Tenemos que hacerlo, y está a punto de llegar.

–¡No es el sueño, no es así como lo soñé! –insisto–. Debo volver a…

Carlos se aparta, tumba una silla y la rompe con un golpe del pie, desafiante. Es el mayor, y casi tan alto como Dios. Si no escupiera sangre, sería la única ley, con poder incluso sobre Madre. Pero tose y siempre, hasta ahora, ha pensado que no puede oponerse a Dios. Por eso considera importante mi sueño y no quiere esperar a otro, porque le ha dado las fuerzas y la motivación que no esperaba llegar a conseguir nunca. “Victoria o derrota”, ha dicho, da igual lo que venga, será bienvenido. También será inmenso, colosal, se extenderá por cada pared rebotando en cada rincón, en cada ángulo, y cambiará definitivamente el Mundo Oscuro y sus criaturas.

Madre. Él, yo. Elena y Rosa, sentadas en el suelo, aferrando sus muñecas rotas.

Yo jugué con esas muñecas… Bueno, con casi todas. Una de ellas, fue un regalo de Dios a Elena cuando llegó el momento, por dejarse bendecir sin gritar demasiado. Elena no es lista.

Carlos palpa con ambas manos un trozo largo de madera, el arma que ha improvisado con la silla rota. Intento evitar sus ojos. Ya hace tiempo que me mira como me mira Dios. No soy tonta, aunque lo simule. “Eres guapa. Hazte la tonta”, decía Madre. “Babea, tose, vomita… Si babeas, Dios no te tocará”. Y yo lo hacía, y me arrastraba como una bestia por las sombras del Mundo Oscuro cada vez que se abría la Puerta Alta, y nos inundaba la luz del Mundo Brillante. La naturaleza de Dios es aterradora, y la primera vez que se detuvo en mí aquella mirada, supe que era mejor huir. Por eso no me encontró. Por eso encontró a Elena y la bendijo, y es ella la que ahora está hinchada y deforme, podrida por dentro, esperando otro pecador…

Crujidos metálicos. Miramos hacia la escalera.

Allá arriba, la Puerta Alta se abre, nos inunda la luz… ¡Es tan intensa! No puedo mirar directamente, nadie puede. Nos agitamos en los restos desgarrados de nuestra penumbra, como gusanos perturbados por fuerzas descomunales. Parpadeo, retrocedo, me encojo, pero no dejo que el miedo me domine, no quiero perderme nada. Si Dios va a morir, quiero verlo. Quiero disfrutarlo y patearlo, arañarlo, morderlo… Suele decirnos que él nos concibió y que, por eso, hubiéramos podido ser perfectos, hubiéramos debido serlo, pero pecamos. Pecamos siempre, incluso antes de nacer. Él nos atrapó en el Mundo Oscuro y nos castigó, por nuestro bien.

La silueta negra de Dios parece desbordar el quicio de la puerta. Solo cuando la cierra y empieza a descender por la escalera, surgen las texturas, los colores, los detalles. Los ojos encogidos en pliegues, la boca forzada por la eterna mueca de desagrado, la gran nariz aguileña… Anchos hombros, robustos, aunque ya se curven por el peso de los años; manos grandes, capaces de hacer mucho daño…

Aterrador.

Lo soñé, soñé que se podía matar a Dios. Que los dioses sangraban y sufrían, que sus cuerpos podían pudrirse en la oscuridad, como nos pudrimos nosotros.

Soñé que pecadores y dioses no se diferencian tanto, que todo es una pura cuestión de fuerza.

Es verdad que, en mi sueño, mil detalles eran sutilmente distintos, pero Dios bajaba así, exactamente así… ¿O estoy recordando cualquier otro momento, una de sus muchas visitas? No sé qué es sueño, no sé qué es realidad, pero no importa, ya lo dijo Madre.

Todo es lo mismo en el Mundo Oscuro.

Carlos contiene la respiración. A su espalda, sujeta con más rabia la pata de la silla rota. Su arma.
En el sueño… en la realidad…

La madera rasgará la piel del Dios, aplastará sus huesos. Golpes, golpes y densos regueros de sangre perdiéndose en la negrura. Y, entonces…

Pero no. El plan soñado vuelve a quebrarse, rasgado por un grito.

Elena está de pie, tensa, la boca abierta desaforadamente, los ojos dilatados en una expresión de absoluto espanto. Algo oscuro y viscoso se desliza por sus piernas, mancha la suciedad del suelo, lo llena todo con un olor dulzón y denso. A su lado, Rosa la mira aturdida, con una muñeca sin cabeza entre las manos.

–¿Elena? –dice Dios, y parece repentinamente nervioso, como si el grito le hubiese arrebatado todo su poder. El caos siempre se extiende rápido por el Mundo Oscuro. Uno a uno gritamos todos. Dios retrocede, va a irse, pero tropieza en un escalón y cae deslizándose hacia abajo por la escalera.

El desenlace es el mismo del sueño, aunque sucede de un modo distinto.

Carlos reacciona, aprovecha la oportunidad, corre hacia él; lo cierto es que no sé si es Carlos. Lo dudo. Al otro lado de esos ojos terribles no puede haber nada realmente vivo.

Matar un Dios es una tarea peligrosa y sucia. También grita, pero ya no asusta igual. Por primera vez, mis entrañas no se estremecen con el poder de su voz.

Golpes, golpes, y densos regueros de…

Cuando, finalmente, Carlos se detiene es porque está agotado. Jadea, cubierto de sangre y sudor. Yo me acerco a los restos de lo que fue un Dios y los pateo con saña. Otra vez. Otra. ¡Qué satisfacción! Una deliciosa sensación de victoria me embriaga. Quiero seguir golpeándole, pero Carlos me sujeta por los brazos y me lo arrebata todo. Me mira, y vuelve el miedo.

–No. Olvídalo. Ahora, solo quedamos nosotros –dice. Parece una promesa. Tiemblo, mientras pienso que debo soñar cuanto antes con la muerte de otro Dios.

Carlos vuelve abajo murmurando entre dientes. Dudo sobre qué hacer y opto por dirigirme hacia el Mundo Brillante. Espero de verdad que exista algo allá. O que no exista nada y que esa nada nos mate.
Subo poco a poco y empujo la Puerta Alta. Se resiste, pesa, pero insisto con fuerza hasta girarla. Entonces, el resplandor me deslumbra, el miedo me aturde y me tengo que obligar a cruzar. Así descubro que la Puerta Alta es una especie de armario por el otro lado y da a una sala grande, con baldas y una mesa. Tablas y objetos de madera. Herramientas de metal. Virutas. Huele bien.

En un lado de la habitación hay otra puerta que se abre justo en ese momento. Un hombre asoma la cabeza. Me mira sobresaltado y me sorprendo al pensar que tiene los ojos de Madre. Sus pupilas, llenas de alarma, van varias veces de mí a la Puerta Alta, que vista desde aquí es un Umbral Negro. Finalmente, reacciona, da media vuelta y se marcha corriendo. Lo sigo, intrigada, hasta una habitación amplia, limpia, llena de muebles relucientes. Una distorsión luminosa y bella del Mundo Oscuro.

Hay una mujer. Al verme, se lleva la mano al pecho y grita. Es… extraño, el sentimiento que experimento mirándola. Aunque está cubierta de arrugas, su rostro tiene también un evidente parecido con el de Madre. Más allá, el hombre al que he perseguido, habla solo y se sujeta algo en una oreja.

–Sí, por favor, manden una patrulla. Es el taller de mi padre, al parecer hay una puerta oculta tras un armario. Vi algo, quizá un sótano del que yo no tenía ni idea, ni mi madre. ¡Y está saliendo gente!

Mi atención deriva hacia la imagen que hay en una mesita. En ella, aparecen cuatro personas y reconozco a Madre en una niña de sonrisa alegre, con el pelo largo y negro. A su lado, puede verse al hombre que ahora habla solo, también mucho más joven; y tras ellos, abrazados, están Dios y la mujer que grita.

Carlos entra en la habitación, con Madre en brazos, delgada, fría, muerta. Y el horror del Mundo Oscuro inunda por completo ese hermoso lugar, como un río de aguas pestilentes.

Cuántos gritos…

–¡No puede ser, mamá! ¡Mi hermana se marchó, se escapó de casa! ¡Tú recibiste sus cartas, no tiene sentido…!

–¡Dios mío! ¡Luisa, mi niña! ¡Estaba aquí, estaba aquí todo el tiempo!

Las voces se entrelazan, una y otra vez, diciendo cosas que no entiendo, ni me interesan. Me siento aturdida, con tanta luz, tantos ruidos. Y también aquí sueño y realidad se confunden.

Tiempo. Entran varios hombres. Todos visten igual. Hablan y algunos descienden al Mundo Oscuro. Eso les cambia. Ya no son los mismos tras cruzar el Umbral Negro. Cuando regresan, solo uno vomita en un rincón, pero todos parecen espantados.

Veo a Elena arrodillada, dolorida por lo que quiere salir, eso que crece y la hincha. Veo a Rosa caminando sin rumbo; arrastra por el suelo la muñeca decapitada, que deja un rastro de sangre en la resplandeciente madera. “¿Qué va a ser de nosotros?”, me pregunto, en un único rapto de lucidez. No sabemos qué hacer con la victoria sobre Dios, ni cómo sobrevivir en este mundo extraño de luces intensas en el que somos todavía más vulnerables.

Carlos tiene el rostro manchado de sangre, los ojos de lujuria. En la boca, lleva marcada esa expresión seca y decidida que ha heredado de Dios. Pero yo ya no le temo, ya no tengo por qué hacerlo. Percibo su frustración. ¿Cómo no me di cuenta antes?

Es él quien ahora me teme a mí. Ahora sabe que mato dioses con mis sueños.

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Acerca de Díaz de Tuesta

Escribo. Me publican Ediciones B, Norma Editorial y Tempus Fugit, así que tan mal no lo haré. ;DDD

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