Viaje literario hacia el gratis total


https://i1.wp.com/cdn.morguefile.com/imageData/public/files/d/dave/preview/fldr_2004_11_03/file000909879658.jpg
MorgueFile free photo. http://www.morguefile.com/archive/display/18774

Esta noticia del periódico EL MUNDO se refiere tanto a música como a literatura (a todo aquello cuyas obras pueden transmitirse con facilidad gracias a internet), aunque claro, a mí me ha llamado la atención como escritora. No puedo estar más de acuerdo con sus comentarios, ni más triste por las conclusiones que tenemos que sacar.

Hace algún tiempo, cuando estaba en la comunidad de Bubok, un compañero me comentó que, en pocos años, los escritores (así, en general, que siempre hay excepciones con las que usar los dedos de una mano) no tendrían ninguna forma de vivir de su trabajo. Ninguna. Que habría tal oferta de textos gracias a la democratización tecnológica, que la demanda no sería capaz de absorberla, y se terminaría regalando todo, en medio de un clamor general, un grito de “¡por favor, léeme a mí! ¡A mí! ¡A mí!”.

Aseguraba que, tarde o temprano, incluso se terminaría eliminando el nombre del autor de las publicaciones, llegándose así a una suerte de literatura bastarda: ya no seríamos ni yo ni tú los que contásemos las historias, sino “la sociedad” la que hablaría a través de (nuestros) sus textos. Alucinante, ¿verdad?

A él, semejante visión le parecía maravillosa; a mí, lo reconozco, una completa pesadilla. Cada cual somos como somos, qué se le va a hacer. Y yo soy yo y quiero seguir siendo yo mientras pueda, hasta que la Parca llegue para arrastrarme de los pelos a la negrura.

Vamos, que la idea de formar parte de una masa anónima no me seduce ni lo más mínimo, por muy bien que se exprese. Por mí, como si lo hace en verso, en endecasílabos perfectos. Que no. Me parece el colmo de la falta de respeto a la profesión.

Pero el caso es que, la vida le va dando la razón a mi compañero de Bubok. Ahora mismo, en nuestro torpe y triste viaje literario pasamos por la fase colapso total, esa en la que todo el mundo es escritor, porque los ordenadores facilitan el trabajo de rellenar folios y facilitan (o eso parece) el compartirlos. En la que cualquiera se sienta un día, redacta dos líneas porque “le salen del corazón” (en fin), y ya las pone a la venta (es sencillo autopublicar, aunque no se venda nada, así que, para qué tener paciencia y aprender el oficio antes de lanzarse a publicar) o directamente las regala, con la absurda esperanza de así hacerse conocer, cuando lo único que logran es enfangar más el pantano al que deciden lanzarse.

Así, sin ninguna criba de calidad previa, lo bueno se combina con lo malo en las estanterías virtuales. Forman un revoltijo caótico que el posible lector observa con auténtico agobio (yo también lo soy, así me siento, lo reconozco), porque no da abasto. Y, cuando trastea por ahí, se topa igual con una novela soberbia (autopublicada o no, ojo, este no es un artículo contra la autopublicación, aunque siempre criticaré la autopublicación irresponsable) que con los millares y millares y millares de bodrietes que han ido soltado los espontáneos de turno.

Gentes que no aportan nada a la cultura, porque no han tenido la paciencia de prepararse como es debido para crear algo de verdad válido. Gentes que no han querido realizar el esfuerzo de aprender a caminar antes de echar a correr, pero que suman ruido a la posibilidad de que otros puedan vivir de crear algo realmente válido, de aportar y sumar a esa riqueza de todos que es la cultura.

Para empeorar la situación, se mueven por internet archivos comprimidos con cien mil títulos (regalados o robados al autor, da igual, están al alcance de cualquiera, “¡libros gratis!”, te anuncian algunas páginas, qué bien, qué suerte, ¡han surgido de la nada para que ellos puedan regalarlos!). Hace poco un amigo me comentó que había visto uno y que había calculado que necesitaría trescientos años para poder leer todos los títulos que contenía.

Vamos, que si alguien lo pilla, ya no tendrá que comprar libros, ni él ni sus descendientes en varias generaciones. ¿Para qué? Tiene la lectura asegurada. Y, al menos en gran parte, buena lectura, de la que ha pasado una criba de calidad, con publicación editorial.

Visto el panorama, lo que cuesta llegar a un lector saturado, que tiene montón de oferta totalmente gratis a su alcance, las editoriales cada vez apuestan menos por desconocidos. O buscan que sean ellos mismos quienes consigan la promoción (te publico para que vendas ejemplares a tus amigos y familiares, y si no vendes lo suficiente me olvido de ti), y se dedican, sobre todo, a captar “celebrities”, autores de pega, gentes que, cegadas por la vanidad, se ponen más o menos a ello y escriben un librito.

¡Total, eso lo hace cualquiera!

Luces. Flashes. Prensa y promoción para ellos, precisamente quienes no la necesitan, como si no tuvieran ya poca.

Y todo se colapsa. El final de este viaje tiene muy mala pinta.

A ver, con qué pagamos al frutero, sí…

“¡Por favor, léeme a mí!”.

http://ow.ly/T1lnG

Anuncios