Estaré encantada de ser tu reina


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Hoy es 14 de abril, Salud y República a todos ;D

Es curioso, porque precisamente anteayer soñé que me encontraba con Felipe de Borbón.

Estábamos como aparecía en un momento de un telediario que vi hace tiempo, al poco de la abdicación de Juan Carlos. Se había parado en la calle a hablar con una chica que le reprochaba que se había coronado a toda prisa para evitar un referéndum del que, muy posiblemente, no hubiese salido con billete para el trono. Todos sabemos que de ahí venía el presentarlo todo como un hecho consumado, claro. No fuera a ser que el pueblo soberano decidiera otra cosa.

Supongo que, en aquella ocasión, se paró porque la chica era joven: mujer y sin experiencia, así que estaba convencido de que con una sonrisa de Borbón se la ganaría, por no hablar de la seguridad que le daba el matón de traje elegante y gafas negras que estaba allí al lado, muy atento (que para eso cobra bien de lo que paga en impuestos la chica), por si acaso le daba por mostrarse agresiva o yo qué sé. Pero ella ni estaba interesada en su sonrisa ni en caerle bien. Y por ser mujer, o ser joven, no tenía por qué ser tonta, ni se sentía amedrentada por el matón.

Viendo que la cosa no iba como había pensado, que no se la ganaba, al Borbón se le fue agriando el ánimo. Intentó, ya que está preparado para salir en cámara, que no se notase mucho, pero el carácter lo tiene malo, como suele ocurrir en quienes han sido educados en la creencia de que valen más que el resto y que lo que digan va a ir a misa, y bajo palio. Como el golpista criminal al que deben los Borbones actuales estar en el trono, vamos.

Tras un “ya has tenido tus cinco minutos de fama”, comentario realmente patético, que dice mucho de quien lo suelta, y más cuando él ha tenido muchas horas por la cara (simplemente por haber nacido en un sitio y no en otro, no por valerlo), se acabó la entrevista.

Y en mi sueño, como digo, yo estaba en la posición de aquella chica. Felipe me decía, como le decía a ella, “que se había preparado toda la vida para el puesto, que nadie mejor que él para ocuparlo”. Y claro, igual que la chica, yo le decía “¿Pero, por qué tiene que haber un rey? Y, en todo caso ¿por qué no ha podido prepararse cualquier otro, a ver?” Que es que no les entra en la cabeza, que lo de “más preparado” es una excusa que nadie ha pedido, a nadie le interesa. Lo realmente grave, es que solo haya podido prepararse “él”.

Ya que estaba tan interesado en ser mi rey (normal, habiendo tanto paro en otros puestos de trabajo), le repliqué un “Pues yo estaré encantada de ser tu reina”. Y él sonrió condescendiente.

¡Ja, qué broma la mía! ¡Qué petulancia! ¡Ser yo reina! Lo que en él es lógico, en mí es soberbia. Lo que en él es normal, y hasta cordial y cercano, hacer un comentario como ese, en mi es falta de humildad.

Esa sonrisa era la mayor demostración de lo antidemocrática que es la institución de la monarquía. Se sonreía porque “yo” no era nadie. “Yo” era una ciudadana anónima, del montón anónimo de seres sin importancia. Porque “él” tenía un largo linaje por detrás. Sus antepasados se habían podido permitir  tener a alguien tomando nota de quién se casó con quién y quién tuvo hijos de quién, mientras los míos trabajaban duramente para conseguir comer y pagar unos impuestos… con los que ellos poder mantener ese nivel de vida de lujo que siguen considerando un derecho.

Luego, oyes cada cosa por ahí, de gente que le entusiasma hacer reverencias a otros para así justificar que se las hagan a ellos…

Resulta que Felipe abre la boca y por él habla la voz de la Historia, el bramido de la vieja España, pero hablo yo y es como un silbido sin vida, como si hubiese surgido de pronto, como un champiñón solitario. No tengo pasado. No importa el hecho de que, si nos ponemos exquisitos con linajes, tanto Felipe como yo venimos de la misma larga línea, ambos unidos a la remota Eva, aquella primera primate que es nuestra abuela en común.

“Yo” no podía ser reina, pero “él” sí, el único, el “yolo” del “yo lo valgo” y además, “se había preparado toda la vida para ello”. Sin pensar ni darle importancia al hecho de que, esa famosa preparación, un gasto de recursos que hemos pagado los demás, nunca salió a concurso público, oiga, que para eso hay que nacer.

A ver, que yo escribo historias románticas de nobles, de reyes, de líderes, pero sé dónde está la línea, dónde debe estar en un país moderno, en el que no tienen cabida los privilegios de clase ni, mucho menos, los ciudadanos por encima de la ley.

Hoy en día, los rancios privilegios por nacimiento deberían quedar en el mundo de la literatura o el cine, exactamente igual que las cincuenta sombras de Grey o la bofetada de Gilda.

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