Adoctrinamiento y sociedad


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La gente que me conoce sabe que soy atea y contraria a todo tipo de adoctrinamiento. Estamos tan metidos en una rueda que gira imparable desde hace ya demasiados siglos (aunque no tantos como otras religiones de dioses muy distintos, dos mil años no son nada), que no nos damos cuenta: como nuestros abuelos y nuestros padres nos llevaban a misa (¡algo sagrado!), nosotros llevamos a nuestros hijos y ellos a los suyos.

Nos casamos por la Iglesia católica, bautizamos a los recién nacidos, hacemos la comunión y, cuando nos morimos, ofician una misa por nuestras almas. Incluso, a veces, se hacen muchas de estas cosas no por devoción, sino porque siempre se han hecho y son la excusa para reuniones familiares, fiestas y festejos varios, algo que parece inocente, pero que no lo es, porque ayuda a perpetuar los mitos, creencias antiguas que arrastran antiguos prejuicios.

Cuando alguien de pronto ve más allá, cuando recopila datos del pasado (conocer la historia de la humanidad mata muchos dioses), del presente, cuando estudia actuaciones de unos y otros, y razona, cuando empieza a pensar por sí mismo, se rompe el círculo vicioso. Cuesta. Como todo adoctrinamiento, es algo que pasa a formar parte de nosotros mismos.

Y, puesto que es un adoctrinamiento bendecido por la propia sociedad, rechazarlo resulta mucho más difícil todavía.

Y mira que siempre me sorprende, en la España de la novela realista, del costumbrismo, del rechazo tradicional mayoritario por los géneros fantásticos, el fuerte arraigo de estas tradiciones. El empeño de creer en un ser sobrenatural patriarcal (cómo no), que es Padre y es Hijo. Y tanto despreciaban el género femenino los distintos creadores de estos relatos (hombres del pasado, atados a su tiempo y cultura), que en lugar de plantear la tradicional familia divina (dios, diosa, hijo, habitual en todas las religiones antiguas), decidieron echar mano de la imaginación y crear… una paloma.

Vale. No voy a entrar más en el análisis de algo que, o es dogma (te lo crees sí o sí y no lo discutes) o es una idiotez. Es solo que, a veces, pienso en todas esas grandes bibliotecas llenas de libros escritos por hombres (raramente mujeres, claro) con estos temas, y me pregunto cómo se puede perder de semejante modo el poco tiempo que dura nuestras vidas.

Por todo esto y mucho más, creo que una enseñanza religiosa en la niñez, sea cual sea la religión, es un problema grave de adoctrinamiento sectario al que no se le está dando la importancia que realmente tiene. Las religiones han servido para consolar a lo largo de la historia, pero también para controlar y para utilizar los rebaños de borregos en mil guerras. Aún hoy muchos siguen escudándose en la religión para hacer unas cosas u otras que solo responden a sus propios intereses mundanos. No nos engañemos, ninguna escapa al derramamiento de sangre, ni a las mayores insidias.

Y es que, creer en un dios u otro no te hace ser bueno o malo. Dios y bondad tienen poco que ver, como nos lo han demostrado tantos clérigos que han dicho hablar en su nombre. Y hombres buenísimos, sorpresa, no han creído en dios.

Dios no existe, pero los conceptos de bien y mal, creados por los humanos, sí tienen una expresión en el mundo real.

Los niños deben ser educados en la moralidad. En la educación y el respeto. En el hecho de que deben pensar libres en un universo lleno de maravillas, pero maravillas que pueden y deben analizarse y probarse, no quimeras basadas en delirios de hombres antiguos. Que se pregunten todo, que lo cuestionen todo y solo solo tengan la verdad comprobable como bandera.

La verdad, como dicen muchos que tratan de cegar con la mentira, nos hará libres. Libres de verdad, si se me permite el juego de palabras.

Y, desde luego, no se puede permitir que hoy en día una religión socave los avances en igualdad de géneros o libertad sexual, que se meta en política o que, menuda barbaridad, propague una doctrina que vaya contra el ordenamiento jurídico del país.

La semana que viene hablaré de este último punto. Cañizares, sí. Y otros.

Me da mucha envidia Suecia, que nos lleva siglos de adelanto en estos temas. Claro, ellos no tuvieron unos Reyes llamados Católicos que necesitaron del apoyo del Vaticano para mantener su poder y anexionarse territorios, con lo que dieron paso a una Inquisición que a ellos no iba a torturarles nunca.

Hasta estoy dispuesta a asegurar que, nacidos en una época oscura, sin muchas posibilidades de zafarse de su propio adoctrinamiento, y visto que todo les salía redondo (¡hasta encontraron un nuevo continente!), llegaran a creer sin asomo de duda en ese Dios que deseaba que ellos fueran reyes y otros pobres, ellos poderosos y otros miserables. ¡Menuda suerte!

Supongo que sí, que tenían auténtica fe, aunque me pregunto si en los últimos días de su vida, a medida que veía cómo morían casi todos sus hijos y nietos, no se plantearía Isabel que su divinidad la había traicionado.

Por suerte para sus ciudadanos, en Suecia, pronto será ilegal incluso en las escuelas privadas enseñar las doctrinas religiosas como si fuesen ciertas.

Uno lee la frase, la vuelve a leer y se pregunta cómo es posible que haya que crear una ley para evitar que ocurra algo así. ¿Verdad?

Pero, en este mundo de absurdos, es una ley novedosa que muchos desearíamos tener. Y, sin embargo, aquí estamos, con la Religión como asignatura en las aulas. No vaya a ser que los nuevos ciudadanos se queden sin adoctrinar.

Aquí, la noticia en inglés, en The Guardian.

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