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Amazon, Desde las redes, Editorial, Realismo, Recopilatorio, Relatos, Terror

En la gran marea

Año: 2010
Relato ofrecido bajo licencia CC Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 Unported
(4º PREMIO XLVI CERTAMEN DE USUARIOS BUBOK. tema: Océanos y Mares)


gran-marea

Amanece. El sol está tiñendo de oro las aguas del mar y me ilumina, aquí en lo alto, azotada por el viento húmedo. Tengo los pies firmemente afianzados sobre un metal que siento frío y fugaz. Sé que esos hombres tan extraños me miran, divididos entre la esperanza y el horror, pero yo sólo tengo ojos para el mar.

¡Parece tan colosal, tan inmenso! Hogar de dioses y espíritus, según dicen, y aquí está, esperándome. Siempre ha estado aquí. Y yo tenía que llegar.

Antes, no lo sabía. Si caminé hasta la costa durante semanas fue porque me habían contado que, en las tierras que quedaban al otro lado del mar, se comía tres veces al día. ¡Tres! Ni mi madre ni yo podíamos creerlo. “¡Exageraciones!”, nos dijimos. Quizá dos, más probablemente una… Pero, aun así, decidimos que merecía la pena intentar el largo y penoso viaje. Ambas pertenecíamos al grupo de los que conocen la angustia de ver caer la noche sobre un día en el que no has tenido absolutamente nada que comer. Para nosotras, saber que habría algo seguro, al menos una vez, ya nos parecía suficiente milagro.

Ni la tierra, ni el mar, ni los hombres, podían suponer un obstáculo en mi camino.

–Llegaré, madre –soñé en voz alta, intentando no ver que ella no lo creía–. Llegaré y arrancaré un futuro de ese paisaje extraño.

Dejé atrás una hija que no paraba de llorar y una madre que ya no podía hacerlo. A veces, en el largo camino, temblando de angustia y de frío, creándome de la nada una y otra vez en cada paso, me pregunté si yo era una mujer valiente. La verdad, no lo creo. Me atemorizan los dioses que viven en la espesura, los espíritus que nunca descansan y todo lo que no soy capaz de ver en la oscuridad. Pero tuve que ver morir a mi esposo por la guerra  y a mi hijo menor por el hambre, y mis ojos se quemaron con esas imágenes. Hay cosas que ya jamás podrán asustarme.

Alcancé el mar con llagas en los pies sólo para descubrir que, en la ciudad costera, se hacinaban otros muchos como yo, gentes que deseaban exactamente lo que yo quería. Recuerdo haber pensado que había olas en el mar y había olas en tierra, formadas por una inmensidad de criaturas que se mecía continuamente de un lado a otro, sin rumbo ni esperanza, sin principio ni fin, arrastradas por una insoportable marea de desilusión. Éramos náufragos en el océano del mundo, cargados con un eterno lastre de hambre y miedo.

Todos nos sentíamos asfixiados, empujados por la desesperanza de una nada que nos perseguía muy de cerca y nos comprimía contra aquella frontera líquida. La que nos separaba del mundo soñado.

Se hablaba de los que lo intentaban y no lo conseguían…

A mí, que nunca antes había visto el mar, me pareció hermoso y temible. Quizá porque no sabía nadar, me amedrentaba más que cualquier otro de los obstáculos que me había encontrado en el camino, pero no quería demostrarlo. Me acerqué a la orilla. Era la hora del crepúsculo y el cielo destilaba rojos intensos sobre aquella gran masa de agua. Supuse que allí, en el rumor de aquellas olas, debían habitar espíritus muy fuertes.

Tuve que recordarme una y otra vez que quien ha visto la sangre de su hombre mezclada con el barro del mundo, ya no le teme a nada.

–No te atrevas, mar. No te atrevas –le dije, desafiante, apretando los puños. El último obstáculo, mi adversario definitivo. No consentiría que me detuviese. Por mi madre. Por mis hijos, los vivos y los muertos. Por el recuerdo de mi esposo y por mí misma, lo cruzaría y conquistaría, y llegaría al otro lado.

Las olas murmuraron en respuesta algo que no pude entender. Soy gente de tierra seca, de polvo, de sol despiadado. Nunca he comprendido otros lenguajes.

Supongo que se burlaba de mi arrogancia, porque pronto descubrí que, para los que nada teníamos, había pocas opciones y todas quedaban fuera de mi alcance. No disponía ni de la documentación ni de los medios para viajar legalmente. Hasta para vivir en el día a día tuve que olvidarme por completo de mí misma y trabajar en un burdel cercano al puerto, lo único que logré encontrar tras dar tumbos por todos lados, arrastrada en aquella marea.

Empezaba a hacerme a la idea de que nunca saldría de allí, cuando conocí a Ahmed. ¡Creía que yo era guapa! Eso casi me hizo sonreír, pensando en tantos instantes en los que se quedó mi posible belleza; mirando hacia atrás, casi podía verla, como jirones de ropa destrozada en las zarzas de un camino. Pero agradecí aquel rayo de ilusión y le escuché mientras hablaba del barco que iba a levar anclas, de la oportunidad única. Él pensaba subir de polizón con un par de compañeros. Yo no dudé ni un segundo. Me fui con ellos.

Era de madrugada cuando nos deslizamos en el barco, cuatro sombras encogidas por el temor a ser descubiertas…

No merece la pena hablar del inicio del viaje. No teníamos casi luz, pero hubiera dado lo mismo: nadie se atrevía a mirar a los ojos a los demás, para no ver su miedo reflejado. Todo vibraba y se oía continuamente un bramido de fondo, una mezcla de ruido de motores y el eterno rumor del mar. A veces, yo ponía las manos en la gigantesca pared de metal que me separaba de aquella bestia y trataba de sentirlo más cerca. Me preguntaba si estaría furioso con nosotros por haber burlado sus límites, por habernos atrevido a cruzarlo sin permiso de mortales o inmortales.

No sé en qué momento se detuvieron los motores. Yo estaba dormida y fue Ahmed el que me despertó. Dijo que los otros dos habían ido a investigar. De pronto, oímos gritos y movimiento, seguidos de pasos, muchos pasos, invadiendo la bodega. Debían haber descubierto a nuestros compañeros y nos estaban buscando. Corrimos, separándonos entre los gigantescos montones de carga. Yo me escondí bajo unos sacos y contuve la respiración. No me encontraron pero sí a Ahmed. Oí sus gritos, y golpes. Se lo llevaron.

Al cabo de un rato, me arriesgué a salir. Nuestras cosas no estaban en su sitio por lo que, tras pensarlo bien, me dirigí a la escalera. No me engañaba: lo mejor, dadas las circunstancias, era entregarme. Tenía más posibilidades de sobrevivir al viaje estando con mis compañeros encerrada en algún sitio, que allí sola, a oscuras y sin víveres ni agua.

Salí al exterior, al olor a mar, al sabor salado de la brisa, en algún punto cerca de la borda. Desde allí me deslicé por un lateral, siguiendo las voces. No entendía el lenguaje de los hombres del barco, aunque sí supe que estaban furiosos. Ahmed pedía clemencia, suplicaba aterrado. ¿Qué ocurría? Cada vez más asustada, rodeé la pared de un castillete y pude ver el grupo, justo en el momento en que dos marineros arrojaban por la borda a uno de nuestros compañeros. Ahmed forcejeaba con otros tres, pero le golpearon en la cabeza con una barra de hierro y corrió la misma suerte.

No me lo podía creer. No me podía mover.

–¡Eh! –Oí entonces. Sobresaltada, miré a un lado y me topé con el rostro iracundo de otro marinero. Los demás también dieron gritos y fueron de inmediato hacia mí. Intenté huir como pude, corriendo enloquecida por aquel barco inmenso que tan hostil me parecía pero, como era de suponer, terminaron cerrándome el paso y me arrinconaron contra la borda.

Entonces, para mi sorpresa, se detuvieron. Formaron un semicírculo a mi alrededor, pero no se acercaron más. Todos me miraban con expresiones perdidas entre la ira y el espanto, los ojos deslizándose entre los míos y mi vientre, ya abultado por la curva de una nueva vida.

Las voces. Las voces dando vueltas en el aire empapado de mar…

–¡Por Dios! ¡No podemos hacerlo! ¡Eso no!

–¡Ya conoces la ley! ¡Con ella aquí, no tenemos seguro, y si la llevamos con nosotros nos caerá, como poco, una multa que no podremos afrontar! ¡Y si la llevamos de vuelta, lo perderemos todo!

–¡Son leyes estúpidas, criminales!

–¡Díselo al que las redactó en un despacho!

–¡Hay que echar fuera al intruso! ¡No tenemos más remedio!

–¡Está embarazada!

–¡También lo está mi hija! –El que dijo eso se dirigió hacia mí, mirándome con ira e impotencia. Contemplé el rostro asustado de un viejo enfrentado a la miseria, aterrado por la misma nada de la que yo había llegado huyendo–. ¿Te das cuenta de la situación en la que nos has puesto, niña? ¡No puedo perderlo todo!

Yo no entendía sus palabras, pero la desesperación que transmitían sus ojos era hermana de la que vivía en mi interior. Sentí una pena inmensa, por ellos, por mí: todos en aquel barco éramos seres atrapados.

–Oh, no, diablos –susurró el viejo–. No te pongas a llorar…

Estaba tan cansada, tanto… Ya era hora de aceptar que no conseguiría cruzar hasta las tierras de la abundancia, y que tampoco podía regresar. Si lo hacía, tendría que enterrar allí este nuevo hijo, porque a nadie iba a importarle el destino de un niño famélico más entre el oleaje humano de los oprimidos; y a mí me esperaban el burdel, el hambre, la enfermedad y una muerte solitaria en la ciudad de la Gran Marea, la que devoraba sueños y escupía pesadillas.

El mar bramó, el inmenso mar que estaba por todos lados, en el aire, en el viento, en aquel olor maravilloso que azotaba mi pelo…

Y entonces, entendí lo que me decía, lo entendí de verdad. Me esperaba, aquel era mi destino.

Por eso, me subí a la borda. Por eso, estoy aquí…

Amanece. Siento el metal bajo los pies, el viento húmedo azota mi cuerpo. El mar me observa, el cielo calla.

–¡No! –grita el viejo, y hasta se adelanta para tratar de impedir lo que él mismo había querido hacer momentos antes. Pero yo salto.

Salto hacia el mar, sin miedo. Ahora conozco su idioma.

No te atrevas, mar.

No te atrevas…

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Acerca de Díaz de Tuesta

Escribo. Me publican Ediciones B, Norma Editorial y Tempus Fugit, así que tan mal no lo haré. ;DDD

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