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De sombras y quimeras

Año: 2009
Relato ofrecido bajo licencia CC Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 Unported
(4º PREMIO XLVI CERTAMEN DE USUARIOS BUBOK. tema: Superhéroes)


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¡Maldita sea!

Quimérica, o lo que quedaba de ella, hizo un esfuerzo y abrió los ojos al oír voces y risas. Dos hombres arrastraban violentamente a un tercero hacia las sombras del callejón en el que se encontraba. Le costó captar algún detalle en aquellas siluetas tan negras: la noche era muy oscura, tormentosa, una densa cortina de lluvia lo desdibujaba todo, y la única iluminación venía del ventanuco de la parte trasera de un restaurante chino.

En otros tiempos, cuando poseía una visión capaz de detectar un alfiler a un kilómetro, nada de eso hubiera supuesto un problema.

Las sombras. La oscuridad… El mundo, carente de color, se hundía en aquella marisma de grises…

Se estaba muriendo. ¡Por fin! ¡Qué inmenso alivio! El momento se acercaba, podía sentirlo en los huesos con más fuerza que la humedad de la tormenta. Le quedaban algunos minutos, una hora, quizá…

Los dos hombres arrojaron a su víctima contra un montón de basura que se pudría lentamente en un rincón. Uno lanzó una carcajada y lo insultó, el otro la emprendió a patadas con él, mientras le echaba en cara que había comprado la droga a otro camello, o eso entendió. Golpes, golpes, golpes. Caos, dolor y furia envueltos en aquellas sombras.

Debería hacer algo”, pensó Quimérica. Claro que resultaba más fácil decirlo que hacerlo. Se sentía tan débil… El poder se había ido casi por completo, ya no percibía aquella sensación gloriosa que siempre lo acompañaba, tan cercana a la borrachera, tan embriagadora. La echaba de menos…

No, no debía flaquear, su decisión estaba tomada. Toda larga vida derivaba en un océano de remordimiento, como un río que fuera cargándose de culpas, y la suya había sido formidablemente extensa… Mucho tiempo, muchos errores, demasiadas imágenes, voces y momentos. A veces sentía que la cabeza le iba a estallar. Necesitaba dormir, descansar, no ser nada, no sentir…

Y, sin embargo, allí estaban aquellos individuos obligándola a tomar más decisiones.
Sus dedos se hundieron en el lodo siguiendo el impacto de una nueva patada, y otra, y otra… Algo cálido se extendió por su cuerpo y renovó parcialmente sus fuerzas. Qué sorpresa. Todavía quedaba en su interior un resquicio de ira, un conato de rebeldía ante la maldad del mundo.

Todavía vivía en ella esa pequeña y patética criatura, la que estaba convencida de que podían cambiarse las cosas.

Y todavía era capaz de una última quimera…

La mente humana era algo asombroso. Pensamientos, sueños, delirios, ilusiones… Si creías en ellas, si sabías cómo transgredir los límites y vestirlas de realidad, tenían una fuerza ilimitada. No sería la primera vez que había matado a un hombre haciéndole creer que ardía en llamas. Esa última noche, en esa última quimera, sería más creativa. Verse disueltos entre hemorragias por el virus del Ébola sería un castigo adecuado a tanto salvajismo.

Estaba a punto de tejer la intrincada red de aquella ilusión, cuando una figura vertiginosa cayó sobre los dos individuos y los derribó. Fuera lo que fuese, volvió a alzarse de inmediato. Los matones se levantaron, atónitos, mirando hacia lo alto. Uno gritó señalando algo. El otro sacó una pistola.

La figura regresó: descendió para patearle la mano y lo desarmó, mientras se estiraba para dar un puñetazo al otro. Un nuevo volatín, un directo al estómago que posiblemente pulverizó varias vísceras, y una presa en la cabeza del que aún quedaba en pie para romperle el cuello con un sonido seco…

Todo sucedió más rápido de lo que podía contarse. No era raro tratándose de Bohemio.

Quimérica lo estudió con una punzada de miedo, no porque temiese por su vida, sino porque temía por su muerte. En algunas épocas, habían sido amigos; en otras, amantes. Y adversarios, también adversarios. Siempre habían formado una curiosa pareja. Ella, Quimérica, había caminado sigilosa entre los mundos, mezclando lo real y lo ilusorio, moldeándolos temporalmente a su antojo. Bohemio, por su parte, había sido un alegre vividor del caos, siempre con una sonrisa fácil y una absoluta falta de escrúpulos y arrepentimientos.

Había habido momentos en los que estuvieron tremendamente cerca el uno del otro y, sin embargo, siempre habían querido distintas cosas… Ni siquiera se habían reunido en los últimos siglos para nutrirse mutuamente, para renovarse, ese pequeño gran mal, esa exigencia que imponía su naturaleza.

Bohemio caminó por el callejón observando inexpresivo los cadáveres. Su imagen era la de un hombre alto y atractivo, vestido con un abrigo largo, negro, y botas de aspecto recio.

–Lárgate –le dijo al tipo que seguía en el montón de basura. Él obedeció sin mirar atrás, medio arrastrándose. Se abrazaba el cuerpo dolorido, como si temiera dividirse en pedazos.

Entonces, Bohemio se giró hacia ella. Lo vio inclinar la cabeza y supo exactamente en qué momento la reconoció.

–¿Quimérica? –preguntó. Su voz juvenil, pese al largo, larguísimo tiempo, que llevaba pronunciando palabras, sonó sorprendida–. ¿Quimérica, eres tú? –Siguió sin contestar. Bohemio avanzó en su dirección levantando un chapoteo húmedo del barro. Se acuclilló a su lado¬–. Preciosa, vaya mierda de aspecto tienes.

–Déjame en paz… –consiguió decir. Intentó incorporarse, alejarse, pero simplemente cayó de lado. Se agitó con violencia cuando Bohemio la sujetó y volvió a sentarla–.¡No me toques!

–¿Quieres evitarlo? Pues ya conoces las normas: tendrás que ser capaz de hacerlo –replicó él, mientras la colocaba bien. Chasqueó los dientes–. Te lo digo en serio, Quimérica, estás hecha una pena. ¿Cuánto percibes de realidad?

Buena pregunta. Una, que indicaba lo mucho que la conocía. Quimérica suspiró. Más allá de aquel callejón, nada. Para ella, el mundo ya no existía Todo era negrura, y sombras, y caos infinito. Estaba a punto de disiparse.

–No te importa…

–Oh, claro que me importa. ¿Qué te ha pasado? ¿No te has nutrido? ¿Ninguno de los nuestros te ha ayudado a renovarte? –Bufó ante su empecinado silencio–. Tiene gracia, Quimérica, tú siempre has sido más sociable que yo y, ahora, cada vez estás más sola… –Le acarició la mejilla, con suavidad–. Pero estoy aquí, y estoy rebosante de poder. Memoria me nutrió la semana pasada. Por cierto, hablamos de ti. Nos preguntábamos si ya estarías muerta.

Memoria. Vaya pieza. Quimérica jugaba con la fuerza de las ilusiones, pero Memoria reconstruía la realidad a su gusto. No sentía respeto ni tenía límites, en sus manos nada era menos fiable que un recuerdo: se guiaba a veces por el puro capricho y lo llenaba todo de incertidumbre. Quizá por eso se atraían, y de una forma especial. Al menos, eso ocurría en el pasado… No consiguió recordar la última vez que se acostó con ella.

–Prácticamente –susurró–. Con suerte, si no me sueltas de una maldita vez, me moriré en tus brazos.

–Hay que joderse. Idiota. –Bohemio maldijo, sacó una jeringuilla del bolsillo del abrigo y empezó a extraerse sangre de la muñeca, una dosis generosa. Tenía un intenso color azul y añadió al callejón una luminosidad fría, inquietante. Luego, se volvió hacia ella, que trató de alejarse arrastrándose penosamente. ¡No, no! ¡No podía hacerle eso! ¡No podía quitarle ese descanso que tanto ansiaba…! “Tejer, tejer…”, se dijo, desesperada. Tenía que tejer un sueño denso, muy denso, envolvente, compartido…–. Ven aquí, loca. Si crees que voy a dejar que te suicides, andas muy equivocada. ¿Que no quieres renovarte? Yo lo haré por ti. –Le levantó la manga del brazo derecho y la obligó a extenderlo–. No voy a dejar que te disuelvas en tus sombras. Te quedarás aquí en la realidad conmigo.

–¡Déjame, no quiero!

–Ya lo sé. –Bohemio sonrió apretando el émbolo. La sangre pura, la sangre azul que solo tenían unos pocos elegidos, entró en sus venas con la fuerza de una locomotora y la renovó por siglos. Quimérica se arqueó hacia atrás ahogando un gemido, sintiendo que todo se rompía en su interior, muy dentro, que todo dejaba de ser para volver a reconstruirse.

Las sombras empezaron a alejarse. La oscuridad se atenuó. El frío y la humedad de la tormenta disminuyeron…

Él la miró, como buscando algo que no consiguió encontrar.

–Necesitas descansar –dijo entonces–. ¿Quieres que te lleve a algún lado?

–No, gracias. Ya has hecho suficiente. Piérdete.

Bohemio contuvo una réplica, molesto. Se alzó en el aire y desapareció.

Quimérica todavía esperó unos momentos antes de romper el sutil tejido de irrealidad que había extendido por el callejón. Incluso ella había sido víctima de su influjo durante los últimos minutos. Al desaparecer la ilusión, al ver rodando por el barro la jeringuilla con su fulgor azul, perdió las supuestas fuerzas renovadas, perdió la aguda visión, regresaron el frío y las sombras…

Bien, estaba hecho. Bohemio se había ido creyendo su última quimera, que la había nutrido, que le había dado su sangre.

Ahora, solo quedaba esperar. Como mucho, una hora…

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Acerca de Díaz de Tuesta

Escribo. Me publican Ediciones B, Norma Editorial y Tempus Fugit, así que tan mal no lo haré. ;DDD

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