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Desde las redes, Realismo, Recopilatorio, Relatos, Textos en línea

Flora duerme en el bosque

TERCERA ÉPOCA
Año: 2009
Relato ofrecido bajo licencia CC Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 Unported
(II PREMIO Xx CERTAMEN DE USUARIOS BUBOK. tema: Detectives)


Flora duerme en el bosque

El verano en que cumplí trece años, mi madre y yo vivíamos en un pueblo muy pequeño, en el que nunca parecía pasar nada. Quizá por eso suscitó tanto interés la noticia de que el hombre que había alquilado la vieja casona era detective.

¡Un auténtico detective, como los de las películas! ¿Estaría investigando algo? ¿Un crimen del que aún no teníamos noticia? La llegada de Ricardo Barea atrajo la atención de todos, incluso la mía, que por aquella época me había enamorado por primera vez y hubiera debido estar más pendiente del chico de mis sueños, Alberto, el hijo del alcalde.

Pero, si de verdad Barea era detective, cosa de la que pronto se empezó a dudar, no daba la talla ni de lejos. Todo el mundo sabía que los detectives siempre estaban rodeados de un aura de misterio, de glamour, como afirmaba mi amiga Flora. Usaban sombrero oscuro y gabardina de tonos claros, fumaban mucho y siempre tenían cerca una chica, una mujer vieja como de más de veinte años, cierto, pero tremendamente guapa, y de largas piernas y todo eso.

Ricardo Barea no llevaba sombrero, ni gabardina, no fumaba y había llegado solo. No parecía estar investigando nada, porque salía poco de la casa, situada ya en las afueras, y únicamente iba al centro del pueblo cuando tenía que hacer alguna compra. Yo solía cruzarme con él en el bosque, y en cierta ocasión le vi en las ruinas de la ermita, hablando con mi madre.

Era un hombre extraño o, mejor dicho, había algo extraño en su mirada.

El golpe de gracia para su popularidad lo dio la noticia de que en nuestro país los detectives no tenían realmente permiso para investigar crímenes. No se les dejaba buscar al asesino, ni estudiar las pruebas, como en las películas.

–Son pobres diablos, gentuza. Sólo se dedican a temas de Aseguradoras –explicó don Evaristo, el alcalde, en el bar. Nos miró de reojo a Flora y a mí, que merendábamos en nuestra mesa del fondo, y añadió, con tono más bajo–: Y, bueno… asuntos personales, ya me entienden…

–Asuntos de cuernos –me susurró Flora, y ambas reímos entre dientes–. Ni caso, Blanca. Digan lo que digan, Barea es más que interesante. Incluso podría decirse que sigue siendo guapo, pese a su edad. Sé de buena tinta que la señorita Conchi –se refería a la maestra– está loca por él.

Abrió la boca para añadir algo, pero volvió a cerrarla. No fue necesario, supe lo que estaba pensando.

También mi madre estaba loca por él. Y yo quería odiarle.

¡Tenía tantas cosas en mi cabeza aquella medianoche de finales de agosto, cuando me escapé sigilosamente de casa porque había quedado con Flora en el bosque…! Nunca quedábamos tan tarde, y menos fuera del pueblo, pero había insistido mucho a lo largo de todo el día, hasta que accedí. Me intrigaba qué podía pasar, qué quería contarme con tanto secreto.

Flora llevaba algún tiempo actuando de un modo misterioso. Desaparecía durante horas y se mantenía taciturna, algo muy extraño en ella, que siempre había sido tan parlanchina. Yo sospechaba que también se había enamorado de alguien, incluso pasó por mi mente el nombre del propio Barea. Esperaba que, esa noche, decidiese revelarme su secreto.

Pero, al llegar al lugar de la cita, me topé con su cadáver.

Lo primero que vi fue la luz, claro. Su resplandor amarillento me fue guiando en la distancia. Pensaba que era la linterna de Flora… pero cuando llegué al río la descubrí allí, tumbada en la hierba, cerca de la orilla. Al principio, creí que se había quedado dormida, algo que no me hubiera sorprendido, a semejantes horas; sólo tras un segundo vistazo descubrí que tenía la cabeza apoyada sobre una piedra, como si se hubiese desnucado por una mala caída. Su vestido blanco parecía refulgir con la luz de la linterna que alguien sostenía a baja altura.

Dirigí la mía hacia allí, instintivamente, y reconocí al señor Barea. Estaba acuclillado junto al cuerpo, estudiándolo con atención, pero alzó de inmediato la cabeza.

–No mires, Blanca –me ordenó. Eso, y su tono tranquilo, evitaron que entrara en pánico. Se puso en pie–. ¿Se puede saber qué haces aquí a estas horas?

–Es que… –Eso fue todo, me quedé sin voz. Además, no conseguía centrar la mente en nada. Debió darse cuenta de cómo me sentía, porque se apiadó de mí.

–Tranquila. He llamado a la policía, no tardarán en llegar. Tendrás que esperar aquí conmigo. –Asentí, y bajé la pequeña cuesta en dirección a unas rocas que se alzaban junto al río, para sentarme. Me temblaban las piernas. Recuerdo que me pareció un recorrido inmenso, mientras intentaba no mirar más a Flora. Sus ojos de cristal me daban miedo–. Ten cuidado, no pises ahí. –Barea señaló el suelo, en una zona de barro tierno, con el haz de la linterna–. Hay una huella. –Miré en aquella dirección y no pude evitar un sobresalto–. ¿Ocurre algo?

–No… – susurré, los ojos fijos en la huella, bien marcada, del pie derecho de unas deportivas. Conocía aquel dibujo, claramente único, y aquella talla de zapato. Flora y yo las habíamos encontrado muchas veces por el bosque.

Eran las deportivas de Alberto, un modelo de una marca muy cara. A principios de verano habíamos hecho una hoguera en el bosque, durante una comilona, y luego había pisoteado las brasas, para apagarlas. Las suelas se habían derretido en parte, y se había distorsionado su dibujo hasta hacerlo inconfundible.

–¿La has reconocido? Sí, claro que sí, no hay otro igual. Y yo también. –El señor Barea agitó la cabeza–. Lo siento mucho, niña. Sé que estás… interesada en él. Te he visto, sé cómo le miras… ¿Por eso estás aquí? –Esperó un segundo. Como no dije nada, continuó–: Supongo que sí. No creo que tu madre sepa que has salido a estas horas. Te has escapado. Quizá habías quedado con él…

–¡No! –Me ruboricé, como la pequeña virgen inocente que era entonces–. ¡Pero qué dice! ¡Yo… nunca hubiera hecho eso! ¡Había quedado con Flora! ¡Me dijo que quería mostrarme algo!

–Con Flora. Vale, entendido. –Chasqueó los dientes–. Entonces, puedo hacerme una idea de lo que ha pasado.

–¿Qué? ¿Qué ha pasado?

–Me consta que Flora y tu amigo mantenían una relación… –Abrí desmesuradamente los ojos y agité la cabeza, incapaz de creerlo. Debió leerlo en mi rostro, porque insistió–. Lo sé con toda certeza, te lo aseguro, les vi la otra noche… –se interrumpió, buscando una forma mejor de decirlo– pasando el rato. Pensé en llamar a la policía, porque Alberto tiene veinte años, pero Flora era una menor. No lo hice. Ahora lo lamento.

–No es posible… No es cierto, se ha confundido. Alberto no ha podido ser…

Me miró con pena.

–En eso, puedo equivocarme, claro. Pero, el escenario de un crimen siempre habla por sí mismo y, si sabemos escuchar, podemos reconstruir lo sucedido aquí esta noche. Por lo que me dices, yo aventuraría que Flora quedó aquí contigo, pero también con Alberto, para organizar una escena y dejarte claro cómo estaban las cosas. –Dio un par de pasos a un lado, moviendo la linterna, dirigiendo la luz a distintos puntos, a medida que hablaba–. Se encontraron aquí y, en algún momento, empezaron a discutir.

–¿Cómo sabe eso?

–Hay rastros de un forcejeo. Quizá él quería dejarlo y Flora le amenazó, y te puedo asegurar que podía ponerle las cosas muy difíciles, de decidir denunciarlo. Él cogió una piedra, esa… No está tan firmemente incrustada en el suelo como las otras. Creo que la cogió, golpeó, y luego la volvió a dejar, colocando encima la cabeza del cadáver, intentando de forma poco hábil simular un accidente.

–Pudo serlo…

–No. Al margen de lo demás, mira las manos de Flora. –Las enfocó con la linterna. Yo no pude ver nada, realmente, pero él siguió hablando–. Las uñas tienen restos de piel y sangre, y hay algunos cabellos en la derecha, entre los dedos… Pruebas que indican una lucha y que me temo que señalarán directamente a Alberto.

Empecé a llorar, no pude evitarlo. El señor Barea avanzó hacia mí, me cogió por un brazo y me condujo hasta un gran tronco caído, donde me senté. Él se acomodó a mi lado, me dio su pañuelo, y dejó que me desahogase. Creo que hubo un momento en que acercó una mano para acariciarme el pelo y consolarme, pero se contuvo.

–Blanca, hay algo que me intriga –preguntó, al cabo de un rato, cuando estuve más calmada–. Has llegado y me has visto aquí, con el cuerpo, pero no has tenido miedo de mí. Por la impresión que me da, en ningún momento has pensado que yo pudiera ser el asesino. ¿Puedo preguntar por qué?

Consideré si debía responder a eso.

–Porque sé que es usted mi padre –reconocí, finalmente. El señor Barea parpadeó.

–¿Cómo lo has descubierto? ¿Te lo ha dicho tu madre?

–No. Ella jamás le menciona. Yo… les he visto, hablando a solas. Y lo supe, la primera vez que me miró. Lo vi en sus ojos. Brillaban, estaban llenos de emoción. –Él no dijo nada, pero sus ojos volvían a brillar–. ¿Por qué nos abandonó?

–Nunca hice tal cosa.

–Entonces, ¿por qué ha tardado tanto en venir a conocerme?

–¿No has oído los rumores? No soy tan buen detective… Tardé mucho en encontraros –añadió, con sarcasmo dirigido a sí mismo, y luego bufó–. El asunto es más complicado de lo que parece, y creo que debe ser tu madre la que te lo explique.

Asentí. Demasiadas noticias, demasiadas sorpresas. Y, esa noche, mi pequeño mundo de adolescente ya se había tambaleado hasta los cimientos.

Apoyé la cabeza en su hombro y guardamos silencio, velando el sueño de Flora.

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Acerca de Díaz de Tuesta

Escribo. Me publican Ediciones B, Norma Editorial y Tempus Fugit, así que tan mal no lo haré. ;DDD

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