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Esclavos de la rueda eterna

CUARTA ÉPOCA
Año: 2010
Relato ofrecido bajo licencia CC Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 Unported
(4º PREMIO XLIX CERTAMEN DE USUARIOS BUBOK. tema: Caos)


Suponesclavos-ruedaego que es verdad que soy extraña. Qué le voy a hacer. No es culpa mía. Por más que lo he intentado, jamás he podido seguir el ritmo de los demás. Son todos tan ordenados, tan concienzudos, tan seguros de lo que quieren y de estar exactamente en el lugar que les corresponde… Mirándolos, se diría que nada ajeno a lo esperado puede llegar a afectarles. Atrapados en su rueda eterna y vertiginosa, la mayor parte nacen, crecen, se reproducen, se envenenan con una hipoteca y mueren. Tras ello, solo dejan gusanos y olvido como única herencia de su breve e inútil paso por el mundo.

Los veo grises. Los veo huecos. No tienen vida.

Supongo que ustedes, los que van a leer esto, nunca se han dado cuenta. Pueden vestir de blanco, como me han vestido a mí, como visten a todos en este infierno al que me han arrastrado, pero estoy segura de que pertenecen por completo al mundo gris. Y, en él, nadie mira más allá de sus narices en las falsas calles de decorado. Lo sé bien. Siempre me ha gustado pasear, silenciosa y sin rumbo, deslizándome sobre las olas de lenta desesperación que forman los sueños muertos mientras dibujan arabescos sobre el asfalto o las baldosas de las aceras. A pesar de los colores intensos de mis emociones, que escapan por los poros de mi piel como barras de luz sólida, nadie ha parecido percatarse jamás de mi presencia. Absolutamente nadie, en la multitud de pieles vacías que siempre se mueven rítmicamente a mi alrededor, de un lado a otro, ordenadamente empecinados en sus tareas inútiles. A veces me han dado miedo. No miran “de verdad”. No ven “lo auténtico”. No sienten “realmente”.

A diferencia de ellos, yo, sola, terriblemente sola, cuando regreso a casa, a mi reducto de vorágine, me siento en el suelo, en una esquina, oculto la cabeza entre las rodillas, entre los brazos, y me pregunto qué sentido tiene todo. Ninguno.

Mi casa. Quiero irme a mi casa. Allí me siento a salvo. Es mi territorio, mi fiel reflejo, con sus oscuras manchas de humedad en las paredes, su madera dañada por la polilla, sus cortinas ennegrecidas por el tiempo… Jamás he podido tener limpia la cocina, nunca, mira que me he esforzado a veces, pero siempre queda algo sucio en algún lado; además, al momento de recogerla me desespera porque aparecen otra vez platos por lavar, en una sucesión infinita… Qué agónico resulta fregar lo que sabes que tienes que volver a limpiar una y otra vez. Pero me arreglo, siempre he sabido encontrar soluciones.

Por ejemplo, para ganarme la vida, mi aversión a los horarios se solucionó dedicándome a leer el futuro en las cartas por teléfono, aunque nunca me he comprado una baraja. ¿Para qué iba a necesitarla? No tengo ninguna fe en el sistema y puedo mentir impunemente a las voces anónimas que preguntan por sus destinos igual que otros mienten simulando ver algo en una tarjeta decorada con una torre que se derrumba, herida por un rayo. ¡Ciegos! ¿Cómo pueden ser tan superficiales, tan infantiles? Las preguntas siempre han girado sobre las mismas “cuestiones”: amor, trabajo, salud… Y yo veía sus auténticos futuros, lo realmente importante, pero me he callado sus muertes inevitables, su solitario miedo en ese último segundo, el único en el que serán por fin tan conscientes como yo, antes de no ser nada.

En todo caso, algo tenía que hacer. Es cierto que no puedo plegarme a ningún horario. Para mí, el tiempo rige de otro modo. Es un concepto sin sentido, algo que se disipa tanto en los extremos de mi mente que ni existe. Yo no tengo reloj, hace mucho que dejé de usarlo, desde… desde el día en que lo rompí contra una columna en un patio, tras un grito, sobre un charco de sangre y vómito…

Detalles, detalles y mucho odio…

Da igual. Es uno de los temas de los que no quiero hablar. Lo único que importa es que no tengo reloj y me agobia profundamente la idea de tener que hacer cosas concretas en momentos impuestos y por razones absurdas. Y supongo que por eso me ha fascinado siempre contemplar cómo esas sombras, solo aparentemente sólidas, cumplen unos horarios con tacto de hierro, esclavos unos de otros y de sí mismos.

Suben y bajan las calles, entran y salen de negocios, arrancan y aparcan sus coches, siempre con prisas, como si fuera realmente importante llegar en un tiempo concreto a alguna parte… Sus pequeñas mentes sin imaginación ni esperanza solo aspiran a formar parte de los engranajes de la gran rueda del mundo y se pierden en las grises huellas de su ilusoria realidad. Jamás analizan la auténtica situación ni se plantean las cosas. No se dicen, por ejemplo, “vamos a romper la rueda”. Algunos aseguran odiar su vida, y con razón, pero no hacen nada por cambiarla.

Yo tampoco, durante mucho tiempo. Pero porque no sabía cómo. Luego sí. Y, lo más importante, nunca dejé de buscar el modo. Nunca me dejé arrastrar por la rutina del mundo, nunca permití que me cegaran los cuatro listos que nacieron con más suerte o menos escrúpulos. No me creo que las cosas deban ser “así” por algún orden superior ni por alguna necesidad última.

No puedo. Simplemente, no puedo, porque soy puro caos y caos consciente, además, masa convulsa que se filtra por los rincones y empapa las paredes, que hace estallar las lámparas, que brama cosas sin sentido en el aire acondicionado. Soy tan inmensa, que no entro en este cuerpo, ni en este mundo, ni en esta realidad. Los siento como un traje asfixiante varias tallas menor. Ya me lo probé cuando salí de la infancia y traté de encajar, como veía encajar a todos, y sé que me moriría de volver a intentarlo. Es duro ser como soy en un mundo ordenado, tan necesitado de rutinas para poder seguir rodando a gusto de unos pocos. Es terriblemente duro estar vivo y consciente en medio de una multitud de seres sin mente propia, que raramente se plantean su propia existencia. La gigantesca rueda de lo cotidiano los alza en sus giros, los eleva en sus vueltas, y a mí me aplasta bajo su peso.

¿Me entiende alguien? ¿Habrá otros como yo en el mundo? Seguro que sí. Seguro que algunos aprovechan este conocimiento para manipular las masas y vivir mejor mientras puedan. Otros, vamos a la deriva y nos hundimos con nuestros escrúpulos. ¿Somos pocos? ¿Somos muchos?

Me siento tan sola… Sola e invisible. Inútil. Da igual haber estado que no.

Por eso tomé esa decisión: tenía que hacer algo, como fuera, lo que fuera. Tenía que quemarlos con el color de mis emociones, desgarrarlos con mis gritos de desesperación. Tenía que convulsionar como fuese la corriente eterna de seres sin nombre ni destino, romper el círculo de rutina ordenada y tediosa en que se movían, provocar una catarsis. Que me vieran, aunque solo fuera una vez.

De ese modo, yo no generaría también gusanos y olvido.

Yo sé que no estuvo bien, o que no hubiera estado bien de ser reales esos seres. Pero no lo eran, ¿lo entienden? Estaban huecos. Eran grises. Eran zombis. ¿Qué más da? ¿Por qué me hacen escribir estas cosas? ¿Por qué me obligan a pensar en ellas? ¿De verdad creen que pueden ayudarme? No lo creo. No quiero recordar, porque la mente se me enreda en esas largas calles de cartón piedra, en los rostros fantasmagóricos de rasgos desconocidos.

Quieren que lo diga, pero yo no quiero… No quiero, no quiero…

¿Debo hacerlo?

Era un supermercado, sí. Un lugar luminoso, de blancos tan blancos como este fulgor que nos rodea, aunque tenía también toques de rojo. Por eso lo elegí, porque era apropiado, me llamaba. Había espumillón por todas partes y bolas de navidad colgando de ramas de acebo, y sonaban villancicos a través de los altavoces. Mientras caminaba por allí, silenciosa e invisible, recordé cuánto me gustaban en otra época, cuando me sentía viva y los míos estaban vivos.

No, no quiero hablar de ellos. La gente se va, lo llaman morir, y aún no lo entiendo. Todo era distinto cuando no me encontraba tan vacía, perdida como una marioneta rota en las sombras. Recuerdo que cantábamos, reíamos, nos mirábamos, nos tocábamos…

Hace tanto tiempo que no toco a nadie, que nadie me toca a mí… Solo el espejo. El frío frío espejo en el que pongo la mano para intentar sentirme menos sola, en el que busco mis ojos porque son los únicos que responden con emoción a mi presencia…

Había muchas figuras en el supermercado, es verdad. Pero todas eran criaturas grises moviéndose por los pasillos llenos de productos, llenando cestas convulsivamente. No vieron el cuchillo hasta que la carne se agrietó mostrando secretos, hasta que la sangre salpicó por todas partes empapando las latas de espárragos. Las cajas de galletas. Las botellas de lejía. Las bolsas de patatas fritas…

Me convulsioné en los gritos de espanto; me derretí en los pasos apresurados que iban en todas direcciones, repentinamente sumidos en mi caos infinito y arrollador; respiré a pleno pulmón en el miedo que volvía denso el aire.

Quería romperlo todo, destrozarlo todo. Pintar de rojo y muerte el mundo gris.

No sé cuántas sombras eliminé. Unas eran grandes, otras pequeñas, unas tenían voces graves, otras más agudas… Da igual. Obtuve mi recompensa: sus ojos muertos adquirieron el brillo de la vida, y me miraron. Me miraron fijamente y se rompieron con mis colores, me apartaron de los gusanos y del olvido.

Un pitido lo envolvió todo en alarma y pánico y me trajeron aquí, a este lugar que no quiero conocer, a esta mesa en la que no quiero sentarme, y a este folio en el que me han pedido que escriba cuanto recuerde, yo, que no quiero recordar nada. Todo es blanco: mi ropa, el lugar, la mesa, el folio. Y yo me pregunto, realmente, si en este infierno fantasmagórico encontraré una salida.

Aquí todo lo rige el sonido seco de un reloj. Y, aunque blancas, aunque no se muevan, aunque agonicen lentamente babeando en un rincón, las sombras siguen siendo sombras.

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Acerca de Díaz de Tuesta

Escribo. Me publican Ediciones B, Norma Editorial y Tempus Fugit, así que tan mal no lo haré. ;DDD

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