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Lázaro en la oscuridad

TERCERA ÉPOCA
Lázaro en la Oscuridad
Año: 2009

Relato ofrecido bajo licencia CC Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 Unported

(I PREMIO XIX CERTAMEN DE USUARIOS BUBOK. tema: Relatos Bíblicos)

 


Yo soy Lázaro, Lázaro de Betania, hermano de Marta y María, y recuerdo que aquella tarde desperté súbitamente de una profunda oscuridad. Estaba sentado en una piedra junto al viejo pozo, a pocos metros de mi casa, con una ramita larga y esbelta en la mano. En el cielo brillaba un sol penetrante que separaba con brusquedad intensos blancos y negros densos, y lo aplastaba todo con un peso invisible. El polvo dibujaba remolinos en el viento y había un mensaje escrito a mis pies, sobre la tierra muerta.

“Se acerca…”

Parpadeé atónito. Incluso ahora, tanto tiempo después, sigo sin recordar haber escrito esas palabras. Aquel día las contemplé casi con horror, con una extraña… premonición que pesaba en mi alma. Sé bien que nunca he vuelto a razonar como cuando estaba vivo. Desde entonces, mi mente suele naufragar en esta bruma viscosa que se enreda en mis pensamientos, la que me traje del sepulcro hace años, cuando Jesús de Nazaret me recuperó de la muerte; pero nunca antes había escrito nada estando en ese extraño trance.

Dejé caer la rama y miré a mi alrededor buscando respuestas. ¿Qué se acercaba? ¿O quién? ¿Y para qué? No había allí nada importante, tan solo un muerto viviente y mucha pobreza. Contemplé mi humilde casa, el desvencijado corral donde rumiaban dos cabras flacas, el sendero que conducía a la salida del pueblo de Betania, y que se deslizaba torpemente entre peñascos y árboles.

Recuerdo haber pensado que yo era como ese camino, en mí también se entremezclaban confusamente lo vivo y lo muerto. La única diferencia era que él sí conducía a alguna parte.

Yo únicamente soy “vacío”.

Lo llamo así porque no sé qué otro nombre darle. Es difícil describirlo con palabras, solo puede sentirse. Desde que abandoné mi tumba, siempre me ha acompañado la impresión de que me rodea un círculo de nada absoluta, un espacio que solo parece existir para recordarme que no me encuentro donde debería estar, que ya no pertenezco a este mundo lógico calcinado por el sol. Más allá, siempre un poco más allá, queda el tumulto de lo normal y lo cotidiano, el eterno estrépito de la vida. Inalcanzable.

En esa clase de cosas pensaba aquel día, cuando vi surgir una figura tras la pronunciada curva que formaban los peñascos del camino. Se trataba de un individuo moreno, de estatura media y complexión ligera. Tenía barba y, su cabello negro, muy largo, aleteaba libremente con el viento. Me llamó la atención el hecho de que se sujetaba el costado con una mano, el lugar exacto donde algo manchaba de rojo intenso aquella túnica tan blanca.

Sangre.

De entre sus dedos caían gotas densas, que siseaban de forma aterradora al tocar el camino. Desaparecían en el polvo casi al instante, como absorbidas con ansia.

Tras él, siguiéndole como un manto de ondulantes grises, avanzaban gruesas nubes de tormenta que lo ocupaban todo, y el viento arreciaba pegando fuertes bandazos. La tempestad se tragaba la luz, las formas, el mundo…

Y aquel hombre se dirigía directamente hacia mí.

Era Jesús de Nazaret, mi amigo; no, más que amigo, mi hermano. Aquel que un día, hace ya tantos años, pronunció mi nombre para traerme de vuelta. Jamás, en lo que me quede de esta vida prestada, podré olvidar el resonar de aquel potente “¡Lázaro, levántate y anda!” que me despertó y me arrojó de los senderos oscuros de la muerte a este paisaje ajeno que nunca puedo tocar.

Ahora, tras su tormento y su ejecución en Jerusalén tres días antes, era él quien regresaba del otro lado… Sí, incluso yo, que apenas escucho el rumor de los vivos, había oído la historia de que Jesús de Nazaret prometió repetidas veces hacer ese último gran milagro: volver por sí mismo, regresar de la muerte. Lo dijo a sus amigos, y durante el juicio, pero nadie había llegado a creerlo en realidad.

Solo yo, que no estoy vivo, pero tampoco muerto, gracias a él. Yo sí que lo creí, lo sabía capaz, porque Jesús era tremendamente poderoso. Lo que no me esperaba era que surgiese así del sepulcro, de ese modo terrible, ni que su primer impulso fuese ir a buscarme.

Y ese día, mientras lo veía acercarse sentí auténtico miedo, la sensación más intensa que había experimentado desde mi resurrección, una emoción casi auténtica, casi humana. ¿Qué sucedía, por qué aquella llegada aterradora, rodeada de prodigios? ¿Le habría ocurrido como a mí? ¿Seguiría arrastrando aquel frío, aquel recuerdo de una aguda oscuridad?

¡Pero él era el Hijo de Dios! ¡Eso debía suponer alguna diferencia!

¿Seguro…?

Contemplé las nubes, vapores enfermos que consumían el azul del cielo, y retrocedí hacia mi casa dando tumbos. Estaba ya dentro cuando Jesús alcanzó el pozo.

Nos observamos mutuamente a través del resquicio que dejé en la puerta. No sé qué vio él; yo contemplé un hombre que era muy distinto al que conocí en vida, alguien que había recorrido un camino difícil, en parte milagro, en parte condena. Estaba muy demacrado y sus ojos parecían hundidos en las órbitas, consumidos, como si hubieran visto demasiado en demasiado poco tiempo. Las uñas de sus manos estaban rotas. Me vino a la mente la idea de que se las había destrozado contra la tapa de un sepulcro.

—Lázaro… —susurró con una voz que era la suya, pero que parecía llegar de muy lejos, de muy hondo. De una fosa profunda, oscura, fría, que esperaba con ansia su retorno—. Lázaro… Tienes que ayudarme. El frío… el frío y la oscuridad me aturden. No puedo pensar, no puedo hacer nada, excepto avanzar aterrado. Huyo… huyo de algo que sé que vi, pero que no quiero recordar. Mi Padre me dijo que tú me ayudarías.

—¿Yo? ¿Pero qué puedo hacer yo?

—Tú recorriste el sendero entre la vida y la muerte. Conoces su tacto, su sabor, y puedes librarme de la oscuridad, purificarme…

—¿Purificarte? —Casi me eché a reír, al borde de la histeria. Abrí más la puerta y me mostré—. ¡Mírame, Jesús! ¡Mírame bien! ¡Soy yo, Lázaro! ¡El mismo Lázaro al que sacaste del sepulcro sin tener en cuenta que se había terminado su tiempo! Estos segundos que pasan mientras hablamos, no me pertenecen. Cada poro de mi cuerpo, que no está ni muerto ni vivo, me recuerda que nunca debí ver este sol, ni estar aquí este día —Apreté los puños y mi voz se quebró en un sollozo—. Porque no volví del todo, ¿entiendes? ¿Lo entiendes?

—Lázaro…

—¡No se lo he dicho a nadie, ni a mis hermanas, ni a ti hasta ahora, pero aún tirito cuando recuerdo el frío de la tumba, aún vive en mí esa densa oscuridad! ¡Es algo que no se olvida, que no consigues dejar atrás por mucho que lo desees! ¡Y una vez has contemplado esa negrura de frente, nada es lo mismo, no hay calor, no hay… cercanía! ¡Ahora solo conozco el vacío! ¡Un espacio helado que me mantiene eternamente al margen! ¿Te ocurre igual?

—Vacío. —Él asintió, confuso—. Helado…

—Claro que sí, por eso estás aquí… —concluí con amargura—. Y por eso te irás sin que yo pueda ayudarte. ¡Tú y yo hemos cruzado una frontera que no se puede cruzar, hemos vuelto por un camino sin retorno haciendo trampas! ¡Y ahora el mundo está lejos! ¡Lo que hacemos es contemplar la vida intentando rozarla con las puntas de los dedos, pero sin vivirla realmente! ¡Ya no podemos alcanzarla! ¿Lo entiendes? Vas a tener que aprender a seguir así, como yo lo he hecho.

Algo brilló en sus ojos.

—No es cierto… No es cierto. —Y, de pronto, como saliendo de su perplejidad, se irguió cuan alto era, totalmente tenso—. ¡No puede ser verdad! ¡Me dijo que viniera, que te buscara! ¡Eso tiene que significar algo! —Como no respondí, alzó el rostro a lo alto, hacia el vórtice oscuro que estaba gestando su tormenta justo sobre él y exclamó con rabia—. ¡Padre, Padre! ¿Por qué me has abandonado?

Todo tembló, un ronroneo suave que fue cogiendo mayor potencia hasta amenazar con derribar la casa. Jesús volvió a mirarme. Su expresión parecía congelada, vacía de todo sentimiento. El aire onduló lentamente a su alrededor, de una forma casi perezosa, y susurró algo que no pude entender. Luego, se expandió de golpe en todas direcciones. La energía alcanzó la puerta y la sacudió con tal violencia que llegó a desencajarla. Grité y luché como pude por mantenerme en pie, mientras la tempestad se extendía de horizonte a horizonte.

La noche cayó de pronto sobre el pueblo de Betania. Una noche oscura y sin esperanza que presagiaba un Apocalipsis como único amanecer.

Cobijados por sus sombras, el viento arreció y la tormenta sin lluvia se desató arrasando con todo lo que no estaba bien sujeto. El corral quedó destrozado en un instante, las cabras balaron mientras huían desesperadas buscando refugio. Dos rayos iluminaron la negrura, solo dos, y justo a la vez; más tarde supe que habían impactado a ambos lados de la entrada del templo.

Estuve mucho tiempo escondido tras la puerta. Cuando por fin me atreví a mirar, temblando de miedo, Jesús seguía junto al pozo, muy erguido, con el cabello arremolinado locamente alrededor de su cabeza como una extraña aureola negra. Sus ojos seguían vacíos de todo entendimiento. En esos momentos no había en él más impulso que la liberación de su propio miedo y su propia ira. Era el Hijo de Dios, sí. Su sangre era especial, era divina, cierto, pero su carne mortal le arrastraba irremisiblemente a ese fin, a esa oscuridad a la que todos estamos condenados, allí donde el Bien y el Mal se entrecruzan y se convierten en conceptos sin mayor sentido.

¿Qué podía hacer yo? Creía, de verdad, que nada. Perdido en la línea entre los mundos, odiaba mi situación y no conocía más respuestas que mis propias dudas. Pero tenía que hacer algo para romper ese vínculo cuanto antes. Jesús era muy poderoso, incluso menguado por la confusión y el frío. Si no controlaba aquello, y cuanto antes, terminaría borrándonos a todos de la faz de la tierra. Lo haría sin remordimiento y sin culpa, porque no había auténtica comprensión en él, no sabía lo que estaba haciendo.

En ese momento, Jesús de Nazaret no era más que un alma en pena arrastrando un cuerpo que ya no le pertenecía.

¿Y cómo evitarlo? ¿Qué necesitaba Jesús?

¡Vida, claro!, comprendí de pronto.

¡Vida, Vida, grandes dosis de Vida…! Su calor, su luz, su textura… Algo de lo que a mí apenas me quedaba nada, rescoldos de lo que había sido un gran fuego, resumidos una y otra vez sobre sí mismos hasta convertirse… en algo semejante a una esencia, un diamante diminuto pero que refulgía con intensidad. Eso que pulsaba en lo profundo, lo que todavía me animaba a levantarme cada día.

¿Tenía que dárselo? ¿Era eso lo que se suponía que tenía que hacer? Dios…

Me avergüenza reconocer que dudé hasta el punto de preguntarme si el propio Apocalipsis merecía esa última renuncia. Porque, si el vacío se ampliaba aún más, si la sensación de lejanía, de impotencia, de no formar parte del mundo, aumentaba… ¿qué podía importarme que no existiera realmente ese mundo?

Supongo que en verdad quedaba algo de humano en mí, de vivo. Fue lo que me impulsó a salir de la casa.

Luchando contra el vendaval y contra mis miedos, me acerqué a Jesús y lo abracé. Lo que sentí entonces… es algo que no puede entenderse, que no puede explicarse. Había tocado a otros desde mi regreso, había abrazado a mis hermanas y a sus esposos, a mis sobrinos, había acariciado animales… pero ninguno de esos roces me pareció auténticamente real, en ningún momento. Ese contacto, sí: por completo real y tremendamente cercano. Noté la fuerte corriente, el impetuoso río de emociones que se estaba estableciendo entre nosotros.

Pude sentir que Jesús se encontraba en un punto mucho más remoto del camino entre los mundos, mucho más cerca de la oscuridad de lo que yo había estado nunca. Se había perdido, en su deambular, y nunca hubiera podido escapar de ella, ni siquiera por ser el Hijo de Dios, sin mi ayuda.

—Ya ha pasado… —susurré, embriagado por una pena terrible.

Jesús tembló entre mis brazos. Empezó a sorber, a aspirar, a tomar de mí todo cuanto podía darle. Me estremecí, mientras su oscuridad clavaba dientes de hielo en mis articulaciones y se abría paso hacia las grietas de mi alma. Temí desmayarme de puro dolor, temí retroceder de puro miedo… “Ayúdalo, ayúdalo”, me repetí una y otra vez, una orden perentoria. Nada más importaba, porque había encontrado la respuesta.

Aquello no lo hacía por Dios, ni por el Hijo de Dios. No lo hacía por el mundo, no lo hacía por ningún principio ni por ningún deber.

Lo hacía, simplemente, por Jesús, mi amigo, mi hermano…

—Ha quedado atrás. —Traté de animarle, al escuchar un nuevo gemido—. Escúchame, escucha, Jesús, el frío, la oscuridad, olvídalos, ya no pueden alcanzarte nunca más, a ti no… Vuelves a estar vivo, estás vivo, Jesús…

Aumenté la fuerza de mi abrazo. Absorbí su frío y su oscuridad, como el camino había absorbido su sangre. A cambio, le di mi fuerza, mi luz, mi calor, a manos llenas, con total generosidad, sin querer guardarme nada. ¿Para qué? Ya había aprendido que, estando solo, no se es nada, que la vida únicamente tiene sentido cuando te sientes cerca de los otros, cuando percibes el calor de tus semejantes…

Le di todo. Le hubiese dado más, de estar en mi mano. Juntos, borramos dudas, miedos, desesperación. Nuestras almas muertas se fundieron, se completaron, y sentí cómo, a costa de los residuos de la mía, renacía la suya, inmensa, perfecta. Divina.

El dolor de Jesús fue menguando hasta desaparecer, como desapareció la tormenta. La luz del sol nos iluminó.

Entonces, se apartó, me miró a los ojos y me sonrió. El brillo consumido de sus pupilas había desaparecido, como la sombra de la muerte, esa muerte que ya no podría tocarle jamás. Me sentí feliz. Volvía a ser él, estaba allí; el mismo Jesús de otros tiempos, aunque ya era más que un hombre. Era Dios.

Y yo, curiosamente, puesto que estaba más muerto que nunca, jamás me había sentido más humano.

—Bienaventurado seas por siempre, Lázaro de Betania, porque tú me has mostrado el sendero que conduce a la auténtica Vida —dijo Jesús. Y ahora sí, su voz era la de siempre, sin ecos extraños—. Eres el único que ha ido y ha vuelto, y recuerda lo visto. Y lo has dado todo, absolutamente todo, por ayudarme a cruzar más allá, sin pedir nada, sin esperar nada a cambio. ¿Puede haber mayor grandeza que esa? En verdad, en verdad te digo que, cuando llegue el día señalado, tú estarás sentado a mi derecha, comerás de mi pan y beberás de mi cáliz; pues tu vida fue mía y mi eternidad será tuya.

Luego… no sé, todo se mezcla en mis recuerdos. Creo que supliqué que me llevara con él, creo que me dijo que aún debía esperar… algo. ¿Otra misión? ¿Una visita? A saber… Supongo que tampoco importa, acabaré descubriéndolo. En algún momento, me besó en la mejilla y se marchó. No he vuelto a verlo. Sé, porque me lo han dicho, que muchos se lo han encontrado y algunos incluso han hablado con él. Milagros, prodigios, portentos y maravillas… Siempre se usan esas palabras en lo referente a su ascensión en cuerpo y alma a los cielos. Un cuerpo y un alma que no conservaron rastro alguno de la oscuridad de la muerte.

Pero nada de eso importa ahora mismo. Solo quería contar lo sucedido en aquella ocasión, cuando vino a mí desde su tumba, y he cumplido mi tarea.

Solo resta decir que caía la tarde cuando volví a sentarme en la piedra junto al pozo. En el cielo, donde el azul sin mácula empezaba a teñirse con los colores del ocaso, brillaba un sol penetrante, despiadado, que separaba con brusquedad intensos blancos y negros densos y lo aplastaba todo con un peso invisible. El polvo dibujaba remolinos en el viento y un mensaje se había borrado a mis pies, sobre la tierra muerta.

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Acerca de Díaz de Tuesta

Escribo. Me publican Ediciones B, Norma Editorial y Tempus Fugit, así que tan mal no lo haré. ;DDD

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