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Editorial, Fantasía, Histórico, Relatos, Textos en línea

Bala perdida

Año: 2011
Relato ofrecido bajo licencia CC Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 Unported


Decíbala-perdidaan que, desde que se topó con aquella bala perdida que le abrió el cráneo, estaba incapacitado para soportar las alturas. A excepción de sus médicos, o su hermano Lothar, nadie se había atrevido a decírselo a la cara, desde luego, pero podía leerlo en sus ojos, y lo susurraban en la cantina, en los despachos, en pasillos y hangares…

Absurdo. Si él tenía realmente un sitio en el mundo, si había nacido para algo, era para estar allí, en aquel lugar de nadie perdido entre el cielo y la tierra, donde las distancias, posiciones y velocidades siempre estaban a punto de cambiar.

Lo había contado durante la convalecencia, en su libro “El Piloto Rojo”: volar, para él, era una necesidad imperiosa, la búsqueda de una consecuencia para su vida. Como navegar para un marino, o escribir para un escritor.

Manfred acarició pensativo el punto donde había estado aquel minúsculo trozo de metal que tantas cosas había cambiado con un golpe, un dolor abrasador y un bautismo de sangre. Le resultaba difícil encontrar una forma de describir correctamente aquella especie de salto evolutivo que había experimentado. Era como si el destrozo en el cerebro le hubiese procurado una nueva percepción, una claridad superior de pensamiento.

Antes, era ciego e ignorante, como todos; ahora, “sabía”. Tenía meridianamente claro que no iba a ver el final del conflicto en el que se hallaba envuelto, la llegada de la paz tras aquella guerra devastadora que no respetaba horizontes.

¿Como Moises y esa Tierra Prometida que le fue negada? No, no era así. Moises no tuvo alternativas, se enfrentaba a un dios, y los dioses no hacían concesiones.

Un golpe de viento azotó la enorme carpa que servía como hangar, provocándole un sobresalto. Debía salir, era ya la hora, pero titubeó, sabiendo lo que iba a hacer y temiendo hacerlo. No era tan valiente como decían; de otro modo, no estaría ahí esa mañana, bajo el toldo, contemplando con expresión sombría la llanura de tierra sucia mezclada con hierba muerta en la que se alineaban los aviones de su escuadrilla, mientras unos cuantos hombres sacaban su propio Fokker DR.I. en volandas, para posicionarlo junto a los otros.

No, no estaría allí, con sus botas clavadas firmemente sobre el suelo, sino cubierto por él, abrigado por él, en una tumba oscura que confortara sus huesos. Pero, había tenido miedo. Seguía teniéndolo. Se sentía como atrapado en una encrucijada. No quería morir, pero no conseguía ser despiadado.

Desde su recuperación, lo había intentado, con todas sus fuerzas. Veinte derribos en el mes, él solo. Y, por ello, la gente hablaba. Murmuraban por lo bajo que, tras su herida, era más osado que nunca, más valiente y audaz, hasta un punto que sobrepasaba lo temerario. Decían que se comportaba como si fuera inmune a la muerte, sin precauciones, sin miedo, sin cautela alguna. Que violaba incluso las normas fundamentales de vuelo que él había escrito en su manual, el que ahora enseñaba a volar a tantos otros pilotos.

¿Cómo podía explicarlo, si ni siquiera lo entendía él?

Nadie en su sano juicio iba a creer que la muerte le había visitado en aquel dolor negro y denso de la bala perdida. Tenía forma de mujer, y de pájaro, y de criatura indescriptible envuelta en cintas de vahos enfermizos. Se detuvo ante él, manos frías, sonrisa helada, una amante ahíta pero siempre insatisfecha.

Y Manfred inclinó con gallardía la cabeza bañada en sangre, abierta de par en par al universo, pensando que aquello sería todo, que se iría con ella, que ya había realizado su última acrobacia.

Pero se equivocaba.

“Me has privado de tantas, tantas ofrendas”, le susurró la dama pálida, en sus delirios, mientras le congelaba con el aliento de un beso.

“Manfred Albrecht Freiherr von Richthofen, conocido como el Barón Rojo, es un galán del aire”, dijo otra voz, que tardó en reconocer, justo un segundo antes de distinguir la figura. Era uno de sus profesores de la Academia. Se encontraba de hecho en su Sala de Actos, iluminado furiosamente por un círculo de luz dorada y hablaba y reía, con una copa de champán entre los dedos. Una visión incomprensible. ¿Qué hacía allí? Ese hombre era uno de los responsables de que le resultase insufrible aquella época. Que inmensa lección para la humanidad: su mayor As de la aviación había tenido que examinarse tres veces (¡tres!) para conseguir el título de piloto. Habían querido atarle por siempre a la tierra, al hierro, a lo sólido y evidente, a lo que sólo cambiaba con tiempo y dificultad, pero no lo lograron. “Un caballero que cabalga el viento y permite la huida de sus víctimas malheridas”.

–Algo que, no debe volver a ocurrir… –susurró, y apretó los labios. El miedo tenía alguna extraña relación con lo metálico. Sentía las articulaciones rígidas, y un sabor en la boca que le hacía pensar en el cobre.

Qué tontería y, sin embargo, no podía evitar pensar que era cierto. Aquella bala en la cabeza hubiera debido matarlo, o quizá le había matado realmente, y ahora sólo era un espíritu con un cuerpo de prestado. Se le había concedido un tiempo, pero un tiempo que debía pagar con otras vidas.

¿Cómo no iba a volverse más sombrío, más reservado y pesimista? ¿Cómo no iba a arriesgarse hasta límites más allá de todo lo cauto, si le constaba que mientras jugara en aquel juego, no iba a pasarle nada?

A su manera, era inmortal, mientras fuese una herramienta de la propia muerte. Pero ya no podía seguir siéndolo. Comprobó que su uniforme estaba impecable y salió al exterior de la carpa, caminando con paso firme. Se sentía envuelto en un aura de irrealidad: las percepciones se acumulaban unas sobre otras, todas fugaces, todas igualmente intensas. El sol brillaba tenuemente sobre un mundo nuevo y distinto. El tierra pisoteada de la explanada tenía un olor más penetrante. Se oía el sonido quejumbroso de un motor en algún lado. La brisa arrastraba un tacto húmedo y el cielo era azul y blanco, más azul y más blanco que nunca, en una mañana de abril que jamás se repetiría.

Oyó un ladrido. Moritz, su mascota, un gran danés tan impulsivo como él mismo, se acercó corriendo para recibirle. Más allá, junto a su Fokker DR.I., Lothar, acompañado de otros hombres, le miraba de forma extraña. Estaba preocupado, claro. Últimamente no dejaba de insistir, preguntando una y otra vez qué le pasaba y cómo podía ayudarle. Manfred simuló no percatarse de su escrutinio y aprovechó la llegada de Moritz para apartar los ojos, mientras palmeaba al perro.

Lothar era su hermano pequeño, siempre le había seguido en los senderos de la tierra, y en los senderos de las alturas, era también un estupendo piloto y un As de la aviación por méritos propios. Pero, allí donde iba esa mañana, no podía seguirle. No, todavía.

–Tienes mala cara –le dijo Lothar, cuando se detuvo a su lado–. No deberías volar hoy.

–Intenta impedírmelo –respondió, como cuando eran pequeños, queriendo bromear, pero Lothar hizo una mueca, en absoluto divertido. Manfred lo dejó estar. No había forma de solucionar aquello. Si le decía la verdad no le dejaría seguir, y había llegado el momento de irse.

Apoyó una mano en el lateral de su avión, pintado de rojo, como lo habían estado todos sus aparatos, desde casi el principio. Su seña de identidad y un hábil ardid psicológico. Hacía ya tiempo que los pilotos de todos los países temblaban cuando veían acercarse un avión rojo, les ponía en guardia, les llenaba de miedo, y el miedo les volvía vulnerables. Ochenta derribos era una cifra que marcaba una enorme diferencia.

–¡Barón, Barón! –oyó. Entre el grupo de hombres que se movía por allí, uno llevaba una cámara y le estaba haciendo gestos–. ¿Puedo hacerle una fotografía junto a su perro, Barón? –preguntó, con una sonrisa. Manfred abrió la boca para responder, pero Lothar, casi ceniciento, fue más rápido.

–¿Está loco? ¡Trae mala suerte hacer fotografías antes de salir en una misión!

Una mala muerte, sí. Eso se decía, que todo piloto que se fotografiase justo antes de un vuelo sufriría de una mala muerte. Manfred agitó la cabeza. Ninguna muerte podía ser mala, sólo la agonía que conducía a ella.

Y él, estaba a punto de terminar con eso.

–Deja, no importa. –Sonrió al desconocido, inclinándose para tomar entre sus manos la cabeza de Moritz y acariciar su cuello–. Adelante, haga esa foto.

Durante un segundo, tuvo la impresión de que el perro también le devolvía la mirada, con la misma expresión inquieta de Lothar. Supuso que era normal. Los dos seres que más le querían sufrían ya su ausencia, aunque no fueran conscientes de ello. Manfred le acarició, sonrió, y le dijo con los ojos todo lo que no podía decirle a su hermano. Le habló de cosas de otros tiempos y cosas del presente, de esos lazos luminosos que nacían en su corazón, alimentados por el amor que sentía, y que siempre le atarían a ellos. Y también de ese adiós amargo que no podía pronunciar con su boca ya muerta. A Moritz sí podía contárselo, él guardaría su secreto.

Lothar volvió a protestar, pero la foto se hizo, y ya no hubo tiempo para más. Todo estaba listo para la misión del día: explorar los territorios cercanos al río Sommes.

No habrá ni un derribo más, en la lista del Barón Rojo”, pensó Manfred, palmeando un segundo más de lo necesario el brazo de su hermano al separarse. Lothar parpadeó, pero se quedó allí, intuyendo con más fuerza que algo ocurría, pero sin saber qué hacer. “Pero sí una última baja”.

Manfred se preparó para subir al avión. En el último momento, llevado por un impulso, se detuvo y miró el pie que aún seguía en tierra, notando la presión bajo la planta y, más allá, el latido del propio mundo. Luego, ya en el Fokker, se giró para estudiar la huella que había quedado marcada. Parecía firme, llamada a permanecer, pero no tardó en ser pisoteada por las botas de un par de mecánicos que revisaban algo.

El Fokker DR.I. de Manfred von Richthofen tomó velocidad y se separó de tierra, para convertirse en un destello rojizo en el horizonte.

El color de un inmortal.

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Acerca de Díaz de Tuesta

Escribo. Me publican Ediciones B, Norma Editorial y Tempus Fugit, así que tan mal no lo haré. ;DDD

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