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Susana cerca del cielo

Año: 2009
Relato ofrecido bajo licencia CC Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 Unported
(II PREMIO IX CERTAMEN DE USUARIOS BUBOK. tema: Monstruos y Dioses)


Mientras Rafael susana-cielocaminaba por los pasillos del teatro en dirección a los camerinos, sorteando grupos de personas que charlaban animadamente, iba haciendo un rápido repaso final de los preparativos.

Resultó bastante satisfactorio: el teatro se había llenado hasta los topes, habían acudido periodistas de los principales medios y cada cual había ocupado su sitio sin mayores incidentes… Decoradores, tramoyistas y eléctricos habían hecho un buen trabajo y los agentes de seguridad y el personal de atención al público estaban en sus puestos, incluso los que habían tenido que contratar a última hora, al ser desbordados por el éxito de la convocatoria.

Todo estaba listo, una vez más, para el comienzo del espectáculo. Se captaba la expectación en el aire, la sensación de inminencia. No era de extrañar.

Nadie quería perderse lo que tuviera que decir Susana López, la primera Santa del tercer milenio.

Susana no era oficialmente santa, por supuesto. Ningún Papa la había declarado como tal y era poco probable que tal milagro llegase a ocurrir alguna vez. Que siguiera con vida, era de por sí un serio inconveniente para el trámite, pero no tanto como su mala relación con el Vaticano y con su enviado especial para aquel asunto, el padre Bonavides. Francisco Bonavides podía vestir sotana y alegar mucho amor a todos, pero era un hombre frío y calculador al que Rafael sólo podía describir como perverso.

No, a ese respecto la Iglesia Católica se limitaba a rondar en un segundo plano, intrigando discretamente, mientras buscaban el modo de conciliar lo sucedido con sus propios intereses.

Estaban desconcertados, pero también absolutamente indignados. ¡Un milagro, un auténtico milagro por fin, y se les planteaba semejante situación! Al menos, como decía el padre Bonavides, Susana era atea. Hubiese sido peor que practicase cualquier otra religión, que hubiese nacido siendo devota judía, por ejemplo, o musulmana o cualquier otra variante de cualquier lado, lo que sí le hubiese negado a la Santa Iglesia Católica y Apostólica toda posibilidad de apoderarse de los méritos.

Lo que tenían era, sin más, lo segundo peor que podía haberles ocurrido. Al fin y al cabo, Susana podía no creer en Dios, pero Dios podía creer en ella, o estar sometiéndola a una prueba, o cualquier otra alternativa. Todavía no estaban seguros de cuál era el mejor modo de abordar el tema. Pese a las presiones, aún no había emitido ningún comunicado público al respecto. Primero, querían tener controlada la crisis.

Porque la “santidad” popular de Susana se basaba en hechos irrefutables: hacía ya mucho tiempo que había dejado de comer.

Ese fue el punto de inicio de aquella locura, aquel absurdo circo mediático en el que ambos se sentían atrapados. Al principio, ni siquiera Rafael la creyó, y eso que la conocía desde niña, que eran amigos, que habían sido amantes, que estaban tan cerca el uno del otro que casi eran capaces de leerse los pensamientos con una sola mirada… Pero no, no lo había creído. Resultaba difícil aceptar algo así, y más de alguien tan poco místico, tan terrenal como había sido siempre Susana.

Sin embargo, cuando ella decidió demostrárselo, no pudo seguir negándolo.

Susana no comía “nunca”. No se alimentaba, de ningún modo. En esos momentos, llevaba exactamente un año y siete meses sin probar bocado, lo que duraba ya su singular misión apostólica carente de todo mensaje. Y, en ese tiempo, no había bajado de peso ni un gramo, su aspecto no había cambiado lo más mínimo, ni su organismo había acusado ninguna carencia.

Al margen de ese detalle, como Santa, en opinión de la mayoría, no valía demasiado. Nunca mencionaba a Dios. Por lo general, esquivaba hábilmente las preguntas de los periodistas y toda propuesta interesada, ya viniera de curas, de compañías farmacéuticas o del propio gobierno. No recaudaba fondos, no aceptaba pagos por nada. Eso les había creado muchos enemigos y habían perdido muchas oportunidades de acumular una enorme fortuna. Pero Susana tenía muy claro qué era lo que deseaba hacer. Y él creía que, siendo su mano derecha, su representante, ya nada podía asombrarle.

Se equivocaba.

Tres semanas antes, Susana le había dicho que ya no bebía nada desde hacía meses. Simplemente, un día dejó de hacerlo y descubrió que no lo necesitaba. No sentía sed. No se deshidrataba. Todo seguía igual…

Rafael se detuvo un momento frente a la puerta, inspirando profundamente. Tenía la sensación de estar envuelto en algo grande, algo muy grande, pero que viajaba sin rumbo. Que todas las oportunidades que hubiera podido obtener de estar en el momento y el lugar adecuados se le escapaban de entre los dedos por no ser lo suficientemente hábil como para aprovecharlo.

Pero, ¿qué otra cosa podía hacer? Seguir el tornado que era Susana o alejarse de su estela, no había más alternativas. Y no acababa de decidirse por ninguna de ellas.

Rogando para que no se notasen su angustia y sus deseos de salir corriendo, llamó con los nudillos un par de veces y entró en el camerino.

Susana estaba sentada ante el tocador, muy quieta, solo contemplaba su reflejo en el espejo. ¿Veía lo mismo que él? Una mujer alta, guapa, con una larga cabellera rubia, perdida en la veintena de una existencia que le resultaba incómoda, incluso absurda. Qué distinta a como era antes. En otros tiempos, había sido alguien alegre, sin sombras, pero hacía mucho que…

También había dejado de reír, comprendió repentinamente Rafael con un atisbo de pánico. Quizá, ni ella misma se había dado cuenta de ese detalle, porque no era algo tan evidente, tan imposible desde un punto de vista biológico, pero parecía haberla abandonado todo júbilo. Estaba contemplando un ser incapaz de reír, de sonreír, de disfrutar simplemente con las pequeñas oportunidades que cedía la vida…

Tenía que hacer algo, aquello no era… natural. Se miraron a través del espejo. No consiguió leer su expresión. Rogó para que ella no pudiera leer la suya.

–¿Estás lista? Ha llegado la hora… –Se había prometido mil veces no hacerlo, no preguntar, pero lo hizo–: ¿Qué va a pasar hoy, Susana?

Ella suspiró mientras se ponía en pie. Apoyó una mano en el bolsillo de la sencilla túnica blanca que vestía.

–Que va a acabar por fin todo esto. –Su boca se curvó en un gesto amargo–. Estoy cansada, Rafael. No me gusta lo que veo, ni lo que oigo. Me llaman bendita, mentirosa, elegida, falsa… –Le estudió de reojo, con curiosidad–. ¿Qué crees que soy? ¿Una Santa? ¿Un monstruo?

“Un monstruo hermoso y triste”, pensó él.

–Nunca debiste empezar con todo esto –se le escapó. Y, una vez dicho, parecía más fácil seguir. Hizo un gesto con la mano para abarcar el camerino, el edificio, el teatro de burlas e ilusiones que esperaba más allá de la puerta–. Estas cosas son para ganar dinero, Susi. Todo el mundo piensa que te has hecho inmensamente rica. Pero tú no quieres ni eso. No sé qué quieres. Nunca lo he sabido. –Ella no contestó–. ¿Cómo vas a acabarlo?

–Voy a hacer algo… drástico. Radical. ¿Estás conmigo? –Rafael dudó un instante. Las pupilas de Susana atraparon un reflejo de luz–. He dejado de dormir.

–¿Qué?

–Que he dejado de dormir. El mes pasado me pregunté qué ocurriría si dejaba de hacerlo. Me quedé mirando al techo toda la noche y… nada cambió. No estaba cansada. No he dormido ni un segundo en este tiempo. Me siento igual que siempre. –Hizo una mueca–. Vacía…

Rafael apretó los labios, mientas su mente volaba hacia la maleta que esperaba en su habitación del hotel. Últimamente ya nunca la deshacía, ni aun cuando se quedaban más de tres días en algún sitio; siempre la tenía preparada y lista para escapar, para irse muy lejos de todo aquello. Quería hacerlo, pero…

“Un monstruo hermoso y triste…”

–Estoy contigo –aceptó finalmente. Una última oportunidad, para los dos. O para él mismo, comprendió de repente. Ella podía vivir sin comer, sin beber, sin alegría y sin soñar. Seguro que también podría vivir sin amor. Pero Rafael no. Es eso, se dijo amargamente, claudicando–. Haz lo que debas hacer.

Ella asintió. Salieron del camerino y se separaron junto a las escaleras. Casi flotando en aquella vaporosa túnica, Susana le miró por última vez y se dirigió hacia el acceso al escenario. La ovación con la que fue recibida por el público logró estremecer el edificio hasta sus cimientos y golpeó a Rafael mientras entraba en su palco. Desde allí, tuvo una vista completa del auditorio. La multitud se agitaba como un oleaje embravecido, las voces y sus mensajes se entremezclaban de forma caótica…

–¡Santa Susana! ¡Cúrame, cúrame!

–¡Monstruo! ¡Aberración! ¡Hereje!

Susana avanzó hasta el centro del escenario, hacia el punto donde convergían los tres focos principales. Allí, el blanco de su túnica llegó a resplandecer con un fulgor casi irreal y su cabello rubio se volvió oro luminoso.

Rafael contuvo la respiración.

Jamás había estado más bella. Jamás había parecido menos humana.

Todos callaron, sobrecogidos por la fuerza de su presencia y, en el largo minuto de intenso silencio que casi hizo estremecer el teatro por la tensión, ella les contempló con gravedad.

–¿Soy acaso la prueba irrefutable de la existencia de Dios, como aseguran algunos? –preguntó. Su voz, alta y clara, resonó en cada rincón del auditorio y logró captar toda atención–. ¿Soy una Santa? ¿O soy un monstruo? –Sacó lo que llevaba en el bolsillo. Rafael tuvo que esforzarse para distinguirlo y entonces parpadeó: una galleta–. Yo os lo diré: ¡soy un fraude!

El silencio se hizo todavía más profundo; se tiñó de asombro, de incertidumbre, y también de un principio de hostilidad.

–¿Que no me alimento? –prosiguió, indiferente–. ¡Ridículo! ¡Durante todo este tiempo sólo he sido una mentira! ¡Un engaño con el que poder enriquecerme, como hacen tantos otros falsos profetas, esos que predican el amor al pobre desde sus inmensos palacios! ¡Pero yo no voy a justificarme, ni siquiera pediré disculpas! ¡Si estoy aquí, es para despedirme con una verdad, ya que os he insultado con mis embustes! ¡Escuchadme con atención: la fe es el arma más peligrosa usada por unos seres humanos contra otros ¡A menos que se pruebe lo contrario, sin posibilidad alguna de duda, deberíais considerar que la vida es una oportunidad única! ¡Única! ¡No permitáis que otros os la arrebaten a cambio de promesas inciertas sobre dudosos reinos del más allá, sobre todo si es para someteros y controlaros mientras ellos deciden qué y cómo deben hacerse las cosas, sin comportarse según lo que predican! ¿Queréis mi opinión? Es esta: Dios no existe. Nunca ha existido, ningún Dios, jamás. –Se llevó la galleta a la boca–. Los dioses sólo son una excusa para los monstruos…

El disparo, una especie de silbido seco, resonó con fuerza en el pesado silencio del auditorio. Rafael pegó un brinco, al ver aparecer un agujero negro, muy negro, en la frente de Susana. La sangre surgió a chorro, los ojos se entornaron, como si estuviese contemplando algo colosal, algo que estaba ya más allá de este mundo.

Susana se desplomó en un revuelo de blancos puros y rojos intensos…

Sin pensárselo dos veces, Rafael saltó desde el palco. Cayó en uno de los pasillos laterales del patio de butacas, empujó a varios espectadores y casi fue arrollado a su vez. En ese momento, resultaba imposible avanzar por allí directamente hacia el escenario. El disparo había desatado la histeria colectiva y todo el mundo corría en dirección contraria, hacia las salidas. Ni siquiera se molestó en intentar pararles o pedir calma; las personas ya no eran personas, eran simples animales cegados por el deseo de conservar la vida y se pisaban unos a otros, intentando huir entre alaridos de espanto.

Rafael se movió por la fila de butacas, buscando el pasillo central, bastante más ancho que los otros. Mientras esperaba a que pasase lo peor de la embestida, miró hacia los palcos del fondo, tratando de localizar la posición del francotirador, aunque sin demasiadas esperanzas porque ya imaginaba que a esas alturas era un intento inútil.

Imposible distinguir nada con sentido. Demasiadas sombras forcejeaban por todas partes.

Y entonces, sintió la repentina tensión a su espalda, llegando como una ola repentina, pesada y sofocante, desde el escenario…

Se volvió lentamente, temiendo ver lo que iba a ver pero deseando verlo.

Susana se estaba levantando del suelo con gesto aturdido. El círculo de la bala seguía en su frente; al girar la cabeza, para contemplar a los que la habían acudido a su lado para intentar ayudarla y que ahora retrocedían fascinados, aterrados, pudo verse el agujero de salida, mucho más grande. La sangre se coagulaba sobre su rostro, sobre el oro de su cabello manchado de masa cerebral destrozada, sobre la blancura nívea de la túnica.

Una visión espantosa, terrorífica…

–No soy una santa –gimió Susana. Miró a su alrededor, como buscando algo. Al ver a Rafael, sus ojos se llenaron de súplica. Pero él no podía ayudarla–. No soy un monstruo…

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Acerca de Díaz de Tuesta

Escribo. Me publican Ediciones B, Norma Editorial y Tempus Fugit, así que tan mal no lo haré. ;DDD

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