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Criaturas de la tierra

Año: Década de los 90
Relato ofrecido bajo licencia CC Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 Unported


Criaturas de la Tierra

En la costa sur de una isla por lo demás desierta, en la menor y más recóndita de sus blancas playas, en un hermoso palafito de líneas sinuosas construido en madera oscura, cristal y caña, y casi totalmente cubierto por un manto multicolor de orquídeas, vivían Arturo y Magdalena.

Ambos habían nacido en el Condado de D’Arken, en el sur, muy cerca el uno del otro, ella en la Baronía de Klemonth, exactamente en la ciudad portuaria de Rayn; y él en el pueblo de Ellim, en la Baronía de Ur’Kassi, a pocos kilómetros siguiendo la costa y rodeando los peligrosos Acantilados de la Calavera del Dnyookas. Quizá por eso, diez años atrás, cuando decidieron abandonar la vida de aventuras, se dejaron llevar por una nostalgia que de jóvenes nunca habían experimentado y eligieron un lugar junto al mar para su retiro, en uno de los numerosos cayos no cartografiados de Mar de Islas.

Nadie vivía con ellos en su kilómetro cuadrado, y nadie acudía, a no ser para llevar unas provisiones previamente encargadas. Demasiado apartada de las rutas de comercio y tránsito habituales, la isla era un auténtico paraíso de silencio y quietud. Justo lo que en aquellos lejanos días estaban buscando.

Fue Arturo, consciente de que su espada ya no poseía la fuerza de otros tiempos, quien decidió retirarse, pero Magdalena no mencionó siquiera la posibilidad de continuar sus viajes ella sola, o en compañía de otra gente. ¿Hubiera sido posible? Arturo pensaba que no.

De alguna manera, eran ya uno solo. Y no uno cualquiera, no señor. Llevaban juntos más de cincuenta años, entre los dos sumaban casi dos siglos, y, en su haber tenían más historias de las que un solo ser humano podría contar en diez vidas. Aunque ahora, en su vejez, vivían tranquilos, adormecidos por el suave rumor de las olas, habían pasado tiempos muy agitados, ellos dos y el resto de sus compañeros, que ya vivían otras aventuras muy distintas, en las Tierras de los Muertos. Tiempos de gloria, de éxitos, y de grandes derrotas y grandes pérdidas.

Viejas historias, proezas que ya nadie recordaba, excepto él y Magdalena.

Magdalena, que no parecía añorar aquella época, quizá porque era hechicera, tenía una clara esperanza de futuro, y pasaba las horas leyendo los cientos de libros y pergaminos que se había traído a su refugio. O mejor dicho, que siempre aparecen a sualrededor, como por arte de magia, pensaba Arturo. Aquel era uno de los grandes enigmas de su nueva y pacífica vida. Magdalena estaba siempre rodeada de libros, de libros siempre distintos; y él seguía sin estar seguro de cómo los obtenía.

-Oye, Mag -le preguntó en cierta ocasión. Estaban sentados en sus mecedoras, en el porche de la casa, como cada anochecer, tras la cena. Magdalena leía, mezclando crujidos de pergamino con el suave vaivén de la silla. Él, mucho más silencioso, ocupaba el tiempo abrillantando su vieja espada y fumaba su pipa. Entre ambos, sobre la mesita baja y el suelo de la plataforma, había varias pilas de libros y montones de pliegos que Magdalena había estado ordenando esmeradamente durante toda la tarde, con algún propósito que no le había revelado. También había estado revisando el estado de una larga lista de objetos mágicos, que esperaban ahora dispersos por todos lados. El sol se había diluido en una gruesa línea rojiza, sobre el mar, a su derecha, y el mundo estaba lleno de paz-. ¿De dónde diantre sacas tus libros?

-Descúbrelo y te habrás ganado el derecho a saberlo -le contestó ella, secamente, sin levantar la vista para mirarle. Pasó una nueva hoja, dejando claro que estaba concentrada en su lectura. Magdalena siempre había sido una mujer de pocas palabras y casi siempre desagradables. Arturo no se lo tuvo en cuenta. También había sido una mujer valiente, y muy leal. La mejor compañera que se podía tener, en momentos problemáticos.

-No, si en realidad, no me importa -murmuró. Envolvió cuidadosamente la espada en la suave piel de nutria en la que había dormido los últimos diez años, la dejó a un lado, se inclinó y tomó en sus manos uno de los libros.

-¡Eh, qué haces! -exclamó Magdalena, mirándole por fin. Arturo se encogió de hombros.

-Ganarme el derecho a leerlo. -Ella aceptó estoicamente la crítica y guardó silencio, volviendo a su propia lectura. Arturo hojeó el libro y se sintió muy decepcionado. Runas, runas, runas, en un lenguaje incomprensible. No debía ser mágico, porque todavía no se había quedado ciego, como le ocurrió aquella vez…

Al escuchar el ligero zumbido, alzó la cabeza y buscó su origen con la mirada. Flotando sobre el agua, al otro lado de la barandilla, una de las criaturas del aire que solían rondar el palafito les contemplaba con asombrosa audacia. Emitió unos sonidos melodiosos, claramente interrogativos, que le hizo pensar en el rumor de las ramas de los árboles de su pueblo natal, cuando eran agitadas por el viento. Magdalena gruñó, sujetando algunos papeles que habían empezado a volar por todas partes.

-¡Maldita sea, ya me tienes harta! -exclamó. Alzó una mano, pronunció una palabra que sonó como un chasquido, y de sus dedos surgió un rayo de luz blanca, intensa, que chocó contra el ser del aire y lo lanzó hacia atrás. La criatura se retorció, se elevó gimiendo, y no tardó en desaparecer.

-¿Por qué has hecho eso? -Arturo apretó los puños, enfadado-. Parece inofensiva.

-Por eso no la he matado -contestó ella, con rudeza, mientras volvía a ordenar primorosamente sus papeles sobre la mesita-. Solo pretendo que no vuelva, diantre. No deja de revolverlo todo.

Arturo miró pensativo hacia el cielo, intentando divisar la ciudad del aire, aquella extraña singularidad que habían descubierto al poco de su llegada. No recordaba haber leído nunca nada al respecto, ni haber oído hablar de ella, en ninguna parte. Seguramente muchos estarían interesados en saber de su existencia, por ejemplo la propia Universalitas, o cualquier gran erudito de su tiempo, pero… no merecía la pena el viaje, para ir avisarles. Además, tampoco era que confiase mucho en aquellos magos. Todos los miembros de la Universalitas con los que se había encontrado en su vida, eran mala gente, por lo general. No, mejor que no supieran nada de la ciudad de los aéreos. En otra época hubiese tratado de convencer a Magdalena de ir a visitarla ellos mismos, y seguro que lo hubiese conseguido, pero ahora se sentía demasiado cansado.

-Creo que estaba intentando decir algo.

-Bah. Tonterías. Déjame leer. -Magdalena retomó su libro-. Dentro de poco, no habrá luz suficiente.

Lee, lee, pensó él, mirándola con el ceño fruncido. A ver si de verdad aprendes algo. Con lo ocurrido, había olvidado completamente que él mismo tenía un libro en las manos, un libro que no podía leer. Pasó algunas hojas más, irritado, y estaba a punto de dejarlo, cuando, entre la profusión de descoloridas líneas de texto, encontró una hermosa página pintada a varios colores.

El autor, supuso, había esbozado con notable talento la figura de una extraña criatura, que recordaba vagamente la forma de una mujer, de piel muy pálida, casi translúcida. Tenía unas bonitas piernas, musculosas, como largas y esbeltas ancas de rana, terminadas en unos pies anchos, palmeados. También los dedos de sus manos estaban unidos por una fina membrana, pero, lo que realmente le hizo comprender que su elemento natural era el agua, fue la forma en que ondeaba, a su espalda y sobre los hombros, su larga melena, que poseía una suave tonalidad verde, del color de las algas. Su rostro femenino, de líneas suaves y hermosas, estaba ligeramente inclinado y le devolvió la mirada con unos ojos inmensos, dorados, redondos, bordeados de larguísimas pestañas. Nunca, jamás, en toda su vida, había visto algo semejante.

-¿Qué diantre es esto? -decidió preguntar.

-Un libro -replicó Magdalena, sin mirar.

-Vaya, gracias, eso ya lo sé. Digo que qué es esta… cosa. -Utilizó ese término, pese a que le parecía bellísima. Magdalena alzó los ojos y miró el dibujo.

-Oh. -Sus afiladas cejas se alzaron, con evidente sorpresa. Volvió los ojos hacia él, extrañada-. Una Nais’Hee

-Nais’Hee -repitió lentamente Arturo, paladeando el término. Notó que Magdalena le seguía observando con detenimiento.

-Exacto. Nais’Hee. Que, en la lengua de los elfos marinos, los seres del agua, significa Hija de las Olas -explicó. Agitó la cabeza-. No puedo creer que nunca hayas oído hablar de ellas, Arturo. De hecho, me consta que no es verdad -añadió, al cabo de unos segundos, un poco renuente-. ¿Recuerdas aquella vez, en LeKrell, cuando el asunto de los diamantes negros?

Arturo la miró con interés. Ella sabía que lo recordaba, sin duda. ¿Cómo hubiera podido olvidarlo? Fue uno de los momentos más intensos de toda su larga carrera de aventurero. Todos perdieron demasiado, aquellos lejanos días. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que mencionaron el tema, incluso había llegado a imaginar que no volverían a hacerlo, pero pensaba en ello, cada vez más a menudo y, probablemente, a ella le ocurría lo mismo. Lentamente, asintió.

Tres diamantes negros. Tres criaturas del Fuego, tres Dnyookas, Príncipes de su elemento, poderosas entidades, y sumamente malvadas, que fueron invocadas por un antiguo mago humano, Herbus el Temerario, en su empeño por conquistar el mundo. Pese a su increíble dominio de las artes oscuras, Herbus no pudo controlarlos, y terminó sus días convertido en una sustancia aullante. Los Príncipes, una vez libres, habían intentado, efectivamente, conquistar el mundo, y también, de paso, destruirlo, y exterminar totalmente a las criaturas de la tierra, y a las del agua, y a las del aire. No lo consiguieron por muy poco y, tras su derrota, fueron encerrados por el mítico Cónclave de los Elementos, llevado a cabo en la Universalitas de Tournemassy, en la más dura de las piedras preciosas, y retenidos en aquella prisión por los más potentes hechizos.

Pero, una vez a salvo, superada la amenaza, el mundo, siempre cambiante, empezó a olvidarse de ellos. Durante siglos, no fueron más que leyenda y poco a poco sus nombres dejaron de pronunciarse. El ser que olvida está condenado a repetir sus errores, decía un refrán de las criaturas de la tierra, y era una gran verdad.

Cuando ya nadie recordaba la destrucción y el dolor que habían provocado, aquella secta extraña, los Esclavos de la Luna Negra, se hicieron con los diamantes, e intentaron liberar a los prisioneros con la misma horrenda intención que había guiado, tanto tiempo atrás, a Herbus el loco. Y allí entraron ellos en escena. Arturo, Magdalena, y los que formaban su grupo: Fulgencio, un astuto ladrón que en aquella época era el amante de la maga; Malaquías, un bardo con un gran talento para contar las cosas según su particular punto de vista; Oíble, un explorador capaz de abrirse camino a través de cualquier obstáculo y por cualquier tipo de terreno; Raquel, una sacerdotisa de Arianna, su nexo con los inmortales, tan exuberante, tan alegre, tan poderosa en su fe; y Teresa, la misteriosa mujer que les contrató, la enviada de la Orden contraria, los Siervos de la Luna Llena, lograron impedirlo.

No todos pudieron contarlo, por supuesto. Fulgencio murió consumido por los diamantes, pero eso no le hubiese ocurrido si no se los hubiese robado al grupo y huido con ellos. Arturo se alegró cuando lo encontraron muerto, con toda la piel negra, como si lo hubiesen quemado en unas brasas, porque Magdalena había declarado que iba a matarlo y, aunque no estaba dispuesto en absoluto a consentir una ejecución sumaria de ese tipo, no estaba seguro de si iba a poder impedirlo. Cuando Magdalena se empeñaba en una cosa, era muy difícil oponerse a sus deseos. Pero no hubo necesidad de enfrentamientos. Y, gracias a ellos, los diamantes desaparecieron de la circulación y el mundo se salvó de una destrucción cierta, aunque poca gente lo supo. Una pena, sobre todo porque, esos, nunca, nunca se lo contaron a nadie, y habían ido muriendo, llevándose su secreto. Y, a nosotros, nos queda poco. Arturo agitó la cabeza, ahogándose en toda aquella nostalgia. Viejas historias. Proezas, que ya nadie recordaba, excepto él y Magdalena.

-Claro -dijo-. Qué pregunta. Cómo olvidarlo.

-Ya. Pues, cuando estábamos en la fonda aquella que tanto le gustaba a Fulgencio… -Frunció el ceño, tratando de recordar-. ¿Cómo se llamaba?

-La Jarra Azul -apuntó Arturo, recordando el ambiente bullicioso de aquel amplio local del puerto de LeKrell: las mesas circulares, las hermosas jarras de cerámica vidriada, las muchachas sonrientes que las servían, el humo condensado de las antorchas, de las pipas y, sin duda, de alguna otra cosa extraña. En aquel sitio siempre había música, y danzarinas envueltas en sedas de colores. Hubiera dado mucho, mucho, todo lo que tenía y más, por regresar a aquel lugar y aquel tiempo, por volver a ser aquel muchacho moreno, fuerte y atrevido, seguro de sí mismo, que alzaba en alto aquella jarra y reía con sus amigos, convencido de que todo seguiría así, igual, por siempre. Fue tan breve, duró tan poco… Treinta buenos años, no más, algo que a un joven le parecía una enormidad, pero a un anciano, poco más que un instante. Luego, todo fue empezar a perder, y empezar a acumular desilusión-. Si pedías una jarra azul, una chica se acercaba a tu mesa y bailaba para ti.

Magdalena se puso rígida. Cerró lentamente el libro y lo dejó con cuidado sobre la pila más cercana.

-El pobre Fulgencio solo disfrutó de un instante de buen gusto en toda su vida, y fue cuando me buscó a mí.

-En eso tienes razón -replicó, sonriendo con amabilidad.

Ella le devolvió la sonrisa, llena de agradecimiento y cariño; pero Arturo sabía que el daño ya estaba hecho, y que esa noche, la oiría llorar. Debía haberlo supuesto. En las escasas ocasiones en las que habían mencionado a Fulgencio desde que estaban en el palafito, había podido comprobar que su recuerdo seguía provocándole un intenso dolor. ¿Y yo, qué siento?, se preguntó, mirándola. ¿Celos, quizá?

Tras la rápida sonrisa, el rostro de su compañera volvió a ensombrecerse, rehuyó su mirada, se puso de pie con esfuerzo y se acercó a la barandilla, apoyándose en su bastón. Magdalena sufría de los huesos, artritis, al parecer. Ya no hacía tanta magia como antes. Sus dedos empezaban a deformarse y se habían vuelto demasiado lentos. Por eso estaba allí con él, en aquella isla desierta, apartada de todo, escondida de magos más jóvenes, y de viejos enemigos mejor conservados. Por eso, y porque, según aseguraba, todavía no estaba preparada para regresar. Arturo no conseguía entenderla.

En cierta ocasión, al preguntarle que a qué esperaba para convertirse otra vez en una muchacha de veinte años, Magdalena le había confesado que no estaba segura. Que, ciertamente, podría recuperar la juventud, pero nunca la ilusión que la había acompañado, y no tenía claro que mereciese la pena la una, sin la otra. Eres una mujer muy complicada, querida mía. Magdalena inspiró profundamente y la brisa nocturna agitó su mata de cabellos grises. Arturo se descubrió pensando en lo negros que habían sido en otra época, largos y sedosos. Incluso recordó las muchas veces que había deseado acariciarlos, besarlos, enredarse en ellos para siempre.

Había pasado tanto tiempo… Los años habían suavizado la intensidad de sus sentimientos, y la edad, el ardor de su cuerpo. ¿Se habrá dado cuenta, alguna vez, de cuanto la he amado?, pensó. Probablemente, sí. Le hubiera resultado imposible no hacerlo, pese a que él nunca se había atrevido a decírselo. Había sido un cobarde, sí, a qué negarlo. Tuvo miedo, miedo de complicar las cosas y perder una buena amistad. Que Arturo supiera, pocos hombres se habían sentido capaces de unir su vida a la de aquella dama tan tempestuosa. Magdalena la Magnifica, la llamaron, como a la capital de Katanya, Mag, para los amigos, una de las mujeres más bellas y más complejas que había conocido. Y poderosa. La había visto capitanear una legión de muertos y arrasar toda una ciudad en una sola noche.

Volverá a asombrar al mundo, pensó, un poco nostálgico. Sus ojos se dirigieron hacia la varita mágica que descansaba entre los libros, uno de los objetos que había estado manipulando Magdalena, al que más tiempo le había concedido, de hecho. A pesar de su aspecto sencillo, ya que no parecía más que una delgada y lisa rama de roble, poseía un gran poder y tenía nombre propio. ¿Cuál era? Ah, sí, Renovadora. Se llamaba Renovadora. Magdalena nunca se separaba de ella. A lo largo de los años, la había trabajado para que, en un momento ya no muy lejano, supuso, le devolviera la juventud. A veces, Arturo la envidiaba por ello…

Suspiró, despertando súbitamente de sus ensoñaciones, al darse cuenta de que Magdalena estaba hablando.

-… y fue en aquella fonda, cuando contratamos al tipo de la barca, para que nos llevara de noche hasta Isleta Arrecifes, ¿recuerdas?

-Claro.

-Pues él nos contó que había visto una Nais’Hee.

-¿De veras? -Arturo parpadeó, intentando hacer memoria. Algo brotó de un rincón muy remoto-. Vaya, sí. Ahora que lo dices, es cierto. Recuerdo que contó alguna cosa, algo sobre una criatura del agua sorprendente. No le hice mucho caso.

-No, ya lo sé. Ninguno le hicisteis mucho caso. Estabais discutiendo sobre qué noche era la más conveniente para la incursión. Fui la única que se interesó por aquello, y le interrogué a conciencia. Me explicó que había visto una Nais’Hee merodeando por la bahía. No me lo dijo así, por supuesto. Él no sabía cómo denominar a semejante criatura, pero yo sí. Ya había leído ese libro que tienes entre las manos. En él viene cómo convocarlas, cómo conjurar su presencia. Es un hechizo difícil, y muchas veces inútil, porque su radio de efecto no es muy amplio y si en él no hay ninguna Nais’Hee, no se obtiene respuesta. Simplemente, como tantas otras cosas, no funciona. Además, aunque se establezca la llamada, pueden pasar años hasta que se presentan, porque el transcurso de su tiempo no es semejante al nuestro. -Se encogió de hombros-. ¿Sabes? Nunca se lo dije a nadie, incluso lo había olvidado, pero, aquella noche, más tarde, cuando todos dormíais, fui a la playa y lo llevé a cabo.

-Oh. ¿Acudió?

Magdalena titubeó.

-No.

-Entiendo. ¿Y a qué se debe tanto interés por las Nais’Hee?

-Lo tenía, entonces -rio quedamente, con amargura-. Según las leyendas, si un hombre y una mujer se miran juntos en los ojos dorados de una Nais’Hee, sus corazones quedan entrelazados para siempre, en el amor más puro y más perfecto. Yo quería… yo quería estar junto a… a Fulgencio, cuando la criatura apareciera. -Suspiró, y él se preguntó por qué tenía la sensación de que le estaba mintiendo-. No fue más que un absurdo intento de solucionar lo que no tenía arreglo.

Arturo dio una larga bocanada a su pipa.

-No sabía que ese cretino te importara tanto -murmuró por fin, algo enfadado. Esta vez, no le cabían dudas: eran celos.

-No tenías por qué saberlo -replicó ella sin volverse, mirando al mar-. No es asunto tuyo.

-Mira que eres desagradable, mujer -gruñó Arturo. Dejó caer el libro junto a los demás-. Y yo que…

El golpe del libro hizo que se tambalease peligrosamente el resto, y también los objetos mágicos. La varita tembló, empezó a girar, cayó al suelo, y siguió rodando, imparable, a buena velocidad, hasta llegar al borde de la plataforma, desde donde se precipitó al agua con un húmedo chof. Arturo lo contempló todo aturdido, incapaz de reaccionar. Magdalena miró hacia el agua.

-¿Qué ha sido eso?

-Eh… -Arturo trató de encontrar una salida airosa, pero no la había. Tampoco podía mentir. No lo había hecho nunca. Era un Caballero, un Caballero de Arianna, y además ella era su amiga… y terminaría descubriéndolo, demasiado pronto. Algo le decía que no le daría tiempo a morirse antes-. Tu varita.

-¡Mi varita! -gritó ella. Miró al agua, luego a él-. ¿Por qué lo has hecho?

-Ha sido un accidente, mujer -protestó Arturo, indignado por el hecho de que pudiese imaginar otra cosa, de que le creyese capaz de un acto tan vil-. Ha resbalado y se ha ido rodando. ¿Qué te has pensado?

-Viejo estúpido. Baja inmediatamente a buscarla.

Arturo se puso de pie y se acercó a estudiar el punto exacto donde había caído la varita. Había allí unos dos metros de profundidad, era prácticamente de noche, y tenía demasiado reuma.

-Mañana -dijo, conciliador-. Te prometo que la sacaré mañana, a primera hora, sin falta.

-No, tiene que ser ahora -Magdalena golpeó el suelo con el bastón-. Es muy delic… -De pronto, se detuvo, con el asombro pintado en el rostro. Arturo jadeó. También la había visto. La cabeza había surgido repentinamente del color profundo de las aguas. Supo que era una Nais’Hee, por el tono dorado de sus ojos, y pese a que, bajo la roja luz del crepúsculo, su piel y su cabello eran negros, y no verdes-. ¿La estás viendo? -susurró Magdalena. Arturo asintió con la cabeza. La Nais’Hee nadó lentamente, alejándose, y se sumergió.

-Sí.

-¡Qué criatura tan sorprendente! ¿A qué se deberá ese color de piel?

Arturo la miró, dispuesto a darle una opinión bastante vaga sobre el asunto, pero se detuvo. En realidad, no quería y no tenía por qué hacerlo. Magdalena siempre se burlaba de sus opiniones. Pues bien, que pensase por sí misma, ya iba siendo hora. Se apartó de su lado, incapaz de soportar el inmenso desagrado que le inspiraba su cercanía.

-Creí que lo sabías todo -le soltó, ácidamente. Magdalena se volvió hacia él, con el ceño fruncido.

-Más que tú, desde luego, pero reconozco que eso no representa ningún mérito. ¡Y haz el favor de sacar ahora mismo mi varita del agua, maldita sea!

-Ja. Ni lo sueñes, nena. -Arturo se dejó caer de nuevo en su mecedora y volvió a coger su pipa. El tabaco se había apagado, así que la vació-. Quizá mañana, en caso de que me apetezca. Lo más probable es que no.

-¿Cómo… cómo te atreves? -Los ojos negros de Magdalena se convirtieron en estrechas ranuras, en las que brillaban chispas-. ¡Lo has hecho aposta!

Arturo la miró de pies a cabeza. Así, que sí le creía capaz.

-No. No se me ocurrió, la verdad.

-¡Oh, claro que sí! ¡Lo has hecho aposta! -siguió gritando ella, con absoluta convicción-. ¡Y yo sé por qué! ¡Me envidias, porque voy a volver a ser joven, me envidias tanto que no has podido contener las ganas de evitarlo! ¡Tenía que haberlo imaginado! ¡Siempre fuiste mezquino y falso, Arturo, con tantos aires de pureza! ¡Después de todo lo que he hecho por ti!

-¿Y qué has hecho? -preguntó Arturo, mientras intentaba encender la pipa. El aire del mar lo empapaba todo-. Amargarme la vida, especialmente durante estos últimos diez años, eso es todo.

-¿Amargarte…? -Magdalena le señaló con un dedo, pronunció una sílaba, y de la pipa surgió una larga llamarada que consumió de golpe todo el tabaco-. ¡Cerdo! ¡Ingrato! ¡Podía haberme ido, pero me quedé, me quedé a tu lado para que no estuvieras solo, para que…!

Se detuvo, jadeante. Arturo frunció el ceño.

-¿Para qué, Magdalena?

-Nada. Déjame en paz.

Arturo se puso de pie, enfrentándose con ella.

-¿Para qué, Magdalena?

La mujer le miró desafiante. Arturo crispó los puños, conteniendo las ganas de aferrar aquel cuello y romperlo. Pocas veces, que él recordara, había odiado a nadie hasta ese extremo. Estaba harto, había llegado al límite.

-Para que no… murieras solo -reconoció ella, llena de rabia-. No debí sacrificarme por ti. No te lo mereces.

Arturo jadeó.

-Así que, durante todo este tiempo, has estado esperando mi muerte, como un pájaro de mal agüero ¿eh? ¿Qué es lo que pensabas heredar?

-¿Heredar? -Bajo su piel morena, Magdalena palideció-. ¿Eso es todo lo que se te ocurre decir? Ja. Como si tú tuvieras algo que yo pudiera querer.

-Oh, seguro que sí. Siempre has sido avariciosa.

-¿Avariciosa, yo, maldita rata? -Magdalena le dio un bastonazo en el hombro. Durante un momento, Arturo lo vio todo negro, y se le nubló la mente. Lleno de rabia, se volvió hacia donde sabía que estaba su espada, la cogió, incluido el paño, y la esgrimió. Justo a tiempo. Detuvo un segundo golpe.

-Deja el bastón, Mag, déjalo ahora mismo o te juro que olvidaré que eres una mujer, y te cortaré en rebanadas -le advirtió. Magdalena se echó a reír, y le miró con ojos velados por el odio.

-Eso será si puedes, Caballero de pacotilla.

-Claro que puedo. -Ya que intuía que no era cierto, que no podría herirla con la espada, decidió hacerlo de palabra-. En realidad, Magdalena, no eres tan impresionante como piensas y, como mujer, ni siquiera eres interesante. Eso bien lo sabía Fulgencio, por eso se fue, dejándote y llevándose los diamantes.

Aquel fue un golpe muy duro, impropio de él. Arturo se sintió avergonzado. Magdalena abrió desmesuradamente los ojos. Bajó el bastón.

-¿Cómo… cómo he podido estar tan ciega? -murmuró, atónita-. ¿Cómo he podido pensar que eras mi amigo? Tú nunca has tenido más amigos que tu ego y tu ridículo sentido del honor.

-Cuidado con lo que dices.

-¿Cuidado? ¿Cuidado yo, petimetre? -Señaló con el dedo hacia la playa, con gesto imperioso-. Quiero que te vayas, ahora mismo. Ya. Fuera.

-¿Te has vuelto loca? Esta casa es tan mía como tuya.

-Perdona, ¿qué dices? -Magdalena giró el rostro para adelantar una oreja-. No te he oído bien. Esta casa, la construí yo con mi magia, y es mía. Tú lo único que has hecho, es ensuciarla.

-¿Me estas echando, Magdalena?

-Estoy segura de que incluso una mente tan simple como la tuya es capaz de darse cuenta de que sí, que te estoy echando. Fuera. Si sigues aquí dentro de cinco minutos, la destruiré hasta los cimientos, con todo su contenido -Señaló hacia la playa, una vez más-. Vete a dormir bajo una palmera. No te quiero en mi casa.

Arturo afirmó la mandíbula. Aquella mujer era detestable. Ya no lamentaba ninguna de sus palabras. Se las tenía merecidas.

-Muy bien, me voy. Pero solo porque no quiero pasar una noche más bajo el mismo techo que tú, y soy demasiado caballero como para hacerte ir a dormir a ti bajo una palmera. Sigues siendo una mujer, pese a que también seas la peor persona con la que me he encontrado nunca. Y te juro, encanto, que eso es decir mucho.

Dio media vuelta, recogió una manta, una que era realmente suya, y se marchó a dormir a la playa.

Despertó por la mañana, muy temprano, sintiéndose cansado, dolorido y lleno de temblores. Maldita fuera la humedad de aquella isla. Apenas había conseguido dormir un par de horas; eso sí, el tiempo suficiente como para permitir que el sinuoso relieve del terreno se grabase a fuego en su sensible espalda.

Se incorporó, abrió los ojos y descubrió, con sorpresa, a dos criaturas del aire, dos seres de miembros largos y translúcidos, que formaban pequeños remolinos de arena a unos tres metros de distancia, zumbando quedamente. A Arturo le agradaban aquellas criaturas, tan etéreas, tan gráciles, casi invisibles. Era una buena ocasión para intentar comunicarse con ellas. Alzó una mano con intención de saludarlas, pero el gesto las asustó y retrocedieron rápidamente hasta desaparecer entre los árboles. Por culpa de Magdalena, gruñó, recordando a la maga con auténtica aversión.

Arturo se puso lentamente de pie, tratando de estirarse. Una multitud de dolores de muy distinta intensidad recorrieron su cuerpo, de arriba abajo y luego de abajo arriba, lenta y metódicamente. Casi pudo oír el crujido de todos sus huesos. Maldita bruja, pensó, mirando con hostilidad hacia el palafito. Si esta noche no me deja dormir en casa, la mataré. Estoy demasiado viejo como para andarme con contemplaciones. Pero, Magdalena exigiría unas disculpas que no estaba dispuesto a darle. No quería hablar con ella, no quería verla, ni dirigirle la palabra…

De hecho, comprendió de pronto que no podría compartir la casa con ella. Imposible. La odiaba demasiado. La sola idea de tenerla cerca le llenaba de irritación. Solo quedaba decidir quién se iba, y él no estaba dispuesto a marcharse. Le gustaba mucho el palafito, y la isla, todo aquello se había convertido en su hogar, y estaba demasiado cansado como para ponerse de nuevo en camino, buscando otro. De haberse tratado de una mujer distinta, no hubiese tenido dudas. Él era un Caballero. Pero, ella, era Magdalena. Y no se lo merece.

Sus ojos vagaron por la playa, disfrutando del paisaje. Arenas muy blancas y mar verde claro, transparente, bajo un intenso cielo azul. Colores profundos, brillantes… Parpadeó, al descubrir la forma negra, tan poco usual, que se adivinaba junto a la orilla. Se acercó, pensando que podría tratarse de un viejo tronco carcomido que hubiese arrastrado hasta allí la marea. Avanzó caminando torpemente primero, casi corriendo después, porque no tardó en darse cuenta de que se trataba de la Nais’Hee.

La Nais’Hee de piel oscura como la noche.

Arturo la miró, anonadado. Sin duda, estaba muerta. Y su piel no era negra, estaba negra. Cuarteada, seca, como si hubiera ardido durante horas en las brasas. Como Fulgencio. Sobre la frente llevaba una tiara de algas, en la que brillaban tres puntos de luz oscura, con un destello rojizo. Oh, Cielos, no, pensó, horrorizado, comprendiendo súbitamente lo que había ocurrido. Cayó de rodillas junto a la Nais’Hee, se llevó las manos al rostro y se puso a llorar. No pudo dejar de hacerlo, ni siquiera cuando vio que Magdalena se acercaba por la orilla, andando tan rápido como podía.

-¿Qué le has hecho? -le gritó, esgrimiendo el bastón. Solo cuando estuvo lo suficientemente cerca, sus ojos miopes vieron el estado del cuerpo y entendió su significado-. ¡Oh, no! ¡Por las cinco clases de luz mágica!

-Los diamantes negros -susurró Arturo, señalando las piedras engarzadas en las algas-. Los diamantes negros…

-¿Qué hacen aquí? Creí que te habías desecho de ellos.

-Lo hice. O eso pensé. Los tiré al mar. En aquella bahía.

Magdalena arqueó ambas cejas.

-¿Allí? -Arturo asintió. La expresión de Magdalena se llenó de angustia. Giró el rostro hacia la Nais’Hee-. Entonces, ya sabes lo que ha ocurrido.

Arturo redobló sus sollozos, incapaz de soportar la pena que le producía el haber provocado la muerte de una criatura tan magnífica. ¡En aquel momento, parecía tan buena idea arrojar los diamantes en el centro de la bahía…! La mejor forma que se le ocurrió de mantener aquellas piedras malditas lejos del alcance de las ambiciosas criaturas de la tierra, las únicas que se habían mostrado capaces de la locura de intentar manipularlas.

Por eso remó solo, aquella noche, en aquel bote. Nadie, excepto él, supo lo que había hecho. Y él era un Caballero.

Sintió una mano en el hombro. Se apresuró a rechazarla, con furia y desprecio. Solo podía tratarse de Magdalena, y de ella no quería nada, ni siquiera consuelo. Por su culpa había ocurrido aquello, y él se había condenado. Si no se hubiese empeñado en perseguir a aquel idiota de Fulgencio, solo por despecho, él nunca hubiese recibido la misión de librar al mundo de aquellas piedras…

-Tú no me odias, y yo no te odio a ti -dijo ella, con un tono lleno de forzada paciencia-. Ni siquiera estamos realmente enfadados, el uno con el otro, Arturo. Fue, por la Nais’Hee.

-¿Cómo? -preguntó, mirándola.

-La Nais’Hee. Ayer, después de que te fueras, me quedé pensando. Habíamos visto una Nais’Hee. Lo lógico, es que tú y yo nos hubiéramos enamorado. No, por favor, sin comentarios -le interrumpió, al ver que Arturo iba a decir algo-. Déjame terminar. Es obvio que no fue así. -Se miraron, con evidente animadversión-. Pero, también ha quedado claro que ha surgido entre nosotros un sentimiento nuevo, muy intenso: el odio. -Sonrió-. ¿Me odias, Arturo?

Él se lo pensó unos segundos y asintió.

-Con todas mis fuerzas.

-¿Y me odiabas ayer por la mañana, cuando te preparé tortitas para desayunar?

Arturo parpadeó. Sin duda, la odiaba por su suficiencia, al recordarle uno de los muchos favores que le debía, pero también era cierto que no recordaba haberla odiado entonces.

-No. Entonces no te odiaba, es verdad.

Magdalena se encogió ligeramente de hombros.

-Arturo, no te guíes por tus sentimientos, sino por tu razón. De otra forma, estamos perdidos.

-¿Que quieres decir?

-Está claro. Los diamantes corrompieron la esencia de la Nais’Hee, como lo corrompen todo. -Señaló las piedras negras con el extremo del bastón-. Tú y yo somos víctimas de un hechizo. Si no lo superamos, si no nos unimos para vencer, nos destruiremos entre nosotros. -Miró a la Nais’Hee, y agitó la cabeza, apenada-. Piénsalo, mientras traigo algunas flores.

Magdalena se fue y volvió al cabo de varios minutos, cargada de orquídeas. Las entrelazó con el pelo de la Nais’Hee, y puso un ramillete en sus manos, sobre el pecho. Arturo la observó, estudiando la expresión de su rostro, el movimiento de sus dedos. Magdalena parecía más apenada que furiosa. En ella, el odio no era tan agresivo, tan vehemente, quizá porque lo había sentido muchas veces. Él, no. Para él, que no había odiado realmente nunca a nadie, ni siquiera a sus peores enemigos, aquella era una emoción nueva, que no sabía cómo controlar.

-Puede que tengas razón -admitió con renuencia, cuando Magdalena terminó de adornar el cuerpo-. ¿Qué debemos hacer con los diamantes?

Magdalena siempre había tenido una mente muy lúcida, sabía tomar decisiones rápidas y acertadas. Además, aquel era un asunto de magia. Miró las piedras y torció la boca.

-Cógelas.

-¿Yo? No, ni hablar. No quiero volver a encargarme de ellas. -Contempló con tristeza la criatura de los mares-. Ya he provocado suficiente desgracia.

-Cógelas, y no te preocupes. Yo me encargaré de ellas, lo que pasa es que no quiero tenerlas demasiado cerca. Recuerda que nos dijeron que solo tú eras inmune a su Toque. Sígueme.

Dio media vuelta y empezó a caminar hacia el palafito. Arturo tomó los diamantes. Estaban calientes, y chisporrotearon al separarse de la Nais’Hee, cuya tensa expresión varió al instante, relajándose en una profunda paz. Las largas pestañas temblaron ligeramente, pero no llegó a abrir los ojos.

¿Quién eres eres eres eres…? preguntaron tres voces, tres tonos graves, en el interior de su cabeza. Su eco le revolvió el estómago y le llenó de náuseas. Ya lo había oído antes, en aquella lejana época, y había rezado por no tener que volver a escuchar nunca algo semejante. Estaba lleno de maldad.

Dinos tu nombre nombre nombre nombre…

Arturo se negó a contestar, pero ellos buscaron y terminaron por recordarle.

Ah, el Caballero Caballero Caballero Caballero…

¿Has descubierto ya lo que deseas deseas deseas deseas…?

Apretó los puños cuando surcaron su mente mil imágenes de cosas deseables: castillos, coronas, tierras, gloria, riquezas, mujeres.

Te lo daremos todo todo todo todo…

-¿Podéis acaso devolverme la juventud? -preguntó, con amargura, al darse cuenta de que, a pesar de todo, seguía acariciando la posibilidad de llegar a un acuerdo con ellos.

Los tres Príncipes rieron.

Sírvenos y tuya será la Juventud Eterna Eterna Eterna Eterna…

Libéranos, y te convertiremos en el más grande de los dioses dioses dioses dioses…

Maldita sea. Arturo se puso de pie y se dirigió también hacia la casa.

Allí, Magdalena buscaba enérgicamente algo en uno de sus arcones. Demasiado trastornado como para contarle lo de las voces, o para preguntarle por su plan, esperó en silencio hasta que la vio sacar una pequeña llave dorada. Arturo recordaba habérsela visto alguna vez, pero la hechicera tenía demasiadas cosas extrañas y nunca la había interrogado al respecto.

Magdalena se dirigió a una de las paredes, a uno de los pocos rincones que no estaban cubiertos de recuerdos, apoyó la punta de la llave, como si estuviese introduciéndola en una cerradura, y empezó a girarla. Al momento, una línea de luz plateada se extendió por la superficie de caña trenzada y dibujó un gran rectángulo, un umbral, una puerta, que, cuando por fin adquirió consistencia propia, resultó ser de madera negra, muy pulida.

Lentamente, empezó a abrirse.

El resplandor plateado se encogió sobre sí mismo hasta desaparecer. No había ninguna luz, al otro lado, y el umbral no parecía permitir el paso de la que iluminaba el palafito. Arturo jadeó.

-¿Qué es eso? -consiguió murmurar.

-Una puerta -contestó su compañera, sin volverse.

-Eso ya lo veo, dnyookas. Te estoy preguntando qué es.

Magdalena asintió.

-Un umbral hacia otro sitio. Ven -ordenó, antes que le diera tiempo a pedir una respuesta más completa. Dio un paso al frente y desapareció, devorada por aquella intensa oscuridad. Al momento, la oyó pronunciar una palabra, y todo se iluminó a su alrededor, mostrando una habitación circular, de piedra, con las paredes llenas de libros. Al otro lado, había una puerta de arco, y más allá, nubes. Magdalena se volvió a mirarle con impaciencia-. ¿No vas a venir?

-Sí, claro… -contestó, y adelantó un pie, aunque miró con suspicacia el suelo de baldosas grises. Solo después de haber comprobado, en la medida de lo posible, que no desaparecía bruscamente, se decidió a apoyar en él todo el peso de su cuerpo -Nunca me habías hablado de este lugar.

-No hay mucho que decir. Es mi torre.

-Ya lo veo -Esperó confuso, hasta que las muchas preguntas que giraban en su mente se ordenaron-. ¿Dónde estamos? ¿En Katanya? ¿En Varekya? ¿O quizá en Khembass?

-En ningún sitio -respondió ella, y quedó claro, por su tono, que no era una evasiva, ni una ironía, sino la verdad. Señaló la otra salida, el umbral en arco-. Vamos. Compruébalo tú mismo.

Confuso, Arturo se dirigió hacia allí y verificó que, como había supuesto, comunicaba con una terraza. Sus pupilas se dilataron prodigiosamente cuando descubrió que no había ningún paisaje, ni montañas, ni valles, ni mares; ni siquiera había cielo. Todo lo llenaba aquella nebulosidad gris que, en realidad, parecía no tener una existencia definida.

-Por todo lo sagrado -murmuró.

-¿Terrible, verdad? -preguntó Magdalena, a su lado-. La nada absoluta.

-¿Cómo…? -No pudo terminar. Ella le ayudó.

-¿Que cómo encontré este lugar? -Arturo asintió-. En realidad, no existía antes y, como tuvo un principio, supongo que algún día dejará de existir, con todo lo que haya en él – al ver su cara de desconcierto, añadió-. No lo encontré, lo creé. Experimentando. Es el resultado de un conjuro. Ocurrió hace más de treinta años.

-¿Creaste este lugar?

-Sí. Ya ves. -Magdalena torció la boca. Parecía un poco triste-. Un mundo vacío. Aquí no hay nada, nada, absolutamente nada de nada; en la vasta inmensidad que nos rodea, no hay distancias, ni profundidad, ni alturas. No hay criaturas de la tierra, ni del aire, ni del fuego, ni del agua. No hay luces, ni sombras. Solo existe esta torre, y nosotros.

-¿Construiste la torre?

-No. Aquí no había nada con lo que construirla, y nada sobre la que apoyarla. Me la traje, de nuestro mundo, y la sostengo, por medio de la magia.

Arturo la miró, alarmado, pero ella no se dio cuenta, y él no se atrevió a decirle que no confiaba demasiado en la estabilidad de aquel suelo. Lo mejor sería acabar cuanto antes, e irse de allí.

-Entiendo. ¿Qué es lo que quieres que haga?

Magdalena señaló el vacío gris con el extremo de su bastón.

-Arroja los diamantes a la nada. Lánzalos lejos, lo más lejos que puedas. No habrá nada que puedan corromper, y nadie que pueda encontrarlos. Libremos definitivamente al mundo de semejante aberración.

¡No no no no…! gritaron las voces, repentinamente asustadas, al oír y comprender el plan de Magdalena. ¡Caballero, escucha, la Juventud Eterna, Poderes, Riquezas… y el duro corazón de esa deslenguada. Tuyo será por siempre siempre siempre siempre…! Arturo la miró de reojo, con miedo de que hubiese podido oírlas.

-¿Estás segura?

-Completamente.

Arturo alzó el brazo y lanzó los diamantes a lo lejos…

¡No no no no…!

Tardó unos segundos en comprender que todavía los tenía en la palma de la mano.

Magdalena sonrió.

-Se te ha olvidado que no es tan fácil, amigo mío. Tienes que quererlo, tienes que renunciar a ellos con todas tus fuerzas.

-Es verdad. -Volvió a intentarlo, sin éxito. ¡No no no no…! Suspiró, con cansancio. ¿Por qué será?, se preguntó. Algo le retenía, algo de lo ofrecido. ¿La juventud, la riqueza… o el duro corazón de Magdalena? ¿Dónde estaba el límite de la Amistad, dónde el del Amor, y dónde el del Odio? De pronto, no estuvo seguro. Lo hubiera dado todo por ella, pero siempre había sido así, desde que sus miradas se cruzaron por primera vez y quedó embrujado por sus bellos ojos, de expresión tan inteligente-. Supongo que me hago viejo y cada vez tengo más deseos imposibles. Deseos que solo seres como estos Príncipes pueden conceder.

Magdalena asintió, con expresión grave.

-¿Y qué quieres?

Arturo agitó la cabeza, sintiéndose impotente. Tantas ocasiones, y seguía sin poder decírselo. Se hubiera reído.

-Volver a ser joven, supongo. Vivir por siempre.

-¿Vivir por siempre en un mundo destruido, vivir entre ruinas gobernadas por esos seres perversos?

-No. Vivir por siempre. Punto.

-Eso, no es posible, lo sabes. Va contra todas las Leyes que conozco. Ni siquiera los dioses viven eternamente. Tienen ciclos, más largos, distintos, pero también el tiempo se acaba para ellos.

Arturo miró las tres piedras negras, colocadas en triángulo sobre su palma abierta. En sus interiores palpitaba rítmicamente una única luz oscura, con un punto rojizo, la esencia vital de aquellas criaturas del fuego.

-¿Crees que soy egoísta?

-¡Por las Runas Negras, claro que no! -Magdalena se volvió hacia él, atónita – ¿Por qué preguntas algo así? Creo que eres el más generoso, y el más fuerte, de los dos. En tu lugar, yo ni siquiera hubiese podido hacer el gesto de alzar el brazo, seguro. Por eso no quise tocarlos, hace cincuenta años, y por eso seguí sin querer hacerlo, antes, en la playa. No me fío de mí misma. -Le dio la espalda-. Tíralos de una vez. No sé cuánto tiempo voy a resistir la tentación de fulminarte y hacerme con ellos.

Arturo se vio a sí mismo, joven, poderoso, terrible, destruyendo mundos entre sus dedos, sometiendo mentes, incendiando estrellas… Violando eternamente a una hermosa esclava llamada Magdalena. Se miró a los ojos y descubrió que aquella monstruosa réplica no sentía nada, no esperaba nada, no deseaba nada, salvo experimentar una y otra vez el placer del control.

¡No no no no…!

Alzó el brazo, y sin pensárselo dos veces,

¡No no no no…!

arrojó los tres diamantes lo más lejos que pudo.

¡NO NO NO NO…!

Las piedras giraron lentamente y se perdieron de vista.

-Ya está -dijo.

-Sí. -La voz de Magdalena sonó muy cansada-. Y, esta vez, espero que de verdad sea para siempre -añadió, arrojando también algo. Arturo vio que era un objeto dorado, pero tardó unos segundos en comprender que se trataba de la llave. La llave que había abierto el umbral mágico.

-¿Pero qué haces? -preguntó, alarmado-. ¿Cómo vamos a salir ahora de aquí?

-Por la puerta. Sigue abierta. Lo que no podremos, será regresar. Nadie podrá venir. Probablemente, este sitio deje de existir, cuando cerremos el umbral. No importa. Será lo más seguro.

-Pero tu torre, tus cosas, tus libros…

-Por favor, Arturo -le cortó, irritada – Yo suelo aplicar la lógica, al establecer mis prioridades. Prefiero perder todos mis libros antes que permitir que esas cosas le hagan daño a nadie más.

Arturo sonrió. Qué extraño, seguía odiándola, pero la amaba. Extendió una mano hacia ella, y apartó un mechón de cabellos de su frente.

-Mag, eso es lo más…

-No. -Magdalena se apartó rápidamente, dirigiéndose hacia el interior de la torre-. No te pongas tierno conmigo. Sabes que no puedo soportarlo, maldita sea.

Lo sé, pensó él, con disgusto. Lo que no sé, es por qué. Entró detrás y esperó mientras ella escogía algunos libros, no más de una docena, de los miles y miles que llenaban las baldas de la biblioteca. Luego, la ayudó a transportarlos al palafito. A pesar de que en ningún momento había habido el menor problema, solo se sintió tranquilo cuando estuvo otra vez en el palafito, en su realidad. La puerta se cerró sin hacer ningún ruido y la pared volvió a tener su aspecto inofensivo de siempre.

-¿Eso es todo? -preguntó. Magdalena asintió.

-Sí -Miró con tristeza los pocos libros que le habían quedado-. Supongo que te ganaste el derecho a saber de dónde los sacaba.

Arturo agitó la cabeza.

-Lo siento, Mag.

-No importa -aseguró, pero su voz sonó emocionada. Eso, la irritó. Con un bufido, salió de la casa, se dirigió hacia la barandilla, y contempló el paisaje-. Casi es mediodía. Deberíamos comer al…

Se interrumpió. Sorprendido, Arturo se colocó a su lado y miró en la misma dirección. Arqueó las cejas al descubrir qué era lo que la había desconcertado.

En el mar, un grupo de Nais’Hee acarreaba el cuerpo de su compañera, alejándolo de la costa. Las orquídeas que había colocado Magdalena se mecían suavemente a su alrededor, bailando sobre las aguas. Una procesión triste, melancólica. Las Nais’Hee emitían un sonido extraño, melodioso. Parecían cantarle a su hermana y, en su canción, vislumbró retazos de momentos felices, de rayos de sol soñando en las olas, de juegos de algas y brisa marina.

Arturo escuchó el canto, percibió su profundo dolor, su inmensa tristeza, su pérdida, y sus ojos se llenaron de lágrimas. Avergonzado, pensó en ocultarlas, hasta que se dio cuenta de que Magdalena lloraba sin disimulo.

-Vamos, vamos, tranquila -dijo, y logró contener su rechazo, y pasarle un brazo por los hombros-. Hemos hecho todo lo que estaba en nuestras manos.

-Lo sé. Es solo que la vida es una continua pérdida.

Arturo meditó un par de minutos aquella frase.

-Es cierto. Y nosotros somos viejos. Expertos perdedores.

-Exacto. -Magdalena miró hacia abajo. Una Nais’Hee acababa de surgir del agua, al pie del palafito. Les contempló, con sus inmensos ojos dorados, y les tendió un objeto oscuro y alargado.

La varita de Magdalena.

Ella se inclinó y la tomó con dedos temblorosos. Abrió la boca para hablar, pero no pudo decir nada. La Nais’Hee todavía permaneció unos segundos mirándoles, y luego se hundió y nadó entre dos aguas para reunirse con sus compañeras.

Las Nais’Hee siguieron alejándose, volviéndose diminutas, hasta desaparecer.
-Deberías aprovechar la ocasión y utilizar, de una vez por todas, el poder de esa varita. Antes de que ocurra un nuevo percance -le dijo Arturo. Magdalena miró sombríamente el objeto mágico.

-Ni siquiera sé si lo deseo -murmuró-. Además, ¿qué sería de ti, entonces? -añadió, con desánimo.

Arturo se preguntó si su repentina determinación estaría relacionada con el hecho de haberse mirado juntos en los ojos de la Nais’Hee. Quizá, pero no lo creía. Simplemente, ya no podía seguir manteniéndolo en secreto.

-Te amo, Mag. -Le puso las manos en los hombros-. Siempre, siempre, te he querido.
Magdalena sonrió.

-Lo sé, tonto. Me preguntaba si algún día lo confesarías.

Iba a besarla, pero un zumbido a su derecha les hizo girar los rostros. Una criatura del aire se había acercado y lo llenaba todo con aquel rumor tan agradable. Arturo chasqueó los dientes.

-Estoy seguro de que intenta decir algo.

-Sí. Está desconcertado -reconoció ella-. Pregunta por qué, siendo como somos criaturas de la tierra, vivimos sobre el agua y casi en el aire. Nunca he sabido qué responderle.

Arturo sonrió.

-Dile que hemos visto mucho, que hemos vivido mucho, y que ya no pertenecemos a un único elemento.

Magdalena le miró intensamente. Luego, se volvió hacia la criatura del aire y dijo algo, en su lenguaje sinuoso y envolvente. El ser aéreo permaneció unos segundos quieto, y luego, tras acariciar sus rostros y llenar el palafito con un intenso aroma a brisa marina, se fue. Magdalena suspiró.

-Vamos -Se apartó de su lado y se dirigió hacia el interior de la casa. Al pasar junto a las pilas de libros y objetos mágicos, dejó la varita, con indiferencia-. Puesto que te has declarado, te prepararé tu plato favorito, todavía me queda algo de orégano. Aunque no sé si debería, la verdad. No olvido que, en su momento, preferiste meter en tu lecho a esa insulsa de Raquel.

-No creí que te importase. No me hacías ningún caso. -Parpadeó, al darse cuenta de lo absurdo que había sido todo-. Claro. Por eso te liaste con Fulgencio.

Magdalena asintió.

-Por eso. Y por eso me enfadé tanto. Yo te amaba, pero elegiste disfrutar de las exuberantes formas de esa dudosa sacerdotisa. Quise despertar tus celos, y ese canalla terminó por hundirme. Yo no le quería, pero me avergonzó.

-Mag, debiste…

-No. Basta. Dejemos ese tema, me afecta mucho y ya no importa. ¿Cómo dijiste antes? Somos dos viejos perdedores, pero también dos viejos amigos, y dos viejos afortunados. Yo te amo, y tú me amas, y hemos envejecido juntos. Nunca he deseado tanto ninguna otra cosa, en toda mi vida. -Él no dijo nada. Sentía demasiadas emociones a la vez. Magdalena frunció el ceño, recordando algo, y sonrió-. Por cierto ¿recuerdas aquella vez, cuando tomamos al asalto el castillo del Phylliend?

-Claro -afirmó, aunque tardó unos segundos en rescatar aquello de su memoria. Demasiadas historias.

La sonrisa de Magdalena se amplió notablemente.

-Pues debo reconocer que fui yo quien agrandó la nariz de Raquel. No pude contenerme -añadió, antes de desaparecer en el interior de la casa.

Arturo agitó la cabeza y se echó a reír, recordando la larga noche en que hicieron arder el castillo del pérfido Phylliend. Raquel dejó de ser increíblemente hermosa, pero consiguieron salvar al mundo de otro final cierto.

Viejas historias. Proezas, que ya nadie recordaba.

Excepto él y Magdalena.

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Acerca de Díaz de Tuesta

Escribo. Me publican Ediciones B, Norma Editorial y Tempus Fugit, así que tan mal no lo haré. ;DDD

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