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Viaje a la Noche Eterna (Serie EL HAMBRE 2/2)

Año: 2009
Relato ofrecido bajo licencia CC Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 Unported
Serie EL HAMBRE 2/2


Allí, en aquel lugar olvidado de los dioses, empieza este relato. Precipitarse en la oscuridad, caer en la vorágine del caos, en un lugar incierto, hostil, agreste… Esa es la impresión que quiero que se tenga. Y, en realidad, poco importa lo que ocurriera hasta llegar a aquel instante en el que Talarion, el hechicero de origen thalakho, finalizó el círculo de conjuración.

En ese momento, se hizo un silencio profundo, profundo, algo que no hubiera creído posible de no haberlo sentido personalmente. Era ausencia, era nada… Nos miramos unos a otros: Talarion, el noble, su hija loca, los hombres del rey, aquellos extraños Hüküsh… Incluso los seis esclavos, que habían permanecido tanto tiempo silenciosos, arrodillados en el borde del círculo.

El elfo que yo recordaba intercambió una mirada con el enano. Estaban tan pálidos…

–Algo va mal –dijo uno de los Hüküsh, el que se había comportado como líder y convenció a los demás con las palabras que iba vertiendo Talarion en sus oídos. La diosa Shû debió elegir mejor a sus sirvientes, aunque supongo que tampoco es culpa suya. La ambición es una mala hierba, una cizaña codiciosa y perseverante que arraiga en todos los corazones. Los sagrados Hüküsh, los sagrados Ocultos, no habían sido una excepción. Entonces, el suelo se estremeció violentamente bajo nuestros pies, y el thalakho miró a su alrededor, horrorizado–. ¡Algo va muy mal!.

La hija del noble, la asesina sin alma, abrió desmesuradamente los ojos, fijas las muertas pupilas en la ondulación del foco que habían generado las magias de Talarion, y empezó a gritar. Si ya de por sí la noche, el frío, el hecho de lo que estábamos haciendo, nos tenía aterrados, casi paralizados de puro pavor, aquello fue por completo espeluznante. La chica gritaba, gritaba, la boca muy abierta, los ojos muy abiertos, el cuerpo tenso y crispado, totalmente concentrada en la perfección de su grito.

Y nosotros la mirábamos, sin saber qué hacer. Su padre apenas respiraba, los soldados derivaban entre el miedo, la cautela, y el odio, porque la acusaban de haber matado a varios de ellos en el trayecto hasta allí, desde la asediada Tirnmaesshë. Tres morkavos habían muerto, mientras hacían guardia, por la noche; sus cuerpos fueron encontrados abiertos en canal, las vísceras masticadas, los cuellos desgarrados… ¿Qué otra cosa podía haber acabado con ellos? ¿Qué otro animal salvaje podía haber devorado de tal modo sus cadáveres, a dentelladas menudas y firmes, hambrientas….?

Aquella muchacha no era normal, todos lo sabían. Ni siquiera era una muchacha. Su apariencia delicada, incluso hermosa, no era capaz de esconder verdadera esencia. Por eso se encontraba allí, claro, porque su padre se empeñaba en decir que estaba enferma. Supongo que lo estaba, pero de un mal que atentaba contra la propia esencia de los Sectores.

Sus ojos, casi siempre vacíos, daban miedo.

Sí, había sido ella, claro que había sido ella, la que había matado aquellos hombres. Nadie lo hubiera dudado de ningún modo, pero, además, yo, que ya apenas duermo, la había visto, empapada en sangre, caminando errática bajo la noche sin luna, la mirada perdida en su mundo de sombras… También vi a Duquet, y a Talarion, intentando protegerla, ocultar lo ocurrido para evitar la furia de la soldadesca morkava. La llevaron a su tienda, calmándola entre susurros. Uno, por ser su padre; otro, por ser el padre de la criatura que hinchaba su vientre.

Recuerdo haber mirado a Talarion, a veces, por encima de las llamas de la hoguera, preguntándome qué clase de hombre yacería con una criatura como Natalia Duquet…

La chica gritaba, gritaba, gritaba… y, con cada grito, la espiral de energía centrada en el foco creado por Talarion, el eje del círculo que formábamos, se acrecentaba.

La realidad se desgarró con un sonido brusco de tejido viejo.

La sensación de poder se derramó por todas partes, como una marea, como las aguas de una inundación que se apropiaran de cuanto había en su camino tras destruir una presa. Sentí, supongo que lo sentimos todos, que había algo, algo grande y poderoso, algo que se movía en ondulaciones perezosas al otro lado de la grieta.

Una fisura que no estaba. Un ser que no podía estar…

El Sueño se estaba rompiendo.

El capitán Carleigh, hombre de pocas palabras que no había pestañeado cuando aparecieron los vigías devorados, que, durante el viaje, había obedecido puntualmente cada exigencia de Talarion, cada palabra del noble, cada capricho de Natalia Duquet, me miró, aterrado, y entendí el mensaje. Preguntaba si había llegado el momento, si teníamos que intervenir. Lo había dicho con toda claridad nuestro señor, el rey Aronet, cuando nos llamó a su puesto de mando, en el extraño pueblo surgido del campamento de asedio, que algunos llamaban ya Sombra de Tirnmaesshë. Otros, menos respetuosos, se referían a él como Burla de Tirnmaesshë.

Pienso que estaban más acertados…

Aronet era un hombre bajo y grueso. Un cuerpo quizá demasiado escueto para la enorme personalidad que proyectaba. Fuerza. Fuerza y determinación.

–Talarion tiene sus planes –dijo, con una mueca, mientras acariciaba su densa barba–. ¿Qué opinais de ello?

Me miró, pensativo, y me señaló, como representante de los magos morkavos. Era el mejor, se suponía. Yo no estaba tan seguro. Simplemente, estaba más consumido que ningún otro por la hechicería roja. En aquel momento, en aquel lugar, me sentía incómodo. La cercanía de Tirnmaesshë alteraba mi sangre alterada. Era como estar moviéndome en una densa piscina de aceite.

Asentí, puesto que el rey esperaba una respuesta.

-Hemos analizado la oferta de Talarion. Osada, ambiciosa… terrible. Pero, tiene posibilidades, y si realmente consigue desatar el ansia en el Primordial, quizá seamos capaces de controlarlo.

–Bien. -El rey se mostró satisfecho-. Siendo así, si tiene éxito, será el éxito de todos. Pero, si algo se desmanda, si se le va de las manos, actuareis vosotros.

–Mi Señor, no dudes de que derramaremos hasta la última gota de nuestra sangre de ser necesario –aseguró el Capitán.

–Mejor no mencionemos derramamientos de sangre –le interrumpí, casi viendo la escena: cuerpos retorcidos, ensangrentados, que formaban a su alrededor una multitud de regueros escarlata, entrelazándose una y otra vez unos con otros… Parpadeé. No sentía el ansia, esa necesidad voraz y destructora, pero no tardaría en sentirla. Ya, hasta tenía nostalgia de los tiempos en los que no vivía con ese miedo–. Dejemos… dejemos la sangre en sus venas, capitán.

–No sé qué otra cosa podremos hacer, contra semejante criatura –masculló Carleigh, con una mueca. Yo no le caía simpático, me constaba. Como todo soldado, temía a los que jugábamos con la hechicería roja. Me miraba y veía un bebedor de sangre, alguien que se reforzaba siempre con cada nuevo trago. No pude evitar sonreír, y me regocijé con el espasmo de miedo que no supo disimular.

Aronet, perspicaz, fue consciente de la situación. Entornó los ojos.

–El Maestro se lo explicará, capitán Carleigh. He retrasado tanto la respuesta a lo sugerido por el Consejero Talarion, precisamente porque quería estar seguro de que podemos controlar las consecuencias de lo que vamos a hacer. Todas, sin excepción. –Me hizo un gesto–. Adelante, Maestro.

Hablé entonces de Umbra, el Arma sin Sustancia que habíamos forjado secretamente en las cuevas cercanas, con la ayuda de esclavos enanos y elfos. Incansables, imparables, ignorando el hambre y el agotamiento, hombres, elfos, enanos, los más hábiles forjadores de Kayx Negro, los más expertos guerreros, conocedores de las características de las armas, habían creado la fabulosa Punta, el fin absoluto atrapado en forma material, la unión entre lo físico y lo que queda siempre, siempre, un poco más allá.

Diez doncellas élficas, capturadas en sucesivos asaltos suicidas a Tirnmaesshë, fueron obligadas a tejer las telas de la Borla, con sus largos flecos, elegantes, sutiles, delicados como ellas mismas. La sangre de su posterior violación y sacrificio fue el ingrediente principal en el teñido del tejido.

Mientras, nosotros, los más despiadados maestros en las magias más oscuras, diseñamos lo que sería un arma capaz de matar lo inmortal. Una empresa siempre difícil, con un tiempo limitado. Aronet era un hombre paciente, pero las circunstancias no permitían demorarse, Talarion quería una respuesta, y no deseábamos que sospechase que jugábamos nuestra propia mano en aquella partida de cartas. Por ello, Aronet decidió que por cada semana sin obtener resultados, muriera uno de nosotros.

Cinco magos morkavos fueron ejecutados en la búsqueda de Umbra. Los demás, bebimos su sangre, y aprendimos de sus errores, y asumimos sus enseñanzas. De ese modo, gestamos una utopía, sólo factible cuando entras en los flexibles campos de la magia.

Al escuchar mi relato, Carleigh supo por qué había sido elegido él para aquella misión. Siendo un capitán más, y no uno especialmente destacado, a su entrada en el puesto de mando de Aronet había mostrado en sus ojos el brillo de la sorpresa por la suerte del nombramiento, y la esperanza de que se estuvieran reconociendo por fin esa infinitud de pequeños méritos que sin duda tendría.

Me dio la impresión de que, a medida que escuchaba lo que le decía, Carleigh se iba transformando en otro. Ya no había sorpresa. Ya no había esperanza. Era, simplemente, un hombre con ojos violeta, alguien cuya única valía era ser uno más de los anónimos bastardos del lejano reino del sur cuya Vieja Sangre había despertado nuestras envidias desde los tiempos más remotos, siendo el auténtico propulsor del desarrollo de la hechicería roja entre los magos morkavos.

¿Cómo no íbamos a envidiarlo? ¿Cómo no íbamos a desear tenerlo, hacerlo nuestro? Magia, sin necesidad de estudiar polvorientos pergaminos, durante años y años, sin necesidad de recopilar hechizos, de depender de otros para lograrlos, o de la suerte, para conservarlos…

Magia instantánea, magia pura, corriendo por nuestras venas. Magia como la magia Arym, pero magia nuestra…

Pero, no debo divagar. Volvamos a Carleigh, en el momento de su descubrimiento, cuando comprendió que no era el héroe del que se esperaban grandes hazañas, si no el medio anónimo con el que intentarían lograrse. Un ingrediente más, un material necesario, en la elaboración de un conjuro.

–Serás la Punta –le dije–. Yo seré la Borla. Te reforzaré, recuperaré magias perdidas y las reconduciré a tu golpe. Y los demás, los soldados, los esclavos, serán el Cuerpo… Darán su fuerza, darán su voluntad, y tú reconducirás el golpe.

–No cooperarán –dijo el capitán. Lanzó una risa agria–. Eres un iluso, hechicero. Esos perros élficos, esos mastines enanos… Nos odian. No cooperarán.

–Lo harán –repliqué, totalmente convencido–. Porque, si las cosas llegan a ese extremo, nos la jugaremos todos. Si se nos va de las manos, el continente, el mundo, estarán perdidos. Quizá no les importe su propia vida, pero tienen familias, en sus hogares. Tienen seres queridos. Cooperarán.

Carleigh parpadeó.

–Siendo así… Aunque dudo que esas bestias inmundas sientan algún afecto, ni siquiera por sus crías.

Me callé. Es inútil hablar contra el alarido sin mente de los prejuicios. Yo nunca he sido racista.

Todas las sangres tienen un sabor parecido.

Aronet, que pensaba como yo, quizá porque siempre bebía la sangre de sus enemigos, gentes de todas las razas, entornó los ojos, como suplicando paciencia a Arshack. Se me ocurrió pensar que Carleigh no le caía simpático, y al margen de su condición, que quizá le había elegido por eso. Una pérdida asumible, en la que no volvería a pensar de no ser necesario. Quizá le pasaba lo mismo conmigo…

–Llevo luchando contra los elfos diez años –dijo el rey–. Y he pasado muchos más enfrentándome a esos condenados enanos de Krae’Dumn. Pueden ser mis enemigos, pero se han ganado mi respeto, y me consta que aman a los suyos tanto como nosotros a los nuestros. Más, puñetas, porque yo no quiero a nadie, ni siquiera a mis jodidos bastardos. –El gran Aronet, atrapado en su cuerpo bajo y fornido, miró al capitán, la Punta. Me miró a mí, la Borla–. Lo que yo quiero es conquistar Tirnmaesshë. Quiero controlar el mundo conocido. Y no voy a compartir ese poder, ni siquiera con un puñetero Primordial. Me da igual si enloquece o no: si no se le puede controlar, matadlo. En otro caso, tú –me dijo a mí–, que estás versado en la Hechicería Roja, tendrás que hacerte cargo, y someterlo a nuestros intereses.

No tuve que preguntarle a mi señor por qué yo, y no Talarion. Él no era morkavo. Él no era de fiar. Él no volvería vivo de aquel viaje.

–¿Qué hacemos con los demás?

Los soldados eran parte de nuestros recursos, y, los esclavos, cosas que serían sacrificadas, si no morían directamente en el conjuro. No contaban, como no constaban en los documentos oficiales, no eran nada, sólo esclavos. Pero yo me refería a Baltasar Duquet y su hija, claro, y él me entendió.

Duquet era un noble Arym, que había aportado una cantidad impresionante de oro a las agotadas arcas morkavas, para que se le permitiese participar en aquella idea. Pobre Dnyookas. Intentaba patéticamente curar a su hija, Natalia Duquet, una criatura que desde el primer momento me hizo pensar en un pedazo de carne vacío y hambriento…

Aronet se levantó de su lujosa silla, se dirigió a la salida, y abrió la puerta. No salió; se limitó a contemplar con indiferencia el pequeño pueblo en que se había convertido el campamento de asedio. Burla de Tirnmaesshë. Qué apropiado, me volví a repetir. Demasiados años aplastados por aquel paisaje de torres élficas, demasiados años anhelando poseerlas sin poder tocarlas.

Por la calle embarrada pasaba un grupo de soldados que arrastraba una hilera de esclavos encadenados, elfos y enanos. Supuse que eran los que íbamos a llevar en el viaje. Yo les miré, y uno de los elfos me devolvió la mirada, y, no sé por qué, sentí vergüenza.

Aronet, creo, también le vio.

–Matadlos –dijo, con una voz apropiada, fría y muerta como la orden que estaba dando–. Matadlos a todos. También a los soldados. A todos. –Me miró de reojo, condenando con disimulo a Carleigh, que no captó el mensaje–. Nadie debe saber lo que hemos hecho. Y, si llegamos a conseguir ese poder, nadie debe saber cómo ni qué tenemos.

Allí, tan lejos de aquel lugar y aquel día, en las montañas bajo la noche, aturdido por el grito espantoso de Natalia Duquet., mientras me tambaleaba ante el foco de poder que estaba lacerando el mundo, miré a Carleigh. Su mano nerviosa palpaba el bulto que llevaba bajo el tabardo, aquella Punta hermosa y terrible, forjada en Kayx Negro sin retorno, sin antídoto, sin vuelta atrás, y negué con la cabeza. Aún no había llegado el momento.

–¡Seguid! –exclamó Talarion, intentando hacerse oír por encima del alarido de la hija de Duquet. Alzó la daga que había afilado cada noche con una Lágrima de Arianna. Yo sabía, porque Talarion así me lo había revelado en una de esas raras confidencias entre seres sin escrúpulos, que había sido forjada con la sangre de mil niños inocentes, bebés robados de sus cunas con la llegada de las sombras. Las runas que cubrían sus planos destellaron en brillante escarlata con la espiral de poder que estábamos desencadenando–. ¡Seguid, seguid os digo! ¡Ya no podemos detenerlo! ¡Continuad, continuad, o morid!

Así era el hombre que yacía con aquella loca…

Talarion se abrió la chaqueta, rompió la camisa, y se hizo un largo corte, una línea diagonal sobre el corazón. De la herida, profunda y terrible, saltó un surtidor de sangre que giró de forma incomprensible en el aire y se precipitó hacia el foco de poder, sin que se desperdiciara ni una sola gota. Los gritos de Natalia Duquet aumentaron, de ser posible. El noble, Baltasar Duquet, les miró con expresión de fatalidad. Olía a hombre condenado, a destino inevitable…

Creo que él lo sabía, porque en sus ojos vibraban el miedo y la locura, y la angustia por sentirse arrastrado por una situación que no controlaba. Sin decir nada, quizá porque no había nada que decir, sacó su propia daga, abrió sus ropajes, y se hizo un corte idéntico.

Los Hüküsh le imitaron un segundo después…

Carleigh hizo una señal a sus hombres, todos menos los dos que habíamos reservado para la eventualidad de tener que forjar a Umbra. Los soldados morkavos eran hombres duros, nacidos para morir en la guerra. Aún así, la situación imponía; dudaron un poco más que los Hüküsh, pero también se unieron al ritual.

Carleigh me miró, esperando órdenes. ¿Se unían también, él y sus dos soldados? ¿Forjábamos a Umbra? Yo apreté los puños, sin acabar de decidirme. La sangre es poder. La sangre es vida y magia, es nuestro origen y nuestro destino. Las pautas del hechizo que estaba llevando a cabo Talarion parecían ajustadas, perfectas en su ejecución, pero había algo… me lo decía el rumor del poder en mis venas.

Algo estaba pasando, algo que no terminaba de entender, y estaba aterrado. ¿Quizá no se había considerado adecuadamente las medidas, los cálculos? ¡Hablábamos de un Annunaki! ¡El antediluviano Primordial del Herzbrück! ¡No era una criatura cualquiera, no era nada que pudiéramos realmente entender, ni regular, y, empezaba a temerlo con auténtica amargura, ni dominar!

Miré a Talarion. Flotaba a pocos centímetros de altura del suelo, tenso, tembloroso, al borde del colapso. Duquet, los Hüküsh, los soldados morkavos… Todos ellos fueron alzados del mismo modo, y quedaron como colgando de aquel cordel infame que les unía al foco de poder, marionetas absurdas y rotas que se consumían lentamente. Todas las sangres se unieron en la vorágine, girando y girando en el eterno molinete de la espiral de la magia. Podíamos verla, formando hilos carmesí, filamentos esbeltos, ágiles, móviles, que entretejían continuamente algo, runas incomprensibles sobre una especie de prisma, en el punto de convocación.

El suelo volvió a temblar.

Hice una señal a Carleigh mientras sacaba la Borla de mi mochila. Forjaríamos a Umbra. Al Dnyookas con Aronet, con Talarion, con Tirnmaesshë, con todo. Estábamos al borde de un desastre de dimensiones cósmicas. Aronet podía no querer a nadie, pero yo me quería mucho a mí mismo…

Di un paso atrás, otro a un lado…

–Atentos –susurré a los esclavos, utilizando la lengua onírica, para que lo entendieran todos, y usé mi daga por fin, pero para cortar sus cuerdas. En susurros, les dije lo que podía ocurrir, y lo que se esperaba de ellos. Carleigh se acercó y le nombré como la Punta, y yo sería la Borla, y ellos, con los dos soldados morkavos, el Cuerpo. Debíamos estar en perfecta armonía de mentes, sumidos en una concentración que permitiera aunar todas las fuerzas, todos los poderes.

Acrecentados y reunidos por mí, la Borla, golpearíamos aquel prisma de poder, el nódulo en el que estaba enquistado, alimentándose, el Primordial, y lo destruiríamos por completo.

No les hizo mucha gracia, como era de imaginar. El enano empezó a jurar en el idioma de Krae’Dumn, que nunca he llegado aprender. Posiblemente habló de mi madre, pero no se lo tuve en cuenta. Los elfos susurraron entre sí, enojados, desesperados. El que me hizo avergonzar cuando le arrastraban por las callejuelas embarradas de Burla de Tirnmaesshë, sonrió de una forma terrible, y me agarró por la pechera de la túnica. Incluso me zarandeó, con una facilidad asombrosa en alguien de apariencia tan grácil, y que había sufrido el tormento, el hambre y el maltrato que les habían dado a los esclavos durante el viaje.

–Cerdo… – dijo, también en onírica–. Monstruo. Reza para que te mate esa criatura, porque, de sobrevivir, lo vas a pagar bien caro. ¿Te gusta beber sangre, sabandija? Bien. Haré que te atragantes con la tuya…

–¡Suéltalo! –le advirtió Carleigh, y avanzó amenazadoramente. Sus hombres titubearon. Los esclavos eran más y, aunque debilitados, se les veía con ganas de conservar su repentina libertad–. ¡Suéltalo o…!

Otro esclavo le pegó con un palo en la cabeza. Carleigh cayó al suelo gimiendo. Todos empezaron a golpearlo, le patearon con saña. Tampoco intervinieron los soldados, con lo que perdieron definitivamente toda posibilidad de sobreponerse a los esclavos. Ellos, les dejaron en paz, centrados en su jefe, al que odiaban con especial inquina. Temí que lo mataran. No teníamos repuesto.

–¡No! –grité–. ¡Le necesitamos, le necesitamos! ¡No es momento de pelear entre nosotros! –dije algo más, unas runas mágicas sin mayor sentido. Me miraron con suspicacia y me eché a reír. Me sentía casi borracho, tanto poder… podía sentir la sangre susurrando en mis venas, respondiendo con fuerza, alterándose más y más. Agarré por los harapos al elfo que me sujetaba. Aunque no le di más importancia en el momento, capté los restos del bordado en hilo de plata, y las runas que indicaban que era un noble de condición entre los suyos, y un líder en su ejército–. ¡Idiotas!. ¡Es el único que puede llevar la Punta!

El elfo me miró con ojos entrecerrados, y apretó los labios, con un gesto lleno de contrariedad. Dio unas órdenes, en Maedoree, el musical idioma propio de su raza. Los elfos se detuvieron. El enano aún le propinó un par de patadas, antes de darse cuenta, sorprendido, que se había quedado solo en la reyerta.

–Esto ni siquiera es una tregua –me advirtió el elfo–. Las treguas implican paz, y no habrá paz, jamás, jamás, con los tuyos, solo violencia y odio. Ningún futuro puede forjarse sobre un pasado tan sangriento. Pero trabajaremos juntos, para eliminar la amenaza que habéis desatado con vuestro poco juicio. Después… reza a tus dioses, si los tienes, por estar ya muerto.

Me arrojó al suelo, junto al cuerpo de Carleigh. Con órdenes precisas, organizó rápidamente a los suyos y al enano, que, aunque gruñendo todavía, se sumó al grupo. Pude arrastrarme hasta Carleigh. El capitán había perdido el sentido, pero conseguí reanimarlo.

–Vamos, vamos… –Hice señas a sus hombres, para que le levantasen–. La Punta, capitán. Tienes que hacerlo.

–Yo no… –Carleigh tosió, y una línea de sangre manchó sus labios. Temí que quedara atado también en la red del Primordial, de modo que le besé y le lamí, limpiando cuanto pude, pese a que forcejeó para intentar evitarlo. La sangre corrió por mi garganta, se deslizó por mi interior, me dio fuerzas, ánimos. Sangre morkava, con un sustrato de sangre Arym…

Como dije, todas las sangres tienen un sabor parecido.

Me aparté y él intentó escupir, pero le tapé la boca con la mano.

–No escupas, imbécil –le advertí–. Estás sangrando, y la sangre es el vínculo. No abras puertas que no podrás cerrar.

Me miró con odio y asco, pero obedeció, y se limitó a limpiar su boca con una manga. Nos pusimos en pie y volvimos, ahora ya con los esclavos, hacia el círculo. Con sumo cuidado, calibré las magias que se movían por el lugar.

El mundo era oscuridad y gritos, y destellos escarlata…

Miles, millones, de hilos carmesí, filamentos de sangre dibujando formas terribles, conformaban la red que envolvía al Primordial, un gran capullo que iba cercando con ansia el foco de poder. Lo asfixiaba, lo devoraba, lo ataba con firmeza al Ansia… Alrededor, unidos por aquellas tiras imposibles, estaban las formas espantosas de los Hüküsh, Talarion, Duquet, los soldados…

¿Quién atrapaba a quién?, me pregunté.

El suelo tembló, tembló, tembló, a espasmos, a golpes, a impulsos que lo estremecían todo. Los gritos de la mujer loca seguían el ritmo. El sonido y el tacto de la vibración se enredaban, junto con los destellos de la sangre, que resultaban hipnóticos…

–¡Ahora! –grité.

Carleigh tomó la delantera sosteniendo con manos firmes la Punta, en dirección a aquella cosa.

Yo me coloqué detrás. Agité la Borla entre las manos. Tan suave, tan roja y sangrienta…

Los esclavos y los soldados morkavos se pusieron detrás, en fila.

–¡Ahora! –volví a gritar.

Y, todos, humanos, elfos, enanos, seres distintos ya, alterados como yo, buscando ser una única mente, tener un solo cuerpo, poseer una única voz, dijimos:

–¡UMBRA!

Y, la Umbra, se forjó.

Cambiamos. No puedo describir cómo, ni por qué, pero cambiamos. Ya no éramos más nosotros: éramos el arma, éramos la lanza Umbra, que tenía fuerza, y mente, y poseía todas nuestras cualidades y defectos..

El poder llegó, en oleadas, del Cuerpo.

Yo lo reuní, lo reconduje, recuperé el que amenazaba con dispersarse, lo lancé hacia la Punta…

La Punta empezó a reunir…

Y entonces, el alarido de Natalia Duquet alcanzó un grado de desgarro mayor, algo que nos sobresaltó a todos, nos llenó de más espanto, y la concentración se perdió.

Volvimos a ser. Dejamos de ser…

–Maldita furcia loca… –dijo uno de los soldados morkavos. Estaba bastante cerca. Desenvainó la espada y se la clavó de un tajo en la yugular, cercenando la carne, paralizando bruscamente el grito. No llegó a decapitarla, pero si abrió un boquete espantoso en el cuello de aquella criatura extraña que no hubiera debido estar allí.

Su sangre, cúmulo de sangres, vacía de espíritu, corrompida quizá incluso antes de nacer, salió con fuerza, casi negra bajo aquella luz, y se unió al haz del prisma.

Todo se estremeció, con violencia.

Caímos todos al suelo, menos los que colgaban como monigotes de las hebras de sangre. La mujer se unió a ellos, impulsada hacia arriba de forma repentina y brutal, la boca casi desencajada, arqueada hacia atrás, el vientre hinchado vibrando, brillando con una luz cadavérica…

Entonces, del suelo empezó a emanar algo, una neblina oscura y densa, maloliente, como vapores de algo que se estuviera quemando en un vial. Del prisma surgieron hebras propias, de un rojo más oscuro, casi negro, y se clavaron en las moscas de la telaraña: Talarion, Duquet, los soldados, los Hüküsh…

Todos gritaban, más, más, más…

Nuevas hebras surgieron, una entró por la boca de Carleigh, y pareció salir por sus ojos. La nueva fibra se dirigió hacia el prisma, atándole también. Los soldados y los esclavos no tardaron en quedar atados, también. El elfo, el elfo de mi vergüenza, me lanzó una última mirada antes de ser absorbido por el entramado hambriento del Primordial. Ya no había odio en sus ojos, solo desesperación…

Los cuerpos gritaron y se estremecieron mientras eran consumidos, vaciados como redomas. Cuando quedaron flojos, pálidos, muertos, la vorágine empezó a ralentizarse. Los cadáveres cayeron al suelo, convertidos en frutas maduras, podridas, cosas carentes ya de mayor interés, y los vapores oscuros se filtraron e vuelta al interior de la tierra. En pocos minutos, en el círculo de convocación sólo quedábamos los restos del grupo que había conformado aquella expedición, y yo…

Yo…

¿Por qué?, me pregunté, sorprendido, mientras me alejaba. No recordé la Punta, no me daba cuenta de que llevaba conmigo la Borla, no fui consciente de nada, absolutamente de nada, durante días.

Desperté en una tienda thalakha, en una pequeña aldea llamada Alba. Me habían encontrado, delirando por las montañas del Herzbrück, y me habían recogido…

¿Por qué no me había atrapado también, en aquella red?.

Sólo muchos años después, lo supe.

La respuesta, como siempre, estaba en la sangre.

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Acerca de Díaz de Tuesta

Escribo. Me publican Ediciones B, Norma Editorial y Tempus Fugit, así que tan mal no lo haré. ;DDD

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