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Todo Tadeo

Año: Década de los 90
Relato ofrecido bajo licencia CC Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 Unported


Todo Tadeo

El Oficial Tadeo caminaba lentamente a lo largo del muelle de la bulliciosa ciudad portuaria de Saeoon, mientras observaba la larga línea curva que dibujaban sus edificios bajo la roja luz del crepúsculo.

En realidad, por una vez, Tadeo, un hombre alto y rubio, medianamente atractivo, que acababa de cumplir los treinta años, no era consciente de la belleza que le rodeaba. Solía serlo, cada día, a veces incluso en contra de su voluntad, porque Saeoon era una ciudad engañosamente hermosa vista así, a grandes rasgos y bajo aquella luz, cuando el refulgir casi nacarado de alguno de sus edificios, entre los que destacaba por su alta torre el Consejo de Tratantes, casi lograba eclipsar el lento y corrupto latido de su negro corazón. Pero, esa tarde en concreto, tenía otras cosas más urgentes de las que ocuparse.

Estaba seguro de que le seguían.

Dos individuos, uno excesivamente delgado y moreno, de rostro alargado en forma de aguja, el otro calvo, con el cráneo pintado de azul. Iban por separado, simulando no conocerse, el moreno delante, el calvo varios metros por detrás. Le habían estado esperando a la puerta de las oficinas, y no se habían despegado de su sombra pese a que Tadeo había dado un buen rodeo por zonas poco transitadas, y se había detenido a charlar con cuantos conocidos había encontrado a su paso.

Nada; aunque hubo momentos en los que se sintió libre, siempre volvía a detectarlos.

Pero, ¿por qué nadie iba a querer seguirlo? ¿Julián? Poco probable. Julián sabía perfectamente dónde estaba, qué le ocupaba en cada momento y cómo localizarlo, por no hablar de que hacía ya demasiado tiempo que no parecían tener nada que decirse. Además, había algo en todo aquello que le ponía nervioso, le daba auténtico miedo, y Julián nunca enviaría a alguien para acabar con él, al menos no sin comunicárselo primero personalmente. Pero, ¿qué otra cosa puedo suponer? Sobre todo el moreno, tenía cara de ir a cometer un asesinato.

¿Y quién puede querer matarme? Nadie. No se le ocurrió ningún nombre. No tenía enemigos, al menos no de esa clase ni en ese momento de su vida. En los últimos años todo se había vuelto demasiado rutinario: de casa a la oficina y de la oficina a casa, una aburrida secuencia de jornadas anodinas, grises, sin un solo rasgo de interés que las distinguiese una de otra. Ni siquiera se había sentido con ánimos de buscar compañía femenina. Tadeo gruñó interiormente. No quería pensar en mujeres, porque eso le llevaría a Isabel, una vez más, y…

A varios metros, divisó un nutrido grupo de curiosos, hacinados en círculo. Cuando llegó a ellos, ayudando a convertirlo en una pequeña multitud, descubrió que había habido un accidente. En aquella zona de la dársena era usual ver a niños nadando entre los botes y, al parecer, en esta ocasión algo había ido mal.

Una niña se había ahogado.

Tadeo la contempló con tristeza. Era pequeña, casi diminuta. No tendría más de seis años, quizá menos, y su rostro perfecto, tierno y lleno de pureza, estaba terriblemente pálido. Su madre, no tuvo la más mínima duda de que lo era, lloraba inconsolable a su lado. Durante un segundo, Tadeo se olvidó de sí mismo y se fundió con el grupo, compartiendo su sensación de impotencia, y de vulnerabilidad. Un hombre viejo, un pescador que Tadeo conocía de vista, se arrodilló también junto a la niña.

–Puedo intentar salvarla –le dijo a la mujer–, pero, antes, tienes que darme permiso.

–¿Permiso para qué?

–Para darle un Beso que una vez recibí de las Criaturas del Agua, Bendita sea Merys. Es un Beso de Vida, un Beso Mágico que recompone umbrales entre nuestro mundo y el suyo. A veces funciona. Pero tienes que decidirte rápido.

La mujer le miró confusa.

–Sálvala… –susurró.

Eso era lo único que le importaba. Tadeo no pudo evitar pensar que estaba contemplando a una mujer que, en ese instante, hubiera entregado reinos, imperios, incluso la propia vida, sin pestañear. ¿No era eso heroico? Todos somos héroes, llegado el momento. Pero, aquella melancolía negativa, que llevaba a cuestas desde hacía tanto tiempo, tuvo que hacer su propio comentario. Y todos somos el monstruo, llegado el momento, también.

El viejo asintió, se inclinó sobre la niña, le apartó algunos empapados rizos con delicadeza, juntó sus resecos labios, que tantas cosas habían dicho, con los de la niña, que apenas habían tenido tiempo para expresar nada, y empezó a soplar en su boca. Se apartaba un instante, para coger aire, y volvía a soplar, incansable. Tadeo arqueó una ceja.

–¿Se puede saber qué está pasando aquí?

El Tratante Edmundo, máxima autoridad en aquella zona del muelle, se abrió paso, con su habitual prepotencia, seguido del Oficial Pedro. Este último divisó a Tadeo y le hizo un significativo movimiento de cabeza. El pobre Pedro preveía que, esa noche, iba a tardar en poder irse a casa.

–Mi hija… mi hija… –sollozaba la mujer. El Tratante Edmundo miró al viejo marinero con repugnancia.

–¿Y se puede saber qué está haciendo con el cuerpo, ese ciudadano?

–El Pescador Tomás viajó mucho en sus tiempos jóvenes, Tratante –susurró Pedro a su jefe, aunque pudieron oírlo todos–. Conoce sorprendentes técnicas de sanación.

–Paparruchas… –Pero el Tratante Edmundo titubeó, esperando que realmente ocurriera algo. No en vano, aunque soberbio y corrupto, puesto que a Tadeo le constaba sin ningún género de duda que su nombre formaba parte de la lista de pagos de Julián, tenía una nieta de la edad de aquella niña. Tadeo se alegró, porque, aunque no creía que fuera a presenciar ningún milagro, al menos había que darles una oportunidad a los dioses, antes de echárselo en cara.

Un sonido metálico a sus pies, atrajo su atención. Tadeo miró hacia abajo y vio una daga en el suelo. Maldición, se dijo, y se llamó estúpido, por haberse puesto en una posición tan vulnerable, allí, entre tanta gente, donde la multitud se agolpaba y las cuchilladas podían volverse anónimas.

Miró hacia atrás, y se encontró con los ojos del hombre del cráneo azul, pegado justo a su espalda. Detrás de él había algún barullo, pero no pudo distinguir qué pasaba. Tadeo volvió a mirar al tipo, y éste le sonrió, con auténtica y desconcertante cordialidad, un segundo antes de propinar un certero puntapié a la daga, que la mandó directamente al agua sin que nadie más tuviera ocasión de reparar en su presencia.

–Que tengas un buen día, amigo –le dijo, antes de dar media vuelta y perderse entre la multitud. Tadeo no consiguió localizar al tipo moreno. Quizá se había equivocado…

Las risas y gritos de alegría hicieron que volviera a mirar hacia el interior del círculo. La niña lloraba, abrazada a su madre. Así que, al fin y al cabo, el viejo lo había conseguido. Bien por él, pensó Tadeo, sintiendo una irreprimible sensación de alegría. Le hubiera gustado invitarle a una copa, pero ya había demasiados dispuestos a hacerlo.

Agitó la cabeza y se alejó de allí, preguntándose por qué tenía la incómoda sensación de que aquella niña no era la única que había esquivado a la muerte, ese crepúsculo.


– ¿Puedo pasar?

Tadeo frunció el ceño, sin apartar los ojos de la complicada letra del documento que estaba intentando traducir desde hacía dos horas. Maldición, otra vez, exclamó mentalmente, cuando volvió a escapársele el sentido de la frase vareka. A este paso, no iba a terminar nunca.

–¿No sabe llamar a la puerta? –gruñó. Solo demasiado tarde se dio cuenta de que era una voz femenina, y que no le resultaba desconocida, ni mucho menos.

Alzó la mirada, incrédulo, sintiendo un escalofrío en la espalda. En el umbral de la puerta estaba Isabel de la Encina, la mujer que había amado durante… ¿Cuánto? No podría decirlo. Toda mi vida. De hecho, se sentía inclinado a asegurar que también lo había hecho en otras, anteriores.

Hagamos un juramento“, dijeron una vez tres niños sentados en el granero abandonado que era su rincón secreto. Una buena parte del techo se había hundido hacía mucho tiempo y podían ver las estrellas que brillaban pálidas en el intenso negro nocturno. Julián tenía doce años, él diez. La pequeña, la hermosa Isabel, acababa de cumplir los nueve. Era una de esas raras ocasiones en las que lograba eludir la vigilancia de los criados de su padre. No quería cortarse el dedo, con la daga, le horrorizaba la sangre; estuvo a punto de llorar, pero luego sonrió, al unirla a la de ellos. Una estrella fugaz rasgó el firmamento, justo en aquel instante. “Seremos hermanos. Por siempre“.

Recuerdos absurdos, de unos tiempos muy distintos, y terriblemente lejanos. A veces, casi parecía que aquellas cosas nunca habían ocurrido, que eran solo un producto de su imaginación, que buscaba crear algo hermoso en lo que poder pensar.

Tadeo se puso lentamente de pie.

–Isabel… Disculpa, no quería ser grosero. Pensé que… –No se le ocurrió cómo terminar la frase, así que lo intentó de otra manera–. Lo siento. Estaba concentrado, y de mal humor. La gente no ha dejado de entrar y salir en toda la mañana.

–No importa, tienes razón, debí llamar primero –murmuró ella. Parecía un poco aturdida–. ¿Puedo pasar?

–Oh, por supuesto, claro. No te quedes ahí. –Tadeo reaccionó por fin, y se descubrió enfadado. Furioso. Después de tanto tiempo, había llegado a pensar que, de encontrarse de nuevo, se saludarían con cariño, como viejos amigos, pero no fue así y le dolió muchísimo descubrir que él no era amigo de Isabel. La amaba demasiado. Dejó a un lado los papeles que había estado leyendo, sonrió con frialdad y le señaló una silla–. Toma asiento, te lo ruego.

Ella lo hizo, después de cerrar la puerta, quitarse la capa y dejarla con descuido en el respaldo de. asiento, moviéndose siempre muy lentamente. Tadeo no se fijó en la riqueza del vestido o las joyas, tan normales en ella. Lo único que a ese respecto llamó su atención fue un colgante extraño, una pequeña ramita, probablemente de roble, que llevaba al cuello con una delicada cadena de oro. Parecía un adorno tan sencillo, tan carente de valor, que resultaba chocante que Isabel lo hubiese escogido como único collar. Supuso que sería algún regalo de alguien. ¿Julián? No, rechazó desabrido. En su caso, eran más propios los diamantes.

Isabel estaba muy hermosa, pero siempre lo había sido. Los largos bucles dorados enmarcaban un rostro virginal, en el que brillaban dos grandes ojos de color violeta, muy claro, casi transparente, que delataban una innegable ascendencia Arym. Con ellos estudió el despacho, buscando y, sin duda, encontrando, los pequeños cambios que Tadeo había introducido en su decoración.

Él captó el aroma de su perfume, tan familiar, tan añorado, y el rumor de la seda y los encajes de su vestido, un sonido muy poco habitual, en aquella habitación en los últimos cinco años, desde que ella dejó de visitarla. Exactamente desde el día en que fue a disculparse por la actitud de su padre. El día en que me dijo que no, pensó, sintiendo un dolor intenso. Tuvo la sensación de que no había pasado el tiempo, de que volvía a vivir aquel instante, y el dolor y la furia le golpearon de lleno. Desde luego, él seguía siendo el mismo. Y sigo pensando igual. Carraspeó, tratando de controlarse.

–¿Qué puedo hacer por ti?

Isabel se volvió hacia él, y le miró directamente.

–¿Sigues enfadado?

Tadeo asintió. No tenía sentido negarlo, porque no sabía por cuánto tiempo hubiese podido ocultárselo, y no merecía la pena intentarlo siquiera. Se apoyó en la mesa, y entrelazó los dedos de las manos

–Sí. ¿Te sorprende saberlo?

–En realidad, no. Siempre fuiste muy rencoroso. –Al ver que él no reía la broma, dejó de sonreír y agitó la cabeza–. Me alegro mucho de verte, Tadeo, de veras. Te echo de menos.

Tadeo se la quedó mirando. ¿Qué podía decirle? ¿Que él había estado allí, día tras día, durante aquellos cinco años, y que era ella la que le había abandonado? La ira aullaba en sus venas, en cada una de sus terminaciones nerviosas, pero se contuvo, porque la imaginó cogiendo su capa y marchándose, esta vez definitivamente, y la idea le resultó insoportable. Además, de pronto, surgió la esperanza, y su corazón empezó a latir a toda prisa. Se sintió mareado.

–A mí me pasa lo mismo –admitió, con un nudo en la garganta. ¿Podía ser verdad? ¿Acaso Isabel había cambiado de idea?

–Tienes buen aspecto. Te sientan bien, esas canas.

–Gracias. –Aquellos cabellos blancos habían surgido a lo largo de una única noche. Tadeo decidió no mencionarlo–. Pero estoy seguro, mi dama, de que no has venido hasta aquí, solo para decírmelo.

Isabel parpadeó, agitando sus largas pestañas.

–No, por supuesto que no. He venido a… pedirte un favor.

–¿Un favor? –repitió Tadeo, incrédulo. Ella asintió, pero no pudo evitar repetirlo de nuevo–. ¿Un favor? –Tuvo ganas de triturarla con sus propias manos; en su lugar, cogió los papeles que había dejado sobre el escritorio y simuló enfrascarse en su lectura–. Lárgate.

–Tadeo, escucha…

–No. –La cortó él, fulminándola con la mirada–. Escucha . No sé cómo puedes tener la desfachatez de presentarte aquí, pidiendo favores, como si nada hubiera pasado. ¿Qué pretendes? ¿Insultarme? ¿Tan poco te importó?

Isabel le miró dolida.

–Sabes que…

–Yo ya no sé nada. –Tadeo afianzó la mandíbula–. Para mí, las cosas no han cambiado.

Ella entornó los ojos.

–Para mí, tampoco.

–Entonces, ¿qué dnyookas haces ahí sentada, pidiendo favores?

–No te estoy pidiendo un favor, Tadeo. Yo… te lo estoy suplicando. Necesito tu ayuda.

Tadeo se sintió un poco desconcertado. Que Isabel suplicase algo, era una auténtica novedad. Siempre había sido demasiado orgullosa como para rebajarse a hacer algo así. Una de las razones por las que Julián y él la habían aceptado en sus juegos, en su mundo de niños, como a una igual, era que Isabel era valiente y atrevida, jamás lloraba y, aunque nunca empezaba una pelea, jamás pedía clemencia, cuando se veía envuelta en una, por muy mal que le estuvieran yendo las cosas.

Supongo que en algo tiene que notarse que es hija de su padre. Para él, Rodolfo de la Encina, uno de los más poderosos armadores de Saeoon, no era realmente un hombre. Ante el Tadeo niño siempre fue una figura lejana y altiva que solo aparecía para llevarse a Isabel, furioso porque hubiera vuelto a escaparse para juntarse con la chusma. Y la única vez que el Tadeo hombre había hablado con él, las cosas que había dicho y lo que hizo, no ayudaron a humanizarlo.

Isabel era su reflejo suavizado; consideraba a los demás por cómo eran, no por su rango, pero no toleraba la idea de sentirse inferior, ni de mostrarse débil. Así que, si ahora suplicaba era porque debía tratarse de algo realmente importante. Tadeo cogió un pisapapeles y empezó a jugar con él. Cuando el silencio se volvió, simplemente, insoportable, asintió.

–Muy bien. Veamos qué es, y te diré qué puedo hacer al respecto. Habla.

Isabel sonrió.

–Gracias, de verdad.

–No me las des. No he dicho que vaya a hacer nada por ti. Solo quiero enterarme de lo que sea.

–Está bien. La próxima semana… –Dudó, pero Tadeo la animó a seguir con un gesto. Suspiró profundamente, y alzó los hombros–. El martes que viene, por la mañana se espera la llegada de un navío de Varekya, la Sigilosa. –Era cierto. En el puerto, en su zona, esperaban su llegada. Era un barco mercante, pequeño, de no más de sesenta toneladas de carga, y que también solía transportar unos pocos pasajeros–. En sus bodegas, trae una mercancía que me gustaría que no fuera revisada.

Tadeo asintió. Una petición habitual.

–¿Qué tipo de mercancía?

Isabel dudó.

–Es… un asunto familiar.

–Entonces, olvídalo.

–Tadeo…

–Supongo que no necesito recordarte las cosas que me dijo tu amado padre durante nuestra última entrevista, ni el hecho de que hizo que me vapulearan y me arrojaran de su casa como si fuera un perro. Si alguna vez en mi vida hago algo que pueda beneficiarle, te juro que me cortaré la cabeza a mí mismo.

–Lo sé. Pero no tiene nada que ver con él. Y no hables así. Está muy enfermo.

–¿De veras? No puedo decir que lo lamente.

–¡Tadeo!

–¿Qué? –Ella no dijo nada. Tadeo hizo una mueca y trató de volver a una conversación más civilizada–. Tiene que estar relacionado con él. Que yo sepa, es tu única familia.

–Es mi único familiar vivo, querrás decir. Mi concepto de familia es más amplio que el tuyo.

Tadeo se preguntó si debía indignarse con aquel comentario. El hecho de que él no perteneciese a una familia de rancio abolengo fue una de las razones por las cuales el padre de Isabel se opuso a su boda. En realidad, la más importante. Para él, Tadeo no era más que un bastardo, fruto de la única noche que pasó su madre, Casilda, hija de un pescador de la zona de Malecón Rancio, con un rubio marinero extranjero del que nunca pudo pronunciar el nombre, ni mucho menos, recordarlo.

Fue su risa, Tadeo, solía decirle su abuela Rosa, que fue la que tuvo que criarle. Tu madre se enamoró de él por su risa, y luego se consumió, al no poder seguir escuchándola.

Tadeo pensaba, a veces, en ese breve encuentro que había sido su origen, su principio de todo. Su madre había muerto demasiado pronto, antes de que él supiera que había preguntas que formular, así que todo lo que tenía eran las exageraciones de su abuela Rosa, y sus sueños.

En ellos, Casilda, una muchacha bonita, morena, con sorprendentes ojos azules, paseaba por la dársena, y sus inquietas pupilas se fijaron en un marinero que tenía unas pocas horas de permiso. Quizá al sentirse observado, él también la miró. Sin mostrar duda ni timidez, se detuvo frente a ella y murmuró algo; quizá, un halago sobre sus ojos, pero habló en un lenguaje que la joven Casilda no pudo entender. Se rieron.

Y ya todo fue distinto.

¿Bueno o malo? De eso, no podía estar seguro. Ni siquiera pretendía juzgarlo. Simplemente, trataba de imaginar la pasión que los unió, en tan poco tiempo, vistiéndola con la misma pasión que él sentía por Isabel. ¿Podían acaso imaginar lo importantes que iban a llegar a ser sus actos? Todo Tadeo era resultado de aquella noche, de aquellas decisiones, de aquella locura. El marinero llegó y se fue en la siguiente marea, en un barco explorador que no había esperado atracar allí y no pensaba volver, y nunca supo que había dejado una parte muy importante de sí mismo en aquel lugar, una parte que había tenido que salir adelante sin su ayuda.

A veces, Tadeo pensaba que su predisposición a los idiomas se debía exclusivamente al deseo de hablar el lenguaje de su padre. Fuera cual fuese.

–Debí decir que se trata de un asunto personal –estaba diciendo Isabel. Tadeo tardó un instante en recordar de qué estaban hablando–. No está relacionado con él, solo conmigo, con lo que soy.

–Ya. ¿Y qué eres, Isabel? –preguntó Tadeo, lentamente. Isabel contuvo la respiración.

–¿Qué quieres decir?

–No lo sé. Dímelo tú. –Ella guardó silencio, claramente turbada. No se lo preguntes, se aconsejó mentalmente Tadeo. En realidad, no quieres saberlo. Pero no pudo evitarlo–. Dime, ¿le amas?

Isabel enrojeció. Apretó los labios, y, por primera vez, esquivó su mirada.

–¿Acaso importa?

–¿Tú… qué crees? –preguntó a su vez él, con un tono de voz muy peligroso. Isabel se estremeció, y se sumió en su empecinado silencio. Tadeo se puso bruscamente de pie–. Tienes razón, no importa demasiado. Solo es algo más que no voy a perdonarte, nunca.

–No sabes nada, Tadeo –murmuró ella, jugando nerviosa con el borde de una puntilla.

–¿No? Explícamelo.

Isabel agitó la cabeza.

–No quiero hacerlo.

–Y yo no quiero ayudarte. –Incluso a Tadeo, que no había buscado precisamente ser amable, la réplica le sonó demasiado brusca. Isabel palideció. Su boca dibujó una o que no llegó a pronunciar–. ¿Quieres que te concierte una cita con mi superior, el Tratante Ulpiano?

Ella pareció alarmada. Negó con la cabeza.

–No. No me hagas eso.

–¿El qué? Ulpiano no es mala persona, de veras. Seguro que entiende tu problema familiar .–Volvió a sentarse, abrió el cajón y sacó el libro en el que anotaba las citas de su jefe–. Veamos… puede recibirte el segundo miércoles del mes que viene, a las nueve y media. ¿Qué te parece?

Ella le miró con fijeza.

–¿No quieres hacerme ese favor?

–No. Sabes que está fuera de mis competencias… y, además, no quiero.

Isabel se encogió levemente de hombros.

–Entonces, apúntame en esa cita. Tengo muchas cosas que contarle al Tratante Ulpiano. –Tadeo se limitó a mirarla con suspicacia, dándole tiempo a concretar su amenaza–. Estoy segura de que se sorprenderá, cuando haga una inspección. No creo que reconozca más de una firma de cada diez.

Tadeo estuvo de acuerdo con ella. Ese mismo día, había rellenado ya, y firmado, tres permisos de carga y descarga de rango preferente allí mismo, en su despacho de las oficinas del puerto, a cambio de una justa pero oficiosa comisión. Tadeo poseía la habilidad de recrear a la perfección la letra y la firma de cualquiera, incluso la de su inmediato superior, el único capacitado para esos menesteres, y, desde el momento en que entró a trabajar allí había obtenido un pingüe beneficio económico del ejercicio de esa pericia.

También, por supuesto, se llevaba un tanto por ciento del contrabando, pero eso era algo que no constaba en ningún sitio, ni podía demostrarse.

–¿Quién te asegura que no he dejado de hacerlo? –preguntó.

–Me he informado antes de venir. ¿Conoces a Néstor Sierra?

Tadeo arqueó una ceja. Ese, era el nombre de su último cliente. Maldijo mentalmente. Estuvo a punto de no firmar aquella autorización. Sierra no le inspiraba mucha confianza… pero pagaba muy bien.

–Sí.

–Trabaja para mí. Tenía que comprobarlo.

Tadeo inspiró profundamente.

–Estupendo –comentó, cogiendo una pluma. Tenía que saber hasta dónde estaba dispuesta a llegar Isabel. Además, estaba convencido de que el Tratante Ulpiano le apoyaría llegado el caso. Como burócrata inepto, y muy poco interesado en el ejercicio de sus funciones, dependía absolutamente de Tadeo para todo. De hecho, probablemente, ni siquiera su apoyo consciente sería necesario. No creía a Ulpiano capaz de distinguir una firma de otra, ni de recordar cuantas había dado, y admitiría con toda sinceridad haberlas estampado todas–. Entonces, ¿te anoto en la cita?

–Tadeo… – Él se detuvo y la miró–. Negociemos. ¿Qué quieres?

–¿Cómo que qué quiero?

–Algo desearás en esta vida, digo yo. ¿Quieres oro? Puedo pagarte bien. –Se quitó una de sus sortijas, una con un diamante enorme, y la arrojó sobre la mesa. Tadeo la contempló pensando que ése sí podía tratarse de un regalo de Julián–. Ahí tienes un adelanto.

Tadeo calculó que, para poder comprar una sortija como aquella, él hubiese tenido que invertir tres o cuatro meses de sueldo, extras incluidos. Demasiado, para un trabajo tan sencillo como el que le estaba proponiendo. Se rascó la barbilla, preguntándose si, en realidad, no la habría enviado Julián, para tantearle. Decidió preguntarlo. Al fin y al cabo, no perdía nada haciéndolo.

–¿Te ha enviado Vargas?

Isabel negó con la cabeza, pero su expresión perdió firmeza.

–No.

Tadeo frunció el ceño.

–No es necesario que mientas. Si es Vargas quien te ha enviado…

–No lo hago –protestó ella–. Jul… –Se interrumpió, como si, por alguna razón, le resultara imposible completar aquel nombre. A él le ocurría igual: Julián seguía siendo Julián y seguiría siéndolo siempre, pero, a la hora de mencionarlo, muchas veces se le atascaba el nombre, como si no pudiera relacionar aquel lejano muchacho, su amigo, con el extraño y peligroso Vargas que controlaba en la sombra la ciudad de Saeoon–. Él no me ha enviado. Te lo juro.

Tadeo sonrió taimadamente.

–Como decía, si es Vargas quien te ha enviado, puedes estar segura de que me encargaré de cumplir tu petición. Se ha vuelto muy peligroso y no quiero ponerme a mal con su organización. Te doy una nueva oportunidad de reconocerlo.

Isabel se mordió el labio inferior con el apenas visible borde de unos dientes que poseían el color y el brillo de las perlas. No contestó inmediatamente.

–No puedo – dijo–. No puedo. Mi primer impulso ha sido decirte que sí, que me
ha enviado él, solo por conseguir fácilmente tu ayuda. Pero no puedo. No es verdad, y no le veo el sentido, teniendo en cuenta que quiero pedirte la máxima discreción. No deseo que Vargas sepa que he estado aquí.

Tadeo arqueó ambas cejas. Así que no quería que Julián lo supiera. Eso, lo cambiaba todo. No podía concebir por qué iba a desear contactar con él de una forma tan extraña.

–Dime exactamente qué es lo que quieres que haga.

–Que bajes esa mercancía, sin más preguntas. Haz que la lleven a la casa de mi padre.

–¿Viene a tu nombre?

–Sí… y no. No consta en los registros del barco. Lo trae un hombre de la tripulación, un oficial llamado Juan Gonzálbez. Solo lo entregará a quien le dé la contraseña.

–¿Cuál? – preguntó, dado que ella no la decía. Isabel hizo una mueca, pero asintió.

Encina. La contraseña es Encina.

–Bien. –Tomó nota, aunque no esperaba poder olvidarla–. ¿Y de cuánta mercancía estamos hablando? No más de un par de toneladas, espero. Lo digo por el transporte.

–No, qué va. Es solo una caja. –Isabel agitó la cabeza y puso las manos a una distancia de algo más de un metro y medio entre una y otra–. Supongo que será una cosa así de ancha y…

La puerta se abrió repentinamente, permitiendo la entrada de un nervioso Tratante Ulpiano. Llevaba la pechera de su túnica roja manchada de algo, probablemente, chocolate, puesto que eso era lo que tenía en los dedos, y alrededor de los labios.

–¡Tadeo! Oh, disculpad, mi dama –saludó a Isabel, que inclinó ligeramente la cabeza–. ¡Tadeo, ven inmediatamente! ¡Están sacando a un hombre del agua!

¿Un hombre? En los años que llevaba allí trabajando, nunca había ocurrido nada así. De vez en cuando, si que llegaba algún cuerpo al rompeolas, restos anónimos de algún naufragio, pero la oficina estaba situada en un punto muy interior del puerto. Si habían encontrado un hombre en sus aguas, era porque se ahogado en aquel lugar, como le ocurriera a aquella niña el mes anterior, en la zona del Tratante Edmundo. Solo que, los adultos, no solían nadar allí por placer.

Maldición. Tadeo se puso de pie de un salto. Isabel, cogiendo su capa, le imitó un segundo más tarde. Salieron, siguiendo al Tratante Ulpiano.

Desde lo alto de la escalera que conducía a las oficinas pudo ver que en el muelle se había formado un tumulto. Dos trabajadores desde el agua, y tres desde arriba, se afanaban por subir un cuerpo, con evidente esfuerzo. Tadeo se acercó, abriéndose paso, haciendo valer en ocasiones su mayor rango. Cuando llegó, ya habían sacado al individuo y lo habían depositado sobre el muelle, boca abajo.

Tadeo se llevó una mano a la nariz, mareado por el olor de la muerte. El cadáver chorreaba agua, estaba cubierto de heridas y le faltaban dos dedos, devorados sin duda por criaturas acuáticas. La túnica, quizá azul, quizá negra, se había pegado a su cuerpo de hombre maduro y regordete.

Lo giraron y reconoció el rostro de Néstor Sierra.

Oyó una exclamación ahogada, se volvió y, entre la multitud, descubrió a Isabel, pálida, que ocultaba la boca tras una mano. Durante un momento, pensó que iba a desmayarse, pero no. Isabel siempre había parecido ser más frágil de lo que era realmente. ¿Qué está ocurriendo aquí?, le preguntó Tadeo con los ojos. Ella negó con la cabeza, claramente aterrada, dio media vuelta y empezó a alejarse con rapidez, empujando a algunos curiosos. Tadeo iba a ir tras ella, pero la mano del Tratante Ulpiano le detuvo.

–Oye, Tadeo, ¿quién es la máxima autoridad para estos asuntos? –le preguntó, con angustia.

–Vos, Tratante –replicó Tadeo, contrariado. Ya no había ni rastro de Isabel–. Ha ocurrido en vuestra zona.

–Oh, vaya. –Los dedos de Ulpiano se aferraron a su brazo, haciéndole daño y manchándole de chocolate–. Pues, entonces, hazme el favor de ocuparte de todo. Yo no me encuentro bien.


No tuvo que investigar mucho tiempo.

Dos horas después, ya estaba al tanto de la vigilancia que mantenía Julián Vargas en el muelle. Habían visto a varios de sus hombres rondando por allí desde hacía cosa de un mes, aunque su número había aumentado significativamente en el último par de días. Desde que Sierra se puso en contacto con él.

Eso quiere decir que, a estas alturas, ya sabe de la visita de Isabel, estaba pensando Tadeo, ciertamente preocupado, cuando le vio entrar, sin molestarse tampoco en llamar a la puerta. Julián iba seguido de dos matones, uno de los cuales reconoció al primer vistazo por su cráneo calvo pintado de azul. Vaya, vaya, un misterio resuelto. El hombre del cráneo azul sonrió, pero no consiguió mantener su atención. Tadeo miró a Julián. Y un día de reencuentros.

Julián había cambiado en los cerca de siete años que llevaban sin verse, desde el día en que le propuso que se uniera a él, en su intento de hacerse con el control del mercado negro en la ciudad, y Tadeo rechazó la oferta, diciéndole exactamente lo que pensaba de él y del mundo que había escogido. No estaba muy seguro de si eso disgustó o alegró a su amigo. Por alguna razón, incluso mientras discutía acaloradamente, tratando de convencerle, parecía aliviado.

Luego, Julián se fue, dando un portazo, y, aunque Tadeo había oído cosas e incluso habían intercambiado entre ambos algún que otro mensaje escrito, no había vuelto a aparecer ante sus ojos hasta ese mismo instante.

No solo le encontró más alto, y de mayor envergadura, como si el joven de otros tiempos se hubiese extendido en anillos, igual que un árbol; también la expresión de su rostro había dejado de ser la misma. Y sus ojos. El brillo de sus ojos negros indicaba que aquel hombre en el que se había convertido había visto mucho, había aceptado mucho y ya no le asustaba ninguna apuesta.

Peligro, peligro, se dijo Tadeo. He aquí un hombre que se ha dejado el alma en algún sitio.

–Hola, Tadeo –dijo. Su voz, sí, seguía siendo la misma. Siempre había tenido un tono grave, incluso cuando era niño.

–Hola, Julián. –Señaló a los matones–. Disculpa. Este es un despacho pequeño. Si esos dos no van a decir nada, lo mejor es que esperen fuera. Si no tienes nada que objetar, por supuesto –añadió a continuación, con una amplia sonrisa.

Julián puso cara de disgusto. Estaba tentando mucho a la suerte, tratándole así delante de sus hombres. Durante un segundo, Tadeo pensó que iba a ordenar a los matones que le dieran una lección a aquel insolente, pero se limitó a indicarles que salieran, con un gesto de la mano.

–No has cambiado –le dijo a él, sentándose en la silla. Sus movimientos eran ágiles y controlados, como los de un felino–. Sigues teniendo más valor que posibilidades, hermano.

–¿Eso piensas? –Se obligó a seguir sonriendo, tratando de no parecer asustado–. Será que me siento cómodo, en mi territorio.

–Tu territorio, sí –admitió Julián. Hizo una mueca –. Tadeo, hoy día controlo totalmente esta ciudad, incluidas las otras dos oficinas portuarias. ¿Nunca te has preguntado por qué ésta no?

–Me da la sensación de que te dispones a decírmelo.

Julián entrecerró los ojos, molesto por su tono.

–Una vez, fuiste mi amigo.

–Oh. –De pronto, Tadeo se sintió muy triste. Trató de identificar al hombre que tenía delante con el muchacho soñador e idealista que le enseñó a nadar en la dársena, el que le ayudaba a subir a los árboles, y quería entrar en el ejército de los Dragones Rojos de D’Arken. Lo intentó, pero no pudo. Aquel muchacho ya no estaba, ya no estaría nunca. Solo tenía delante a su asesino–. ¿A qué has venido, Julián?

Julián se echó a reír, sin ninguna alegría.

–. ¿Nada de viejos recuerdos? ¿Nada de nostalgia? –Se miraron a los ojos. Un silencio intenso estuvo a punto de derribar barreras, de aniquilar distancias, pero pasó, y nada había ocurrido. No estaban ni un milímetro más cerca, y quizá eso los alejó un poco más todavía. Julián agitó la cabeza–. De acuerdo, como quieras, iré al grano. Tengo entendido que esta mañana ha venido a verte nada más y nada menos que nuestra querida Isabel.

–Te han informado bien.

–¿Y?

–¿Y, qué, Julián? –No tenía ganas de ponérselo fácil. El otro hizo un evidente esfuerzo por mantener la calma.

–¿Qué te ha dicho?

–Oh. En realidad, no mucho. Ha venido a tantearme. Quería saber si podía conseguir ayuda, de mí.

–¿Qué clase de ayuda?

Tadeo se encogió de hombros.

–No lo sé –aseguró, procurando sonar convincente–. No llegó a decírmelo. Cuando le dejé claro lo que pensaba de ella, decidió no hacerlo.

–Ya. –Julián meditó unos segundos–. Tadeo, espero por tu bien que no me estés mintiendo.

Tadeo trató de componer una expresión de absoluta inocencia.

–No me atrevería. He oído muchos rumores sobre ti, en los últimos tiempos. Te has ganado fama de no tener ni el más mínimo sentido del humor. Y mi pequeña mente de burócrata inocuo –así la había definido Julián, el día que discutieron– me indica que por algo será.

Julián sonrió, aunque Tadeo no estuvo totalmente seguro de si fue por recordar el comentario.

–Es cierto. En Saeoon se vive y se muere al ritmo que yo impongo. Y, Tad –añadió, recurriendo al viejo diminutivo–, espero que en el futuro, sobre todo si no estamos solos, me muestres un poco más de respeto.

Tadeo le devolvió la sonrisa.

–Llevo tu sangre. Supongo que eso significará algo.

–Desde luego. Significa una advertencia. Con lo bocazas que eres, de ser cualquier otro, ya estarías muerto.

–¿Tan muerto como Sierra?

Julián ni siquiera parpadeó.

–Exacto. Como Sierra. –Una confesión en toda regla. Tadeo consideró la situación. Podía intentar detener oficialmente a Julián, pero, aunque lo consiguiera, sabía que no habría juicio ni condena. Todo lo que conseguiría, si se empeñaba, sería morir cualquier noche, en cualquier callejón solitario, sin que nadie hiciera nada por impedirlo–. Por lo que parece, sabes más de lo que has querido demostrar, amigo mío. No me sorprende.

Tadeo no hizo caso del sarcasmo. En esos momentos, su mente trabajaba a toda prisa, tratando de explicarse lo ocurrido. Sierra llevaba dos días muerto. No más, porque fue entonces cuando Tadeo tuvo su última entrevista con él, ni menos, por el estado en el que se encontraba el cuerpo. Así pues, podía suponer que le habían matado al poco de abandonar las oficinas del puerto, pero después de informar a Isabel de la gestión que había llevado a cabo para ella. Aunque, en realidad, pensándolo bien, quizá ni siquiera llegó a decírselo.

¿Sabía ella que Sierra estaba muerto? ¿O era más bien que no había vuelto a tener noticias suyas, y no estaba segura de a qué atenerse? Esta última posibilidad parecía más lógica, considerando su reacción, absolutamente alarmada, cuando encontraron el cuerpo. Quizá ni siquiera hubiese ido a la oficina en persona, de haber podido seguir contando con la colaboración de Sierra. Este mismo hubiera podido llegar a un acuerdo con Tadeo para el trabajo, sin tanto revuelo, sin tantas preguntas, lo que, sin duda, formaba parte del plan inicial…

Tadeo parpadeó, al volver a la realidad y darse cuenta de que Julián le estaba mirando.

–Será mejor que te vayas –le dijo, con cansancio. Julián se lo pensó un segundo y se puso de pie.

–De acuerdo. Pero admíteme un último consejo: ten cuidado con Isabel. No es trigo limpio.

Tadeo hizo una mueca.

–Supongo que tú lo sabrás mejor que nadie. Vive contigo.

Vivía conmigo, querrás decir. La eché de mi casa el mes pasado, aunque no es una noticia que se haya hecho pública todavía. Veo que no ha tenido a bien comentártelo. –Por su expresión pasó una sombra oscura, muy oscura–. Debí matarla, pero, como recordarás, también lleva mi sangre.

Tadeo había arqueado ambas cejas. ¿Cómo? Trató de recordar. No, Isabel no había mencionado el tema. De hecho, de lo que había dicho se podía extraer que seguía viviendo con Julián.

–¿Qué hizo?

–No importa. Es agua pasada. Al menos, para mí. –Apoyó ambas manos en la mesa, inclinándose hacia él–. Pero te advierto que ahora, intentará abordarte a ti, y que te juegas la cabeza. –Sus pupilas chispearon de un modo extraño. Tadeo se preguntó, un poco sorprendido, si no estaría celoso. Julián nunca había mostrado un interés especial por Isabel, pero, quizá, con el tiempo, había terminado enamorándose de ella. Aquello terminó por deprimirle–. Siempre la quisiste más de lo racionalmente sensato. Cuídate, Tadeo.

–Lo haré. –Julián asintió, dio un golpecito en la mesa a modo de despedida, y se dirigió a la puerta. La había abierto y estaba a punto de cruzarla, cuando Tadeo le llamó–. Julián. –Se volvió, a mirarle–. Gracias.

Julián sonrió.

–De nada. –Alzó una mano, mostrándole el pulgar. Una cicatriz blanca cruzaba de lado a lado la yema del dedo–. Hermano.


Tadeo había pasado casi todo el día en casa.

Por la mañana, simuló estar enfermo, hasta que consiguió que un angustiado Tratante Ulpiano le diera permiso para irse, pero solo con la condición de que podría enviar a alguien a hacerle consultas si era necesario.

Antes de abandonar las dependencias del puerto, por supuesto, habló con Ginés, uno de sus hombres de confianza, y le dio las instrucciones pertinentes para el traslado de la caja. Tadeo quería saber qué estaba pasando y, para ello, debía seguir en el centro de todo. Además, si Isabel le había mentido, y se trataba realmente de medicinas para su padre, estaba dispuesto a destrozarlas una a una con sus propias manos. Tadeo no era un hombre malvado, pero odiaba demasiado a Rodolfo de la Encina.

Como la caja no era muy grande, le dijo a Ginés que se trataba de un envío de comida, de su familia de Vilendilan, y le pagó unas monedas a cambio de que se lo llevase a su casa al término de la jornada. En aquella época había en Saeoon normas muy estrictas, en algunos casos absurdas, sobre la entrada de ciertos alimentos que se consideraban sospechosos, un peligro para la salud, como el delicioso jamón de Anú. A Tadeo le constaba que su único sentido era el pago de la sobretasa ilegal que suponía conseguirlos, sobretasa que entraba directamente a engrosar las arcas de Julián, auténtico origen de esas normas, pero el caso es que solía ser habitual, entre los extranjeros residentes allí, el meter de contrabando, muy esporádicamente, alguno de los productos que añoraban. Incluso Tadeo, lo había hecho, alguna vez, y también su jefe, en muchas más ocasiones.

No era, pues, extraño, esa clase de envíos, así que Tadeo no pudo entender la cara de desconcierto de Ginés, cuando la criada le hizo pasar a su despacho.

–¿Comida, jefe? ¿Estás seguro?

Tadeo le miró asombrado. Ginés no llevaba nada en las manos.

–Sí… ¿Dónde está?

–Bueno… –Miró hacia fuera, e hizo una señal a quien quiera que estuviera al otro lado de la puerta–. Vas a tener que darme algunas monedas más, me he visto obligado a buscar ayuda. –Se hizo a un lado y entraron dos hombres, llevando una caja… el extremo de una caja. El otro, lo llevaban otros dos, a unos dos metros. En medio, iba otra pareja de trabajadores. Por las dimensiones del embalaje, Tadeo intuyó que se trataba de un cuerpo humano y, por la expresión de Ginés, dedujo que él pensaba lo mismo. Jadeó–. ¿Dónde lo ponemos, jefe?

–Ahí. –Señaló vagamente hacia la derecha, todavía incapaz de superar el asombro–. Junto a la pared.

Los hombres lo dejaron, con poco cuidado. Se veía que pesaba bastante. Salieron uno a uno, sin decir nada, probablemente intimidados por el hecho de encontrarse en la casa de un Oficial. Solo se quedó Ginés, con expresión de ir a esperar pacientemente el fin del mundo. Tadeo gruñó, sacó la bolsa que guardaba en el primer cajón del escritorio, y le dio seis monedas de plata. La mano de Ginés siguió extendida. Tadeo añadió dos y cerró la bolsa.

–Que tengas una buena noche, Ginés. Hasta mañana.

–Hasta mañana, jefe. –Se echó a reír, ya en la puerta–. Y no te empaches.

Qué gracioso. La criada terminaba la jornada al anochecer, pero ese día le dijo que se fuera una hora antes. En cuanto se quedó solo, Tadeo buscó un martillo y una barra metálica y se dirigió a la caja. Iba a abrirla, cuando se dio cuenta de que uno de los clavos era nuevo y reluciente. Buscó, y encontró las marcas, la evidencia, de que había sido abierta. Supuso que había sido Ginés, aunque también cabía la posibilidad de que la violación hubiese tenido lugar en el barco.

Maldición, pensó, pero dejó el asunto para otro momento, porque no sabía de cuánto tiempo iba a disponer, y no quería quedarse sin enterarse de lo que contenía aquella condenada caja.

Usando el martillo y la palanqueta, sin que le importaran lo más mínimo los destrozos, no tardó en levantar la tapa. Tadeo la apartó y miró horrorizado el contenido.

No se equivocaba: dentro, había un hombre. Alguna clase de Caballero, a decir por la oxidada armadura, y por el símbolo grabado en el pecho, un árbol frondoso, quizá un roble. Tenía las callosas manos cruzadas a la altura del estómago, sobre la empuñadura de una larga espada, cuya enjoyada vaina formaba parte de un soberbio cinturón. Por ellas, y por su rostro, cubierto parcialmente por una tupida barba gris y un casco encrestado de plumas, dedujo que era un hombre de edad madura, y por el color lívido de su piel, que estaba realmente muerto.

Alrededor del dibujo del grabado, había unas hermosas letras góticas. Ilex Quercus, leyó. Para alguien como él, versado en tantos idiomas, fue sencillo traducirlo. Encina. Tadeo frunció el ceño, tratando de hacer memoria. Había oído ese nombre, en ese antiguo lenguaje, antes, en alguna parte. Alguna vieja leyenda…

De pronto, se acordó. Isabel hablaba, de niña, de una antigua Orden de Caballería que veneraba a la diosa Shû, relacionada de algún modo con su apellido, con su familia, una Hermandad empeñada en alguna gran obra. Algo relacionado con el Bien, pensó, así, con mayúscula, puesto que, a juicio del Tadeo adulto, esa clase de gente no solía entender de bienes pequeños. Pero debía reconocer que, en los tiempos de su infancia, su historia le había fascinado.

Que Isabel supiera, la Orden había funcionado unos tres siglos atrás y, luego, había desaparecido tan súbitamente como su diosa, convirtiéndose en un misterio que había llenado de aventura más de uno de sus juegos infantiles. Julián, armado con una espada de madera que le había hecho su padre, el Carpintero Belario, solía interpretar el papel del Caballero de Ilex Quercus; Isabel, por supuesto, era su dama en apuros, y a Tadeo le tocaba ser, por lo general, el malvado de turno que terminaba vapuleado, pero no le importaba porque, al apropiarse de la dama, justo antes de que llegase el inevitable Caballero a rescatarla, siempre tenía la oportunidad de robarle un beso.

Tadeo dejó caer la tapa. Durante un segundo, intentó dar un sentido a aquello, pero abandonó rápidamente. Tendría que esperar a hablar con Isabel. Y la esperaba, de un momento a otro. Probablemente, ya se había enterado de que Tadeo estaba enfermo, en su casa, y no le costaría deducir que se había apropiado de la caja. ¿Y si no viene? ¿Y si nunca vuelve a aparecer? La idea de tener que deshacerse de aquel cadáver no le resultó precisamente agradable, aunque no era lo peor que se le ocurría. Maldición. Se consoló pensando que nadie le paga un billete de barco a un difunto, si no piensa hacer algo con él, a su llegada.

Decidió camuflar la caja. Arregló como pudo la tapa, e incluso volvió a remachar torpemente dos de los clavos. Los obreros la habían dejado junto a la pared, así que la cubrió con varias mantas, luego con la colcha más mullida que pudo encontrar y añadió unos cojines. No contento con eso, arrimó un par de sillas, y una mesita baja, en la que colocó algunos adornos y una caótica selección de libros. Contempló el conjunto, satisfecho. Daba toda la apariencia de un diván ancho y cómodo, un rincón para leer, o para charlar con los amigos.

Tadeo dejó entreabierta la puerta de la cocina, y volvió al despacho, donde se sirvió una copa de licor y se sentó sobre su nuevo diván a esperar.


Se había quedado profundamente dormido, soñando…

con una torre envuelta en niebla, en la que un hechicero muy pálido, vestido de oscuro, estaba elaborando una pócima siniestra, un brebaje infecto cuyo componente primario eran recuerdos arrancados por la fuerza de mentes inocentes. Él subía corriendo una escalera de caracol, una espiral eterna que se perdía en ambas direcciones. Intentaba llegar a lo alto de aquella construcción, intentaba llegar hasta aquel hombre abyecto y destruirlo, castigarlo por todo lo horrible que había hecho en el mundo.

La torre en sí, había resultado ser un formidable enemigo. Confortado por el calor de su fe, los sortilegios de espanto que habían sido anudados a sus piedras resultaron inútiles, pero, cuando llegó a su último piso y pudo ver por fin al hechicero, se apoderó de él un frío intenso.

–Yo Soy el que Soy –susurró el mago, la túnica negra ondeando lentamente a su alrededor, como si fuera una vaporosa secreción de su alma. Sus ojos eran espejos, y reflejaban un árbol muerto–. Soy el que moldea las pesadillas que aterran, el que fabrica las sombras que oscurecen el espíritu, el que acecha en los recuerdos que duelen. El Señor del Lamento. El Mal.

Él abrió la boca, para responder algo que estaba acostumbrado a decir y que resultaba enormemente adecuado, pero, de pronto, todo se detuvo…

Un sueño intenso, extraño, que nunca había tenido, ni habría esperado tener.

Un sueño, que no le correspondía…

Tadeo despertó cuando alguien le quitó con suavidad la copa de la mano. Se incorporó, súbitamente despejado, maldiciéndose por su torpeza. ¿Cómo podía haberse quedado dormido en semejantes circunstancias, con la puerta abierta? Saeoon no era ciudad que perdonase esa clase de errores. Había tenido suerte de que no hubiese entrado un ladrón, dispuesto a cortarle el cuello por las pocas posesiones que tenía en la casa. Por suerte, solo era ella, Isabel, una ladrona, pero de otro tipo. De él, solo podía codiciar su corazón.

Isabel estaba sonriendo, con la copa entre los dedos. Vació de un solo trago el resto del licor, y la dejó sobre la mesita.

–Deberías tener más cuidado, Tadeo –dijo, con un tono extraño, como si estuviese disfrutando de la broma secreta que contenían sus palabras–. La próxima vez, puede tratarse de alguien que desee tu muerte.

Tadeo hizo una mueca. Isabel llevaba el cabello recogido en un moño alto, y vestía de negro, falda de poco vuelo y una chaqueta muy ajustada, cerrada por una multitud de botoncillos diminutos, alrededor de medio centenar, supuso.

Se imaginó a sí mismo, desatándolos uno a uno, con los dientes.

–Llegas tarde.

–¿De veras? –Isabel arqueó burlonamente las cejas, mientras se dejaba caer en una silla–. No sabía que tuviéramos una cita.

–Claro que sí. Por eso estás aquí.

–Oh. Siempre he sabido que eras un hombre muy inteligente, Tadeo –frunció el ceño, renunciando a seguir disimulando su enfado–. ¿Dónde está?

Tadeo se recostó cómodamente en su diván.

–Lo tengo yo.

El ceño de Isabel se acentuó, de ser eso posible.

–Eso ya lo sé. ¿Dónde?

–Más tarde. Te lo prometo. Ahora, quiero que me expliques qué está pasando.

–No puedo.

–Lo que no puedes es permitirte el lujo de no contestar, cariño, porque en ese caso, sabes que no te lo daré. Me conoces lo suficiente como para saber que te lo digo en serio. Habla.

Su tono sonó bastante más seco de lo que había deseado, pero surtió efecto. La expresión de Isabel se dulcificó, derritiendo las aristas de la impaciencia como por arte de magia. Tragó saliva.

–No quiero meterte en problemas, Tadeo.

Tadeo se echó a reír.

–Por el amor de dios, por tu culpa he pasado un cadáver de contrabando. Podría perder mi empleo y sufrir dos años de cárcel. ¿Ese es tu concepto de no meterme en problemas?

Por lo menos Isabel se mostró adecuadamente contrita.

–Lo siento. No sabía a quién recurrir.

–Pues ahora estoy tan metido en esto como tú. Y, además, tengo el cuerpo. Así que habla.

Isabel miró hacia la ventana. La luz de la luna apenas iluminaba la estancia, así que se levantó y encendió la palmatoria de la mesa de despacho. Por supuesto, Tadeo sabía que su intención auténtica era ganar algo de tiempo, para ordenar sus pensamientos, pero la dejó hacer. Isabel trajo la vela a la mesita y volvió a sentarse en el mismo sitio.

–Es… es por Julián –murmuró finalmente–. Y por mi padre. No, no es lo que piensas –añadió, levantando una mano para impedir que le interrumpiera–. Verás, hay cosas que no sabes. Poco después de que tú y yo rompiéramos, cuando Julián se… se encaprichó conmigo, no fui libre de elegir. Él dejó claras sus intenciones desde un principio. Mi padre, por supuesto, se opuso. Imagínate, si no te había considerado a ti digno, teniendo un buen puesto en el puerto y hablando de matrimonio, lo que pudo decir de Julián, que representa lo peor de esta ciudad y, además, no pretendía casarse conmigo… –Carraspeó, claramente incómoda–. Yo me alegré, porque te amaba a ti. Siempre te he amado –añadió mirándole a los ojos, inundándole con aquella luz tan pura–. Pero Julián es un hombre insistente, ya lo sabes, y se ha vuelto muy poderoso. En un año, puso a mi padre al borde de la bancarrota. En pocos meses más, lo hundió totalmente. Mi padre enfermó. Julián vino a verme y me dijo que nuestra casa familiar era ahora suya y que si no quería ver a mi padre, viejo y enfermo, de vagabundo, tenía que… hacer lo que él dijera. Y lo hice.

Tadeo agitó la cabeza, apesadumbrado.

–Estás loca, Isabel. Julián Vargas es basura.

–Lo sé, pero no pude evitarlo. Me vi atrapada entre la espada y la pared.

–Eso no es cierto. Podías haberme pedido ayuda.

–No me hagas reír. Julián te hubiera fulminado, no eres rival para él. Además, odias demasiado a mi padre. Si te lo hubieras encontrado en una esquina, te hubieras limitado a escupirle.

–Es posible. Pero, si te hubiese visto a ti a su lado, me hubiese contenido, e incluso le hubiese ofrecido un techo.

Isabel parpadeó.

–¿De veras? –preguntó, sorprendida.

–Te lo aseguro.

–No imaginé… En fin, las cosas sucedieron así. No merece la pena, arrepentirse. ¿Vas a dármelo?

–Qué insistencia –se burló él–. ¿Darte? Sí, voy a darte un regalo, amada mía. –Sacó el anillo de diamante del bolsillo, se inclinó hacia ella, le cogió una mano y se lo puso. Ella le observó a la expectativa durante toda la maniobra.

–¿Por qué?

No contestó. Tadeo se levantó y, rodeándola, se colocó a su espalda. El cuello de Isabel era largo, y fino. Algunos bucles rebeldes escapaban del moño y caían convertidos en tirabuzones. Tadeo la sujetó por los brazos, se inclinó y, controlándose a duras penas, depositó en él un beso, un beso delicado y frágil, pero intenso. Isabel se estremeció.

–Tadeo… –susurró–. ¿Qué quieres?

–Nada que no haya tenido ya –replicó él, sin separar los labios de aquel cuello. La oprimió, clavándole los dedos, deseando formar con ella una sola carne–. Pero que me apetece volver a tener.

–Entiendo –dijo Isabel–. Lo suponía.

–¿Y te extraña?

–No, claro que no. Siempre has sido… especial, Tadeo. Eres el único hombre que me ha importado.

–Eso no es cierto. –Tadeo la soltó, súbitamente irritado. Cogió la copa vacía, y procedió a rellenarla–. Elegiste quedarte con tu padre.

–Oh, por favor, Tadeo, no me atormentes más –suplicó ella, angustiada–. Elegí quedarme con él y volvería a hacerlo. Es mi padre. A él le debo lo que soy y cómo soy. Además, tú tienes mucha culpa de lo que ocurrió. Debiste intentar ganártelo, en vez de retarle como un joven gallito de pelea.

–No tengo por costumbre sonreír a quien me está insultando.

–¿Vas a dármelo?

–¿Qué vas a hacer con él?

–Enterrarlo.

Tadeo arqueó una ceja.

–Vaya. Reconozco que es una buena idea. Muy apropiado, dado que estamos hablando de un cadáver. Lo que no entiendo, es por qué todo esto. Y qué tiene que ver con Vargas.

–Tadeo… Julián Vargas es la razón por la que he hecho todo esto. –Frunció los labios de una forma que le dio un aire cruel muy poco propio de ella–. Ese hombre, va a matarlo.

–¿A matarlo? –¿Le estaba tomando el pelo, o es que se había vuelto loca? Desde luego, parecía hablar en serio–. Ja. Me temo, querida, que ese pobre caballero ya no podrá hacer otra cosa que estarse quieto.

–Te equivocas. –Se puso de pie, como impulsada por un resorte–. Tu intervención ha alterado algo mis planes, pero en nada que no pueda solucionarse. Iba a enterrarlo en el jardín. ¿Puedo usar el tuyo, el trasero?

–¿Qué? Pero…

–Vamos, consigue una pala, hay que darse prisa. –Isabel empezó a empujarle hacia la puerta. Una vez decidido, parecía haberla dominado una gran urgencia. O quizá solo quería evitar que siguiera haciendo más preguntas. No le hacía la más mínima gracia intervenir en un plan para matar a Julián, por muy descabellado que fuese y por muchos méritos que hubiese hecho el propio Julián para merecérselo, pero Tadeo decidió buscar la pala y ayudar, porque, al fin y al cabo, algún día tendría que meter aquel cuerpo en una fosa, y mejor hacerlo cuanto antes–. Tiene que permanecer enterrado un mes, de luna a luna.


Tadeo cerró el despacho y abandonó las silenciosas oficinas del puerto, totalmente desiertas.

Por una vez, el hecho de haberse visto obligado a quedarse hasta tan tarde trabajando no lograba eliminar su buen humor. El saber que Isabel le esperaba en casa, como había hecho a lo largo de las últimas semanas, era lo único importante. Estaría allí, junto a puerta y, nada más verle, se abrazaría a él preguntando: ¿Qué tal ha ido el día? Y, él, sonriendo: Perfecto. Se dejaría conducir hasta una exquisita mesa iluminada con velas, por una bella mujer dispuesta a servirle la cena y a hacerle el amor durante toda la noche. ¿Quién podía pedir más? Él no, desde luego. No quería nada y no esperaba nada.

Por eso le sorprendió tanto recibir aquel puñetazo.

No lo vio venir. Su atacante había estado aguardándole, amparado en la entrada de un estrecho callejón. Fue, tan solo, una sombra vertiginosa de un gris descolorido, con un centelleante toque de azul. El golpe alcanzó a Tadeo en el estómago, le dejó sin respiración y lo volvió todo negro. Antes de que pudiera reponerse, varias manos, demasiadas para pertenecer a una única persona, le cogieron y le arrastraron hacia las sombras de la calleja. Una vez allí, aún se demoraron en propinarle varios golpes, dos de ellos sujetándole contra la pared y un tercero, el hombre del cráneo azul, ahora pudo estar seguro, ensañándose con su estómago y su mandíbula. También con su rodilla, cuando intentó golpearle, en un intento irreflexivo y desesperado de defenderse atacando.

Finalmente, la paliza terminó y los hombres se apartaron para dejarle ver la imagen distorsionada de Julián Vargas.

–Fuera –dijo, y le hubiera gustado complacerle e irse, pero no podía. Además, ni siquiera se estaba refiriendo a él. Los matones le soltaron y desaparecieron nuevamente en las sombras.

Solo entonces Tadeo descubrió que, si había seguido de pie, había sido gracias a ellos. La rodilla le dolía brutalmente, las piernas le flaquearon y se derrumbó hacia delante. Durante unos segundos, se retorció en el suelo, lleno de dolor, tanto que incluso fue incapaz de gritar. Luego, cuando por fin pudo enfocar los ojos, vio muy cerca las botas de Julián.

–Eres un idiota –le oyó decir. Tadeo intentó incorporarse sobre las manos y la rodilla sana, pero una de aquellas botas se apoyó en su hombro y volvió a derribarle sin esfuerzo–. Un maldito idiota.

Y tú un canalla, pensó Tadeo, aunque probablemente ni siquiera lo hubiera dicho, de haber podido hacerlo. Sintió que una mano le cogía por la pechera de la camisa y le arrastraba hacia arriba. Julián era muy fuerte, aunque eso ya lo sabía. Lo levantó sin contemplaciones y lo aplastó contra una pared.

–Te digo que no te fíes de ella, y tú vas y la metes en tu cama. Genial. –Le golpeó con la punta de dos dedos enguantados, en la frente–. Simplemente, genial. Pensaba que eras un hombre listo, Tad, probablemente el más listo que he conocido nunca. Me has decepcionado.

–Entonces, estamos a la par –consiguió murmurar Tadeo. Julián entrecerró los ojos.

–Ah. ¿De veras? ¿Tienes tú acaso algo que decir, sobre mi vida?

–Por los dioses, no –Tadeo incluso consiguió levantar ambas manos, en un gesto muy expresivo–. Ya he recibido suficientes golpes, sin haber abierto la boca.

Los labios de Julián se ladearon en una media sonrisa. Chasqueó los dientes y le soltó. Tadeo se quedó apoyado en la pared, preguntándose si debía realmente temer por su vida. Quizá no, porque Julián ya no parecía tan enfadado.

–Pensé que había llegado el momento de que tuviéramos una conversación en serio. Hace días que lo deseaba, pero lamentablemente soy un hombre muy ocupado. –Hizo una ligera pausa–. Ya sé lo de la caja.

–Oh.

–¿Oh? ¿Eso es todo lo que vas a decir?

–Bueno, en estos momentos no se me ocurre nada más. –Tadeo hizo un rápido repaso. Un diente flojo, la mandíbula dolorida y el estómago hecho trizas. Nada importante, exceptuando el tema de la rodilla. Trató de doblarla y no pudo evitar un grito de dolor–. ¡Ah! ¡Maldita sea! Ese tipo me ha destrozado la pierna.

Julián se encogió de hombros con ecuanimidad.

–Eso te pasa por intentar darle un rodillazo a Dougar.

–¿Se llama así? Ya era hora de que nos presentaras. –Julián sonrió débilmente-. Bueno… Y ahora, ¿qué? ¿Vas a terminar la faena?

Julián arqueó ambas cejas.

–¿Piensas que voy a matarte?

–No sé. Puede. –Sabía que, haciéndolo, no mejoraría su situación, pero no pudo callarse–. Lo único de lo que estoy totalmente seguro, es de que Isabel no va a volver contigo.

–Oh. ¿Piensas, entonces, que eso es lo que deseo?

Tadeo lanzó un gruñido.

–Si has venido a interrogarme sobre tus intenciones, podías haberte ahorrado la paliza. No tengo ni idea de lo que vas a hacer.

–¿La paliza? ¿Qué paliza? Eso no ha sido nada, hermano. –Julián adoptó una expresión reflexiva. Le dio la espalda, se alejó un par de pasos y cuando volvió a mirarle, sus ojos brillaban–. Voy a hacerte daño, Tad. Mucho daño. Y, créeme, hubiera deseado evitar esta situación.

Por alguna razón, Tadeo se sintió súbitamente asustado, de una forma muy distinta a como lo había estado hasta entonces. ¿Mucho daño? ¿A qué se refería? ¿Qué podía dañarle ahora que tenía a Isabel, que se sentía inmortal, completo, por primera vez en muchos años? Nada, se dijo. Era invulnerable. Pero el brillo de los ojos de Julián hablaba de secretos capaces de arrasarlo todo.

–¿Qué quieres decir?

–¿Por qué crees que hice lo que hice? –preguntó a su vez Julián–. ¿Por qué crees que destruí a Rodolfo de la Encina, y convertí a su hija en mi amante?

–Eso, tampoco lo sé –reconoció Tadeo, sorprendido. Julián parecía enormemente turbado. ¿Qué pasaba? ¿Qué clase de oscuro enigma había detrás de todo aquello?–. Supuse que se trataba de un capricho. No me digas que la amabas. Yo sé que no era así. Nunca mostraste el menor interés por ella, en ese sentido.

Julián negó lentamente con la cabeza.

–No. No, Tad. No la amaba… a ella.

No dijo nada más, y la idea de lo que todo aquello implicaba tardó mucho tiempo en abrirse paso en la mente de Tadeo. No, no es posible. Pero no podía interpretar de otro modo aquellas palabras, ni mucho menos, aquella mirada. De pronto se dio cuenta de que ya la había visto, otras veces, en esos ojos, aunque nunca había sido capaz de interpretar correctamente su sentido.

–Julián… –empezó, confuso y apenado. Julián alzó rápidamente un brazo y le señaló con un dedo.

–Cállate –ordenó, secamente–. Cállate, Tadeo. Si lo dices, si lo mencionas siquiera por ahí, o incluso a mí mismo, nunca, jamás, en tu vida, te mato. Te lo digo en serio. –Tadeo guardó silencio, seguro de que el otro estaba más que dispuesto a cumplir su amenaza. Por otra parte, en realidad, no tenía nada que decir. Julián bajó lentamente la mano–. Destruí a Rodolfo de la Encina por lo que te hizo. Y te hubiera entregado a su hija, pese a que la sola idea me volvía loco de celos, de haber considerado que podía hacerte mínimamente feliz. Pero, para entonces, mi opinión sobre Isabel había cambiado mucho, de una forma… drástica, y ya sabía que no te ama. Ni siquiera estoy seguro de que llegara a hacerlo alguna vez. Isabel… no es la misma de antes, aunque supongo que eso nos pasa a todos.

–Es mentira –susurró Tadeo, aferrándose a aquella posibilidad–. Todo esto es mentira. Estás tratando de confundirme.

Julián no se ofendió. Le miró con tristeza.

–Para mí, fue una auténtica sorpresa el descubrir que ella me ama. Supongo que nunca me fijé. Siempre ha sido una amiga, una hermana, nada más. Una vez hube cumplido mi… nuestra venganza, ya no tenía sentido mantenerla en mi casa, pero la dejé quedarse, porque la quiero. No puedo evitarlo. Es, después de ti, la persona más importante de mi vida. Pero no la amo y ella se dio cuenta y, con el paso del tiempo, esa circunstancia emponzoñó nuestra relación. Supongo que, de todas formas, hubiéramos podido seguir juntos muchos años, pero… una noche, descubrió mi secreto.

–¿Qué…?

–Guardo algunas cosas tuyas. Son… dnyookas, solo cosas. A veces paso meses, años, sin mirarlas, pero hay noches en que me siento solo. Vivir sin amor es difícil, pero vivir sin la esperanza de tenerlo es la peor de las condenas e incluso yo, Julián Vargas, tengo mis momentos de debilidad. –Suspiró, llevándose una mano a la frente–. Creí que había cerrado la puerta… Me equivocaba. Isabel me encontró aferrado a tus cosas y, claro, se dio cuenta de todo. Se puso echa una furia. Juró que no estaba dispuesta a permitirlo, que ya había aguantado bastante y que yo era suyo. Me dio miedo. La retuve a mi lado porque no quería que te hiciera daño. Luego, un día…

–Basta. –Tadeo se cubrió el rostro con ambas manos. Mucho después, cuando volvió a mirarle, Julián no se había movido–. No sigas, por favor.

Julián agitó la cabeza.

–Tengo que hacerlo, amigo mío. Te juegas la vida en esta mano y te han mentido, respecto a tus cartas. Yo he venido a asegurarme de que las ves bien. Míralas. No tienes nada.

–Te digo que te calles.

–No. Aún no he acabado. Debes saber la auténtica razón por la que Rodolfo de la Encina se negó a concederte la mano de su hija. Y por qué yo la eché de mi casa.

–¡Te digo que te calles! –Tadeo no fue muy consciente de sus acciones. Impulsado por la rabia, y por la desesperación, se lanzó sobre Julián, e intentó estrangularlo. Este, absolutamente desprevenido, cayó hacia atrás, arrastrándole con él y juntos rodaron por el suelo sucio de la calleja, intercambiando golpes poco eficaces, como cuando eran niños.

Durante un momento, Tadeo ni siquiera sintió el dolor de la rodilla, tan concentrado como estaba en golpear y destruir. Pero, una vez superada la sorpresa, la fuerza de Julián se impuso. Tadeo se encontró otra vez de pie, arrinconado en una esquina, casi sin espacio suficiente para respirar. El rostro de Julián estaba muy cerca. Tadeo se alegró al descubrir que había sangre en una de las comisuras de su boca. Unos pasos atrajeron su atención. Dougar, alertado sin duda por el ruido de la pelea, surgió de la entrada del callejón. Llevaba una daga en la mano.

–¿Estás bien? –le preguntó a su jefe.

–Fuera de aquí –gruñó Julián, con esfuerzo–. Dije claramente que no quería interrupciones.

–No las ha habido. Yo nunca he estado aquí –replicó el otro, obedeciendo, aunque dudó un momento, con expresión preocupada. Se fue, dejándoles todavía más solos que antes. Tadeo intentó liberarse, pero Julián no lo permitió.

–¡Estate quieto! –le dijo. Tadeo aún forcejeó un poco, pero, al darse cuenta de que era inútil, se relajó. Julián le miró con el ceño fruncido–. Tu mejor arma siempre ha sido la inteligencia. Pregúntate por qué razón ahora, en lugar de pensar, has recurrido a los puños.

–No quiero que sigas –susurró Tadeo con esfuerzo, casi al borde del llanto. El brillo de los ojos de Julián no menguó, pero su ceño se relajó visiblemente. Le miró con auténtica lástima.

–Oh, mierda. –El gruñido se mezcló con el beso que le estampó en los labios. Tadeo intentó oponerse a su ímpetu, pero casi enseguida descubrió que no deseaba hacerlo. Aquel contacto con sabor a sangre no tenía nada que ver con géneros sexuales, ni con auténtico deseo en sí. Era otra clase de Beso Mágico, como el Beso de Vida, un Beso de Amor. Como tal, seguía sus propias normas, sus propias leyes, y era un regalo demasiado raro y precioso como para poder rechazarlo. Fue Julián quien lo terminó, haciéndole sentir vacío–. ¿Qué contiene esa caja?

Tu muerte, pensó Tadeo.

–No lo sé.

–¡No me mientas más! ¿Es que no ves que estoy tratando de salvarte la vida?

Tadeo se revolvió, furioso.

–¿Por qué habría de creerte? Ya has dejado claro que no soportas saber que estoy con ella. Dirías cualquier cosa con tal de conseguir separarnos.

Julián cerró los ojos con gesto impaciente. Durante un segundo, le aplastó más aún contra la pared, como si quisiera fundirlo con la piedra helada. Luego, lentamente, le soltó.

–Está bien, maldito idiota. Sigue viviendo en tu mundo de fantasías, si eso es lo que deseas. No diré nada más.

Tanto veneno, tanta sospecha. El corazón de Tadeo se quebró, y empezó a llorar. No hubiera querido hacerlo, sabía que Julián odiaba aquella clase de debilidad, pero no pudo impedirlo.

–Ella me ama… Ella me ama…

No podía decir otra cosa, y tampoco podía dejar de decirlo. Julián suspiró.

–No. Ella me ama a mí –alzó una mano para acariciarle el rostro y aprovechó para borrar las lágrimas de su mejilla con el pulgar –Yo te amo a ti. Tú la amas a ella. Irónico, ¿verdad? Burlesco. Estamos atrapados en un círculo absurdo y estéril, que no puede hacernos felices, a ninguno. –Tadeo apartó bruscamente el rostro, para rechazar la caricia. Julián afirmó la mandíbula–. Créeme que lo siento.

–Vete. Déjame, por favor.

Julián asintió, dándose por vencido, y se alejó de su lado. Un momento antes de desaparecer en las sombras, se detuvo.

–No se puede reconstruir el pasado, Tad, ni se puede inventar el amor. Es algo que no sirve, no funciona. Solo espero que, intentarlo, obcecarte en ello, no te cueste la vida.

Luego, se fue, y Tadeo ya pudo llorar a solas.


–¿Estás mejor?

Tadeo intentó evitar la respuesta sumergiéndose totalmente en la bañera. Estuvo debajo del agua hasta que la necesidad de aire le obligó a salir. Isabel no se había ido. Por suerte, no repitió la pregunta. Se limitó a tenderle una copa de vino.

–Gracias –murmuró. Bebió un sorbo. El vino estaba caliente y muy especiado. ¿Veneno?, se preguntó y, aunque seguía incapaz de creerlo, dejó la copa a un lado. Le costó doblar la rodilla, continuaba siendo un proceso increíblemente lento y doloroso, lógico, teniendo en cuenta su color y la forma en que se había inflamado. Isabel se sentó en el borde la bañera y le miró desde arriba.

–¿Ha sido Julián?

–No quiero hablar de ello.

–Y yo no puedo permitirme no hacerlo. –Agitó la cabeza y sus pendientes levantaron un ligero rumor de campanillas–. Me da la sensación de que te estoy perdiendo.

–Déjame solo, Isabel. –Tadeo escurrió el retal que usaba para frotarse y lo extendió sobre su rostro, recostando la nuca en la bañera. Fue una sensación agradable y momentánea. Isabel le arrebató el trapo y le miró con furia.

–¿Qué te ha dicho?

–Nada que quiera comentar en este mismo momento.

–¿Así que no voy a tener la oportunidad de hablar en mi defensa? ¿Así que ya me has condenado? –Tadeo quiso decirle que no, por supuesto que no, pero, por alguna razón, seguía sin poder hablar. Los ojos de Isabel adoptaron una expresión terrible. Le arrojó el trapo a la cara–. ¿Esto? ¿Esto es todo lo que valía tu amor? Qué tremenda desilusión, Tadeo. Y qué pena.

–Isabel… –No, imposible. Por un día, ya había habido demasiado caos. Se sentía enormemente cansado–. Es tarde. Vete a dormir. Ya hablaremos mañana.

–¿Dormir? –Isabel metió la mano en el agua y le salpicó el rostro –¿Pretendes que concilie el sueño, contigo a mi lado, sabiendo que estás a millones de kilómetros de distancia, que has permitido que ese canalla levante un muro entre nosotros? –Se puso de pie y caminó agitadamente de un lado a otro. Incluso cuando volvió a detenerse, para mirarle, sus manos siguieron frotándose una contra la otra, con nerviosismo–. No sé qué te habrá contado, pero lo que es seguro es que no te lo ha contado todo.

Tadeo hizo una mueca.

–¿Estás segura?

–Oh –Isabel parpadeó, genuinamente sorprendida–. Así que te lo ha dicho. –Cogió aliento antes de soltarlo, como si tuviera miedo de que la frase se le atascase en la garganta–. Te ha confesado que te ama.

–Algo así. –Tadeo se palpó el moratón más doloroso de la barbilla–. Digamos que me ha dejado claros sus sentimientos.

–Y, sabiéndolo, ¿no comprendes por qué está haciendo todo esto? Él te ama, pero con un amor enfermizo y desesperado. Le consta que nunca podrás corresponderle. En realidad, ni siquiera aunque así fuera se atrevería a mantener contigo, con ningún hombre, una relación de ese tipo. A su manera, incluso él respeta ciertos convencionalismos sociales. El amor que siente por ti, le avergüenza.

Le avergüenza. Sí, cierto, eso también lo había dejado claro, y, de alguna forma, le dolía. Tadeo se sorprendió pensando que lo verdaderamente antinatural de todo aquel asunto, era avergonzarse de sentir amor.

–Sí, lo sé. Ya te he dicho que todo eso me ha quedado muy claro.

–No lo creo. Si fuera así, no estarías enfadado conmigo.

Tadeo suspiró. Bien, vale. Es obvio que no va a dejar el tema para mañana.

–Isabel… Mírame, mírame bien, no apartes tus ojos de los míos, y dime, con el corazón en la mano: tú, ¿a quién amas?

Probablemente, la pregunta no la cogió desprevenida, pero sí el tono. Algo rebulló en las pupilas de Isabel, algo se le escapó, una respuesta auténtica, un reflejo de su alma, tan atrapada como la de Julián o como la de él mismo.

–Yo… ¿Qué… qué clase de pregunta es esa? Ya conoces la respuesta.

–Sí, es cierto. –Tadeo arrojó el trapo al agua–. Ya la conozco.

Isabel permaneció mucho tiempo inmóvil.

–No te confundas, Tadeo. Yo te amo. Créeme, es la verdad. Pero no voy a negarte que lo que hoy, ahora, en este mismo instante, siento por él, es lo más grande de mi vida.

Lo más grande. Tadeo agitó la cabeza, preguntándose si podía definir como vorágine toda aquella incontenible desesperación. Esas palabras, desde luego, lo decían todo.

–¿Cuándo? ¿Cuándo te enamoraste de él? –amplió al darse cuenta de que no le había entendido.

–Oh, no sé. –Se lo pensó un momento–. Al principio, cuando me arrastró a su casa, a su cama, le odié. Luego, no sé… –Sus ojos se volvieron soñadores–. Un año después, más o menos, hubo un día, durante una fiesta, en que me descubrí feliz y me di cuenta de lo que había ocurrido. Me había enamorado. –Frunció el ceño–. ¿Acaso vas a culparme por ello? Tú fuiste quien dio por terminada nuestra relación. Me dejaste sola. Yo hubiera seguido viéndote, pero tú odiabas a mi padre más de lo que me amabas a mí y me apartaste completamente de tu vida. Si no te casas conmigo ahora mismo, no quiero volver a verte. ¿Recuerdas? Fue lo último que me dijiste.

Sí, recordaba haber dicho algo semejante. Era joven y estúpido, y todo le dolía demasiado. No podría razonar, ni mucho menos prever lo que iba a costarle todo aquello. La había perdido.

–¿Y, al aparecer ahora, por qué no me lo dijiste? –preguntó con cansancio.

–Temí que me negaras tu ayuda. Te necesitaba. Quizá parezca que te utilicé, quizá lo hice, pero soy justa y muy agradecida. Yo te juro que, si me ayudas, pasaré contigo el resto de tus días. No será ningún esfuerzo, créeme. Ya te he dicho que sigo sintiendo por ti lo mismo que antes. Es solo que Julián… Bueno, no sé cómo racionalizarlo. Me obsesiona.

–Pero, no lo entiendo… ¿Por qué quieres matarlo, si le amas?

–Destruyó a mi padre.

–No puedo creer que sea por eso. Ocurrió hace años, ¿por qué has esperado tanto, para vengarte? Además, si le amas…

–¡¿Es que no lo entiendes?! –la pregunta fue casi un grito. Tadeo la miró sorprendido. Isabel apretó los puños con fuerza –¡Él no me ama a mí!

Tadeo arqueó ambas cejas.

–¿Vas a matarlo porque no te ama?

–¡No! ¿Por quién me has tomado? Podría aceptar su indiferencia, resignarme ante la idea de que no hay nada en mí que le haga… vibrar. No. De eso, no es culpable, no puede serlo, nadie puede ser obligado a sentir. Voy a matarle porque me utilizó –declaró, con vehemencia–. Me usó como vínculo, con la única intención de unirse a ti.

–Pero ¿qué dices?

–¡Es cierto! Oh, ya sé, podrá darte mil razones distintas, todas grandiosas, lo hice en nombre del amor, de la venganza, de la amistad… pero la verdad es que me quiso porque me querías. No podía tenerte a ti, la sociedad, y él mismo estaban en contra de una unión semejante, por no hablar de que le consta que tú nunca habías pensado en ello, y que no le hubieras correspondido, así que me puso en medio, pero sin preguntarme mi opinión, sin tener en cuenta mis sentimientos, convirtiéndome, al obrar así, en una especie de puerta, una especie de cosa.

–Isabel…

–Yo ya había sufrido mucho –prosiguió ella, sin hacer caso–. Me había costado reconstruir mi mundo y se lo entregué todo, pero él jamás me dio una oportunidad. ¡Ni siquiera me consideró lo suficientemente importante como para sincerarse conmigo! –Isabel se llevó los puños a los ojos, tratando de contener las lágrimas. Cuando volvió a hablar, parecía más serena–. Eso… eso es lo que no voy a perdonarle nunca, jamás, en mi vida. Y por eso, va a morir.

Dio media vuelta y salió del cuarto de baño. Pues muy bien, pensó Tadeo, sintiendo un frío mortal en los huesos. Odió a Julián, pero, sobre todo, le envidió. Lo que hubiera dado él, por provocar aquella pasión en Isabel. Ni siquiera en los tiempos en los que creía conocerla la había visto tan llena de vida, de ímpetu, como en esos últimos minutos. Ahora entendía que, con él, había sido una pequeña llama, pero que con Julián había ardido como una hoguera.

Tadeo estudió la situación. ¿Debía ponerle sobre aviso? Contactar con él no era algo que le apeteciera hacer, al menos de momento. Se consoló pensando que probablemente, nada que hiciera sería necesario. Julián tenía, seguro, vigilada la casa, por no hablar de que aquel vetusto Caballero parecía demasiado fiambre como para suponer un auténtico peligro. La retuve a mi lado porque no quería que te hiciera daño.

La frase de Julián rondaba una y otra vez, a veces parecía haberse ido, pero siempre volvía, como la falsa moneda.

¿Hacerme daño a mí?

¿Y si no era a Julián a quien quería matar?

–Maldita sea –dijo en voz alta, al darse cuenta de la clase de cosas que estaba pensando. Decidió esperar a ver qué pasaba. Lo que es cierto es que Isabel no me matará a mí, al menos no hasta que vuelva a cavar ese condenado agujero y para eso aún faltan varios días. La idea, aunque absurda, le reconfortó. Tadeo suspiró, y extendió una mano, dispuesto a beberse el vino.

Pero se había quedado frío y, en definitiva, sí que estaba demasiado especiado.


Noches después, bajo una nueva luna llena, Tadeo volvió a coger la pala y cavó por segunda vez un profundo agujero en su jardín trasero.

Mientras lo hacía, vigilaba por el rabillo del ojo la silenciosa calle particular que se abría a varios metros, tras el muro bajo, al otro lado de la línea de árboles. No había podido ver a nadie, pero se sentía vigilado, y no le cabía duda de que los hombres de Julián rondaban por allí. Isabel, vestida únicamente con el camisón, tiritaba, sentada en una piedra.

–Será mejor que vayas a por una manta, o cogerás una pulmonía –le dijo, mientras echaba una paletada más al enorme montón de tierra que había formado a su izquierda.

–No te preocupes.

–No lo haré, entonces –aseguró él, aunque solo eran palabras. La punta de la pala tocó madera. Tadeo se detuvo, mirando el fondo de la fosa–. Todo esto es absurdo. No quiero seguir.

–¡Debes hacerlo! –Isabel se puso de pie, de un salto–. ¡No puedes fallarme ahora!

–No. No quiero… no puedo matar a Julián. –Arrojó la pala a un lado–. Ni siquiera con esta especie de acto simbólico.

Isabel entrecerró los ojos.

–Aclárate, Tadeo. No puedes tenernos a los dos.

Tadeo la miró de arriba a abajo. Seguía amándola, no podía negarlo, aunque el sentimiento no había conseguido mantenerse igual de puro. Aquellos últimos días, los últimos descubrimientos, lo habían minado, llenándole de amargura.

–Entonces, creo que tendré que optar por quedarme solo.

Ya está. Ya lo había dicho. Y lo mejor de todo es que estaba dispuesto a mantenerlo. Isabel palideció.

¡Blam!.

El golpe, seco y potente, casi arrancó los clavos de la tapa. Tadeo se tambaleó, aunque consiguió mantener el equilibrio. Al salir precipitadamente de la fosa, se golpeó la rodilla herida, que no había tenido ocasión de recuperarse del todo. El dolor, absolutamente bestial, le cegó, y le hizo rodar por el suelo, sujetándose la pierna.

También debió dejarle sordo, porque, aunque no había escuchado más golpes, cuando pudo reaccionar, vio ante sí al Caballero, fuera ya de la fosa, soberbiamente erguido, con la armadura lanzando destellos ocasionales en la noche. Por todas partes, incluso en las plumas de su casco, había astillas de madera. Imponente, terrible, alzó una mano con movimiento rígido y le señaló con un dedo.

–¡Entonces –bramó, con una voz cavernosa, capaz de producir escalofríos por sí misma–, te ensartaré como a un bellaco!

Aquella frase tenía toda la pinta de pertenecer a otra conversación, pero Tadeo no consideró conveniente mencionarlo, más que nada por el hecho de que quizá no fuera adecuado hacer reflexionar a aquel energúmeno sobre cómo debió terminar la conversación en sí, teniendo en cuenta que acababa de salir de una tumba. El Caballero parpadeó y le miró con más atención, sorprendido.

–¿Eh? –Se mostró aturdido–. Pero… ¿Dónde estoy? ¿Y tú quién infiernos eres? ¿Dónde está ese maldito mago?

¿Mago? Ajá. Ahí estaba la explicación, el porqué de que el Caballero hubiera muerto con la palabra en la boca. Temeroso de que le ocurriera lo mismo, estaba buscando desesperadamente algo que decir, cualquier otra cosa adecuada a las circunstancias, cuando Isabel surgió por la derecha, vaporosa como un fantasma. Ya no tenía el aspecto incólume de antes. Despeinada, con el camisón roto y sucio, y rastros de barro en el rostro, se dejó caer de rodillas a los pies del Caballero.

–¡Ayúdame! ¡Ayúdame, Wamba de Ilex Quercus! –exclamó, llorando con desconsuelo. Mostró el desgarro de su camisón y un golpe en la mejilla que sin duda también se había producido ella sola–. ¡La diosa te han mandado en mi ayuda, por eso has aparecido aquí de pronto!

–¿Quién…?

–¡Yo soy de tu sangre, la hija de la hija de la hija de tu hija, y he sufrido la mayor de las afrentas! –señaló a Tadeo con un dedo justiciero –¡Ese hombre me ha forzado, me ha arrebatado por la fuerza mi virtud, pisoteando nuestro buen nombre y, para ocultar la ignominia, quería matarme! ¡Incluso tenía preparada la fosa! –añadió, señalando el agujero.

Ilex Quercus miró hacia allí, y luego, sus ojos horrorizados volvieron a Tadeo.

–¿Es eso cierto?

–Eh… Lamentablemente, no. –Tadeo miró con amargura a Isabel. Las pupilas de la muchacha chispearon al encontrarse con las suyas. Tuvo la impresión de que era la primera vez que se veían realmente cara a cara, y no le gustó la sensación que le produjo–. Y mira que no era mala idea.

–¡Miente! ¡Miente, mi señor! ¡Y además me llama mentirosa! –Tuvo el valor de exclamar ella–. ¿Qué puede hacer una pobre mujer como yo, si no llorar, y reclamar justicia? ¿Debo seguir suplicando a los dioses? ¿O serás tú, el héroe de nuestra estirpe, quien limpie esta infamia?

–No lo dudes. Será mejor que te busques un arma, chico.

El Caballero echó mano a la espada. Sus movimientos fueron torpes y lentos, no solo por la oxidada armadura, que gruñía metálicamente en cada esfuerzo, sino también, por la rigidez de la muerte, que seguía pegada a sus huesos. Para cuando consiguió desenvainar, Tadeo ya estaba de pie y habían surgido tres figuras más, de la noche. Todas llevaban espada.

–Quieto –dijo el hombre del cráneo pintado de azul. Dougar, pensó Tadeo, con auténtico alivio. Justo a tiempo, como siempre–. Ve a buscar a Vargas, rápido –le dijo a uno de sus acompañantes, que se alejó rápidamente. Dougar estudió la figura del Caballero–. No sé quién dnyookas eres, ni qué eres, a decir verdad, pero no me importa. Estás en mi ciudad, en mi territorio, y obedecerás mis órdenes. Rinde tu espada, ahora mismo. Este hombre está bajo mi protección.

El Caballero lanzó una carcajada.

–No te equivoques, amigo. Yo soy un Caballero y solo obedezco al Rey y a mi Gran Maestre. Y no acostumbro a rendir mi espada al primer rufián que se me cruza en el camino. Si pretendes quitármela, vas a encontrarte con su punta.

–Dougar, está muerto –le susurró su compañero. Dougar cambió el peso del cuerpo de un pie a otro.

–Qué dnyookas. Y yo también, si permito que lo mate –añadió, señalando a Tadeo con un gesto de cabeza–, Vargas me sacará las tripas. Prefiero enfrentarme a esta… cosa.

–Pues yo no estoy tan seguro. Este hijo de puta parece más que capaz de cortarnos el cuello a ambos.

–Un momento, un momento –pidió el Caballero, frunciendo el ceño–. ¿Qué me has llamado tú? ¿Y qué ha dicho él de mí?

–Oh, nada importante. –Dougar señaló con el pulgar a su compañero, que estaba iniciando una retirada–. Y, para ser sinceros, él no ha dicho nada de ti. Solo era un comentario sobre tu madre.

–¿QUÉ? –El Caballero se irguió, en toda su mole–. ¿QUÉ HAS DICHO TÚ DE MI MADRE?

–¡Nada! –exclamó el interpelado. Miró a Dougar con rencor–. Tú también eres un hijo de puta.

–¿QUÉ? ¿QUÉ HAS DICHO DE SU MADRE?

El rufián le dio una patada al suelo, totalmente fuera de sí.

–¡Pardiez, seas lo que seas, deja de gritar! ¡Me estás poniendo nervioso!

–Ajá, ¿quieres pelea? –El otro empezó a negar con la cabeza, pero no dispuso del tiempo suficiente ni para acabar el gesto, ni para hablar –¡Entonces, te ensartaré como a un bellaco! –volvió a bramar el Caballero, lanzándose al ataque.

Así que en realidad se trataba de alguna especie de grito de guerra, quizá un lema de su Hermandad, bastante poco acertado desde un punto de vista literario, pero de alguna forma efectivo, consideró Tadeo, porque dicho y hecho, tras esquivar hábilmente la torpe guardia de su adversario, lo atravesó con limpieza. El rufián desconocido abrió la boca y cayó hacia atrás. Dougar supo aprovechar la oportunidad para clavarle al Caballero la espada por la espalda, a la altura de la cintura, justo en el punto donde terminaba una sección de la armadura. El Caballero se volvió bruscamente, con lo que le arrebato la empuñadura de las manos.

–¿Se puede saber qué intentas? –Lo miró con curiosidad, y también a su alrededor–. ¿Dónde dnyookas has metido tu espada?

Dougar incluso llegó a sonreír.

–Ja. No te lo vas a creer.

–¡Mátale! –gritó Isabel –¡Mátales a los dos de una vez! ¡Solo buscan entretenerte, mientras llegan sus aliados!

–¡Cállate! –ordenó Tadeo, furioso–. ¡Basta ya, mujer! ¿Cuánta gente quieres que muera esta noche?

–Solo una persona –replicó ella, mirándole con odio–. . Tú, maldito ladrón, maldito egoísta, maldito, maldito…

Tadeo jadeó.

–Me has mentido. ¡Me has mentido todo este tiempo!

–No es cierto –replicó ella, con auténtica satisfacción–. No fue necesario. Te juré que si me ayudabas, permanecería a tu lado hasta tu último día y aquí estoy –Se volvió hacia el Caballero. Sus dedos aferraron la ramita de roble de su colgante e inspiró profundamente–. Acaba con él. Ahora.

Ilex Quercus clavó los ojos en Tadeo y dio un paso en su dirección. Dougar volvió a entrometerse. Le lanzó un puñetazo a la mandíbula, pero el Caballero, que estaba recobrando rápidamente la flexibilidad de sus miembros, le sujetó por la muñeca con facilidad y le retorció el brazo. El sonido del hueso al romperse resultó escalofriante. Dougar gritó y cayó de rodillas. Ilex Quercus aprovechó la posición y le cortó la cabeza limpiamente, de un solo tajo.

Los ojos de Tadeo siguieron horrorizados, casi fascinados, su trayectoria; aún en contra de su voluntad, la vio golpear el suelo y rodar hasta caer en la fosa, como si tuviera prisa por ser enterrada. Oh, por los dioses…

–¿Tú tampoco vas a empuñar un arma, chico? –le dijo el Caballero, dejando caer el cuerpo de Dougar, que no dejaba de lanzar chorros de sangre en todas direcciones –Es la última vez que te lo advierto.

Tadeo carraspeó. Sentía la garganta reseca.

–No puedo batirme. –Se lo pensó un segundo y añadió–. No tengo espada.

El Caballero pateó el arma del hombre anónimo, haciéndola girar hasta llegar a sus pies.

–Ahí tienes una.

–Oh, sí, claro. –Se encogió de hombros–. Pero no puedo utilizarla. Es un asunto de honor.

–¿De honor? –bramó el Caballero.

–Sí. Juré, sobre la tumba de mi padre no usar nunca otra espada que la suya, porque sé que es lo que hubiera querido. Y resulta que él desapareció con ella, durante uno de sus viajes. También era Caballero, ¿sabes?

–¿En serio? –Aquello interesó enormemente al energúmeno. Bajó la espada y se apoyó cómodamente sobre su empuñadura como si fuera un bastón–. ¡Ah, qué casualidad! ¿De qué Orden?

–Oh, de… de… los Paladines de…

–¡No le hagas caso! –gritó Isabel, enfrentándose furiosa al Caballero–. ¿Cómo iba a jurar nada sobre la tumba de su padre, si desapareció durante uno de sus viajes? ¿Es que no ves que te está mintiendo? –Le golpeó en la armadura, con un clonch metálico–. ¡No tiene honor, ni siquiera sabe quién fue su padre! ¡No es más que el bastardo de un vulgar marinero que solo buscaba pasar un buen rato!

–Vaya. –Aquellas palabras podrían haberle hecho mucho daño cualquier otro día, pero, en ese instante, Tadeo se sentía más preocupado por la forma en que el Caballero volvió a empuñar la espada–. Qué momento más poco oportuno para exponer la auténtica opinión que tienes de mí.

–¿Un bastardo? –El Caballero arqueó una amenazadora ceja–. ¿Me has mentido, pretendiendo ser alguien de alcurnia? ¿Eres un bastardo?

–Eso dicen –reconoció Tadeo, retrocediendo precavidamente un paso–. Por mi parte, no puedo estar en mayor desacuerdo. Es un término que debería aplicarse no por cómo se nace, sino por lo que se hace.

–¿Eh? –el Caballero parpadeó, confuso, y descartó aquella filosofía que le resultaba claramente incomprensible, pasando a la acción–. ¡Entonces, te ensartaré como a un bellaco!

–Sí, supuse que dirías eso.

Tadeo saltó a un lado. No le resultó difícil esquivar la primera estocada, ni la segunda. La tercera le hizo un corte en un brazo. De haber podido echar a correr, lo hubiera hecho, pero no se fiaba de su rodilla y no quería recibir un espadazo por la espalda. Lo que estaba claro es que no podía aspirar a esquivar siempre a aquel tipo. De hecho, se dio cuenta, perfectamente, de que iba a recibir de lleno la cuarta. Cruzó instintivamente los brazos, en un absurdo intento de proteger la cabeza, y esperó el final.

–¡Alto! –La voz sonó como un trallazo. El Caballero detuvo el arma, sosteniéndola sobre la cabeza de Tadeo, y miró en dirección a su origen. Aunque Tadeo no podía apartar los ojos del filo, pudo captar de reojo la imagen de Julián, oscuro, casi invisible en el negro de la noche.

–Maldita sea, otra interrupción –Ilex Quercus inclinó la cabeza a un lado–. ¿Y quién dnyookas eres tú?

–El bastardo mayor del reino, cabrón, ya que lo preguntas. –Así que, al menos, había llegado a tiempo de oír la última parte de la conversación. Julián contempló los cuerpos caídos, e hizo un gesto hacia atrás, en dirección a varias figuras que desaparecieron inmediatamente. No quería perder más hombres en aquel asunto, de modo que iba a hacerse cargo en persona. Miró a Tadeo, solo un instante, lo justo, o al menos así lo consideró este último, para cerciorarse de que se encontraba bien, antes de centrarse por completo en el Caballero. Se quitó la capa y la arrojó a un lado. Su espada hizo un ruido siniestro, al abandonar la vaina –¿Por qué no pruebas a ensartarme a mí, viejo?

–¿Por qué? –preguntó sorprendido el Caballero–. Yo represento la Ley y el Orden, no mato por placer. ¿Acaso has cometido alguna fechoría que te haga merecedor de tal cosa?

Julián sonrió de oreja a oreja.

–Puedes apostarte el alma a que sí.

–¡No! ¡Él no! ¡Es mi marido! –Isabel corrió hacia allí, interponiéndose entre ambos–. ¡Es al otro al que tienes que matar!

Julián la cogió por un hombro y la apartó a un lado, firmemente.

–Ni soy tu marido, ni voy a serlo nunca, preciosa, creí que te había quedado claro. –La miró, con frialdad–. Y, si persistes en este empeño, voy a hacerte exactamente lo que te prometí.

–¿Y, es…? –preguntó el Caballero, inclinando el rostro a un lado con auténtica curiosidad.

Julián hizo una mueca. Señaló la fosa, con un gesto.

–Van a ser dos cuerpos sin cabeza, en ese agujero.

Los ojos del Caballero relampaguearon.

–¿Estás amenazando a mi dama?

–¡No, Julián! –le interrumpió Isabel, en su respuesta. Él la miró, obviamente sorprendido por su tono–. No lo hagas. Te lo advierto. Ni siquiera yo sé si podría pararle, llegado el caso.

Eso, Julián ya lo suponía. Tadeo pudo leerlo en su rostro, y también en sus ojos, cuando se volvió hacia él. Fue, de nuevo, un contacto breve, pero muy distinto. Se estaba despidiendo, por si acaso. No. No. Pero no le dio tiempo.

–¿Dama? –Julián se rio groseramente–. No sé de qué dama me estás hablando. De hecho, te aseguro que no conozco a ninguna. Yo me refería a esta ramera, a esta puta mentirosa y rastrera que pretende joderme la vida. –Levantó un brazo y le dio a Isabel un vertiginoso bofetón de revés que la arrojó al suelo. El Caballero dio un paso al frente, pero se encontró con la espada de Julián en el cuello. Este sonrió y se llevó la mano con la que acababa de derribar a Isabel al corazón–. Y, si me conocieras mejor, sabrías que yo nunca amenazo. Solo hago solemnes promesas.

El Caballero le miró con ojos entrecerrados. Alzó su espada, lentamente, y apartó la de Julián de su cuello. No le resultó difícil. El otro no hizo nada por impedirlo.

–Estás muerto, chico.

Julián se echó a reír.

–Bueno, viniendo de alguien que lleva una espada clavada, lo consideraré un cumplido.

–¿Qué espada?

–Mmm… Déjalo, no te preocupes. Es algo que claramente carece de importancia. –Julián suspiró, y se puso en guardia–. Estábamos hablando de esa zorra.

El Caballero fue el primero en atacar, con un grito de rabia. Tadeo no sabía prácticamente nada de armas, pero solo necesitó presenciar un primer intercambio para darse cuenta de que ni siquiera Julián era adversario para aquella criatura. Tuvo que empezar a retroceder casi enseguida y, aunque trataba de impedirlo, la dirección en la que le conducía Ilex Quercus, como a una oveja al matadero, era hacia la fosa.

En pocos segundos solo le quedó un par de metros de margen para maniobrar, aunque, en realidad, eso no tardó en dejar de ser un problema, al menos no uno inmediato, cuando se le rompió la espada. Julián apretó los dientes, aguantando la fuerza del impacto y siguió parando, usando el trozo que le quedaba, pero el desenlace resultaba obvio.

Sin pensárselo dos veces, Tadeo se abalanzó hacia ellos y sujetó al Caballero por la espada de Dougar. Había esperado arrancarla, aunque no estaba muy seguro de qué iba a hacer luego con ella, visto lo poco efectiva que se había mostrado. En cualquier caso, no tuvo necesidad de planteárselo, porque descubrió que la espada parecía fundida con el cuerpo y no cedió ni un milímetro. De todas formas, su intervención no resultó inútil, ni mucho menos; entorpeció los movimientos de Ilex Quercus, que se volvió sobre sí mismo, furioso, arrastrando al propio Tadeo en el giro.

–¿Eh? –Vislumbró los pies de Tadeo, tropezando a la carrera, y giró en la otra dirección, solo para darse cuenta de que ya no estaba allí–. ¿Se puede saber qué dnyookas haces, chico?

Como últimas palabras, incluso resultaban curiosas. Aprovechando la distracción, y el trozo de espada que le quedaba, en el siguiente giro Julián le cortó limpiamente la cabeza. Era la segunda decapitación que presenciaba Tadeo, aunque fue muy distinta a la primera. Si realmente había sangre dentro del Caballero, desde luego no surgió para chorrear por todas partes, claro que eso hubiera podido suponerlo, puesto que tampoco sangraba de la herida de la espalda. El cuerpo se detuvo bruscamente, como fulminado por un rayo. Dejó caer el arma y trastabilló.

Julián arrojó su trozo de espada a un lado y le miró sin compasión ninguna.

–Esto es por Dougar, cerdo –le dijo, escupiéndole a continuación.

Sin duda había esperado verlo derrumbarse en ese instante, pero no ocurrió. Muy por el contrario, el cuerpo del Caballero alzó los brazos y se arrojó sobre él, golpeándolo repetidamente. Julián tropezó y cayó hacia atrás, y el Caballero terminó de arrinconarle al borde de la fosa, bajo su peso. Tadeo forcejeó con la espada, incluso se puso de pie sobre el Caballero, tirando de la empuñadura, en un intento desesperado, pero siguió sin poder sacarla. Isabel, a pocos metros, se incorporó.

–¡Isabel! –Ella miró hacia allí, confusa. Al verles, arqueó desmesuradamente las cejas–. ¡Ayúdanos! ¡Rápido!.

Ella se puso de pie y se acercó corriendo. Su expresión se llenó de angustia al ver el rostro ensangrentado de Julián y el cuerpo sin cabeza del Caballero, que había conseguido rodear con sus manos el cuello de su adversario y estaba procediendo a estrangularlo.

–¡No! ¡No!. ¡Él no, maldito estúpido! –Cogió al Caballero por los hombros e intentó hacerle retroceder –¡Es al otro, al otro, al que tienes que matar!

–Me parece que no te oye –jadeó Tadeo. Al darse cuenta de lo que acababa de decir, se echó a reír, histérico–. ¡No puede oírte! ¡No tiene orejas! Pero, lo mejor de todo… jajaja, lo mejor de todo… jajaja, es que no va a poder volver a decir esa mierda de “ensartar como a un bellaco”.

–Deja de reír, idiota, y ayúdale. ¡Julián! ¡Le está matando!

La risa se congeló en los labios de Tadeo. Era cierto. Julián se estaba poniendo azul, y boqueaba desesperadamente. Maldición. Miró a todos lados, buscando algo, una idea, una inspiración. Sus ojos se detuvieron en la espada de Ilex Quercus. Rápidamente la alcanzó, la levantó con esfuerzo, pesaba realmente mucho, y la descargó sobre el brazo derecho del Caballero, rezando por no alcanzar también a Julián.

La espada debía estar bien afilada, porque rebanó sin dificultad el protector metálico y seccionó limpiamente el brazo, antes de incrustarse en el suelo, a pocos milímetros del cuello de Julián. No consiguió mucho con ello. Ilex Quercus cambió ligeramente de postura y siguió apretando con la otra mano, que ahora quedaba cubierta por el cuerpo y, por lo tanto ya no podía ser alcanzada tan fácilmente.

–¡Es inútil! ¡No puedo pararle! ¡Le matará antes de que pueda descuartizarlo!

–¡No! ¡No! –gimió Isabel, con los dedos crispados alrededor de la ramita de su colgante. Tadeo soltó la espada, se acercó a ella y la aferró por los brazos.

–¡Tú has empezado todo esto! ¡Detenlo! ¡Seguro que hay una forma de detenerlo! ¡Si no lo haces ya, Julián está perdido! ¿No dices que le amas? ¡Va a matarlo! –La zarandeó salvajemente, tratando de hacerla reaccionar–. ¿Es que acaso me odias tanto como para sacrificarlo a él por mí?

Isabel agitó la cabeza, confusa y aterrada. Luego cerró los ojos. Con un movimiento muy leve, apenas perceptible, quebró la ramita de roble.

El cuerpo decapitado del Caballero se detuvo bruscamente, y esta vez no volvió a moverse.

–Oh, por fin… –Tadeo inclinó la cabeza–. Gracias, gracias… –¿Quién temblaba, ella o él? No podría decirlo. Lo único seguro era que, a pesar de todo lo ocurrido, hubiera deseado abrazarse a ella, enterrar el rostro en su pelo, embriagarse con su perfume… Pero Isabel se libró de sus manos con brusquedad y se arrodilló junto a Julián.

–Amor… Amor mío… –susurró con una dulzura que le hizo auténtico daño, mientras rozaba el rostro ensangrentado de Julián con los dedos. Fue en ese momento cuando Tadeo sintió realmente vacías sus manos, un vacío infinito, gélido. Las apretó en dos puños, intentando controlarlo, pero era un vacío astuto y esquivo, y no tardó en encontrar un camino directo hacia su corazón.

Moviéndose como un autómata, cogió al Caballero por un pie y lo arrastró a un lado, liberando el cuerpo de Julián.

–¿Está vivo? –preguntó, con voz neutra.

–No respira –replicó Isabel, entre sollozos. Se arrancó un trozo del camisón y lo utilizó para limpiar con cuidado los labios de Julián–. Por favor… Por favor, despierta, amor mío. Por favor, perdóname.

–Déjame. –Tadeo se arrodilló al otro lado. Era cierto, no respiraba. Rápidamente, recordando cómo había obrado aquel pescador con la niña, se inclinó sobre él, unió sus bocas y le insufló aire con todas sus fuerzas. No se había ahogado en el agua, pero quizá sirviera también el remedio en ese caso.

No supo cuanto tiempo estuvo haciendo aquello. Probablemente, no mucho, aunque se le hizo eterno. El soplar tan fuerte le mareaba, y también la voz de Isabel, preguntando continuamente ¿qué haces?, ¿qué haces? Notó un contacto húmedo antes de darse cuenta de que estaba llorando. Julián no respondía. No va a responder. Esta muerto. Tadeo jadeó, agotado, derrotado. Abrumado por sus propias lágrimas, y por los desgarradores gemidos de Isabel, estrechó a su amigo contra su pecho, y le besó.

No puedo, se dijo, mientras lo hacía. Había besado muchas veces, amando, y no notó la diferencia. No existía. Sentía el alma desgarrada por aquella pérdida, estaba desnudo bajo el cielo de la noche, ante las miradas frías y calculadoras de los dioses. No podía fingir, ni tenía ganas de hacerlo.

–Ta… Tadeo –hipó Isabel, rompiendo el encanto del beso. Él alzó la cabeza y la miró, como se mira a un enemigo, y eso la hizo guardar silencio. De pronto, la furia, una furia terrible que lo tiñó todo de rojo…

–¡Despierta! –gritó, golpeando violentamente el pecho de Julián. Aquello no fue suficiente–. ¡Despierta! ¡Despierta!. ¡Despierta!. ¡DESPIERTA! –y, con cada grito, un golpe, cada vez más fuerte, cada vez más desesperado. Isabel también gritaba, pero sin llevar ninguna clase de ritmo, completamente histérica. Pensó que habían entrado en alguna vorágine terrible, y que ya nunca podrían parar, pero, de pronto, Julián abrió los ojos con un jadeo, y todo se detuvo–. ¿Julián? ¿Julián? –Su amigo se apartó y se incorporó, bruscamente, llevándose las manos al cuello, intentando desesperadamente respirar–. ¿Estás bien?

–Sí… sí… bien… –Durante varios minutos, muchos, solo se dedicó a recuperar el aliento. Luego, tímidamente, se volvió a mirarle–. ¿Me has… me has besado? ¿O ha sido un sueño?

Tadeo abrió la boca y volvió a cerrarla.

–No preguntes –aconsejó, incómodo. Julián pareció un poco decepcionado. Buscó con la mirada el cuerpo del Caballero.

–¿Cómo… lo habéis conseguido? –Tadeo e Isabel intercambiaron una mirada, pero guardaron silencio. Julián gruñó por lo bajo–. Comprendo. Maldita perra… –añadió, centrándose en ella–. He perdido dos buenos hombres, por tu culpa. Dougar en concreto, es irreemplazable.

–El otro no era tan bueno –murmuró Tadeo.

–¿Qué?

–Digo que el otro no era tan bueno. De hecho, iba a salir corriendo, pero Dougar le obligó a estar en la pelea.

–¿De veras? –Julián contempló al caído–. La verdad, no tengo ni idea de quién podía ser, aunque me suena mucho haberle visto, sé que es uno de mis hombres. Eso me ocurre a veces.

–Me parece que tenía un problema con su madre, o con la madre de otros. –Tadeo se encogió de hombros, sintiendo que en su interior burbujeaba la risa. Era una forma como cualquier otra de eliminar la tensión–. Con las madres, en general. No tuve oportunidad de llegar a preguntárselo. Lo ensartó a la primera. Supongo que ese sí que era un bellaco.

–¿Bellaco?

Tadeo agitó una mano en el aire. Si hablaba de ello, estallaría en carcajadas, y no era el momento adecuado.

–Ya te lo contaré otro día.

–Bien. –Julián sonó agotado–. Me parece bien, porque, como comprenderás, tengo ganas de meterme en la cama, pero aún hay algunas cosas que debemos escuchar. –Miró hacia Isabel. Ella irguió la espalda, al sentirse el centro de atención y suponer lo que iba a pedirle–. Empieza por decirle por qué tu padre le negó tu mano.

Isabel trató de mantener su mirada, pero no pudo, así que la dejó descender hasta que tocó el suelo.

–No creo que eso importe ya –susurró quedamente.

–No te he preguntado tu opinión. Quiero que lo sepa. Se lo debes.

Isabel se estremeció, quizá de frío, y se abrazó a sí misma.

–Muy bien. Porque yo se lo pedí.

–¿Tú? –Tadeo la miró aturdido–. Pero, ¿por qué? No consigo entenderlo. Tú decías amarme, decías que querías casarte conmigo, tú me alentaste a ello…

–No. Eso no es cierto –protestó Isabel–. Yo no hablaba nunca de matrimonio, tú lo hacías por los dos. Te recuerdo que yo quería esperar. Tú no. Tú te empeñaste, y fuiste a pedir mi mano. Y yo le pedí a mi padre que te diera una paliza, porque te la merecías, por llevarme la contraria… y por intentar utilizarme.

–¿Utilizarte? ¿Yo?

–Sí, tú –contestó, enfadada–. ¿Estás seguro de que me amas, de que alguna vez me has amado, Tadeo? No, no te apresures en tu respuesta –le pidió, alzando rápidamente una mano–. Te estarías mintiendo a ti mismo, como siempre. Yo te digo que no. Tú no me has amado nunca, solo deseabas lo que yo represento o lo que podía llegar a darte. Querías no sentirte solo, tener hijos y poder presumir de una bonita esposa que hiciera un buen papel en sociedad, pero, sobre todo, sobre todo, querías formar parte de una familia con un apellido arraigado a la tierra, para así… expiar de alguna manera tu origen y soñar despierto con la idea de que eras otra persona.

–No digas tonterías. Eso no es cierto. De haber sido así, me hubiera casado con cualquier otra, y no lo hice.

–¿Con otra, Tadeo? –Se echó a reír–. No podías. Me querías a mí. Era lo que deseabas y no habías podido conseguirme. Eso, aumentó tu deseo y odiaste a mi padre porque concentraste en él todo el odio que sientes hacia el mundo, hacia todo aquel que te ha hecho recordar tu condición de bastardo.

Tadeo no pudo replicar a eso. De alguna manera, intuía que las palabras de Isabel contenían una gran dosis de verdad. ¿Se había engañado a sí mismo, todo ese tiempo? ¿En qué se diferenciaba un espejismo de amor, del amor mismo? No había escuelas donde se enseñara esa clase de cosas.

Trató de imaginarse a Isabel vestida humildemente, con las manos encallecidas y el cabello sin brillo. La figura tomó cuerpo en su mente, aunque nunca llegó a estar totalmente definida, por lo inconcebible que le resultaba; pero, aquel impreciso fantasma fue suficiente como para poder reconocer que el fraternal interés que le producía la Isabel humilde era muy distinto a la pasión desenfrenada que había ocasionado la Isabel dama.

¿Lo había sabido Julián? ¿Se refería a eso cuando dijo que no se podía cambiar el pasado, ni inventar el amor? Le miró, y supo que la respuesta era afirmativa.

–Puede que tengas razón… –murmuró tristemente.

Isabel, que también se había quedado sumida en sus pensamientos, rio entre dientes.

–Claro que tengo razón. Te conozco muy bien. –Agitó la cabeza–. Pobre papá. Te aseguro que no se lo merecía. Me costó muchísimo convencerle de que te diera ese escarmiento, más de lo que puedas imaginar. Le caes bien, en cierta manera te admira, como hombre que se ha hecho a sí mismo, y piensa que llegarás lejos, que hubieras sido un buen partido… Pero mi padre nunca ha podido negarme nada. –Le miró con angustia–. No me odies ahora a mí, Tadeo… De alguna forma, me acostumbré a tu devoción, y ahora creo que no podría vivir sin ella. Me hubiera gustado que… –suspiró–. A tu lado he sido feliz, de otra manera. Por favor, no me odies…

Una petición absurda, dadas las circunstancias, pero, aún así, provocó la lástima de Tadeo. Está loca, se dijo, estremecido. Era cierto, no una simple expresión coloquial. La pregunta era cuándo, y por qué. La niña que unió su sangre con ellos, no lo estaba y, al comprenderlo, el peso de su parte de culpa casi se volvió insoportable

–Oh, Isabel… –Tadeo se pasó una mano por el rostro–. ¿Qué esperas de mí? ¡Has intentado matarme!

–¿Qué querías que hiciese? Encontré a Julián abrazado a tus tontos recuerdos. Maldito ingrato… Tú le habías dejado solo, yo se lo había ofrecido todo, me había entregado a él en cuerpo y alma… Y, sin embargo, allí estaba, haciéndome sentir… inexistente. Me negaba su amor, me negaba la posibilidad de un matrimonio y no quería ni hablar de tener un hijo. Eso era lo que más me dolía, lo que indicaba claramente que nunca me permitiría formar parte de su mundo.

–Yo nunca me he negado a darte un hijo –protestó Julián–. Solo dije que no era el momento, que esperaras…

–¿Que esperara a qué? Ya no soy una jovencita, Julián. Mientras tú me decías que no fuera impaciente, solo por conseguir que dejara de mencionarte el tema, mi cuerpo se estaba secando, mis brazos seguían vacíos y mi corazón se marchitaba. Seis años a tu lado. Seis años, años llenos de meses, meses, llenos de días. Mi existencia consistía en estar hermosa para ti, en sonreír para ti, en tenerlo todo listo para ti. He trabajado muy duro, llevando tu casa, tratando de hacerle la vida más fácil… Y, aquella noche, descubrí que seguías amándole a él.

–Te pedí que me perdonaras… –murmuró Julián, contemplando apesadumbrado el suelo.

–¿Cómo querías que lo hiciera? Yo no soy como tú, que te has vuelto tan frío que a veces se me hiela el alma solo con mirarte. Yo no puedo supeditar mis sentimientos a nada, Julián, ni compartir tu actitud cobarde –le dijo, con un cierto desprecio. Julián enrojeció–. Yo amo, y que me condene si permito que nada ni nadie se interponga en esa pasión. Nadie. Por eso contraté a un asesino, uno de tus hombres, para que le matara.

–Pero ya le estaba haciendo seguir por Dougar, para que le protegiera, y lo quitamos de en medio. –Tadeo recordó la tarde en que conoció a Dougar, el extraño asunto del cuchillo en el suelo y del tipo moreno con rostro de aguja del que nunca más se supo –Di orden de que nadie te pusiera una mano encima, de hecho di orden de que se te protegiera más todavía.

–Era lo único que le importaba –intervino ella–. Y a mí, después de soltarme un sermón lleno de amenazas, me mandó a la casa de mi padre, custodiada por tres hombres, al mando de los cuales estaba Néstor Sierra. Precisamente lo que estaba intentando evitar es que pudiera utilizar sus propias fuerzas para llegar hasta ti.

–Entiendo… –Tadeo asintió–. Y creo que conozco el resto… –Señaló al Caballero –Excepto quién era él, claro.

Isabel se encogió de hombros.

–Nadie. Solo una reliquia familiar, un héroe entre mis antepasados cuya curiosa historia encontré en la biblioteca de mi padre, junto con la ramita de roble, y algunas instrucciones que… Bueno, supongo que ya da igual. Sierra gestionó su transporte. Me costó mucho dinero, pero Julián seguía pagando mis cuentas sin rechistar, así que conseguí traerlo. Era mi último recurso, para quitarte de en medio. Sierra no estaba dispuesto a colaborar en ninguna otra clase de plan alternativo y debía contar con él para cualquier movimiento. Luego, repentinamente, desapareció.

–Pensé que, como advertencia, sería suficiente –dijo Julián.

–Si querías asustarme, lo conseguiste. Quizá, de haberlo sabido antes, no hubiese reunido el valor suficiente como para presentarme en la oficina de Tadeo, como hice, pero, las cosas sucedieron a la inversa. Para cuando vi el cadáver de Sierra y se confirmaron mis sospechas de que habías ordenado su ejecución, Tadeo y yo ya habíamos hablado.

–Debo haberte parecido un gran tonto –rumió este último–. Lo que no entiendo es por qué no te dejaste de rodeos y me atravesaste el corazón, en ese mismo instante, en el despacho. Me hubieras tomado totalmente por sorpresa.

Isabel le miró pensativa.

–Sí. Supongo que todo hubiera sido más sencillo si me hubiera limitado a darte algo de veneno o a clavarte un puñal, pero, sinceramente, aunque consideré la posibilidad de hacerlo, no me vi capaz. –Se encogió de hombros–. No podía hacerlo, Tadeo. No quería matarte, no quería ver la decepción en tus ojos ni tu sangre brillando en mis manos. No, yo… –Carraspeó–. No sé, a veces pienso que tiene relación con aquel juramento de sangre que hicimos, de niños, bajo aquella estrella fugaz. Me dice el corazón que no podemos matarnos entre nosotros, no de una forma tan directa. –Los tres intercambiaron una mirada–. Lo siento. Lo siento de verdad. No era nada tan personal. Solo buscaba hacerte desaparecer, fulminarte, aniquilarte, extinguirte, borrarte totalmente, conseguir que nunca hubieras existido.

–Qué lástima, Isabel –murmuró Julián, cuando fue evidente que ella no pensaba continuar, y que Tadeo no tenía nada que decir–. Te consta que soy un hombre flexible, y Tadeo también lo es. Si hubieras hecho las cosas de otro modo, podríamos haber llegado a alguna clase de acuerdo, entre los tres.

–¿De veras? –Los ojos de Isabel brillaron –¿Me amarías, así?

–No –contestó Julián, extinguiendo por completo aquella luz–. Pero te hubiera amado. –Isabel no replicó. Le conocía tan bien como Tadeo y, al igual que él, había comprendido que sería inútil intentar convencerle de que la perdonara. Julián se frotó las comisuras de los ojos–. Vete, Isabel. Anda, será mejor que te marches, ya nos lo hemos dicho todo. Creo que lo mejor será que te vayas de la ciudad.

–¿Irme? –replicó ella, alarmada–. ¿Adónde? No quiero irme.

–Me temo que no es una invitación, amor mío. Y te aseguro que lo he dicho porque pienso que es lo que más te conviene, no por un especial deseo de vengarme. Es posible que, en otro lugar, consigas rehacer tu vida. Elige tú el destino, yo pagaré tus gastos, siempre.

Isabel le contempló con tristeza.

–No vas a cambiar de opinión, ¿verdad?

–No. –Y, luego, con más suavidad–. No.

–Está bien –aún diciendo eso, se volvió hacia Tadeo, quizá esperando a la desesperada que la retuviese, que intercediese por ella, pero él se limitó a devolverle la mirada impasible–. Entonces, supongo que esto es una despedida.

–Eso creo –musitó Julián.

Isabel irguió los hombros y les dio la espalda. No intentó entrar en la casa; al parecer, no había dejado allí nada que fuera a echar de menos. Tardó mucho tiempo en desaparecer, caminando lentamente por el centro de la calle, envuelta en su camisón blanco.

Hagamos un juramento“, dijeron una vez, tres niños sentados en el granero abandonado que era su rincón secreto. Nunca habían estado más unidos, ni volverían a estarlo. A partir de ese momento, aun sin saberlo, habían empezado a alejarse, tomando rumbos muy distintos, aunque en lo más profundo siguieran atados por nudos que casi les habían destruido.

Tadeo sintió sobre sí la tensa mirada de Julián. No se sentía con fuerzas de hablar del sorprendente giro que había dado su relación, estaba demasiado confuso con todo.

–Te han dado una buena paliza –le dijo. Señaló la puerta de su casa con un gesto–. Vamos, tienes que acostarte. Iré a llamar a un médico.

Julián se lo pensó un momento, pero terminó negando con la cabeza.

–Gracias, no. Que me quede en tu casa no resultaría cómodo, para ninguno de los dos. –Tadeo no supo qué contestar a eso. Tampoco tuvo mucho tiempo para hacerlo. Julián cambió bruscamente de tema–. Tú vete a dormir, mis hombres se encargarán de enterrar los muertos. No quedará ni rastro de lo ocurrido.

–Gracias –Tadeo inclinó la cabeza y se contempló las palmas de las manos. Por alguna razón, ya no las sentía tan vacías–. Ese beso… ese beso que te he dado antes…

–¿Sí? –la pregunta tuvo un tacto suave. Julián le miró con simpatía.

–Es todo lo que puedo darte. Lo siento.

–Ya lo sé. –Julián abrió la boca para decir algo, pero se arrepintió. Agitó la cabeza–. No importa, Tadeo. No te preocupes. En realidad, me alegro, porque yo tampoco puedo darte más. En eso Isabel tenía razón. Soy un cobarde. Te amo, pero jamás sería capaz de asumirlo, ni de reconocerlo ante el mundo. –Se miraron unos momentos, en silencio, y ya no hubo nada más que decir, al menos nada personal. Julián respiró pesadamente y se dirigió hacia la calle–. Debo irme, o me moriré aquí mismo, de pie. Me duele todo.

–Espera. –Julián se detuvo. Tadeo tardó aún un momento en hablar, porque ni siquiera sabía lo que iba a decir. Odio la maldita vida que llevas, los rumores que escucho, lo que dicen que has hecho… –¿Por qué no lo dejas? Basta ya de todo esto, Julián. Yo sé que no lo quieres, ni siquiera lo necesitas. Tienes dinero suficiente como para retirarte.

Julián se echó a reír.

–No seas inocente. La gente que ocupa puestos como el mío no puede retirarse, Tad. La retiran, cuando ha llegado su momento. Y el mío todavía no ha llegado, o eso espero. Míralo por el lado bueno, tiene sus compensaciones. Mientras yo viva, tu zona seguirá estando libre, y podrás continuar con tus pequeños negocios –añadió, guiñándole un ojo–. Y si te molesta Ulpiano…

–¡No! –exclamó alarmado, temiendo que Julián decidiera quitar de en medio a aquel pobre viejo–. No, no me molesta en absoluto, para nada. ¿Qué dices? De hecho, resulta absolutamente inofensivo. Hasta estoy por asegurar que se trata de la única buena persona de Saeoon.

Julián hizo una mueca.

–Quería decir que si te molesta, o si alguna vez se interpone en tus ambiciones, puedo hacer que lo trasladen de inmediato y que te asciendan. Dímelo, si alguna vez estás interesado.

–Te lo diré. –Le devolvió la sonrisa, aliviado y agradecido. Quizá algún día, aunque sospechaba que para entonces haría ya mucho del retiro del Tratante Ulpiano–. Gracias, Julián.

Julián asintió, le miró una última vez y se marchó. Tadeo se quedó solo, con los recuerdos, con la tristeza de lo que pudiera haber sido, con los muertos junto a la fosa, con el perfume de Isabel que seguía flotando en el aire y con aquella incómoda sensación de haber estado ciego durante gran parte de su vida.

Y, sin embargo, ya no se sentía triste.

Quizá fuera porque esa noche, aunque todavía no era capaz de valorarlo objetivamente, todo Tadeo había ganado mucho.

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Acerca de Díaz de Tuesta

Escribo. Me publican Ediciones B, Norma Editorial y Tempus Fugit, así que tan mal no lo haré. ;DDD

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