De imágenes y hombres: la violencia de los famosos


Últimamente, lo raro es no ver alguna noticia sobre acusaciones de abusos sexuales en el mundo artístico. Da la impresión de que la olla que ha contenido ese guiso amargo (todas las mujeres que hemos sufrido algún tipo de violencia sexual conocemos el sabor; estoy por decir que dudo que exista mujer que no lo conozca), hubiera estallado, dejando escapar el gas, con furia.

Podía hablarse del tema durante años, de hecho, lo insólito es que se haya permitido una situación así, que tantas generaciones de mujeres (y hombres, aunque sea en menor medida y no por causa de las mujeres) hayan tenido que vivir sus existencias soportando semejantes vejaciones.

Pero hoy, quiero hablar del artículo escrito por Clara Serra en CTXT, titulado Kevin Spacey y el debate sobre el acoso sexual.

Es un texto muy interesante, en el que plantea distintos aspectos del problema que se está dando en este circo mediático de acoso y derribo a grandes personalidades del cine, orquestado no por unos mecanismos de justicia eficientes, esos que hubiesen debido funcionar mucho antes en defensa de las víctimas, sino por la misma industria que lo ha tapado durante años (como todos) y ahora quiere lavarse las manos.

Vaya por delante que soy firme partidaria de la presunción de inocencia, uno de los grandes logros de la civilización, y que no me gusta condenar por un delito a alguien de quien no sepa por mí misma, con total seguridad (o con la mayor certidumbre posible, en este mundo de sombras), que es culpable. Pocas cosas son tan detestables como los linchamientos públicos, con millones de personas indignadas, pidiendo un escarmiento, cuando lo único que saben del tema es lo que dijo tal que dijo tal, a través de una pantalla de televisión o de un periódico. Hay que tener mucho cuidado con eso.

Por ejemplo, “yo” no sé si Kevin Spacey es culpable, porque no sé del asunto más que lo que he leído, siempre “de oídas”. Puedo tener mis sospechas de que sí (para llegar las cosas a este punto, pues…), pero nada más. No sé si Harvey Weinstein es culpable. De hecho, he de reconocer que ni siquiera sabía quién era ese señor (aunque igual he visto alguna película suya, ni idea) hasta que empecé a leer cosas sobre su comportamiento, como las declaraciones de Salma Hayeck.

En todo caso, para tomar una decisión al respecto, tendría que esperar a que un juez decidiera en los asuntos, porque si alguno de ellos llegara a ser condenado, con lo poderosos que son, sería porque de verdad cometieron esos delitos.

Con otros, no tengo ninguna duda. La entrevista hecha a Sean Connery, en la que tranquilamente soltaba que “no veía mal pegarle una bofetada a una mujer, si se lo merece”, era de lo más elocuente. Aseguraba también no haberlo hecho nunca, pero… una vez se justifica la violencia de género, a saber, que todos pasamos por momentos de gran tensión en los que nos encantaría cerrarle la boca al de enfrente de un guantazo. La solución fácil, cuando no se tienen argumentos, y si encima eres quién más fuerza bruta tiene, pues ya me dirás, a aprovecharla, que somos muy machos.

Además, el mismo modo en el que hablaba de las mujeres indica que no las veía como iguales, sino como criaturas ajenas que no razonaban como los hombres y que, casi como avispas zumbonas, llegaban a incordiar hasta el punto de que había que darles un correctivo. Lo veía como “absolutamente correcto”.

Terrible, ese vídeo. Me da igual si es un hombre de otra época (si hay machismo ahora, empezar a remontarse en el tiempo es sumergirse en el pozo de los horrores) o cualquier otra justificación posible. Pero fijaos también, de paso, en los comentarios de esa página. El más antiguo tendrá unos seis años, el más reciente unos meses y, en su mayoría, son de maltratadores en potencia o acto, a saber, justificando y aplaudiendo ese… no sé, ese intento de domesticar a las mujeres a bofetadas.

Ese es el problema, que los pitecantropus siguen viviendo entre nosotros.

Pero, volviendo a la base de este artículo, en su texto, Clara Serra plantea el problema que se origina cuando un autor importante comete un acto reprobable. La repulsa que se pueda llegar a sentir por los actos del autor, ¿debe extenderse a su obra? ¿Debemos rechazar su aportación a la cultura o al conocimiento de la humanidad, en el ámbito que sea, solo porque sus creadores fueron machistas, homofobos, nazis o cualquier otro delito reprochable?

Menciona filósofos, escritores, actores, en párrafos como este:

Por la misma razón, no estoy de acuerdo con las compañeras feministas que piensan que podemos ignorar y dar carpetazo a los filósofos, a los escritores o a los artistas que han sido machistas porque han sido machistas, y me incomoda que las librerías “de izquierdas” no vendan libros de buenos literatos o pensadores reaccionarios. Faulkner era homófobo, Heidegger apoyó el nazismo y Aristóteles o Isaac Newton eran profundamente misóginos, aunque a nadie se le ocurriría impugnar el valor de la teoría de la gravitación universal porque su autor fuera una persona moralmente despreciable. Si creemos que no solo las verdades científicas sino también el pensamiento, el arte y la cultura tienen valor en sí mismos y tienen sus propios criterios de validez, deberíamos poder valorarlos por sí mismos. Es Kevin Spacey, y no sus películas o sus series, quien debe ser juzgado donde toca, dejando al margen su admirable talento artístico. Sus obras, como las de Newton o Faulkner, no deben ser juzgadas, censuradas o eliminadas; deben poder ser admiradas sin sentir que eso nos hace cómplices de sus acciones o delitos“.

Lo cierto es que, si hiciéramos eso, lapidar a la obra junto con sus autores, tendríamos que rechazar prácticamente todo lo conseguido hasta ahora por la humanidad, porque ya podemos imaginarnos que los hombres feministas (para el que no lo sepa, ser “feminista” es aspirar a la igualdad entre hombres y mujeres, no a una supremacía femenina) de nuestro pasado fueron una rareza absoluta. Por lo general, fueron machistas, sí, educados con todo esmero en un entorno machista. Individuos que consideraron a las mujeres, en el mejor de los casos, algo bonito que hacía más agradable la vida.

Sería absurdo hacer algo así, por supuesto. Pero somos humanos, y nos debemos también a nuestros impulsos.

Para empezar, aunque aceptemos que todo tiene el mismo valor en el equipaje cultural de la humanidad, arte no es lo mismo que ciencia, y “leer” no es lo mismo que “ver”. Las verdades científicas no pueden esquivarse ni aunque lo desees con todas tus fuerzas y, en el mundo del arte, en estos tiempos en los que quedan pocos lectores, las películas tienen más adeptos que la literatura, porque el esfuerzo mental que requieren es mínimo, pero todo tiene su lado bueno y su lado malo.

Creo que todos podemos aceptar la teoría de la gravedad sin mayor problema, y seguir leyendo a Faulkner o a Aristóteles, sumergirnos en sus textos y olvidar por completo a los autores. Aunque está claro que nos los encontraremos en cada línea, podemos separar los contenidos y quedarnos con lo que realmente importa. Atesorar lo que suman y olvidarnos de lo que resten, vaya. Tienen la ventaja de que se mueven en un contexto literario, un mundo flexible de letras y párrafos que forman la historia en nuestras mentes.

Un actor, sin embargo, es alguien que usa su imagen para crear el personaje, por eso resulta más difícil “separar y controlar” las emociones. Por ejemplo, si estás viendo a Kevin Spacey moverse de un lado a otro de la pantalla, gesticular, hablar, y tienes sospechas o certidumbres de que ese individuo ha acosado sexualmente a niños menores de edad, eso, quieras que no, perjudicará la experiencia, no se producirá del mismo modo la “inmersión” necesaria. Es el problema de que todo se base en su presencia directa.

Por explicarlo de otro modo: hace años, yo convivía profesionalmente con un acosador. Alguien que me violentó de tal manera que, hoy en día, casi tres décadas después, sigue zumbando en el fondo de mi mente, sobre todo por no haber sabido  reaccionar entonces y darle un buen escarmiento. Estaba allí, cerca, y colaboraba con él en cuestiones laborales, pero estábamos en despachos distintos y no tenía que verle de continuo.

Eso sí, me topaba con él en el pasillo, le veía, físicamente, y se me venían encima los siete males. Incluso cuando, dado que le retiré la palabra y le ignoraba completamente, dejó de intentar acercarse a mí.

Esa era y es la diferencia: tener que verlo.

Por eso, de un modo intelectual puedo entender los argumentos de Clara Serra, hasta puedo apoyarlos. Un hombre no es su obra, y si su obra supone una gran aportación a la cultura o el conocimiento de la humanidad, debería preservarse y defenderse a toda costa. Pero, qué le vamos a hacer, es que, en el caso de los actores, es una cuestión de imagen. Por mi parte, dudo que ya olvide, cada vez que me tope con el rostro de Kevin Spacey (tampoco es que haya seguido mucho su carrera, pero me gustó muchísimo en L.A. CONFIDENCIAL.), lo que ha pasado.

Y, sí, lo reconozco, me encantaba Sean Connery (qué grande, “El hombre que pudo reinar”) y ahora no puedo ni verlo.

Qué le voy a hacer, soy humana.

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