Derivas literarias 1: Escrito entre géneros


Hace poco volví a toparme por ahí con comentarios de este estilo: “la romántica no es auténtica literatura”. También me metí (solo un poquito, lo prometo) en un debate en Facebook que giraba sobre una novela americana, publicada en castellano por una conocida editorial.

Un amigo la había visto por ahí y comentaba la sinopsis, un texto poco logrado, cuyo contenido no inducía a esperar grandes maravillas del valor literario de la obra: una trama ligera, fácilmente digerible y olvidable, sin más. Como tantas publicadas a lo largo de tantos años de absoluto monopolio de producciones extranjeras.

Por suerte, en aquella charla no se agrió mucho el asunto (quizá porque su autora no pudo intervenir, como es lógico… ni siquiera recuerdo el nombre ya), pero bien sabemos que no es lo habitual. Esta clase de situaciones se repiten cada cierto tiempo, y se repetirán, porque es algo que carece de solución posible.

Como de costumbre, la cuestión quedó en eso, “la romántica no es auténtica literatura”. “La literatura romántica no tiene calidad”. “¡Por Dios, qué mala es, la literatura romántica!”. Así, en general. Y no solo porque esté mal escrita, que también, sino porque va de “temas ridículos”.

Pues no sé… No voy a ser yo quien defienda aquella novela americana en concreto. No la he leído, ni me llamó hacerlo, pero supongo que era un producto ligero, para pasar el rato que nunca se planteó llegar a formar parte de las listas de aspirantes al Nobel.

Pero, lo que importa de todo esto, es la actitud. La visión de conjunto. Olvidar que “la novela romántica” no es ni  buena ni mala, y menos por sus temáticas, es un género literario al que se le debe un respeto, igual que a cualquier otro.

Vamos, es como si, hablando del terror, se plantease “qué malo es ese género” solo por las publicaciones nefastas que todos sabemos que reptan por las estanterías del mundo, boqueando con vida propia. O porque “va de zombis” o “tonterías de vampiros”. Si vemos una mala novela negra, ¿nos lanzamos a hablar de “qué mala es la novela negra”? No, ¿verdad? Ni decimos “qué ridículas y repetitivas, las tramas con psicópatas”, pese a que lo son. A veces parece que compiten como “decoradores de lugares del delito”, a ver quién logra un resultado más impactante. Los tópicos se repiten, una y otra vez. Y así, con cualquier otro género.

Pero nadie hace eso, nadie habla en general de “el terror no es auténtica literatura”, o “la novela negra no es auténtica literatura”, porque ni es lógico ni es justo. Por lo general, se separa el grano de la paja y se acepta que haya malas publicaciones, pero se respeta el conjunto en sí.

Desconozco el porqué de que, en romántica, se actúe distinto, aunque me pregunto si no tendrá que ver con el hecho de que es un género escrito y leído mayoritariamente por mujeres, algo pensado “por y para chicas” (aunque hay algunos hombres interesados y en los últimos tiempos se está desarrollando una interesante línea de romántica gay. Cómo no: el amor no tiene límites).

Pero, desde siempre, es la única “literatura plenamente femenina”. Los que no son aficionados y llegan a él desde el desprecio a lo que representa (una historia amorosa, con sus propios clichés y un rotundo final feliz), no están realmente interesados en conocerla. No buscan, leen, analizan y comparan, sino que llegan ya con su prejuicio (“solo se cuentan tonterías”) y miran todo desde fuera, desde “el montón”. Y se califica todo del modo más negativo posible porque, es evidente, no les gusta. Nunca fue su género.

Y, total, ya se sabe, vivimos en una sociedad machista en la que mola más un puñetazo que un lazo rosa.

Recuerdo, por ejemplo, un escritor de novelas de zombis que hablaba con desdén de la romántica actual, a la que definía como “porno para mamás” (término que he visto usar más veces por ahí. Por favor, qué triste, qué ingeniosos somos al burlarnos del hecho de que las mujeres LEAN sobre sexo explícito porque les da la gana, en vez de directamente verse la peli porno del fontanero, con esos diálogos tan profundos e intelectuales: “Hola, vengo a arreglar algo” “Oh, pase, suelo estar en casa en picardías. ¡Oh, oh, oh!”).

También viene a mi memoria una escritora de novela negra, sugiriendo en broma a otros autores de su género que se pusieran todos a escribir romántica, para así “vender por fin en condiciones” y, de paso, elevar el triste nivel literario del género. Y otro escritor importante que, en la presentación de uno de sus libros, aseguró que, en su opinión, esa clase de novelas eran una estafa al lector…

Estoy de acuerdo en que un libro mal escrito, o mal corregido y editado (como tantos hoy en día, una época nefasta en la que se racanea en correctores hasta en las editoriales más importantes), es una estafa al lector. Tú pagas por algo que esperas esté en condiciones, como pudiera ser una falda o una silla, y la mayor parte de las veces te llega con algún defecto.

Más aún, siempre he pensado que el mundo literario debería estar regulado en ese sentido (con la obligatoriedad de una corrección con un profesional de la filología o carreras similares, antes de permitirse cualquier publicación), para evitar que nuestros niños y nuestros jóvenes se llenen de errores ortográficos o gramaticales, que bastante comprometida está ya la educación en nuestro país.

Pero, que una novela corresponda a un género u otro, en serio, no puede suponer una estafa.

Lo siento, no. Si yo compro algo de novela bélica, sabiendo que no me gusta, no puedo acusar a su autor de nada solo porque “la historia no me llena” o “me aburre”. Sería ridículo. Incluso aunque fuera mala desde un punto de vista literario, que no necesita serlo para no gustar.

Plantear eso, es partir de una injusta falta de respeto a los géneros con los que no comulgamos, como si no tuvieran tanto derecho a existir. Solo los que nos entusiasman.

Yo he vivido esto en otras épocas, cuando me dedicaba principalmente a lo fantástico y teníamos que pelear contra la sensación de estar en una especie de categoría inferior a lo realista. “Todo eso son tonterías de la imaginación” y lindezas parecidas, mientras que lo suyo “dejaba sustancia” en el lector, una enseñanza, un sustrato que le abría los ojos, que le ayudaba a crecer como ser humano, o algo por el estilo. ¡Como si no pudiera usarse una historia fantástica para transmitir una lección sobre la naturaleza humana! En serio, era demencial aquello, y es demencial esto.

Por eso, me resulta desconcertante ver a gentes profesionales de esos, considerados “géneros menores” (terror, negra, fantasía), criticar a su vez otros géneros. Tras haber sentido la indignación de que otros te digan que lo tuyo “vale menos” (solo porque a ellos no les interesan esas historias y, en cuanto sale un muerto podrido que se arrastra por la tierra, les entra la risa y “desconectan” del relato), lo lógico hubiese sido hacer una seria reflexión y extrapolarla en su modo de enfrentarse al resto.

Lo último, me parece a mí, es caer en el mismo error y ponerse a su vez a criticar al por mayor un género que, seguro, ni conocen. Como mucho, habrá mirado por encima un par de páginas de alguna obra destacada por sus ventas (pongamos las inevitables “Cincuenta sombras de Grey”, y mira que hay publicaciones románticas en el mercado) y, como no va de zombis o de psicópatas asesinos, no podía gustarle. Imposible. Nadie escribe para todo el mundo ni todos los libros son para todos los lectores.

No es su tema, no es su género ni, probablemente, su estilo.

Yo soy la primera que no siempre comulgo con los “temas” de la romántica. Intento aportar, en la medida de lo posible, un cambio en los clichés, una evolución en los planteamientos. No sé si cambiaré de opinión, porque claramente no es lo que las lectoras quieren, de una forma mayoritaria.

Sin embargo, al margen de cómo esté el mercado o de mis gustos personales o los de cualquier otro, aunque algunos no lo crean, todas las historias valen igual. Si lo que cuentan estas novelas son los amores apasionados (y millonarios, y guapos) de unas muchachas tan guapas como ingeniosas, o de unos caballeros en su club de Londres (enamorados de esas jóvenes decididas que difícilmente hubiesen podido vivir en esa época, en el mundo real), pues estupendo. Atractivos, jóvenes, triunfadores, superando los baches más oscuros…

Y, si “retozan”, pues, oye, de lo suyo gastan, sin necesidad de dar explicaciones a nadie ni tener por qué aguantar bromas despectivas. Que, para el que no se haya enterado todavía, no es mejor tema la dentellada de un zombi o la puñalada por la espalda de un socio enloquecido, que el beso de un amante, faltaría más.

Además, ahora va a resultar que solo los papás tienen derecho a vivir su sexualidad como les dé la puñetera gana.

Y si todo eso está bien narrado, genial, pero no siempre va a ocurrir, como pasa en cualquier otro género literario. Todos (terror, fantástico, realista, romántico) tienen muchas obras de las que avergonzarse… y también grandes tesoros que perdurarán en el tiempo.

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