Ahora la Fuerza nos acompaña, siempre


Hace un año de su muerte, y hoy Twitter hierve con homenajes a Carrie Fisher, que pasará a la historia como la princesa Leia, esa joven valiente que luchaba por la libertad de la galaxia.

Yo no sé qué pensaría ella al respecto, supongo que le parecería bien. Aunque a ningún actor le gusta encasillarse, debía ser muy consciente de lo mucho que había supuesto “La guerra de las galaxias” para gran parte de la humanidad; para gentes como la mujer de Bilbao que escribe esto, alguien que nunca saldrá de su propio Tatooine, pero que gracias a gentes como Leia, Han, Luke, R2, C3PO y todos los demás, pudo soñar con vivir grandes aventuras en cualquier confín del universo.

Soñar con todo eso, y mucho más…

Porque, aunque pudiera parecerlo, el universo de Star Wars no es solo la historia de un mundo futurista, con aventuras más o menos sencillas, caballeros/damas con espadas luminosas, grandes batallas de naves y muchas explosiones. Pese a lo que piensa demasiada gente, la fantasía es capaz de transmitir lecciones vitales tan bien como el realismo, todo depende de los gustos de cada cual, lo que les motiva a llegar a la historia.

Una vez ocurre, una vez se anima alguien a abrir la puerta de madera o cruzar el haz de luz del teleportador (realismo o fantasía, da igual), es fácil transmitirle ese sustrato con el que “la gente”, así en general, aprende y puede mejorar.

Y, en concreto, la joven Leia, supuso todo un modelo social a seguir. Encarnaba un ideal de mujer independiente y valerosa, capaz de ser fuerte, pero sin dejar por ello de ser femenina. No necesitaba ir por ahí dando puñetazos como un auténtico macho alfa (por lo que parece, el ideal actual de la mujer en la mayor parte de las películas), para hacerle frente al mismísimo Vader y negarle la información por la que fue torturada.

¡Por Dios, yo adoraba a Leia! Sería bajita, pero no se achantaba ante nada y lo mismo le plantaba cara a Moff Tarkin que empuñaba un blaster o lanzaba una sonrisa seductora, aportando a la historia algo que debería abundar más en el repertorio humano: un romance de tú a tú. Una relación en la que los dos personajes ocupen exactamente el mismo nivel de protagonismo, sin mujeres florero o personajes satélite, sino válidas por sí mismas.

Se agradecía, además (al menos por mi parte), que fuera físicamente una chica normal, atractiva pero no la clásica modelo despampanante o una belleza de quitar el hipo, de esas que raramente te cruzas por la calle, porque se han ido casi todas a Hollywood, a intentar medrar. Era alguien real, una chica como tantas. Alguien con quien todas nos podíamos identificar fácilmente.

Y bien saben los dioses que necesitábamos hacerlo, tener modelos como Leia.

No os dais cuenta, pero, el fenómeno de la llegada de Star Wars, ocurrió hace mucho, mucho tiempo, en una galaxia muy lejana, cuando lo habitual era que las mujeres tuviesen que soportar cada día, a cada momento, una situación espantosa. Si ahora estamos mal (violencia de género, abusos sexuales, un planteamiento obsoleto del delito de violación, que casi te obliga a poner en riesgo tu vida y en el que se te va a juzgar a ti por cómo has actuado antes o después…), imaginad entonces.

Lo normal, por ejemplo, era que se justificase socialmente que un hombre ganase más haciendo el mismo trabajo porque “tenía que mantener a una familia” (tenía yo unos doce años cuando, sorprendida, pregunté qué pasaba si era una viuda con hijos. No me supieron dar una respuesta, claro), mientras que la mujer, pues eso, era casi como si estuviese ocupando un sitio que no le correspondía. ¿Por qué no se quedaba en su casa, en su cocina? ¡Le estaba quitando el pan a una familia! O era por tontería, por querer ser tanto como un varón (envidia del pene, ya se sabe), o porque su marido era un incapaz, un poco hombre incapaz de mantenerlos. Alguien a quien había que mirar con desprecio.

Era un mundo en el que, si el marido te daba una paliza, la cosa se intentase solucionar “hablando con él”, a ver si le daba por razonar. Que si no, daba igual, para casa, porque no existía el divorcio y nadie se metía en lo que pasaba en un matrimonio. Raro era que a alguien se le ocurriese recomendar denunciarlo. Y no digamos los clásicos comentarios de “¡Si es muy buen hombre, pero tiene mal beber!”, como si eso le quitara culpa, de algún modo.

Ha costado muchos años llegar a la conclusión de que eso es mentira. Nadie es “buen hombre” la segunda vez que se emborracha, sabiendo que la primera le metió a una mujer una paliza.

Hoy sabemos que todas esas cosas no tienen justificación posible, pero entonces no estaba tan claro.

En España, sin ir más lejos, acababa de eliminarse (ocurrió en el año 1975) la tristemente famosa “licencia marital” establecida por el gobierno del dictador Franco, por la que todas las mujeres del país habían pasado a tener la misma autoridad que sus propios hijos en la esfera familiar, dominada por el patriarca. O sea, ninguna.

Porque, aunque las más jóvenes quizá ni lo sepáis, en aquella época, para hacer cualquier gestión (abrir una cuenta en el banco o mover su dinero, firmar un contrato, pedir un pasaporte…), se necesitaba la firma del marido, su consentimiento. Sí, así es, exactamente igual que el permiso de unos padres para que el niño pueda ir de excursión con el colegio. Era el hombre, el marido, quien decidía si podías o no hacerlo, y se justificaba en que nadie mejor que él para pensar “con cabeza” qué era lo más conveniente.

Para la sociedad surgida de la guerra civil, las mujeres eran niñas eternas, niñas tontas, a las que había que proteger de su propia torpeza.

En el momento en que, al fin, se empezaba a remontar un poco ese pozo de auténtico terror social, llegó Star Wars y, con todo aquel fenómeno, Leia, una joven que tomaba el mando del grupo sin dejarse impresionar ni por Chewacca, pese a llevar dos moños porque le daba la real gana. Era una princesa a la que rescataban, sí, como en las más antiguas tradiciones, pero una princesa moderna, que no se comportaba como un lastre, sino como un valor activo de su propio rescate. Con su humor, su fortaleza y su decisión nos ayudó mucho a aquella generación de mujeres que entonces éramos niñas, porque encarnaba la clase de personas que deseábamos llegar a ser.

Con todo lo que aprendimos de símbolos como ella bien atesorado en la mochila, hemos hecho luego nuestro camino, y creo que, a pesar de las muchísimas carencias que todavía tiene nuestra sociedad, no lo hemos hecho nada mal. Las mujeres, así, en general, hemos sido un enjambre de rebeldes exigiendo continuamente derechos al Imperio, reconocimientos que ahora se consideran como algo natural, pero que, hace nada, no lo eran. Queda mucho camino, por supuesto. Seguiremos exigiendo todo lo que sea necesario hasta llegar a la auténtica igualdad, el único estado social aceptable.

Y lo haremos por nuestro propio entorno, por nuestro propio interés, claro está, pero también porque no podemos olvidar que quedan muchos lugares por ahí, en rincones más lejanos incluso que Tatooine del centro del Imperio, tan necesitados de ese modelo como lo estábamos nosotras. La princesa Leia, la general Organa, no solo es eterna, DEBE ser eterna.

Tiene que llegar, entreteniendo y divirtiendo con naves espaciales, con aventuras en las estrellas, con sueños de lucha por la libertad y el respeto, a todas las niñas de la galaxia. Tiene que dejarles su legado.

Estamos en deuda, Carrie, nuestra querida princesa Leia, por mostrarnos el camino.

Gracias a ti, ahora la Fuerza nos acompaña, siempre.

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