Derivas literarias 2: Publicar cuesta mucho dinero


Recuerdo cuándo pasó, porque era el día de mi cumpleaños, a finales de noviembre. Como de costumbre, fui a comer a casa de mi madre, que cocina maravillosamente (ya, ya sé que todos pensamos lo mismo de la comida de mamá, pero es que la mía además estuvo asistiendo a clases de cocina unos años, hay que reconocerle el mérito), y luego vi la televisión con ella.

Yo también tengo en mi casa ese aparato infernal, por supuesto, pero si os digo la verdad, no recuerdo la última vez que la encendí. Igual, si lo intento, ya ni encuentro el botón. Lo único que me interesa de la “caja tonta” son las series o las películas y, por suerte, hoy en día, prácticamente todas las cadenas tienen sus páginas web donde puedes verlas (al menos las series) a la hora que mejor te convenga. Y con muchos menos anuncios.

Pero, mis padres, claro, tienen una vida casi por completo ajena a internet (nadie puede evitar la red del todo), y ven la tele tradicional.

Aquel día, a esa hora, daban un concurso de esos medio espectáculo medio cultural, con presentador bromista y público más que dispuesto a reírse. Está claro que cumple su función: entretiene y, de paso, si se tercia, algo de cultura aporta, aunque sea poquita. En todo caso, un producto mucho mejor que los consabidos realities infumables y demás programas basura que pueblan la programación, preocupados por la vida privada de unos famosos a los que la gente llama por su nombre como si los conociera de toda la vida. Terrible.

El caso es que, en este concurso, cada vez que entraba un nuevo participante, se presentaba. Decía más o menos lo habitual: su nombre, su edad, su profesión, de dónde venía, qué le gustaba hacer con su tiempo libre y, cómo no, en que gastaría el dinero, si ganase algo (que la mayoría no se lleva nada, todo hay que decirlo).

Ante mi asombro, no uno, sino dos concursantes (en distintos momentos del mismo concurso) aseguraron que, si ganaban, escribirían “ese libro que tenían en mente”, pero que no habían escrito aún porque “es que publicar cuesta mucho dinero”.

¿Publicar? ¿Que cuesta dinero? No sé… A mí nunca me ha costado ni un euro.

A ver, que yo no tengo nada contra la autopublicación en sí. Si uno lo hace de forma profesional, con una buena corrección, una buena edición y un plan en condiciones, pues bueno. No es que sea lo ideal, pero en estos tiempos literarios que corren sin control, pisoteándonos malamente a los autores en su carrera hacia el abismo, está difícil que te publiquen, y más en papel.

Al fin y al cabo, uno puede ser un profesional de la fontanería, con experiencia y un aprendizaje hecho, y empezar a trabajar por su cuenta, sin necesidad de convertirse en empleado de una empresa de gremios, o una aseguradora.

Pero, ojo, lo que no hace, de ningún modo, es esperar a que le encarguen un arreglo para coger por primera vez una llave inglesa y ponerse a la tarea. Porque sí, porque total, la experiencia y el aprendizaje sobran, todo el mundo es capaz de soldar tuberías sin ninguna preparación.

Eso fue lo que me llamó la atención de aquello, ese asumir que, escribir un libro, es algo que se puede hacer porque sí, algo tan innato en el ser humano como el respirar. Que, ser escritor, es sentarse ese buen día que justo te apetece y ponerse a escribir ese libro “que tenía en la cabeza”. Una creencia bastante generalizada en los últimos tiempos, lamentablemente.

Siendo así, lógico que se relegue todo su esfuerzo (el teclear las doscientas páginas, supongo) a cuando coincida la alineación planetaria y pueda publicarse. Sin preparación previa, sin oficio, sin entrenamiento de ningún tipo. Sin aprender cosillas sobre la estructura de la obra, sin buscar tu propio estilo en la forma de expresarte, sin descubrir cómo crear personajes que no parezcan de cartón piedra.

¡Qué más da! ¡Has nacido con ello! Solo necesitas ganar un concurso, para soltarlo.

Al fin y al cabo, como decía Pérez-Reverte, “Eso lo hace cualquiera.

Todos sabemos que, desde un punto de vista social, la profesión de escritor está prácticamente muerta. Lo está, y no creo que resucite ni aunque reaccionemos repentinamente todos: escritores, editores, lectores…

¿Cómo? Pues es obvio: evitando el pirateo, apoyando a los autores que nos gusten porque nos trasmiten algo gracias a su oficio (sean autopublicados o no), apoyando con especial interés a los escritores de tu país, porque si los de fuera son buenos, es porque se ha invertido en ellos, que raramente crece algo válido en un campo abandonado (de esto ya me quejaré cualquier otro día).

En definitiva, pienso que ser escritor no puede ser una afición para los ratos muertos, o para cuando se crucen las ganas de ponerse a ello. Tiene que ser una profesión, con sus horas de aprendizaje, su oficio… Su sangre, sudor y lágrimas para desarrollar un estilo propio y que el resultado tenga de verdad un valor literario.

Porque, de lo que estoy segura, es de que, la gente a la que le gusta leer de verdad, no va a disfrutar en un mundo en el que solo se publiquen primeros (y seguramente únicos) libros “escritos porque se ha ganado un concurso”.

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