#UTEET: Napoleón en Egipto (1798) y sus consecuencias en el mundo europeo de la época


Cosas que se aprenden mientras se escribe novela romántica histórica...
 [ver UNA TARDE EN EL TÁMESIS]

¡Soldados! Desde lo alto de estas pirámides, cuarenta siglos os contemplan.
Napoleón Bonaparte

La célebre expedición a Egipto de Napoleón Bonaparte, en 1798, supuso el inicio de una nueva era en el mundo del estudio y conocimiento de la historia. Se le podrían reprochar muchas cosas a ese hombre que se abrasó en la ambición de ser el creador de un imperio imposible, pero no el que no fuese inteligente.

¿Y qué haría alguien inteligente, cuando se disponía a ir a un país como Egipto? Pues sí, ir bien armado, pero con todas las armas adecuadas, no solo sables, cañones y pistolas. No podían faltar las más importantes: los estudiosos, cuantos más, mejor. Gentes cultas y capaces, que supieran apreciar, recopilar y proteger el enorme tesoro que eran sus antigüedades. El grupo de eruditos y artistas de Napoleón contó con alrededor de ciento cincuenta hombres que plasmaron su excelente trabajo en la célebre Description de l’Égypte publicada en 1809. Fueron nueve volúmenes de texto y 14 de ilustraciones, que necesitaron esas dos décadas para ver la luz y que, de hecho, fueron una absoluta ruina, por lo caro que era el tema de las láminas a color. Hasta que se retiraron y se vendieron por entregas, no empezó a ser rentable.

(Esas cosas tiene la evolución técnica, yo tengo una edición en 1 volumen, preciosa, que me costó hace años unos 30 euros)

Aquellos más de tres mil grabados, bellísimos, fueron el inicio de una auténtica fiebre en toda Europa. De pronto, ingleses, franceses, italianos, españoles, alemanes, descubrieron que Oriente, con sus fascinantes misterios, estaba ahí. Que había tesoros milenarios escondidos en las arenas de Egipto. Y, por supuesto, no podía ser de otro modo, todo se descontroló.A partir de entonces, el saqueo del país se convirtió en una tarea metódica en la que todo el mundo estaba involucrado, en mayor o menos medida. La demanda de antigüedades egipcias no tardó en volverse insaciable y todo el país pasó a ser considerado una especie de enorme patio de juegos en el que el más rápido se llevaba el tesoro.

Siempre, por supuesto, con la bendición de Mehmet Alí, el gobernador de Egipto en nombre del sultán otomano Mahmut II.

Las excusas que aducían unos y otros para justificar aquel latrocinio, eran varias. La principal, que los propios egipcios no cuidaban de lo suyo, y en eso no les faltaba cierta razón. Los egipcios de la época, gentes pobres, más interesadas en cómo sobrevivir en su presente que en cómo eran sus antepasados de otros tiempos remotos, reutilizaban las piedras de templos o tumbas para levantar casas o cualquier otra nueva construcción que necesitasen. Incluso, simplemente, para desmenuzarlas y convertirlas en cal.

Aquí y allá, cada día desaparecían templos o construcciones de todo tipo, en un proceso continuo en el que el presente devoraba el pasado para seguir avanzando hacia el futuro.

En todo caso, aquello solo era una excusa conveniente. La realidad era que no había auténtico interés en cambiar las cosas. Salía más a cuenta convertirse en depredador, para satisfacer los intereses de los cuatro privilegiados con ínfulas de coleccionistas, que organizar una protección en el propio lugar. Para muchos, no había ningún interés en saber qué faraón siguió a quién o qué pasó en tal momento. Al menos, no más allá de poseer una anécdota emocionante con la que entretener a los invitados, mientras se mostraba la pieza conseguida, como cualquier otro trofeo. O incluso para guardarla y solo verla uno mismo, la triste aspiración de más de un coleccionista.

Desde mil ochocientos quince (año de la batalla de Waterloo y de la pérdida definitiva del sueño del imperio de Bonaparte), aquel territorio se había convertido en el campo de batalla de los cónsules de Inglaterra y Francia, Henry Salt y Bernardino Drovetti, respectivamente. Hombres sin escrúpulos ni respeto por la historia, eran capaces de todas las atrocidades posibles con tal de proveer sus propias colecciones o las de sus allegados, con toda clase de objetos.

Aunque sus relaciones en El Cairo eran corteses y se trataban con simpatía, mantenían entre sí una guerra soterrada, y no exenta de violencia. Sus agentes recorrían continuamente el país, provistos de un firmán o permiso oficial del sultán otomano que les abría todas las puertas a la hora de investigar o rastrear como perros todo posible hallazgo para sus señores.

Uno de esos agentes fue Giovanni Battista Belzoni. Hablaré de él y de su esposa Sarah en otro momento. Sus historias (las de ambos, porque Sarah es un personaje fascinante, ya lo veréis) no tienen desperdicio.

Pero, ahora debo ocuparme de otro factor que hizo que Egipto adquiriese gran relevancia en esos años, al margen de los grandes tesoros que escondían sus arenas. Fue la época en la que Jean-François Champollion consiguió desentrañar los misterios de la escritura egipcia, gracias a la famosa Piedra de Rosetta.

Jean-François Champollion
Jacques-Joseph Champollion

 

Seguro que habíais oído hablar de Jean-François. Pero, para quien no lo sepa, los hermanos Champollion (Jacques-Joseph y Jean-François) fueron convencidos bonapartistas. En mi novela UNA TARDE EN EL TÁMESIS se menciona un encuentro entre el protagonista (Edward, un noble inglés) y el hermano mayor de Champollion. Ambos, durante la guerra, habían estado en bandos opuestos, pero se sentían hermanados por ese amor intenso que sentían por la historia.

En realidad, yo llegué a escribir esa escena, pero la terminé retirando, dada la extensión de la novela. Esta era, con algunos recortes:

Grenoble, 14 de septiembre de 1822
—Así que, «Champoleón», ¿eh? —preguntó Edward Truswell, marqués de Rutshore, apoyado con un hombro junto a la pared, en un gesto indolente—. ¿De verdad le presentaron de ese modo a Napoleón, profesor? ¿Y, de verdad, él rio y dijo «ya tiene la mitad de mi apellido»?
Jacques-Joseph Champollion dejó de simular estar ordenando los papeles del escritorio del despacho que tenía en su casa, y le miró con ojos entrecerrados.
—Nunca he negado mi afecto al emperador, milord.
—Eso es verdad. —Edward asintió. Se incorporó y caminó siguiendo las largas estanterías de la biblioteca. A medio camino, empezó a pasar un dedo por los títulos, aunque no apartó los ojos del francés—. Los hermanos Champollion siempre tan sinceros en política. Temerarios, pero sinceros. Pero, por eso, ahora mismo, se encuentran en este problema. —Se plantó ante el escritorio y frunció el ceño—. Le dije que mantuviera las distancias, profesor. Nosotros somos historiadores. No debemos meternos en esa clase de barullos. —Champollion no replicó—. Al menos, se ha desestimado la acusación de traición.
—Gracias a apoyos como el suyo, sí. Y se nos levantó la orden de destierro, por eso pudimos volver de Figeac. Sin embargo, perdimos nuestras cátedras, seguimos expulsados de la universidad. Yo he conseguido un empleo en el Instituto de Francia, pero de mi sueldo tiene que vivir mi esposa, mis hijos, mi hermano y su esposa, mis dos hermanas solteras, mi padre… —Dudó—. Bueno, mi padre…
Edward sabía que el padre de los Champollion, el viejo librero de Figeac, pasaba ya más tiempo aferrado a su botella que a sus libros.
—He oído que está enfermo —dijo, cortés. Champollion le miró con agradecimiento.
—Así es. Necesita atenciones, de continuo. Además, tenemos que comprar cuanto pergamino nos es posible, para que mi hermano pueda avanzar con sus estudios sobre la escritura jeroglífica. Eso, nos deja siempre al borde de la indigencia. 
—Lo siento de verdad. ¿Quiere que intente interceder por ustedes?
—¡No, no! Sería inútil. Nuestras relaciones con la mayor parte de nuestros colegas están muy tensas. Les consta cómo nos encontramos, incluso disfrutan con ello. Por eso, no se sorprenderán si se enteran de que me he rebajado a pedirle…, a mendigarle una renta, al menos hasta que logremos salir adelante. 
—Por supuesto, como quiera. Pero, no entiendo…
—Es solo la excusa, milord. Le he hecho venir porque tengo algo que contarle. Algo sobre su padre, y lo que realmente le ocurrió.
[aquí se cuenta algo que no puedo revelar. ¡Tendrás que leer la novela para saberlo! ;DD]
—Gracias por decírmelo... -dijo Edward-. Sé que hablar de todo esto debe suponer un gran esfuerzo para usted. Siempre fue muy devoto a su emperador.
—Y lo sigo siendo, no lo dude.
—Napoleón está muerto, profesor.
—Pero no mi lealtad.
«Buena respuesta», pensó Edward. Suspiró.
—Por supuesto, cuente con esa renta que…
—¿Qué? No, ni hablar, milord.
—Por favor. Ambos sabemos que la necesitan. —Echó un vistazo a los papiros que se amontonaban en las estanterías del despacho, y a un lado de la mesa. También había un dibujo muy detallado de la piedra de Rosetta, uno de los pilares de la investigación de Jean-François Champollion—. Su hermano está haciendo grandes avances en el estudio de los jeroglíficos egipcios. Leí sus correcciones al trabajo del profesor Young. Por cierto, al propio Young no le hicieron ninguna gracia.
—Era de imaginar. Resulta irónico, ¿no cree? Young dispone de los recursos para poder llevar a cabo ese estudio con soltura, y mi hermano del tiempo. 
—Jean-François se va a dejar la salud en ello.
—Lo sé.
—Por eso, permítame ayudarles. Les asignaré una renta, una ayuda para sus estudios.
—No. Por favor. No desvirtúe la naturaleza de este encuentro. No le he hecho llamar para que resuelva mi vida, sino para que tenga más claro cómo es la suya. 
—Pero…
—No insista. Sé que no quiere ofenderme, pero está muy cerca de hacerlo. No puedo aceptar su dinero, milord, no soy un indigente. Pese a lo que piensen por ahí, todavía puedo arreglármelas bien por mí mismo.
Edward tuvo que claudicar.
—Está bien. Pero me ocuparé de que les hagan llegar cuantos papiros pueda conseguir.
Champollion sonrió.
—Eso sería maravilloso. Nos ayudaría enormemente. Gracias.
—De nada. Como ya sabe, si algo admiramos en mi familia, es el conocimiento, y tanto usted como su hermano están aportando mucho al estudio de la historia y…
La puerta se abrió e irrumpió de golpe un Jean-François Champollion pálido y desencajado.
—Je tiens l'affaire! —gritó. (¡Lo tengo!)
Y cayó redondo al suelo.

Esta conversación fue construida a partir de detalles históricos que fui recopilando por internet. Me gusta documentarme en lo posible para mis novelas, aunque luego en ellas aparezca la mitad de la mitad.

Que el padre fue librero en Figeac y terminó alcoholizado, que fueron expulsados de la universidad, ese comentario divertido de Napoleón sobre la mitad del apellido, ese encendido apoyo político de los hermanos, esa competición entre Champollion y Young… Y esa situación difícil en la que quedaron tras perder su bando.

Se salvaron de la acusación de traición, pero pasaron muchas penurias. Por suerte, el día 14 de septiembre de 1822, en Grenoble, Champollion el Joven dio con la clave de la misteriosa lengua egipcia. No estoy segura de que lo del desmayo, sea algo más que una leyenda pero, en todo caso, es una buena historia.

Y, a partir de ese momento, Egipto habló alto y claro.

1-. Jean-François Champollion. Wikipedia. https://es.wikipedia.org/wiki/Jean-Fraçois_Champollion
2-. Jean-François Champollion, el padre de la egiptología. https://oldcivilizations.wordpress.com/2012/04/29/jean-francois-champollion-el-padre-de-la-egiptologia/
3-. Egiptomanía, locos por los faraones. http://www.elmundo.es/cultura/2014/09/03/5405fbae22601df1528b4594.html
Anuncios