ONIRIA. ANEXO 1: ESCRIBAS DE ANKHMARK


ANEXO 1: ESCRIBAS DE ANKHMARK

[NOTA PREVIA AL DOCUMENTO: Maestro, lea este texto solo de tener mucho interés (algo que dudo). Mi opinión es que Deorand se ha excedido en extensión y en contenidos, pero insiste en dejarlo así. Yo hubiera dicho que la Historia de Oniria es sumamente larga y rica, demasiado como para resumirla en unos pocos pliegos, y hubiese sugerido consultar los manuales al respecto, que para algo están, dando, como mucho, una lista de referencias. Ya ve, en dos líneas, se resuelve el cometido que nos solicitó. Pero, me consta, Maestro, que no me va a hacer tampoco ningún caso, así que mi consejo sería que tampoco leyese esta nota. Firmado: Melkiades]

DOCUMENTO: PRIMERA PARTE

Podríamos empezar por el principio…

No es algo original, lo sabemos, pero parece lo adecuado cuando te han encomendado hacer una exposición comprensible de una historia tan vasta. El problema es que, en Oniria, nadie está de acuerdo sobre en qué punto colocar semejante término, “principio”, absolutamente indeterminado. Humanos, elfos, derkis, enanos, gnomos, Cys’Khana… Todas y cada una de las razas que pueblan nuestro continente tienen su propia idea de cuándo comenzó todo, y las razones de que así ocurriera.

Habría que remontarse, quizá, a lo que el Ennhû Elîsshe (“Los Días De Los Dioses“, en yaglin antiguo), el libro sagrado más extendido, propone en su texto. Pero, recordad, que solo es por eso, por ser el más extendido, no porque sea el más fiable.

El Ennhû Elîsshe es una Cosmogonía, una explicación de la creación del mundo y de las distintas razas que lo pueblan. Además, es el Libro Sagrado, la Palabra de los Dioses, el compendio general de las creencias de Oniria. Para los fieles, se trata de una puerta, un umbral, un vínculo de unión a los sagrados Sectores de sus dioses; para los que no sienten la necesidad de reverenciar a los seres divinos, es, simplemente, una magnífica obra de espiritualidad humana.

Nosotros entendemos que el Ennhû Elîsshe fue escrito por hombres, a lo largo de muchos milenios. Puede que fueran realmente iluminados por palabras divinas, que tuvieran visiones de momentos que a los demás nos están vedados, pero eso, como siempre, está sujeto a interpretaciones.

Además, no podemos ignorar que los sucesos que narra sobre la creación del mundo y los primeros momentos de la Familia Divina resultan, como poco, dudosas y partidistas. Fueron inspiradas más que nada en el deseo de manipular las circunstancias para que se ajusten a claros intereses mortales (supremacía del clero de Arianna, básicamente).Sin embargo, hubiera o no enfrentamientos entre los dioses que menciona (Arianna, Diosa del Amor, Zayn de los Trece Hechizos, Dios de la magia, Hersef, Dios de la Guerra, y Shû, Diosa de la Libertad), y fuera quien fuere el que ganó la contienda, si es que hubo realmente vencedores y vencidos, lo cierto es que esas criaturas fabulosas se retiraron, dejando espacio en el juego a los simples mortales.

Mortales eran los grandes dragones, que vieron su existencia amenazada por un mal que no consiguieron precisar, y tomaron una decisión quizá equivocada, dando lugar a lo que hoy en día se conoce, en círculos muy restringidos, como La Estirpe. Mortales eran los elfos y los Arym, grupos llegados en algún momento indeterminado, unos, por cuestiones que desconocemos, otros, huyendo de algo que los perseguía a través de los mundos, y de lo que esperaban, quizá inútilmente, poder escapar.

Mortales eran los Eyreann, los humanos originales, mítico pueblo que, según las tradiciones, habitaba en los bosques de D’Arken, y que suponemos el único realmente originario de Oniria. Se sabe muy poco de ellos, debido a que apenas legaron a la posteridad documentos escritos, ya que la transmisión de su sabiduría fue casi totalmente oral. Desarrollaron un tipo especial de escritura rúnica, pero, al igual que ocurre actualmente con los Pueblos Errantes de Khembass, no la emplearon más que para contabilidad y asuntos semejantes, raras veces para contar historias, demasiado importantes como para encadenarlas al papel.

Los Eyreann no eran un pueblo especialmente belicoso y no estaban preparados para los cambios del mundo, de su mundo, cambios que no pudieron evitar, y que se abatieron sobre ellos en un lapso de tiempo demasiado breve como para permitirles evolucionar y encajar en los nuevos acontecimientos. Elfos y Arym los rodearon con un manto de incertidumbre, los unos extendiéndose por el norte, los otros centrándose en la península que el continente forma en el sur. Ambos pueblos controlaban grandes magias, y se consideraban a sí mismos superiores a todas las demás criaturas, pensantes o no. Fue una suerte que sus fronteras no llegasen a tocarse, aunque quien quedó en medio, el pueblo Eyreann, pagó un enorme precio por ello.

Qué fue de ellos, también nos lo preguntamos nosotros. Al margen de alguna referencia a pueblos escindidos de su tronco en tiempos muy remotos, como los Thalakhos que se establecieron en el Herzbrück, o los Pueblos Errantes mencionados antes (aunque ese vínculo no resulta tan seguro), no queda ningún rastro, ningún archivo, ningún relato que explique su desaparición, y para la mayor parte de los actuales habitantes de Oniria, nunca estuvieron aquí.

Quizá fueron absorbidos en el proceso y ahora forman parte de todas las razas de mundo, o quizá, como muchos parecen creer, se perdieron para siempre, voluntariamente, en los profundos bosques de sus leyendas.

Con el tiempo, humanos y elfos se disgregaron en distintas culturas y pueblos, algunos hermanados, otros claramente contrarios en ideales y motivos. En esos turbios momentos históricos aparecen las primeras referencias a los gnomos, que vivían en Paeseph desde tiempos inmemoriales, y a los gigantes de las montañas Al’Sasha.

Aparecieron los enanos, cuándo, no se sabe, cómo, tampoco, aunque hay quienes abogan por la idea de que accedieron a Oniria por sus entrañas, a través de un largo túnel que lo conectaba con otro lugar, nadie se atreve a aventurar cuál, y posiblemente nada de eso sea cierto.

Llegaron nuevas invasiones desde los continentes vecinos, principalmente humanos, y las razas se multiplicaron, y guerrearon, y se entremezclaron, o cambiaron mágicamente, mutando ocasionalmente de forma extraña y aberrante, si lo que cuentan las tradiciones es cierto.

Así, aparecieron en el este de Oniria los orcos y los Mitthani, poderoso imperio guerrero surgido alrededor de la espléndida Zaeven-Ur, la ciudad de las casas que tocan el cielo, y más al sur los derkis de Ciencolinas, la raza más feliz de cuantas pueblan el mundo.

Y también, cómo no, en el lejano norte, empezaron a divisarse entre las sombras las siluetas de los temibles Cys’Khana de la Ciudadela de Piedra, de los que poco sabemos y es mejor limitarse a mencionar.

El Imperio élfico de Tirnmaesshë, que llevaba milenios protegido en su burbuja de esplendor, cedió finalmente ante la traición interna y la agresividad de los humanos, que se hicieron con su capital, la actual Tournemassy, y con el control de prácticamente todo el continente, aunque no como una fuerza políticamente unida.

A partir de entonces, dejando a los elfos en sus bosques, a los gnomos en su hielo, a los orcos y los Mitthani en su retiro tras las montañas, a los enanos en sus Simas Infinitas, a los gigantes en su pedregosa cordillera, y a los derkis en sus amadas colinas, la Historia, la auténtica Historia, la forjada con sangre y con fuego, con espadas y magia, la escribieron los seres humanos.

Y hemos de decir, nosotros, que intentamos ser plenamente objetivos, que ninguno de sus capítulos tiene un solo párrafo del que puedan alardear; al menos, no, sin tener también algo de lo que avergonzarse.

Surgieron reinos e imperios, que se sucedieron sin pausa ni tregua a lo largo de perezosos siglos, enfrentándose siempre por los mismos motivos, económicos e imperialistas. Ruthven V, también llamado Desuellamentes, subió al trono de Katanya Norte alrededor del año 550. Casi de inmediato se alió con las iglesias de Arianna y Hersef en la lucha que mantenían contra los seguidores de Zayn de los Trece Hechizos. Su ayuda resultó decisiva para los intereses eclesiásticos, y, de paso, él se apropió de Katanya Sur y formó en el corazón del continente el Imperio de Katanya, primera referencia histórica que existe sobre este poderosísimo Imperio, todavía hoy en activo.

El enfrentamiento que derivó en el final de tan propicia alianza recibió el nombre de El Cisma, pero poco se sabe de lo que ocurrió y las causas que lo originaron, pues los “eruditos” y “sabios” del gobierno censuraron y borraron todo lo relativo al periodo anterior.

Así, en el 635, llegamos a las llamadas Guerras Reales, que abarcaron prácticamente toda Oniria, en las que el Imperio de Katanya aparece ya como un serio peligro para la independencia y la seguridad del resto de los pueblos.

Necesitado de expandirse, de ampliar su territorio buscando una salida al mar, y conseguir recursos debido a las grandes deudas contraídas con la Orden de los Hermanos de Shû (creadores del primer sistema bancario continental), atacó a varekos y yaeglhyns, y el mundo entero empezó a temblar, porque su hambre de devastación parecía insaciable.

Filé Ararat, erudito y gran estratega del que no sabemos mucho, convenció a las disgregadas familias yaeglhyn para que se reuniesen, olvidando las antiguas rencillas que las mantenían enfrentadas entre sí, y luchasen bajo el denominado Imperio de los Señores de Thran. Este Imperio, aunque más ficticio que real, disponía de grandes líderes que supieron sacar provecho de sus limitados recursos, y se mostró como la primera oposición seria ante la expansión Katanyan.

No tardó en sumarse a la resistencia el nuevo Imperio de Varekya, conformado por las cuatro ciudades-estado de Varekya (Khisar, Anshar, Anú y Vusuck), y los Clanes de Los Lagos, otra unión de compromiso impuesta por la necesidad de hacer frente a la expansión Katanyan.

No sabemos en qué momento surgió por primera vez la ambición de unificar Oniria bajo un único gobierno, aunque resulta evidente que era ya entonces la aspiración del Imperio de Katanya. Quizá sea una conclusión natural en la evolución de los pueblos, cuando se convierten en imperios y miran más allá de sus fronteras, y codician lo que contemplan, o quizá fue algo latente desde el principio, sobre todo en los humanos, tan ansiosos de poseer y controlar.

Lo único cierto es que ese deseo estuvo a punto de destruirlo todo hace alrededor de mil años, durante las llamadas Guerras Mágicas, nombre que reciben las Guerras Reales desde la incorporación al conflicto del Antiguo Reino de D’Arken (750), con sus poderosos guerreros mágicos Arym. Fue tan intenso el poder desatado sobre Oniria que la propia magia se alteró definitivamente en algunos lugares, creando puertas multisector a través de las cuales entraron distintas criaturas en el mundo, unas bien organizadas, otras simplemente temibles. A las luchas políticas se unieron los conflictos con esos seres, que llegaban a veces en auténticas hordas, devastándolo todo a su paso.

El poder desatado de magos y clérigos, para luchar entre ellos y contra los invasores, creó mayores perturbaciones todavía, además de una mortandad tan intensa que la población total del continente se redujo de forma alarmante. De los escasos textos que conservamos de la época se entresacan frases estremecedoras, como la carta fechada en el 908 escrita por algún soldado con cierto talento literario que enviaba noticias a su casa, a su madre concretamente.

En ella afirmaba que “Oniria está habitada por más muertos que vivos. Por todas partes se alzan pilas de cadáveres entremezclados, demasiados como para que los pocos que seguimos respirando el aire envenenado de podredumbre enfrentemos la colosal tarea de cubrirlos de tierra. Mientras escribo esto, madre, los miro, y me pregunto quiénes fueron, y por qué ni siquiera en la muerte pudieron tener su propio espacio. Qué hemos hecho, qué estamos haciendo. Nada ya tiene sentido…”.

Como consecuencia de todo esto se produjo la Gran Peste, una época oscura y pavorosa, en la que imperios y reinos desaparecieron, se hundieron por completo en el caos y la anarquía, algunos para no volver más.

Deorand y Melkiades
ESCRIBAS DE ANKHMARK
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