03. Derivas Literarias: Un largo día en el Támesis


Antes de nada, deciros que la entrada de hoy va a ser un tiempo de reflexión para mí. Voy a exponer MI OPINIÓN, que puede estar muy errada, pero ahí está. Si queréis comentarme cualquier cosa que me pueda hacer recapacitar (siempre encantada), ya sabéis, hay un botón abajo. Y si os gusta mucho, dadle estrellitas y dadle un ME GUSTA, ¡que es gratis! ;DD

Dicho lo cual, os dire que estoy agotada. Esta semana he entregado la tercera parte de la trilogía UN DÍA EN EL TÁMESIS (Una mañana en el Támesis, Una tarde en el Támesis, Una noche en el Támesis). Aunque he intercalado otros proyectos, al final, he pasado casi un año con esas familias (los Keeling, los Truswell, los Ravenscroft, los Howland, los Waldwich, los Puscat, aunque a estos todavía los conocéis poco ;DD) y sus historias. La Inglaterra que ha surgido en mi fantasía, incrustada siempre en la historia real.

Lo que se inició como una idea de romance sencillo, algo para entretener, sin más, como tantas otras tan aclamadas, pese a su simplicidad, se ha ido convirtiendo en algo mucho más complejo.

A unas lectoras les gusta más la primera, a otras la segunda. Yo también creo que Una tarde en el Támesis es mucho mejor novela, con una trama mucho más currada, dónde va a parar. Decidí salir al paso de las críticas de la primera, los comentarios de que “solo era entretenida, para pasar un rato”, aunque sigo sin entender que eso sea algo a resaltar como negativo en una novela, sobre todo en estos tiempos de chick lit masivo), ya veremos la tercera, que cuando hay muchas expectativas cuesta estar a la altura.

Y al oscuro Arthur Ravenscroft, el pérfido lord Badfields, le han estado esperando casi un año.

En todo caso, no me sorprenderá tener críticas, claro. Las habrá, seguro, unas racionales, con las que puedes aprender porque realmente te señalan cosas que deben ser corregidas, y otras no tanto, lo de siempre. Todo escritor sabe que jamás va a poder gustarle a todo el mundo. Yo misma soy una prueba viviente, que no conseguí pasar del segundo libro de Juego de Tronos, y si llegué hasta ahí fue porque me obligué, para ver si me enganchaba. Pero no.

En fin, ahí está, la serie, a ver cómo queda en el panorama literario del país. El primero, Una mañana en el Támesis, reconozco que supuso una decepción. Creo que he conseguido algunas lectoras más, pero en general se recibió con frialdad e indiferencia, por no mencionar alguna crítica desagradable.

En serio, tras ver todo lo que se publica, ni de lejos pensé que ofrecer algo para pasar el rato fuera sinónimo de algo criticable. Pero, bueno, si las cosas son así, por mí no hay problema, se da golpe de timón en la barca y se plantea algo mucho más profundo. Ahí están, el segundo y el tercero.

Y, si quedé contenta con el segundo (que tenía una trama de espionaje quizá demasiado compleja para lo que requiere una novela romántica, pero, a ver, por qué no. Recuerdo novelas con mucha intriga, en el pasado), he quedado mucho más satisfecha con esta última (ahí, ahí, creando hype de esos ;DDDD).

Y mira que empecé esta serie porque hubo quejas de que EN AGUAS EXTRAÑAS tenía demasiada trama y documentación, y que se prefería que todo girase en torno al “toma y daca” de los personajes… Bah, está claro que llega un momento en el que eso es lo único que debe importar, cómo te sientes tú al acabar una novela. Porque, si no, te vuelves loca.

Yo sé que la primera era sencilla y tópica (en ciertos aspectos, a ver, dudo que su trama con seguros de vida haya salido en ninguna parte). Claro que sí: no buscaba otra cosa. Si tienes que mantener una publicación continuada, y cada tres meses sacar algo, porque si no, te olvidan, no puedes afrontar proyectos mayores a menos que te dejes la salud en el teclado y flojeen mucho los textos.

Y a mí me gusta escribir bien, no lo puedo evitar. Intento, en la medida de lo posible, aportar una calidad literaria a la novela romántica que hago, creo que es evidente, y así, con ello, mejorar el concepto general que se tiene de la propia novela romántica.

Aportar mi granito de arena, vaya. De hecho, por eso he considerado usar un seudónimo para la novela más “ligera”, más de “línea diálogo-línea diálogo”.

A ver qué tal va la cosa, porque, además de intentar aportar calidad, también me gustaría poder vivir de esto, que es mi trabajo.

En fin, espero que de esta paliza que me he dado, y con la que casi naufrago en el Támesis, solo haya salido perjudicada mi salud, que ando cansada, mucho. “Y con razón”, me digo, cuando lo pienso:

En menos de seis meses he escrito dos novelas de casi 400 páginas cada una, organizando una trama que recorre la Inglaterra de la época (años 1825 en adelante) de arriba abajo, desde el castillo de Windsor hasta el callejón más oscuro de Whitechapel.

Una red de acontecimientos que incluye la época napoleónica, con sus espías y sus intrigas, y todavía más, algo que toca las marismas de Culloden y que se extiende hasta los tiempos en los que George IV, perdida su hija Carlota, va teniendo que aceptar que no se va a sentar en el trono ninguno de sus descendientes.

Lo bueno, es que he aprendido bastante más historia inglesa de la que conocía antes, lo cual siempre es bueno. ¡El conocimiento es poder! Y me encanta esa sensación cuando ves que, los datos históricos, encajan perfectamente con los intereses de tus tramas y tus intrigas.

Aunque, no sé, a veces me pregunto que para qué tanto esfuerzo, si el público que aceptaría mejor esta clase de literatura, sigue prefiriendo el papel, o esa impresión me da. La realidad es que vendo poco y que, en pantalla, no se lee como en papel. Yo lo entiendo, a mí también me cuesta más.

Y, también, vengo de una época en la que las novelas románticas ofrecían de todo. Historias sencillas, desde luego, pero también grandes, grandísimas tramas. Obras como Outlander, que tanto se aclama hoy en día, y que, nos olvidamos, en la novela lleva montón de párrafos de descripciones o de información histórica.

Porque sí, porque las buenas historias llevan eso: dan información, enriquecen de detalles el mundo en nuestra mente, y eso es bueno, porque a su vez nos enriquecen con un ejercicio de pensamiento y nos enriquecen con vocabulario.

Y, lo más importante en cuanto a la historia que leemos: hace que los personajes, ese hombre y esa mujer que se enamoran en medio de la tormenta de sucesos, se vuelvan más reales, y perduren más en nuestra memoria.

Jamie Fraser no sería el mismo si su participación hubiese sido un simple encadenado de frases de diálogo. Y, desde luego, no hubiese sido el mismo sin todo el envoltorio, la potente trama que vive. Si únicamente hubiesen sido él y ella en un castillo escocés, discutiendo solo porque tienen que discutir, no hubiesen perdurado mucho tiempo en nuestra memoria.

Esa es la clase de novelas a las que a mí me gustaría dedicarme, novelas con enjundia, auténticos argumentos de película en los que el amor se enrede por completo en la cadena de sucesos, pero que esa cadena exista con fuerza propia.

Como lo era Trazos secretos, esa novela que no consigo que arranque, y menos en en mercado latino, pese al enorme éxito que suele tener cuando se le da una oportunidad. Creo que su problema básico es que empieza con mucha descripción (y mira que gusta, en cuanto logran llegar a Kaifar, pero bueno…).

Como lo son Una tarde en el Támesis y Una noche en el Támesis (algún día espero poder reescribir el primero, a ver si pilla más fuelle para todas las lectoras que han criticado su sencillez). Como lo es el nuevo proyecto en el que estoy centrando ahora mi mente.

Pero, a ver, que el mundo literario en el que vivimos, no facilita esta clase de empeños. Cuando en el mismo día se publican muchísimas novelas, poco futuro puede tener cada una de ellas. De vez en cuando, alguna consigue petar, claro, y tiene muchas ventas, pero las otras quedan en el olvido, sean o no buenas, literariamente hablando.

Para eso, sinceramente, te da igual haber escrito doscientas páginas o quinientas; tener una trama más o menos complicada o haber elaborado un gran protagonista. Da igual, si no le dan una oportunidad.

Hablo, sobre todo, del mundo digital, por supuesto, donde la publicación es masiva porque no tiene apenas costes significativos. Día a día, desde editoriales a autopublicados, se lanzan carretadas de novelas al ciberespacio, textos de toda clase de calidades, que da igual, total, la cosa es ver si algo funciona, y si funciona, ya se aprovechará. El resto, es sacrificable.

El papel es escaso, y está limitado a las que tienen suerte. Este año, intentaré buscar el modo de publicar algo así (cruzad dedos por mí), porque está claro que sigue siendo la única manera de poder abrirse paso de verdad. De sentirse “escritor profesional” de verdad.

Y yo, soy escritora. Pero también soy profesional.

Eso me trae a la mente otro debate que surge de vez en cuando, una especie de mantra con el que se intenta que los escritores olviden que esto de publicar es un negocio en el que no se deben mezclar churras con merinas. Como si tuvieras que sentirte ya realizado y conforme por el hecho en sí de haber escrito, y que fuera casi pretencioso querer tener también tu parte de ganancia en el gran negocio editorial.

Pues no. Por supuesto que escribo porque he sentido ese impulso desde niña. Desde siempre. Por supuesto que he escrito muchos años sin esperar cobrar, y que seguiría haciéndolo aunque no ganase nada…

Pero, eso no significa que esto no sea una profesión y que debamos perder de vista que, en el circuito literario, se mueve mucho dinero. Si yo creo “el libro”, la base de todo, quiero poder vivir de ello, como viven otros que no crean nada.

Con esto no estoy diciendo que vaya a patalear contra el sistema que se ha organizado alrededor de internet. Sería agotador (y ya estoy agotada, tras escribir los libros) además de inútil. Soy práctica y reconozco que el mercado es el mercado. Si hay una oferta abrumadora, y poca demanda, el resultado es obvio, no hay más. Habrá que amoldarse a lo que hay, y tratar de buscar cómo sacar ventaja, sin más.

Pero yo seré escritora y seguiré peleando por ganarme la vida con esto. No de camarera, dependienta, médico, abogado o lo que sea, y “además”, de “afición en plan juego”, escritora.

Seguiré pensando que, el que yo gane dinero escribiendo (y más con tanta paliza, que ya ni disfrutas) es lo que debería ocurrir; que si pasa lo contrario, es por culpa de las circunstancias del mundo, sin más. Pero no debería normalizarse el “escribir por escribir” como finalidad casi espiritual, como realización personal, cuando se forma parte de un negocio.

Eso, es otra cosa. El que quiera hacerlo, muy bien.

Pero, yo, además, quiero vivir de mi trabajo. Sí, me esfuerzo para ganar dinero, como el distribuidor, el editor, el lector editorial, o la secretaria de cualquiera de ellos. Claro que, en medio del maremágnum de voces que casi me imponen el concebir la escritura como algo que debe empezar y terminar en la satisfacción de hacerlo, algo “para comunicar”, “para sentirse bien”, “para realizarse”, cada vez parece algo más y más pretencioso y vulgar. ¡Qué petulancia la mía! ;DDDD

En fin, será que no tengo la vida resuelta, y me toca currar, sin más, no realizarme.

Vale, esto ha sido MI OPINIÓN, insisto.

Y tú, ¿qué piensas? ;D

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