ONIRIA. ANEXO 2: La conquista de Tirnmaesshë


Nos remontamos milenios atrás, a las eras previas a todo cuanto conocemos y creemos eterno…

En realidad, para ser exactos, si bien los reinos llevaban otros nombres y los imperios que nos subyugan aún no habían surgido, el mundo no era muy distinto al nuestro. Eran, también, tiempos de conflicto y agonía, de crueldades desmesuradas, de pérdida, dolor y odio, en las que las batallas y las guerras se sucedían, como siempre, por el control de Oniria.

Hasta entonces, los elfos habían gobernado vastas extensiones, casi toda la mitad norte del continente, desde la maravillosa Tirnmaesshë, la ciudad de las mil torres de mármol nacarado y de las cúpulas de Kayx. El Guardián, que había ocupado su puesto durante más de mil años, soñaba sus extraños delirios en una de ellas, creando las poderosas barreras mágicas que protegían los territorios de los Altos Señores Elfos, manteniéndoles a salvo de la fealdad del mundo, e incluso, se dice, del propio paso del Tiempo.

Sabían lo que ocurría “fuera” porque siempre, en el corazón de todas las razas, han existido exploradores que deseaban mantenerse informados, pero no permitían que las noticias alteraran el curso pausado de su existencia. Todo era hermoso y perfecto en aquel lugar. Lo había sido durante milenios, y ninguno de sus hermosos y felices habitantes era capaz de imaginar el menor cambio en su futuro.

Pero, un día, se produjo una fisura, una brecha que se atribuye a la intervención de los dioses, por motivos o causas que aún permanecen en el más insondable de los misterios.

Y el Guardián despertó.

Abrió los ojos a la fluctuante luz violeta que le rodeaba, sin ver nada realmente, aún imbuido por las caóticas imágenes que habían sido todo su mundo durante demasiado tiempo. Su mente, fragmentada por la magia en piezas diminutas, fue incapaz de reconstruirse a sí misma. No podía seguir soñando, y no podía “ser”. La imposibilidad se extendió por todas las fibras de su cuerpo, lacerando, horadando, destruyendo cuanto encontraba a su paso, dejando tras de sí, tan sólo, un intenso dolor, una sensación semejante a la nostalgia, a los momentos perdidos, a la más profunda pena.

Murió, sin entender, sin comprender, solo y terriblemente asustado, en medio de un alarido agónico, en su magnífica cúpula de Kayx.

Al principio, sólo la luz, tan distinta, cruzó las barreras. Luego lo hizo el viento, llevando los sonidos y los aromas, y el polen de miles de plantas que jamás se habían dado en tierras élficas. Más tarde, pequeñas criaturas sin mente rasgaron con su errático vuelo la pureza de sus cielos, o caminaron con cautela por sus dominios, seguidas de otras, que sí tenían conciencia de sí mismas.

Humanos y enanos, sobre todo, fueron recibidos con recelo, pero sin hostilidad. Comerciaron, aprendieron, e incluso, algunos, establecieron amistades, pero, siendo tan amplia la variedad de sus talantes, las cosas no podían seguir así mucho tiempo.

Finalmente, llegó el clamor de la guerra.

Los hombres, la raza más extendida de Oniria, contemplaron las esbeltas torres de Tirnmaesshë, la desearon y soñaron con poseerla, aunque durante mucho tiempo las poderosas murallas y los mortíferos arqueros elfos, les desalentó de tamaña osadía.

Fueron los morkavos, liderados por el rey Aronet, quienes decidieron intentarlo, y usaron para ello tácticas que incluso hoy en día hace que se estremezca el más duro de los corazones.

Cercaron la ciudad, a suficiente distancia como para no ser un blanco fácil de sus hábiles arqueros, y quemaron la extensión de tierra de nadie que quedaba en medio. Les cerraron el paso al río y envenenaron sus aguas, convirtiendo los manantiales subterráneos en susurrantes líneas de muerte, sin importarles que, junto a los elfos, sucumbieran miles de criaturas inocentes, o que la vegetación se consumiera por completo, en muchos casos para no volver a surgir.

Y envenenaron también el aire, arrojando con sus catapultas, protegidos por las sombras de la noche, cántaros que al destrozarse en las calles pulcramente empedradas de Tirnmaesshë, liberaban substancias aberrantes que ningún alquimista, con un mínimo de conciencia, hubiera debido crear.

Aquellos vapores malsanos se extendían rápidamente por todas partes, como una niebla invisible que lo impregnaba todo, provocando espasmos, vómitos, y una muerte larga y agónica que no respetaba nada de cuanto encontraba a su paso. Se cebaba en el ganado con el que los elfos esperaban poder resistir el asedio, y en hombres, mujeres y niños… niños que apenas habían podido aprender a jugar, y mucho menos, a desear ningún mal a nadie.

Cuentan las crónicas, no sé si será verdad, que, aun así, el asedio duró más de diez años. El campamento de Aronet llegó a convertirse en un auténtico pueblo, en el que vivían las familias de los soldados, y las gentes que siguen habitualmente a los ejércitos. Tabernas, templos, prostíbulos, comercios de todo tipo se alzaban en estructuras feas y mal construidas, como un reflejo ridículo de la hermosa ciudad cuya caída esperaban.

Habían nacido niños, arrullados por el sonido de las catapultas que, con enormes rocas, destrozaban los edificios de Tirnmaesshë, y los más mayores ya marcaban sus huellas en el barro, en carreras para apagar algún incendio, ayudar a otros o, simplemente, salvar la vida.

Algunos llegaron a pensar, con algo de desesperanza, que esa situación seguiría por siempre, pero, si lo eterno existe, no se encuentra en Oniria.

Un día, vieron alzarse largas lenguas de fuego por encima de las murallas de Tirnmaesshë. Alarmado, temiendo que los elfos se inmolaran con su ciudad, privándole del trofeo tan ansiado, Aronet mandó un grupo de exploración, y por primera vez, las flechas élficas no hicieron acto de presencia. Se dio la voz de ataque, y los arietes temblaron con estruendo al chocar con las imponentes puertas, tan bellas y resistentes como aquellos que las habían creado.

Caía la tarde cuando, destrozadas, sucumbieron, dejando el paso abierto al interior de Tirnmaesshë.

Nada lo impidió.

Aronet entró al frente de sus tropas, y contempló un espectáculo dantesco. Despojos, cascotes, basura, y cadáveres por todas partes, iluminados furiosamente en rojo por un fuego mágico devastador que consumía el mármol como si fuera madera. Los hechiceros humanos que iban con Aronet consiguieron detenerlo, pero no antes de que destruyera prácticamente toda la ciudad, reduciendo a escombros humeantes la mayor parte de sus edificios. Muchos elfos yacían muertos, en verdad, pero no se encontró ni rastro de los Altos Señores, de los Sabios, ni de sus generales más importantes, y se supuso que muchos otros habían escapado a través de los pasadizos que no tardaron en descubrir, bajo los cimientos de la ciudad.

Y es que, bajo Tirnmaesshë se extendía una vasta extensión de túneles y cámaras, que formaban en sí mismas una ciudad, y hallaron pasos, escaleras, rampas, precipicios incluso, que conducían, a un nivel inferior, a otra, y otra, y otra, en un entresijo continuo, un laberinto colosal y asombroso, hasta temer que si seguían bajando, llegaran a alcanzar el corazón del mundo y quedaran atrapados por la magia de su latido.

Los símbolos e inscripciones, simplemente extraños unos, completamente pavorosos otros, hablaban de pueblos y culturas que habían permanecido dormidos en el olvido de los tiempos, y que ahora parecían lanzar un grito, exigiendo su derecho a formar parte de la Historia.

Aquello sorprendió, admiró, e incluso asustó a los humanos, de vida tan breve.

Esa noche, el ejército tomó completa posesión de la ciudad, y muchas de las gentes del pueblo acudieron, unos, a buscar un buen lugar en el que establecerse, otros simplemente a apropiarse de cuanto pudieran mientras durara el caos inicial, pues la destrucción masiva hacía que apenas hubiera botín para repartir entre unos pocos.

Al amanecer, Aronet estaba en la más alta de las dos únicas torres que permanecían en pie, en el antes hermoso castillo desde el que los gobernantes elfos habían regido su mundo perfecto, y miró la ciudad que tantos y tantos años le había costado tomar.

Rodeado de ruinas, apretó los dientes, preguntándose, con una sabiduría que no había creído tener, si de verdad era el vencedor de aquella guerra, o si había sido derrotado por completo.

Al fin y al cabo, había conquistado Tirnmaesshë, pero también la había perdido.

Este es uno de los textos creados para la ambientación del mundo de rol "Oniria", del que surgió la serie de novelas tituladas SAGAS ONÍRICAS. Fue escrito hace ya muchos años y debo agradecer especialmente la inspiración a la serie AÑORANZAS Y PESARES, de Tad Williams.
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