01 Toda una vida: Nuestro primer recuerdo


¿Queréis contarme vuestro primer recuerdo?

De ser así, tendréis que remontaros todo lo posible en el túnel de vuestra memoria. Más, más, más atrás, ahí, al principio de ese mundo complejo y fascinante que somos cada uno de nosotros.

Para hacerlo, yo voy a viajar de vuelta a los años sesenta…

Un tiempo lleno de color, de música y de ilusiones para su generación de jóvenes, y muy conflictivo en este país, aunque no más que otras épocas. Fue la década que se llevó a John F. Kennedy, Malcolm X, Martin Luther King, Robert F. Kennedy y, por supuesto, a la bellísima Marilyn Monroe. El ser humano conquistó la luna, los Beatles conquistaron la tierra y, por supuesto, se hicieron grandes películas, como Lawrence de Arabia, Matar a un ruiseñor o Psicosis.

¡Llegan los Beatles! ;DDD

Hubo de todo, vamos, y me hubiese encantado poder aprovecharlos a tope; pero, me temo que, por aquel entonces yo era demasiado pequeña para percatarme de cómo era realmente el mundo más allá del gran balcón de mi casa. Más allá de mis padres, mis abuelos, mis hermanas, tíos y primos…

Era una recién llegada a este planeta, demasiado niña. Aunque, a qué negarlo: ahora que soy adulta, me suele seguir pasando.

Estas niñas que he encontrado por internet, podríamos ser mi hermana mayor y yo. Solo nos llevamos diecisiete meses.

Mi primer recuerdo, que es lo que venía a contaros, tiene que ver con mis hermanas (somos tres, y yo soy la mediana), concretamente con la pequeña. Le llevo yo cerca de cuatro años, y nació en un luminoso mes de julio.

¡Adoro ese mes! El aire huele a vacaciones, a sol, alegría y tiempo libre. El verano, prácticamente recién estrenado, está en todo su esplendor y todavía queda mucho para que termine. Además, por casualidades de la vida, en julio se han unido los cumpleaños de tres de las mujeres que más he querido y quiero en el mundo: mi abuela, mi hermana y mi sobrina.

No sé si os he hablado, de hecho, de la coincidencia entre el día del cumpleaños de mi abuela y mi sobrina. De no ser así, otro día os la cuento, porque es de esas historias en las que se encuentran la casualidad y lo maravilloso, y no tiene desperdicio.

Pero, aquel día de julio de 1966…

En mi memoria, todo está en blanco y negro, como en las fotografías que conservaron mis padres de aquella época. Me veo en un pasillo, una niña de casi cuatro años, con un vestidito que me había hecho mi madre (nos hizo prácticamente toda la ropa, a las tres, hasta pasados los veinte años). Recuerdo bien la tela estampada con caracoles dibujados, porque me gustaba mucho, eran muy divertidos.

Y admito que quizá no lo llevaba ese día. Posiblemente he tomado su imagen prestada de una de esas fotografías.

Sé que estoy con mi hermana mayor. No la veo, pero sé que se encuentra a mi lado, y creo que también mi abuela. Aunque el lugar es extraño, me siento protegida.

Estamos esperando algo, no sé bien qué.

No hay un antes. Es como si la Yolanda de entonces surgiese de una singularidad como el big bang. Un clic. Un chispazo repentino, en el que llega la conciencia del mundo.

Simplemente, para mí, ahí empieza mi vida, en el momento en el que se abre una puerta y se asoma mi padre.

-Ya podéis pasar -anuncia, feliz, y vamos. Cruzamos el umbral, como flotando. Siento la sombra de una sensación de asombro y maravilla. Empiezo a darme cuenta de que algo importante está a punto de pasar.

Recuerdo la habitación, la disposición general. La cama a la izquierda según se entraba, una cunita a su lado. Mi madre, acostada, nos sonreía. Siempre lo ha hecho, toda su vida, con esa luz única que emiten los que nos aman de forma incondicional.

-Vuestra nueva hermanita -dijo alguien.

Miré sorprendida el bebé. ¡Qué pequeña!

Y, todavía ahora, tras tantos años, siendo una persona tan distinta a la que era aquella niña inocente que no sabía nada del mundo, la sensación de maravilla vuelve a embargarme.

Hace poco, comentándolo precisamente con ella, con mi hermana pequeña, le dimos vueltas a la posibilidad de que todo fuese un recuerdo creado a partir de comentarios. Me decía que yo era muy pequeña, que algunos estudios dicen que no es posible una memoria tan temprana, con tanta claridad…

En realidad, por lo que puedo ver por internet, esto no es así, a los tres años ya tienes recuerdos permanentes, recuerdos que van ser tu base, tu apoyo, para este continuo avanzar en la vida, por el que pasamos todos.

Además, es que, esos detalles de los que hablo, la disposición de la habitación, la cama y la cuna, mi padre asomándose… Todo eso, nadie ha podido contármelo, sé que lo viví, igual que encuentro lógico, de un modo natural, que haya datos que pueda haber añadido, de otras fuentes.

El vestido de los caracolitos del que hablé antes, por ejemplo. Es muy posible que fuera tomado de una foto, para “vestir” el recuerdo de detalles, valga la redundancia. Lo pienso y me parece más que razonable.

Pero estoy segura de que aquello lo viví, y lo atesoro como ese primer recuerdo que supuso tomar conciencia de mí misma.

¿Y tú? ¿Cuál es tu primer recuerdo, lo compartes conmigo? ¿También sientes que supuso un antes y un después?

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