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Yolanda Díaz de Tuesta Martín firma como Díaz de Tuesta básicamente por abreviar.

Nacida en Bilbao, un frío noviembre de hace un millón de años, empezó a escribir prácticamente enseguida. A los nueve completó su primer relato y recuerda la sensación maravillosa de poner ese punto final. 

Le siguieron muchos otros, montones, además de novelas cortas de nombres rimbombantes (Las Diosas del Trueno o el Misterio del Huracán, Shire–Malí o El Retorno de un pasado maldito…). 

Los inicios siempre son difíciles, vaya que sí, pero se aprende mucho con ellos.

De ese modo, durante años, manchó innumerables folios, echándolos a perder. Escribió mucho, sobre todo terror y cifi, y hasta participó en algún certamen (finalista en el Concurso de la Villa de Bilbao, con Una sombra en la carretera, de terror) y la llamaron a casa de la única revista a la que envió relatos (el texto en cuestión era Oxígeno, de cifi), para que mandase más (cosa que no hizo, por supuesto, a tímida sigue sin ganarla nadie), porque los lectores habían quedado encantados; pero hasta cumplir los veintisiete, con “La Noche de Otro”, no tuvo la impresión de que, finalmente, había escrito algo que de verdad valía la pena.

La primera novela larga (una trilogía, de hecho) le enseñó, entonces, que no sabía escribir en su propio idioma (¡cuántas faltas ortográficas acumuladas!) y, también, que el lector no perdona fácilmente: si una situación es ridícula, lo es aunque la cuentes como si pudiese ocurrir y te empeñes en que está bien. 

Ah, y que una novela no es “esos trozos buenos”, sino el conjunto, y que, como las manzanas podridas, las partes malas estropean el resto. 

Dos largos años había tardado en escribirla y pudo ver lo poco que gustaba. Porque, si algo tenía ya Díaz de Tuesta en esos lejanos tiempos, era buenos amigos, de los que te dicen “vaya mierda, morena” en vez de buscar quedar bien para la foto.

Hubiese podido desmoronarse, pensando “Qué–horror–qué–horror–me–corto–las–venas”, una vez hubo comprobado que su obra era una soberana porquería. Pero, sin darse tiempo ni a recapacitar, para no desalentarse, empezó a escribir la segunda, armada con todo lo que había aprendido y con un buen diccionario a mano, para no volver a cometer nunca, jamás, los mismos errores. Quería que esa novela fuese mejor que la otra, que el resultado borrase por completo la amargura de lo ocurrido.

Así nació, en seis laboriosos meses, SIGNOS PARA LA NOCHE, novela de terror y magia, un éxito entre sus lectores amigos. ¿Os he dicho que tenía muchos y muy buenos? Pues eso. Gustó.

Desde entonces, siempre dice que, por lo general, para lo único que vale una primera novela, es que te permite aprender para escribir la segunda, y esta para la tercera. Como no se considera persona de verdades absolutas, admite que habrá muchos por ahí que en el primer intento se marquen una joya inolvidable, de puro buena. Pero, tristemente no fue su caso.

Y siguió manchando folios y folios, por suerte ahora ya virtuales (había pasado buena parte de ese millón de años y llegaron los ordenadores), aprendiendo más y más con cada frase. Aunque su especialidad siempre ha sido el terror, también ha tanteado otros géneros, como Fantasía Épica (Sagas Oníricas) y, cuando tuvo una preciosa sobrina llamada Sarah, se metió de lleno en la literatura juvenil, que terminó sin serlo tanto, porque el terror... pues eso. 

De esa época salieron obras como Vocales de Próspera (terror), Tartessos XV Nave de Enlace (cifi) y Princesa de Doreldei (fantasía).

Además, tiene dos extensos recopilatorios de relatos, Historias de Oniria y "De terrores y otras alegrías…", esta última también publicada por PRH.

Durante mucho, muchísimo tiempo, poco intentó lo de acercarse a las editoriales, para publicar; entre timidez y pereza quedó la cosa. No fue hasta presentarse al premio Vergara (del que ha sido finalista en tres ocasiones, a día de hoy), que empezó a escribir de un modo profesional. 

Desde entonces, se ha dedicado prácticamente por completo a la literatura romántica. intentando dejar claro que, el género, no decide la calidad, sino el talento del escritor.

Ahora mismo, embarcada en distintos proyectos, sabe que tiene por delante muy buenas oportunidades. Que sepáis que Díaz de Tuesta no tiene muy claro si sabrá aprovecharlas, pero la cuestión es que están ahí.

Personalmente, se encuentra muy interesada en saber qué ocurrirá en el próximo millón de años.